Cayetana Guillén Cuervo: «Twitter realmente es el nuevo share. Lo otro ha muerto»

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Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 11

«A veces creo que solo sirvo para una cosa en este mundo: para aburrirme mortalmente». Esta es una de las frases que pronunciaba Cayetana Guillén Cuervo en el Teatro María Guerrero dando vida a la torturada Hedda Gabler de Henrik Ibsen. Nos cita en Creme de la Creme, un agradable bistró decorado con jaulas vacías de pájaros situado cerca del María Guerrero. Cayetana entra en el restaurante con seguridad, muy simpática. Lleva una camiseta blanca con un dibujo de Karl Lagerfeld. Nada más sentarse a la mesa, me clava los ojos como si fueran los dos faros de un coche. Logro aguantar la mirada 0,6 segundos para luego apartarla y posarla en un cuadro con unos tucanes que tengo cerca. Pongo cara de «Oh, qué bonitos son estos pájaros» con la curiosidad fingida de un ornitólogo. Ella pide tartar de atún rojo, agua y un americano con hielo. Entretanto, hablamos de cine, de contracturas, de puertas, de nostalgias, de recuerdos, de Twitter, de su culo, de Garci y de viajes en el tiempo.  

¿Cuál fue la primera película que viste por primera vez dos veces?

Esplendor en la hierba, de Elia Kazan. Con Natalie Wood y Warren Beatty. Esa ha sido mi película. La película de mi adolescencia. La veía una y otra vez. Sin parar.

Uf. A mí me pareció durísima. Me impresionó mucho.

Sí, sí. Es durísima, desde luego. Pero maravillosa al mismo tiempo. Me impactó la historia de ese amor prohibido e incomprendido. Y cómo tratan al personaje de Natalie Wood como si estuviera totalmente loca tan solo porque está enamorada de un chico con el que no la dejan estar. Es una película adelantada a su época. Y valiente. Una de esas películas que han resistido muy bien el paso del tiempo. Muy contemporánea. Porque esa atmósfera de la crisis del 29 que envuelve la película, esa desesperación, el callejón sin salida en el que se ve metido el padre de Warren Beatty tras el crack de la bolsa, el auge y la caída de una familia poderosa por la crisis… son todo temas con una gran vigencia que podrían encajar perfectamente en cualquier película de nuestra época.

[Voy a hacer una nueva pregunta pero me interrumpe muy apasionadamente].

¡Espera, espera! Que tengo otras dos películas: Manhattan y Annie Hall. Estas dos son también para mí muy especiales porque las vi por primera vez, muy pequeña, junto a mi padre en un autocine en Barcelona. Y aprendí entonces que había otro cine y otros cines. Son dos películas que no me canso nunca de visitar. Y que me marcaron mucho.

¿Y qué te parece este Woody Allen crepuscular? 

Yo soy fan. Del primer Woody Allen, del último Woody Allen y del Woody Allen del medio. Fan incondicional. Fan de las que piden que le den ya el Nobel de Literatura. O lo que sea. Es un tipo genial. Pero que le den algo. Siempre hay un no-sé-qué en todas sus películas. En todas. Algo esencial suyo, ese toque personal e inconfundible. Su buen gusto a la hora de hacer las cosas. En todo lo que hace siempre hay algo rescatable. Incluso en sus peores obras. Eso es lo que pasa con los buenos directores. A mí siempre me va a apetecer ver «la última de Woody Allen». Así que sí: fan total.

¿Y en teatro? ¿Cuál fue esa obra que quisiste ver dos veces por primera vez?

Siempre mis padres. Es lo que tiene haber crecido en casa con dos actores. Les he pasado texto toda mi vida. He vivido en sus escenarios, en sus camerinos. El pasillo de la casa de mis padres es largo y siempre estaban por ahí, arriba y abajo, andando, estudiando sus textos. Y yo les ayudaba. Y me terminaba aprendiendo las obras de memoria. Las tenía muy interiorizadas. Así que la primera obra de teatro que me impactó fue una de las que interpretaron ellos: Equus. Me sabía el texto de memoria. 

Una forma bastante atípica e interesante de crecer.

Para mí la normalidad desde niña era dedicarte al mundo del teatro o a la televisión cuando te hacías mayor. Crecí con eso integrado, asumido. Pensaba que ese era el proceso natural de las cosas. Al estar siempre rodeada de ese fascinante mundo de actores y directores, pensaba que todos los adultos se dedicaban a lo mismo. De los primeros recuerdos que tengo es de estar en las rodillas de Fernando Fernán Gómez. O jugando con Agustín González. Solíamos pasar las noches de fin de año en casa de Fernán Gómez. Y todos los mayores que salían en los cines o en la televisión de la época estaban por ahí. Y los niños entre ellos. Pero también aprendí lo dura que es la estabilidad de este mundillo. Es horroroso estar siempre pendiente del teléfono. Del «a ver si me llaman». Mi madre tiene ya casi ochenta años y hasta ahora siempre ha tenido esa dependencia. Y no se puede vivir así. Porque está directamente relacionado con la autoestima. No puedes estar siempre con la necesidad de aprobación de los demás. Yo, a raíz de eso, decidí que tenía que diversificar para siempre poder ir tirando del carro. Y no poner todos los huevos en la misma cesta. Sé que nunca seré un número uno en nada. Pero es algo que tampoco me preocupa. Y es muy enriquecedor poder hacer radio, escribir o presentar un programa.

También recuerdo tardes y tardes haciendo los deberes en los camerinos, viendo las entrañas de los teatros, las rutinas de los actores. Cuando estábamos con Hedda Gabler en el María Guerrero, yo tenía a mi hijo en el camerino y mi compañera Carolina Román al suyo también. Es como si todo fuera un ciclo. Y me vienen a la cabeza muchísimos recuerdos de mí misma con mis padres haciendo exactamente las mismas cosas que mi hijo. Las mismas dudas. Las mismas curiosidades. Y ahora es mi hijo el que me pasa el texto a mí. Hace los personajes. ¡Y el tío es exigente! 

¿Has tenido algún papel que te hayas arrepentido de haber dejado pasar?

Unos cuantos. El hecho de llevar tantos años con Versión española, ¡desde el 98 ya!, me ha obligado en algunos momentos a tener que dejar de lado mi carrera como actriz. Ha sido una opción que me ha compensado porque el programa me ha enriquecido mucho a todos los niveles pero en ciertos momentos, bien por incompatibilidad de agendas, bien porque se han acostumbrado a verme en ese rol, he tenido que renunciar a algunas oportunidades que parecían interesantes. No se puede hacer todo a la vez. Y es complicado romper con esa dinámica. Pero estoy encantada con cómo ha ido evolucionando Versión española a lo largo de los años. Para mí ha sido como una gigantesca tesis sobre el cine español. He aprendido una barbaridad.

¿Sientes nostalgia cuando te vuelves a ver en papeles de hace muchos años?

Sí, siento mucha nostalgia. Lo reconozco. Y la nostalgia es un sentimiento muy tramposo. Porque parece que te da alegría pero luego te deja un mal cuerpo tremendo sin apenas darte cuenta. Incluso a veces llegas a sentir un poco de vergüenza de ti misma cuando te ves con un peinado o con la ropa de una época determinada. Es una sensación extraña. Porque además queda ahí, para siempre. Y estás continuamente expuesto. Ahora hay mucha más facilidad que antes para recordarte. Y no eres el mismo. Ya no eres el mismo. Eres una suma de esa, pero no eres aquella. Y los actores no podemos escapar de eso. Es lo que hay.

«El tiempo es el que es».

[Risas] Eso es. «El tiempo es el que es».

Esa frase me chocó cuando vi el piloto de El ministerio del tiempo y más tarde descubrí que precisamente era el nombre del episodio. ¿Qué te sugiere a ti? 

En mi entorno ya se ha quedado esa frase como una especie de mantra. Es un magnífico eslogan. «El tiempo es el que es». ¿Cuando vas acelerada porque llegas tarde? El tiempo es el que es. ¿Que vas cumpliendo años y aún te quedan muchas cosas por hacer? El tiempo es el que es. Intentamos todo el rato optimizar el tiempo, comprimirlo, y no se puede vivir así. ¿Que sientes nostalgia por los años que dejaste atrás? El tiempo es el que es. Hasta te relaja repetirlo [risas].

Cuéntame cómo fue esa primera vez que escuchaste hablar del proyecto El ministerio del tiempo. Puertas para ir al pasado, Velázquez en el siglo XXI, Lope de Vega ligando con una portuguesa… ¿No te pareció todo una locura?

A mí me encantó. La idea. El proyecto. Todo. Me contaron la idea Javier Olivares [creador], Marc Vigil [director] y Alicia Yubero [directora de producción y productora ejecutiva] y quedé fascinada. Me encantó porque me parecía que tenía un condicionante emocional maravilloso. Sobre todo, me atraía esa idea que suponía para todos los espectadores poder volver a ver a un ser querido que has perdido. Eso es de una potencia brutal y con lo que se puede trabajar mucho.

Me parece una idea muy compleja y bastante díficil de «bajar a tierra». Y se ha logrado con gran éxito. Y optimizando recursos.

Hemos salido baratísimos, baratísimos, baratísimos. Y, claro, ahora, de cara a la segunda temporada, creo que habría que intentar mejorar esas condiciones. Porque la gente ha trabajado implicándose en un proyecto estupendo pero muy por debajo de sus posibilidades. Ahora hay que apostar y dar un empujón de confianza. Se han hecho grandes esfuerzos y sacrificios para levantar esta serie porque era una idea estupenda y todos creíamos en ella. 

¿Y cuál crees que es la receta de un plato como El ministerio del tiempo que parece haber gustado a todo tipo de paladares?

Para empezar, tiene información muy útil. Es pedagógica. Pero es pedagógica, creo, que de una forma muy inteligente. Respeta al espectador. Esto es clave. No le hace sentirse un indocumentado. Te da unas pocas notas de historia y luego, a partir de ahí, ficciona. Pero tampoco se trata de dar una clase magistral de historia al espectador como si hubiera nacido ayer. Si hay algo que tengo claro es que jamás puedes tratar por tonto al espectador. En lugar de eso, creo que estimula tu curiosidad para que luego tú, tras ver un capítulo divertido, vayas a Google, a una enciclopedia o a una librería, y cotillees sobre quién era el Empecinado o Torquemada. Te da pequeñas píldoras de historia para que luego tú, de forma independiente, cuando quieras, ahondes más en la materia. Genera curiosidad. Y esto ocurre tanto con mi hijo de nueve años como con adultos que tenemos algo oxidada la historia. Una de las claves es esa forma de aproximación. Y luego está el humor, claro.

El humor, claro.

Por supuesto. Porque todos los personajes nos reímos de nosotros mismos. Como esa escena en la que a Julián [el protagonista interpretado por Rodolfo Sancho] le preguntan por Lope de Vega y empieza a musitar «Esto, sí, era un escritor, ¿no?…». A todos nos ha pasado algo así alguna vez. Y el espectador se siente identificado con eso. El humor es como un brazo que te tiende la serie. «Ven aquí. Puede que la trama de las puertas y toda la paradoja del espacio-tiempo te resulte poco creíble. Da igual. Es lo de menos». El tema de las puertas es el vehículo para transmitir emociones. Si te pones muy trascendental y serio con el tema, sin humor, a lo mejor no te encuentras la complicidad del espectador como sí ha pasado. Porque de todo eso se ha dado cuenta el espectador. Luego hay otros detalles que han gustado mucho: que no acaba muy tarde, que se pueden ver online todos los capítulos… detalles que el espectador aprecia porque nota que están hechos para él.

Y luego está tu personaje, la gran Irene Larra. Dice el periodista de La Vanguardia Pere Solà Gimferrer que estamos ante un personaje icónico desde su presentación con ese beso lésbico y al que solo le bastan un par de frases para ganarse a la audiencia.

Sí, me alegra leer ese tipo de cosas. Creo que los personajes se han construido de forma muy inteligente. E Irene es un personaje muy poderoso. Me encanta que Irene no sea lesbiana como una simple anécdota. Es su verdad. Es su vida. No es una mera anécdota. Le da dignidad y visibilidad. No es en plan: «vamos a jugar con la ambigüedad de que es gay. No. Hagamos pensar que tiene tendencias lésbicas por buscar morbo». No. Es algo inherente a ella. Es un tema serio para el personaje. La define por completo. No es un juego. Es su vida. Eso da mucha profundidad al personaje. Y luego tiene ese carácter y esa fuerza tan arrolladores.

¿Y cómo te preparaste para el personaje?

Nuestro director, Marc Vigil, me dio exactamente las claves del personaje que quería para Irene. Lo tenía muy claro en su cabeza. Y más que darme, por ejemplo, capítulos de series concretas, me dio muchas fotos de protagonistas femeninas de series y películas. Todo muy visual. Buscaba un perfil muy determinado para Irene. Una ropa, una actitud, unas posturas, una mirada. Siempre impecable. Atenta a todo. Consciente. Siempre un paso por delante de los demás. Quería todos esos detalles. Que me fijara más en la actitud que en la actuación de las actrices que me pasaba. Marc me decía todo el rato: «¡Es género! ¡Es género! ¡Es género!».

¿Género?

[Risas] Sí, género. Exactamente. Género. 

¿Pero cómo que «género»?

Sí. Que es una serie de género. De acción. Eso da un ritmo y da una actitud. Había que entrar en las habitaciones con resolución y tratar los objetos con cotidianidad. Actuar con velocidad. Esto de «género», que puede parecer una tontería dicho así, es algo que siempre tuve en la cabeza. Siempre que nos queríamos ir a algo más intenso y nos poníamos intensitos, Marc cortaba. «No, no, no, no, no. Que esto parece un dramón. Somos género. ¡Género!». Y quitaba intensidad.

¿Y estás cómoda con todo este fenómeno de #cayetaner en las redes?

Yo estoy emocionada con el fenómeno #cayetaner. Imagínate. Emocionada de verdad. Está claro que todos los proyectos en los que uno trabaja son importantes. Aquí la suerte es estar en el proyecto. Cuando se me cruza El ministerio del tiempo yo estaba con dos programas, con la preparación de Hedda Gabler… Era algo imposible de encajar. No tenía tiempo material para compaginar todo. Pero sabía que tenía que estar ahí. Tenía esa certeza de que estaba ante algo diferente que podía funcionar bien. Esa corazonada de que era un tren que no podía dejar pasar. Y entonces me dije: como sea. He estado días apenas durmiendo dos o tres horas. He hecho auténticas barbaridades para poder llegar. Y menos mal. Y que ahora se me considere sex symbol con todo el fenómeno #cayetaner. ¡A estas alturas de mi vida! Me hace mucha gracia. Porque pese a que soy consciente de que proyecto una imagen distinta, soy muy tímida. Y me muero de la risa teniendo que aclarar ahora que es mi culo el que sale en un capítulo. Pues sí, efectivamente, es mi culo. Porque no, no tengo un doble de culo. Es mi culo. [Mira a la cámara de nuestra fotógrafa Lupe]. Es-mi-culo. [Risas]

¿Qué te parece esa simbiosis que hay entre redes sociales y televisión? Porque está claro que una de las claves del éxito ha estado en Twitter y en esa cuenta @MdT_tve que es magistral.

Es increíble. La cuenta es una genialidad, ¿verdad? Yo creo que Twitter realmente es el nuevo share. Lo otro ha muerto. ¿A quién conoces tú que tenga ahora mismo el cacharro ese en su televisión? No sé. Me parece todo eso como una entelequia. Creo que ahora se puede extraer mucha información interesante de audiencia a través de una herramienta tan potente como Twitter. Y una información más rica que los meros datos de espectadores. 

¿Y no te da algo de miedo que ahora todas las series de televisión fuercen precisamente eso, que su producto sea compartible vía Twitter? 

Lo importante es que se haga con naturalidad. Porque si algo tengo muy claro es que, ante todo, es un mecanismo muy democrático. Es decir, lo que funciona, funciona. Sin apenas intermediarios. Sin jefes de prensa. Sin grupos mediáticos detrás. Por muchos hashtags que se te ocurran, si tu producto no funciona, si los espectadores no creen en ti, nadie lo va a compartir por Twitter. Aunque tengas al tipo más ocurrente del mundo de community manager (y encima eso ya lo tenemos nosotros). Aunque te gastes dinero pagando a gente. Porque aquí lo importante es que es la propia gente la que se está tomando la molestia de escribir mientras ve algo en el salón de su casa. Como el que comenta en el café de la oficina la película de turno o el partido de anoche. Solo que ahora es un altavoz con más potencia y más inmediatez. Su alcance es brutal. Y puede tener grandes ventajas a corto plazo. Pero desde luego que si quieres meter al público con calzador una serie por Twitter, sin importarte demasiado el producto, vas apañado. 

A veces pienso que el cine o el teatro son la última resistencia frente al multitasking. Cada vez me cuesta más estar concentrado viendo una serie, un partido de fútbol por la tele o incluso cenando con amigos, sin estar pendiente del móvil, del mail, de Twitter…

Sí, desde luego. Es un fenómeno que nos está pasando a todos ahora mismo. En mayor o menor medida. Y es un poco lo que toca. Yo creo que hay que quedarse con todo lo bueno que nos brindan este tipo de herramientas. Tampoco hay que dar la espalda a estas nuevas formas de comunicarnos porque entonces corres el peligro de quedarte muy fuera. Así que el que quiera, que se sume. Y el que prefiera no hacerlo, pues no. Tampoco pasa nada. Pero oponerse frontalmente por sistema es un error. Las redes sociales pueden provocar cosas muy positivas como apuntalar los proyectos que realmente gustan. Hay productos que tal vez no tengan el respaldo de unos números de audiencia espectaculares pero que ahora sería impensable quitar de la parrila porque tienes la certeza de que gustan a un determinado público o a un nicho de interés gracias a lo que se lee en Twitter. Y es algo que está al alcance de todos. 

Está claro que las redes sociales pueden apuntalar series. A veces te sientes leyendo Twitter como si todo el mundo estuviera pasándolo estupendamente en una fiesta a la que tú no has sido siquiera invitado. En mi caso particular, por ejemplo, empecé a ver El ministerio del tiempo por curiosidad tras leer en mi TL cosas tan desconcertantes del tipo: «Mira a Lope de Vega en plan fucker en El ministerio del tiempo». 

[Risas] Mira, perdona, pero la fucker de El ministerio del tiempo soy yo.

¿Pudiste conocer a Pablo Olivares? Porque su historia es muy dura pero, a la vez, muy bonita. [Pablo Olivares es, junto a Javier Olivares, uno de los creadores de El ministerio del tiempo. En 2010 fue diagnosticado con ELA. Murió en noviembre de 2014. Solo pudo ver el episodio piloto a medio montar]. 

No, no pude llegar a conocer a Pablo. Desde luego que su historia es tremenda. Dura pero bonita. Digna de una serie. Su enfermedad fue un proceso de cinco años mientras estaba trabajando con su hermano en paralelo con el proyecto. Con su proyecto. Porque El ministerio es tremendamente personal. Los dos hermanos son muy apasionados del cine de aventuras y acción. Y luego también son historiadores. Así que son muy rigurosos y tratan los temas de historia con esa pasión con la que uno habla de aquello que le gusta. Tal vez a otro director con un conocimiento más superficial de la historia de España no se le habría ocurrido jamás incorporar ciertos detalles que han convertido a El ministerio del tiempo en una serie tan de culto. Digamos que fue como la tormenta perfecta. Se juntaron varios elementos para hacer algo así. Y da gusto ver cómo un proyecto tan personal de alguien así acaba resultando un éxito. Me alegro por los dos. Por todo lo que han pasado.

Y luego está Marc Vigil, el director, que es un genio. Uno de esos talentos que pronto veremos cómo va a dar el salto. [Y mira a lo lejos como si tras las cocina del restaurante se escondieran las colinas de Hollywood]. Es un chico joven y que ya ha hecho muchas cosas bastante punteras. Tendrías que ver cómo trabaja. Es un chico delgadito, siempre activo, moviéndose continuamente de aquí para allá, siempre de buen humor, siempre transmitiendo lo mejor. Es muy espectacular. Él y todo su equipo.

¿Tienes especial cariño a alguna serie que, por lo que fuera, pasara de puntillas?

Guardo mucho cariño a Raquel busca su sitio. Con Leonor Watling, Nancho Novo… Y eso que hicimos veintiséis capítulos. Así que estuvo muy bien. Hacer ahora veintiséis es prácticamente un milagro. Con la crisis lo normal es hacer ocho. Antes se hacían siempre trece. Y si funcionaba, veintiséis. Creo que en la segunda temporada de El ministerio del tiempo pasaremos de ocho capítulos a trece. 

¿Y a ti te tira mucho lo que se hace en Estados Unidos en cuanto a series?

Buf. Ya casi no me da tiempo a ver casi nada. Y es una pena. Tuve una época muy enganchada a 24, lo admito. Pero no tengo muy puesta la mirada ahora mismo en lo que se hace por ahí. Bastante tengo con estar al día con Versión española. Cuando El abuelo estuvo nominada al Óscar a la mejor película extranjera, de hecho, sí tuve alguna opción de irme ahí a hacer algún proyecto porque la productora era Miramax, que también llevaba Shakespeare in Love y La vida es bella, que arrasaron aquel año. Pero por un motivo o por otro, no terminé de animarme y no me fui. Y ya nada.

La vida es bella fue la que batió a El abuelo como mejor película extranjera aquel año en los Óscar, ¿no?

Exacto. En el 99. Una época maravillosa de mi vida. Nominada a los Goya. Los Óscar, trabajando con Fernando Fernán Gómez, con Garci…

Precisamente la semana pasada coincidí en una cena con Garci.

¿Y no te fascinó?

Totalmente. Es una de esas personas con las que uno desea ir a cenar y compartir una copa. Es contagiosa la pasión que transmite por las cosas que le gustan. Te habla al mismo tiempo de un cuento de Hemingway, de fútbol, de David Lean, de un combate de boxeo… Sí, me fascinó por completo.

Es que es fascinante. Es un genio. Mucha gente me pregunta por él algo extrañada. «¿Garci?». Y yo siempre digo lo mismo: «Si le conocieras, te fascinaría». Porque es así. Es brutal. Como amigo y como director. Era íntimo, íntimo amigo de mi padre. Que tenía otro gran cerebro como él. Y ambos tenían esta especie de conexión intelectual y cultural muy fuerte, que uno encuentra con muy poca gente a lo largo de la vida.  

¿Y cómo es Garci dirigiendo? Porque yo me lo imagino tras la cámara muy tranquilo, como a Clint Eastwood.

Es un director maravilloso, la verdad. Respeta muchísimo a los actores. Los ama profundamente. Todo lo que ocurre con él es siempre a favor del actor. Es una especie de sueño rodar con él porque da siempre todo tipo de facilidades. Yo hice con él dos películas (El abuelo y La herida luminosa) y fue una etapa especial para mí. Una etapa de descubrimiento y de fascinación. Imagínate además lo que supuso para mí trabajar con Fernán Gómez y con una historia de Pérez Galdós. Todo el universo en torno a Garci siempre te alimenta profundamente. Si eres inquieto y te interesas por las cosas, es un mundo riquísimo en el que no paras de aprender y de crecer.

Además fue un pionero. Un tipo que gana un Óscar en 1983.

¡Absolutamente! Es que no se le ha entendido. No se le ha entendido. Por carácter, por su timidez, porque siempre ha sido muy independiente. Y a veces se meten con él porque… porque no tienen ni idea, en fin. Y, ojo, porque dentro de lo entrañablemente anacrónico que es (no tiene correo electrónico, no tiene móvil, sigue mandando cartas escritas a mano…) es de los tipos más contemporáneos y modernos que conozco. Siempre está a la última. Le encanta. Disfruta con todo. Y es bastante visionario. Si echas un vistazo a los vídeos de sus programas de ¡Qué grande es el cine! siempre defiende a directores y actores que luego han acabado triunfando y que a lo mejor en aquella época no se les entendía tanto. Y ve muchas series. Es un loco de Los Soprano, de El ala oeste de la Casa Blanca

¿Y qué recuerdos tienes de aquella época? Estuviste nominada a los Goya.

Fue una etapa muy bonita. De despegue profesional. Yo había hecho ya algunas cosas pero El abuelo es el momento en el que empiezan a sucederme cosas. Cosas muy bonitas: los Óscar, estar al lado de Garci aprendiendo mucho, empezar con Versión española, nuevos proyectos… 

¿Y cómo viviste perder los Goya?

Tengo un recuerdo algo agridulce de aquella gala de los Goya. Me hizo mucha ilusión, por supuesto, estar nominada, y que lo ganara aquel año alguien como Penélope Cruz, que luego se ha demostrado que es una grande del cine español. Pero, no sé si te acuerdas, por aquella época surgió una historia, no sé muy bien de dónde, rotundamente falsa, para empañar las nominaciones de El abuelo. Se acusó a Garci de una supuesta compra de votos para su película. Una denuncia anónima acusó a su productora de comprar votos, algo que nunca se demostró. Todo era una falsedad. Una auténtica patraña. No sé de dónde pudo salir todo aquello. Tampoco me interesa demasiado ya. La cuestión es que yo estaba al lado de Garci por aquella época y sé perfectamente que todo era una mentira. Así que en aquella gala de los Goya la recuerdo algo amarga. Es una pena. Garci no fue, fui yo sola. Y solo le dieron un Goya a Fernando Fernán Gómez y se arrinconó injustamente a El abuelo, una obra maestra del cine español. ¡Tenía trece candidaturas! Y lo digo con todo el respeto hacia los otros ganadores de aquella gala que también eran películas extraordinarias, por supuesto. Pero es evidente que se castigó a El abuelo por temas ajenos al cine. 

¿Y qué tal trabajar con Fernando Fernán Gómez? A veces tengo la sensación de que se ha quedado grabada en el imaginario colectivo de mi generación esa imagen de ogro con lo de «¡A la mierda!».

Sí. Fernán Gómez era como de mi familia. Mis padres trabajaron con él mil veces y yo tengo un recuerdo de él muy bueno. Pasábamos mucho tiempo juntos. Todas las nocheviejas abría siempre su casa para todos los actores que quisieran ir. Y Fernando en el rodaje de El abuelo estaba pendiente de mí. Le tenía mucho cariño. Dentro de que él era un ser que, digamos, imponía respeto. Con su carácter. Pero había una afinidad casi familiar entre nosotros. 

¿Y con Almódovar?

Bueno, yo tampoco pude trabajar demasiado con él. Tuve un papel pequeño (aunque nunca hay papel pequeño en una película de Almodóvar) en Todo sobre mi madre. Pero disfruté mucho. Valoro enormemente a Pedro. Y además también es mi amigo. Un buen amigo. Por supuesto que me habría gustado trabajar más con él. Sé que es algo que dicen siempre las actrices. Pero no por ello deja de ser cierto.

¿Y qué programas especiales recuerdas de Versión española?

Te diré tres. Me gustó, precisamente, uno en el que Almodóvar sugería como una de las películas de su vida El extraño viaje de Fernando Fernán Gómez. Y quedó muy bien juntar a esas dos generaciones. A dos personas a las que quiero tanto. También me encantó uno que hicimos de La tía Tula, que vino Amenábar con Miguel Picazo. Y luego el que hicimos de Historias de la radio, en el que juntamos a Iñaki Gabilondo, a Pepa Fernández y a Luis del Olmo. Búscalo porque es una maravilla.

De hecho, tú trabajaste bastante tiempo con Gabilondo.

¡Sí! Ocho años. Una experiencia bárbara. Me apasiona la radio. La radio es verdad y también tiene esa parte de improvisación que me encanta. Engancha mucho. Es muy bonito eso de prescindir de las imágenes y quedarte con el núcleo de las cosas. Las voces. Lo que te cuentan. Es pura comunicación. 

Y tú que llevas tanto tiempo analizando el cine español, ¿cómo te explicas un fenómeno como el de Ocho apellidos vascos?

Pues siempre es difícil de explicar ese tipo de bombazos. Es un poco de misterio. Y yo creo que es parte de la gracia que tiene el cine. Si todo fuera matemático, «yo invierto tanto, yo genero tanto», perdería algo de esa magia, de esa incertidumbre inherente que lleva el cine consigo. La clave tal vez esté en que han sabido encontrar algo que nos afecta a todos y lo han hecho, encima, riéndonos de nosotros mismos. Y vuelvo a esto de reírse de nosotros mismos porque creo que es muy importante. Eso genera mucha empatía. Y es cuando empieza a funcionar el boca a oreja. 

Un amigo, productor de teatro, se va a Francia cada pocos meses a ver obras de teatro y compra los derechos de esas funciones en las que ve que se ríe la gente a su alrededor. Cuenta las carcajadas y el espacio entre ellas. ¡Y no tiene ni idea de francés!

[Risas] Qué curioso. ¿Lo ves? Es que el humor es importantísimo. Es ese brazo del que hablábamos antes que te coge y te dice, «ven conmigo»

¿Y tú nunca has tenido ganas de dirigir?

La verdad es que me lo ofrecieron varias veces. Y si bien tenía curiosidad, no tenía esa pulsión. Y eso, para dirigir, es fundamental. A mí lo que me gusta es escribir. Y me sale de dentro esa necesidad, ese impulso de tener que contar algo y plasmarlo en papel. Pero no he sentido realmente eso mismo a la hora de dirigir. Y al final me decía: «no, no, cuidado que que me la doy». Es un tema muy serio. No puedes lanzarte a esa piscina con dudas. Una cosa es que me guste mucho hacer distintas cosas y probar nuevos campos y otra no tener los pies pegados al suelo. Soy muy profesional y perfeccionista. Hay que saber dónde te metes.

¿Y qué directores nuevos te llaman la atención?

Bueno, no son tan nuevos, pero de la nueva camada me gustan mucho Dani Sánchez Arévalo, Jorge Torregrossa, Carlos Vermut e Isaki Lacuesta. Hay mucho talento y se están haciendo cosas interesantes.

¿Y sigues teniendo nervios cuando sales al escenario en teatro?

Por supuesto. Yo creo que incluso vas a peor. Por eso algunos actores van abandonando progresivamente el teatro cuando se van haciendo mayores.

¿Sí?

Es por el miedo a quedarte en blanco

A mí me gustó mucho Birdman. Pero lo único que me chirrió bastante es el papel de la cruel y despiadada crítica del New York Times. No me creo que haya alguien con un puesto de esa responsabilidad dejándose llevar por intereses personales y por sus filias y fobias.

[Mirada escéptica] ¿Y dices que te chirrió? ¿Tú no crees que en muchas ocasiones es un poco así?

No sé. Puede que peque de ingenuo pero me pareció bastante irreal…

No sé si la realidad es así, la verdad. Me parece un trabajo para el que hay que valer. Yo soy incapaz de cargarme algo. Porque claro, lo veo desde mi lado. Y sé el trabajo que hay detrás, las buenas intenciones, las ilusiones puestas… Sería incapaz de tumbar una obra. Porque siempre hay algo rescatable en todo. Y algunas críticas que leo a compañeros que sé que son de diez me parecen de una crueldad tremenda. Y, ojo, que el crítico bueno es una figura importante. En teatro lo que pasa es que recibir una crítica mala es algo muy duro porque tras leer la crítica desayunando con el periódico tienes que volver a salir. Eso lo retrata muy bien Birdman. No es como en cine que te puedes desentender un poco porque ya lo has hecho. A mí una crítica mala me deja hecha polvo. Es así. Y te pones a comerte la cabeza pensando en que acabas de empezar la obra y ahora tienes que levantar eso, y si el público vendrá menos… Tengo compañeras que me dicen: «pasa, no las leas». Pero no puedo dejar de hacerlo. Uno actúa con la intención de crear ese algo en el espectador. De que salga distinto a como entró. Tiene que crujir algo. Y cuando lees por ahí que te insultan… me cuesta un montón retomar y salir a escena de nuevo. 

¿Y crees que realmente hay gente capaz de aislarse?

Yo creo que no. Puede que te encuentres a gente a la que le duela menos leer una crítica negativa. Que les afecta menos. Con la piel más dura. Pero una crítica mala afecta a todos. No es tanto por un tema de ego o de autoestima. Es porque empiezas a hacer cábalas y a comerte la cabeza pensando en que tienes que levantar esa crítica que a lo mejor afecta a la afluencia del público. Y hay mucha gente detrás trabajando. A mí me afecta, ya te digo. Igual que cuando lees una crítica muy buena que te sirve de combustible para salir con seguridad, pisar fuerte y comerte al público. Son estados de ánimo. Pero al menos no sientes estar nadando a contracorriente. Y todos esos factores influyen. Claro que influyen. 

¿Y si pudieras escoger una puerta del tiempo para poder volver a ver tu padre? ¿Tal vez a ese autocine en Barcelona con Manhattan?

[Se queda pensativa] Quizás sí, quizás no. Es una decisión difícil. Lo he pensado mucho, no creas, con todo el tema de El ministerio del tiempo. Como te decía antes, esta idea de moverte en el tiempo con algo tan sencillo como una puerta es una idea muy potente que activa todos esos resortes y mecanismo de tu cerebro que te hacen comerte la cabeza con este tipo de situaciones. Y, aunque me duela, creo que no abriría una de esas puertas. Porque luego sería tan duro tener que separarnos que se me hace insoportable la idea. Y, sobre todo, tener que contárselo. Decirle que me tengo que ir. 

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13 Comentarios

  1. Cayetana no es una sexsymbol ahora, esta mujer lleva siendo increíblemente atractiva toda su vida, tanto física como intelectualmente.

  2. Twitter lo usan cuatro gatos que se reenvían decenas de mensajes cada uno, con lo que parece que son muchos más. Luego vienen los medios de comunicación, esos tan denostados, que se dedican a hinchar la burbuja con grandes titulares de «¡Un famoso se tira un pedo y arde Twitter!». Si no fuera por dichos medios de comunicación, nadie se enteraría de lo que sucede en el micromundo tuitero. Tiene más influencia cualquier grupo de WhatsApp de todo el Twitter hispánico.

  3. Una de las pocas personas con reconocimiento público con la que me encantaría tomarme un café. Esta entrevista viene a confirmarlo.

  4. Haciendo caso a lo que acaba de decir Simón a los medios, os digo a todos que reduzcáis vuestra vida social al máximo para evitar contagios. Chau, compis!

  5. Toda la razón con cayetana. Las redes sociales son hoy en día fundamental. además hoy en día se puede analizar todo, todo y todo por medio de métricas y ver la evoluión y gusto de los usuarios.

  6. Esto es una opinión coherente. Manejar las redes sociales ya es un tema que no es nada despreciable, al contrario entrar a ello es avanzar en cualquier tipo de emprendimiento que estemos forjando, la presencia es inevitable.

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