Arte y Letras Historia

Matar y matar, hasta que sea suficiente

Roman von Ungern Sternberg
Roman von Ungern-Sternberg. (DP)

¿Qué sabía de gobernar aquella escoria que nunca tuvo siervos? ¿No era evidente que el de los bolcheviques era un plan trazado por los judíos hace tres mil años? Afortunadamente, la profecía anunciaba reparación: al mando de su caballería budista, el barón Von Ungern-Sternberg devolvería el orden natural al universo.

Desde su yurta en la estepa mongola, el barón pidió a la gitana que volviera a leer en aquellos huesos de pájaro que se chamuscaban sobre ascuas. ¿Era realmente cierto que los dioses solo le concedían ciento treinta días más de vida para cumplir su misión? Lo era. Ungern respiró hondo, repitiéndose a sí mismo que varios oráculos lo habían confirmado ya como «la última reencarnación del Dios de la Guerra». Cuando están a punto de cumplirse cien años de su muerte, aún quedan mongoles que se encomiendan a la protección de Robert Nikolaus Maximilian von Ungern-Sternberg. En sus oraciones es «Ungern» a secas.

Sus treinta cinco años de vida fueron testigos de no pocas proezas militares y muchísimas más atrocidades. El año «cero» arranca en 1887 en Graz (Austria), en casa de unos nobles alemanes del Báltico que deciden volver a su tierra en Estonia un año después. Sus primeros pasos los da entre Reval (hoy Tallin) y, al igual que muchos aristócratas bálticos de la época, será educado en casa y en alemán hasta los quince, antes de enfilar la secundaria en un liceo donde pasará a la cantera de futuros oficiales del ejército del zar. Pero le cuesta adaptarse a esa disciplina que no distingue entre un alumno ruso (la mayoría lo son) y un alemán de Estonia, y que incluso obliga a ambos a compartir clases y vestuarios con los judíos. Estos últimos apenas suman un puñado, pero para Ungern ya son demasiados.

Sus calificaciones son atroces, pero aún lo es más su comportamiento. Le gusta arrojar sus libros por la ventana en mitad de la clase y salir corriendo tras ellos para no volver. Se sienta solo porque ninguno de sus compañeros quiere compartir pupitre con él: una vara de avellano robada a un profesor, unas tijeras que se trajo de casa o los huesos de sus nudillos avisan a diario de la tragedia que se avecina. Es cruel con humanos y animales a partes iguales, y hasta los matones de cada clase tiemblan cuando su mirada se cruza con esos ojos extrañamente hundidos y separados el uno del otro. Son claros como diamantes, y brillan como los de una bestia salvaje que te observa desde el interior de una cueva antes de atacar. Resulta imposible escapar de ellos y se opta por expulsar del colegio a su dueño.

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7 comentarios

  1. Álvaro Richino

    Podría haber sido un artículo apasionante, si no hubiera errores históricos de bulto, y si el autor no se hubiera dejado llevar por una dosis grande de lirismo. Hay un error inicial en el apellido de Semiónov, y sobre todo, un garrafal desconocimiento de la historia rusa: «Miguel II» no era hijo de Nicolás II (el zarévich se llamaba Alexei, o Alejo), sino su hermano. Nicolás II abdicó en su nombre y en el de su hijo, y Miguel pudo haber reinado si al día siguiente no hubiese diferido la forma de gobierno a la Duma. Es cierto que en su momento se lo conoció como Miguel II, pero no se formó ningún gobierno en su nombre, y generalmente no se lo incluye en la lista de emperadores de Rusia. Ungern-Sternberg es un personaje fascinante, como para una película. El XIII Dalái Lama lo reconoció como encarnación de Mahakala, una deidad destructora.

    • Gracias por las puntualizaciones. Como dices, hay un error inicial en el apellido de Semionov (era Mijailovich Semionov y no Mijailovich Semionovich) que responde a un error de transcripción obvio, ya que me refiero a él como «Semionov», ya de forma correcta, en los siguientes párrafos. Efectivamente, Miguel era hermano y no hijo, y eso es un lapsus que no tiene nada que ver con haberme «dejado llevar por una dosis grandes de lirismo» (sin él ya tienes la wikipedia), sino simplemente a que uno es humano y puede confundir nombres (supongo que la ejecución de un niño como el zarevich pesaba en el subconsciente a la hora de escribir el texto. Por último, que Ungern reivindicaba el trono para él queda patente en la foto que ilustra el reportaje (fíjate en su hombro izquierdo).

  2. No se llamaba Roman?

  3. Gran artículo histórico, muy buena redacción.

    Gracias.

  4. Da gusto leer artículos amenos y tan bien escritos. Un personaje desconocido e interesante.

  5. En Corto Maltés es Siberia aparece el Barón Ungern retratado bajo una mirada romántica pero sin silenciar su lado maniaco homicida.

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