Ciencias

Tanzania, la cuna de la «humanidad»

DP. tanzania la cuna de la humanidad
DP.

Por qué se expulsa del Edén a quienes lo conservaron, para abrir las puertas a los que ya destruyeron el suyo.

Fui a Tanzania en busca del último reducto de megafauna del Pleistoceno: un sueño de infancia, tan antiguo que ya no esperaba verlo cumplido. Pero este año necesitaba, más que nunca, encontrarme con esas otras formas de vida, con esas especies que aquí solo son tristes individuos desubicados, piezas de taxidermista en gabinetes de curiosidades y huesos de museo de Ciencias Naturales.

En Tarangire, Ngorongoro, el Serengueti y los densos bosques alrededor del lago Manyara, la tierra y el agua bullían de fauna salvaje: la encontrabas incluso cuando no la buscabas, por cientos y miles, cuando se trataba de herbívoros, a lo largo de más de quinientos kilómetros recorridos, del primer punto al último, sin tener en cuenta los desplazamientos internos en cada zona protegida. Resultó un espacio realmente extenso para ser un «último reducto». Mucha fauna para mis escasas expectativas cotidianas en los bosquetes cercanos a mi casa, donde la mayoría de los animales trata de mantenerse lejos y los mamíferos se ocultan de nosotros de forma activa y consciente. Aquí solo con percibir un pequeño rastro es suficiente para alegrarme el día: la confirmación de que, aunque no los veamos, siguen ahí.

Pero, para mi sorpresa, al final del viaje lo que más me impactó no fue mi admirada megafauna salvaje. Fue una etnia de nuestra propia especie: los masáis.

Su presencia era constante: en los mercadillos que flanquean las carreteras, en los márgenes y el interior de la sabana, en poblados cercanos a los parques —nunca dentro de ellos—. Yo llegué con la idea lógica, pero preconcebida, de que desde mediados del siglo pasado hasta la fecha las restricciones de acceso a los parques nacionales debían de haberlos llevado al declive, empujados hacia la marginalidad por el auge del turismo de naturaleza. La realidad resultó más matizada: los masáis siguen siendo numerosos, se han adaptado a las restricciones de conservación y al cambio climático con más cabras y ovejas, mejor preparadas para la sequía, sin dejar de lado a sus amadas vacas. Han diversificado sus actividades. Por ejemplo, cultivando maíz al lado de los poblados, realizando una migración temporal hacia Zanzíbar, donde los jóvenes morans venden pulseras o trabajan en hoteles para reunir dinero. Un dinero que de forma inmediata pueden canjear por un móvil, pero que tiene la función más importante y menos inmediata de comprar más animales a su regreso a la boma o manyata. No es una rendición a la modernidad, sino una estrategia mixta que combina lo nuevo con el objetivo de mantener su forma de vida.

Verse en la obligación de abandonar sus mejores territorios no les ha empujado a hacer lo propio con su cultura —por el momento—. Ya hace mucho que resisten. El Serengueti se convirtió en parque nacional en 1951; el cráter del Ngorongoro, en área de conservación en 1959; Tarangire, en parque nacional en 1970, y el lago Manyara, con sus densos bosques tropicales, en 1960. Estas decisiones redujeron drásticamente el acceso de los masáis al pasto verde y al agua. El cerco sobrevivió a la descolonización y continúa hoy, reconvertido en un lucrativo negocio verde.

Bajo el pretexto de crear «corredores ecológicos» y «reservas de caza controlada», el gobierno actual sigue desplazando comunidades masáis —como ha ocurrido recientemente en las tierras ancestrales de Loliondo— para arrendar esos espacios a firmas de safaris de élite. La paradoja se vuelve entonces sangrante: el pastor local, cuya huella es sostenible, queda fuera; el turista extranjero entra pagando decenas de miles de dólares por el derecho a disparar a un trofeo.

Resulta llamativo que, pese a su éxito como pastores, los masáis hayan convivido durante generaciones incontables con leones, elefantes, búfalos… sin exterminarlos ni desplazarlos, y ahora sean ellos quienes se ven expulsados. La decisión sobre qué especies y espacios merecían «conservación» llegó desde fuera, desde sociedades que habían deteriorado una gran parte de los ecosistemas de sus propios territorios europeos y traían consigo una idea de naturaleza virgen tomada de su propia tradición cultural: un Edén que solo se concibe puro si está vacío de presencia humana.

Esa idea tiene raíces culturales y religiosas muy concretas —la separación entre el ser humano y el resto de la naturaleza— que convierten a cualquier persona, por el simple hecho de estar allí, en una amenaza para el paraíso que se pretende proteger. Los masáis y sus rebaños no encajaban en esa imagen, así que se les pidió que se quedaran fuera de ella.

Después de todo esto surge por sí sola la pregunta: ¿por qué fueron precisamente representantes de las sociedades que en un tiempo récord habían arrasado sus propios ecosistemas —deforestando, extinguiendo, contaminando— quienes se erigieron en jueces de cómo debían vivir aquellos que, mientras tanto, habían mantenido los suyos en pie? La respuesta no se agota en la buena o mala voluntad —pese a que, como sabemos, «el infierno está cargado de buenas intenciones»—. Hay una variable que con frecuencia se nos escapa: la escala.

El impacto de una sociedad sobre su entorno depende de su tamaño, su tecnología y su grado de desconexión respecto a los límites del medio que habita. Los cazadores-recolectores del Pleistoceno —a quienes durante décadas se acusó, sin pruebas concluyentes, de haber exterminado a la megafauna que entonces poblaba el planeta— pertenecían a grupos pequeños, sin la capacidad tecnológica ni demográfica para provocar transformaciones de gran magnitud; los datos paleoclimáticos señalan con más fuerza al clima que a la lanza. Los masáis, pastores seminómadas en sociedades de tamaño reducido, son la versión contemporánea y documentada de ese mismo patrón: una presencia humana sostenida que, pese a matar leones como rito de paso a la edad adulta —actualmente ya no lo hacen—, opera dentro de la capacidad de carga del ecosistema.

Quien sí agotó sus ecosistemas a una velocidad sin parangón en la historia de la vida fue la civilización industrial que después decidió, desde una cómoda distancia y cargada de buenas intenciones, qué partes de África merecían convertirse en santuario. Y aquí surge una nueva pregunta: ¿la idea del Antropoceno como edad geológica no estará tomando la parte por el todo debido a los grandes impactos y transformaciones que las hipertecnológicas sociedades modernas ejercen sobre el medio?

De momento, los expertos siguen sin aceptarla. En marzo de 2024, la Subcomisión de Estratigrafía del Cuaternario rechazó por amplia mayoría formalizar el Antropoceno como una nueva época geológica. El argumento no fue ideológico, sino técnico: nuestro impacto sobre el planeta resulta demasiado heterogéneo en el tiempo y en el espacio para fijarlo en un suceso geológico. Dicho de otro modo —y esta es la lectura que más me interesa, no solo la de la Subcomisión, que se limitó a hablar de estratos y no de etnias—: si ni siquiera la geología encuentra una huella humana uniforme, ¿con qué legitimidad seguimos tratando «lo humano» como una categoría homogénea de amenaza, indiferente a la enorme diversidad de formas en que los distintos pueblos se han relacionado con el resto de la naturaleza? Esa heterogeneidad que los propios geólogos reconocen a escala planetaria es exactamente la que se ignora cuando una política de conservación expulsa, en bloque, a quienes durante siglos formaron parte del ecosistema que ahora se quiere proteger.

No se trata de idealizar a los masáis ni de proponerlos como modelo que todos deberíamos imitar —cada cultura responde a su propio contexto, y la suya no es una excepción al resto de la historia humana, sino una variable más dentro de la diversidad de formas en que nuestra especie se ha relacionado con el medio—. Se trata, simplemente, de reconocer un hecho que, por lo general, ignoramos: la frontera entre quien degrada un ecosistema y quien lo conserva nunca ha pasado por ser humano o no serlo, sino por el tamaño y la velocidad del impacto. Y mientras sigamos confundiendo ambas cosas, seguiremos pidiendo a quienes ya sabían vivir dentro de los límites de su ecosistema que se queden fuera de la valla, mientras decidimos por ellos —desde dentro de nuestras propias ciudades, tan altas y extensas que no vemos los límites que sin duda nos rodean— qué parte de Tanzania merece llamarse salvaje.

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