La guerra de Flandes (I): Orange no hace surf

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El asedio de Haarlem, de Barend Wijnveld y Johannes Hinderikus Egenberger.

11 de julio de 2010, estadio Soccer City de Johannesburgo. Son las 20:30 hora local y está a punto de comenzar la final del campeonato del mundo de fútbol de selecciones nacionales, esa especie de batalla incruenta, entre los equipos de España y Holanda. A la mente de algunos acude el eco de tiempos pasados de mutua simpatía dirimida en abundantes raciones de hostias, pero de las de verdad; flota en el ambiente cierto morbillo nacionalista de los que tanto gustan a los de siempre. Tras la interpretación del himno español, ese prodigio de igualitarismo intelectual, sentido homenaje a la esencia hispana ya que la ausencia de letra permite a cada ciudadano pensar en sus cosas mientras suena la música, los holandeses comienzan a proferir guturales alaridos en su nada musical y muy germánico idioma. Suena el «Wilhelmus», el himno más antiguo del mundo, y el aire sudafricano se carga con la siguiente estrofa:

Een Prinse van Oranje ben ik, vrij, onverveerd, den Koning van Hispanje heb ik altijd geëerd.

Un verso en neerlandés que traducido al recio, seco y duro castellano significa:

Un príncipe de Orange soy, libre y valerosoal rey de España siempre le he honrado.

Esta curiosa frase que hasta entonces había pasado desapercibida, llama la atención de parte del periodismo patrio. ¿Cómo es posible que haya una referencia a España en el himno calvinista si no es para mofarse o lanzar amenazas sanguinarias? El asunto se abre a todo tipo de análisis; los medios carpetovetónicos levantan de nuevo las banderas de los Tercios y los demás con cara de estar en fuera de juego. ¿Qué significan realmente estas palabras? ¿Le había dado un aire al bueno de Guillermo o qué? 

Para averiguarlo toca revisar una historia llena de prejuicios, propaganda, mitos y visiones sesgadas de buenos contra malos, trufada toda ella de nacionalismo a tutiplén. Hablamos de uno de los millones de dramas nacionales, los canales donde se ahogó el prestigio (y la plata) del Imperio español, hablamos del duque de Alba, de la rendición de Breda, de la derrota y el oprobio final; hablamos de la gran herida narcisista castellana. Toca pues hurgar en un lugar muy sensible: nada menos que en la guerra de Flandes, o como lo llaman los herejes, la guerra de los Ochenta Años.

Como ya sabrán la mayoría de los que lo han padecido en las escuelas, mientras que para los holandeses se trata de una guerra de independencia (un poquito larga) para liberarse del yugo opresor católico y español, sinónimo de una cosa malísima, de pasar las de Caín, la visión del asunto por estos ibéricos lares se ha centrado en negarlo todo y defenderse a capa y espada de esos maliciosos herejes y su Leyenda Negra. El problema de fondo es, como siempre, el nacionalismo y su utilización de estereotipos fácilmente reconocibles por cualquiera, una máquina de fabricar tópicos.

El primero que hay que desmontar es el mantra que dice que a los españoles no se les había perdido nada en Flandes. Esto, cuando Felipe II sube al trono en 1555, es completamente falso; los dominios de los Habsburgo en la zona son, desde un punto de vista material, valiosísimos. Amberes era el centro comercial más importante de Europa, y desde Laredo y Bilbao fluía toda la lana castellana, vino, aceite y productos coloniales como especias, azúcar y cochinilla. Además era un centro financiero de primer orden, donde España adquiría los dos tercios de sus importaciones de manufacturas, textiles y el costoso material necesario para fabricar barcos. No es de extrañar que los comerciantes españoles y portugueses fueran mayoría en la ciudad, ni que Felipe se empeñara en defenderlos a toda costa; después de América, eran el activo más preciado de la Corona.

Ahora bien, una cosa es estar regido por un emperador «universal» autóctono como era Carlos, y otra por su hijo, un menosmola que solamente es rey y encima extranjero. Por si fuera poco, este señor se había leído el manual del monarca absolutista y pretendía lógicamente aplicarlo como en el resto de sus reinos. Es más, al haber heredado un imperio tan descomunal, Felipe tenía multitud de compromisos en política exterior; en otras palabras, andaba crónicamente corto de liquidez, y los Países Bajos no eran la empobrecida Corona de Aragón. En aquel preciso instante, de hecho, acababa de salir de una guerra con Francia y las deudas se le amontonaban, así que la acumulación de capital en manos de la nobleza local y sus Estados Provinciales era especialmente interesante. Pero no acaban en la fiscalidad los motivos del rey Prudente para intervenir en tan lejanos dominios; no dejaba de ser su legítima herencia, y ninguna cabeza coronada de la época estaba dispuesta a ceder soberanía por las buenas. Por último, estaba la siempre espinosa cuestión religiosa. En los Países Bajos existía una combativa minoría protestante que el rey se negaba a tolerar; aparte de las obvias cuestiones de conciencia, su experiencia le había enseñado que no eran lo que se dice condescendientes con los católicos, y eso Felipe no lo podía permitir entre sus súbditos. 

Felipe II reprendiendo a Guillermo el Silencioso, príncipe de Orange, de Cornelis Kruseman.

En el otro lado del ring estaba la nobleza local (Egmont, Hornes y el propio Guillermo de Orange), que controlaba los Estados Provinciales, a los que el monarca debía consultar para que le concedieran subsidios y autorizasen la introducción de impuestos; en otras palabras, tenían en sus manos la caja del dinero, como sucedía en otros reinos del imperio. Los nobles holandeses se habían resistido con uñas y dientes a ceder esta parcela a Felipe II, ya que comprensiblemente no tenían ningunas ganas de pagar de su bolsillo los gastos de una guerra que ni les iba ni les venía, así que la relación ya era un poco tensa. Esperaban además que el rey gobernase a través de ellos, puesto que eran los líderes naturales de la región, pero como ya hemos visto, Felipe era un monarca absolutista; el ejecutivo estaba en manos de la regente Margarita de Parma, su hermanastra, apoyada en un Consejo de Estado que en la práctica estaba dominado por la facción absolutista encarnada en el borgoñón Granvela. Que es lo mismo que decir que era un gobierno «español» que despachaba instrucciones directamente con Madrid. La realidad era que Felipe no se fiaba nada de la nobleza neerlandesa, sobre todo por su escasa disposición a atajar el problema calvinista por la vía de aplicar edictos contra la herejía. Sobre esta cuestión se han dicho muchas tonterías que merecen un análisis detallado.

En efecto, los súbditos norteños de Felipe II se habían educado en el erasmismo, por lo que eran partidarios de la comprensión y de dar la mano blandito a los protestantes, mostrándose bastante alérgicos al uso de la represión, encarnada en la Inquisición. Pero no la española, que el monarca jamás trató de instaurar en aquellas tierras, como se suele creer, sino la papal, que era mucho más dura y además ya estaba implantada. Eso sí, Felipe II apostaba por castigar a los herejes, ya que bajo su punto de vista eran unos peligrosos subversivos. Y estaba en lo cierto; tras la firma de la paz con Francia en 1559, los calvinistas cruzaron la frontera impunemente infiltrándose en gran número en aquellas provincias. Estas simpáticas gentes eran absolutamente intransigentes con los católicos, a los que perseguían a la menor ocasión, estaban fuertemente disciplinados, contaban con un potente aparato de propaganda y además se organizaban en el extranjero. Pequeños detalles sin importancia que pasaron desapercibidos para los nobles autóctonos.

Aún hay otra cuestión más, la acusación de «querer imponer la Contrarreforma»: aplicando en sus dominios los preceptos del Concilio de Trento, el rey decidió enviar jesuitas, fundar universidades y nombrar catorce nuevos obispos. Esto no parece un gran agravio religioso en un país católico, pero no deja de ser una nueva intervención absolutista, con el agravante de que estos obispos ocupaban cargos en el Consejo y en los Estados. Con lo cual ya pasa a ser un asunto más delicado, puesto que de esta forma los nobles veían reducido su poder político y cerrada una vía de acceso a una lucrativa carrera en la administración. Y esto sí que no, con los dineros no se juega, por lo que esta medida le granjeó a Felipe el distanciamiento de unos cuantos católicos influyentes.

En resumen, este era el cúmulo de desencuentros entre el monarca y sus súbditos, potencial fuente de conflictos que Margarita trató de paliar intercediendo para que su hermanastro accediera a las peticiones nobiliarias y rebajara el tono de mosqueo generalizado. Cosa que logró; en 1561 los Tercios estacionados en Flandes se retiraron, para alivio de la Hacienda real y en 1564 se destituyó al odiado Granvela. Pero esta política de concesiones, favorecida porque por aquellas fechas a Felipe le estaba apretando las clavijas el Turco cosa mala y no tenía ni un clavel (hecho perfectamente conocido por los holandeses), a diferencia de lo que el manual del pensamiento buenrrollista indica, tuvo un efecto contraproducente. Cuanto más obtenían, más pedían, y en 1566 se descolgaron con una reclamación para rebajar los edictos antiherejes y detener la maquinaria inquisitorial. La gobernadora acabó cediendo: era la oportunidad que estaban esperando los calvinistas, que salieron agresivamente a la luz pública ante la pasividad de los Estados Generales. Solo faltaba un ingrediente para que explotara una rebelión abierta, y era la actitud de las masas populares. Contra lo que se suele pensar, en época filipina la economía neerlandesa pasaba una buena racha, por lo que el pueblo estaba razonablemente tranquilo, pero hete aquí que la coyuntura macroeconómica se alió con Murphy y la región sufrió una crisis de subsistencias por aquellas fechas.

Resultado: un estallido generalizado de violencia en verano de 1566, donde se asesinaron católicos a granel, se quemaron iglesias y se robaron todos los bienes eclesiásticos que se pudieron. Felipe estaba en lo cierto, no cabía negociar con los fanatizados calvinistas. Los nobles encabezados por Orange se acojonaron bastante al ver aquello, y quisieron arrimarse a la monarquía de nuevo, distanciándose de la masacre. La hábil Margarita vio una oportunidad de pactar en posición de fuerza, pero esta vez al horrorizado rey Prudente se le habían inflado ya los atributos regios y no tenía ningunas ganas de transigir. En vista del catastrófico resultado de la política de concesiones, esta vez optaría por la vía militar.

Iconoclastas en la iglesia, de Dirk van Delen.

Así pues, nombró gobernador al duque de Alba, veterano y duro soldado, poniéndolo al frente de un terrorífico ejército de sesenta mil hombres, entre los que se encontraban los Tercios de elite españoles e italianos. Que, ante la dificultad de llegar a Flandes atravesando mar hostil, emprendieron el «camino español» desde Milán, llegando a su destino en 1567. De esta manera, como el jugador de póquer que hace una apuesta demasiado alta y no puede retirarse después de la mesa, la monarquía Habsburgo se vio atrapada en una espiral infernal. Desde este momento Flandes no solo se convertiría en un voraz sumidero de hombres y dinero que acabarían por arruinar la economía del imperio, sino que con este movimiento el escenario de la geopolítica europea se trasladó al norte, a una zona muy alejada de las bases españolas y muy próxima a las de sus enemigos.

Como comprenderán, ni a Francia ni a Inglaterra les hizo puñetera gracia tener aquel monstruoso y amenazador ejército en la puerta de casa, más teniendo en cuenta la regla número uno de la historia del mundo: quien pone en pie un ejército grande y caro, acaba usándolo. Dado que nadie sabía qué intenciones tenía Felipe una vez sofocada la rebelión, a la postre esta decisión comprometió incluso la seguridad de las comunicaciones con el vital imperio colonial, al inclinar a ingleses, holandeses y protestantes franceses a presentar batalla marítima. En definitiva, acabaría siendo la trampa donde España se pillaría los dedos, aunque existieran indudables intereses en juego, y por ello se suele hacer un paralelismo bastante afortunado presentando Flandes como el Vietnam de los españoles. 

El gran duque llegaba a Flandes con una triple misión: extirpar de raíz la oposición religiosa repartiendo el chapapote necesario, someter políticamente a los Estados Generales y Provinciales, disolviéndolos y convirtiendo la región en «un único reino con capital en Bruselas», e introducir un impuesto regular que permitiera el sostenimiento de la Corona, sufragando el esfuerzo de organización que había supuesto el apabullante despliegue militar. Para ello Alba utilizó una institución de agradable recuerdo en la memoria colectiva holandesa, el Tribunal de los Tumultos, o como se le llamó popularmente, de la Sangre. Doce mil personas fueron procesadas (y sus bienes confiscados, por supuesto), de las cuales mil fueron ejecutadas sumariamente, entre ellas Egmont y Hornes, capturados por las tropas españolas. Guillermo fue más listo y vio venir el percal a tiempo, huyendo a Alemania, donde comenzó a reclutar un ejército. Es en este contexto donde tenemos que colocar la frasecita del himno de marras; rebelarse contra tu señor natural era una cosa gravísima en el siglo XVI, porque subvertía las bases del sistema. Así que lo que está diciendo el pelota que compone la letra del «Wilhelmus» es que si Guillermo ha optado por esa solución es por culpa de Felipe y no suya, que él ha sido leal al pacto entre monarca y vasallo pero no le han dejado alternativa.

No hace falta decir que el bestia del duque de Alba, con su nada sutil estilo represivo, controló la rebelión a corto plazo (derrotando a Orange en su estreno como rebelde), pero con su juego brusco grave merecedor de tarjeta roja, se ganó la enemistad de muchos católicos y generó una oposición larvada mucho más peligrosa. En cuanto al asunto económico, era partidario de introducir un impuesto sobre las ventas del 10%, muy parecido a la alcabala española y que se aplicaría a todas las clases sociales. Esta involuntaria equidad le sentó como un tiro a la alta nobleza, con lo que los arrojó en brazos de la resistencia. Pero Alba siguió a lo suyo, que era desarbolar los Estados y cobrar los impuestos, apoyado en su abrumadora superioridad militar, aunque la acusación de haber arruinado la economía de Flandes no es más que propaganda procedente de bolsillos damnificados por su gestión; la crisis, y lo peor, aún estaba por llegar.

La posición de fuerza del duque en realidad se encontraba en entredicho por una serie de deficiencias estratégicas y logísticas. Poseía el mejor ejército terrestre del mundo, pero debía moverlo en un terreno repleto de ciudades, canales y diques, lo que hacía muy difícil maniobrar a campo abierto. Y lo que es peor, Felipe había enviado a los Tercios a Flandes sin la adecuada cobertura naval, así que los calvinistas pronto atacaron el flanco débil de los españoles. Expulsados de Inglaterra, los piratas holandeses, los «mendigos del mar», conquistaron algunos puertos clave en las provincias de Holanda y Zelanda, y ayudados por la quinta columna calvinista, que se dedicó con alegría a masacrar católicos, pronto pasaron a controlar ambas.

Alba no pudo imponer allí su poderío militar, estrellándose contra las defensas naturales y contra una dificultad aún peor; la falta de recursos. El mantenimiento de las tropas en un lugar tan lejano y de tan difícil acceso consumía las remesas de plata americana cual una hipoteca el sueldo de un mileurista. Y cuando los vitales envíos de metal empezaron a flojear aparecieron los primeros signos de indisciplina entre las tropas. En 1574 el duque vio claramente que había fracasado y procedió a pedir el relevo entre afectados lamentos, autodenominándose «viejo caduco». El respiro de alivio se debió oír en las islas Filipinas.

(Continúa aquí)

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