
El sueño que convierte los pies descalzos de un chico pobre en una estrella millonaria y admirada por millones de personas es uno de los pocos cuentos de hadas que sí pueden hacerse realidad, aunque sea una vez de cada mil. La idea de ser medido solo por tu esfuerzo, ambición, deseo de superación y capacidades, no por tu cuna, es parte de la esencia misma del deporte. Y refleja uno de los mejores aspectos de la civilización moderna, la aspiración de que exista la justicia y equidad, que sea irrenunciable para todo ser humano, y que nuestra agresividad natural se limite al esfuerzo muscular y mental en el campo de juego.
Muy bonito todo. Bastaría que los propios jugadores elevados al estrellato, sus clubs y las propias ligas, apoyaran esta idea cuando algún deportista se salta las normas fiscales, comete delitos sexuales o ignora a un aficionado porque está demasiado cansado para firmar autógrafos. Pero demasiado a menudo, y como a niños caprichosos, se les perdona, porque al fin y al cabo consiguen victorias, e ingresos millonarios. Ni siquiera los aficionados, puro corazón cuando se trata de sus colores, se sienten traicionados si sus ídolos delinquen. Solo si pierden. Y así es como el modelo a imitar por niños y jóvenes acaba siendo un tipo inmoral, pero tan inviolable como un monarca. Al menos así ha sido hasta ahora. Porque en medio de esta pandemia se ha producido el «Efecto Kaepernick», parte de una revolución cuyas consecuencias apenas comienzan a vislumbrarse. Pero que acabarán afectando a todo el deporte mundial.
Idealismo apoyado por ventas
Los especialistas en marketing estadounidense han sido los primeros en hablar de «Efecto Kaepernick» para referirse a campañas de publicidad donde las marcas conectan con las sensibilidades de un grupo social mayoritario, cambiando de golpe las relaciones de patrocinio de una empresa. Eso fue lo que hizo Nike, luego seguida por Adidas, al apoyar al movimiento Black Lives Matter. Y más concretamente a una figura simbólica que puede considerarse integrada en el mismo, Colin Kaepernick. Un jugador de fútbol americano a quien hace cuatro años los medios de comunicación retrataban como un traidor a su país. Y a quien los dueños de equipos y los directivos de la liga NFL (National Football League) impidieron volver a jugar.
Colin Kaepernick se ha convertido en el Muhammad Alí de nuestros días, un símbolo análogo al boxeador asociado en los sesenta al Movimiento de los Derechos Civiles. Cuando en 2016 echó por primera vez una rodilla a tierra mientras sonaba el himno nacional estadounidense provocó la mayor oleada de indignación blanca que se había visto en aquella nación desde su guerra de secesión. No solo era un jugador de fútbol americano y estrella del deporte protestando contra los valores del American Way of Life, era un negro con el pelo a lo afro, un signo de identidad racial insultante para el «establishment WASP» (clase dirigente anglosajona, protestante y blanca, modelo resumen de la familia Trump y de las élites de Estados Unidos). La prensa no tardó en arremeter contra él, asegurando que había atacado el sacrosanto conjunto de valores nacionales, el himno, la bandera, y aunque no lo dijeran, también el deporte. El entonces aspirante a presidente Donald Trump apoyó ese ataque.
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Revolución patrocinada por Nike. De chiste
Nike y Michael Jordan donando dinero a organizaciones que prentenden acabar con el sistema del que se sustentan, un dinero que la justa causa racial estadounidense jamás verá, por supuesto, y que incluso podría acabar financiando a un blanquito destrozando el local comercial que da de comer a una familia negra. Y medios de comunicación de todo el mundo aplaudiendo. Me reiría si no fuera trágico.
Tiene un lado bueno: Nike hace lo que hace porque no le ha quedado otro remedio. Es un ejemplo de que, a veces, el sistema se vuelve contra sí mismo. La alternativa era reconocer que el sistema está efectivamente sesgado y tirar piedras contra tu propio tejado. Y es que las marcas son listas, al contrario que los políticos.
Y tiene razón el autor: por ejemplo, ¿alguien se imagina a un club de la Liga celebrando por todo lo alto el Día del Orgullo? Pues eso.
Los clubes de la liga llegan ya tiempo apoyando abiertamente el orgullo gay…
https://as.com/tikitakas/2018/06/29/portada/1530261898_816233.html
Saludos
Cualquier iniciativa en ese sentido nace coja si no la apoyan el Real Madrid o el FC. Barcelona. Y los únicos equipos importantes que se unen son el Villareal y el Betis. Eso es poco. Lea su propio artículo que cita y se dará cuenta que no sirve de excusa. La homofobia es, y seguirá siendo en el futuro previsible, la gran lacra del fútbol español.