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«Temed a Dios y dadle gloria»

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Santa Fe de Conques. Fotografía: Jean-Louis Zimmermann (CC).

Temed a Dios y dadle gloria pues la hora de su Juicio ha llegado. 

(Apocalipsis 14:7)

El miedo, los miedos, siempre han acompañado y siempre acompañarán al ser humano a lo largo de su existencia. El miedo nos hace reaccionar ante amenazas exteriores, sean estas reales o no. Los miedos suelen ser además compartidos por los miembros de una misma sociedad o cultura. A veces esos miedos se van heredando, generación tras generación, a lo largo de la historia cambiando únicamente el modo en el que nos enfrentamos a ellos. 

Intentar entender los miedos y temores de los hombres y mujeres de la plena Edad Media europea supone entender antes que nada cómo era el mundo en el que habitaban y, sobre todo, cómo percibían ellos ese mundo. Cosa nada fácil. El mundo de los siglos XI al XIII no se parece mucho al nuestro. Tras la Alta Edad Media y sus temores apocalípticos ante la llegada del año 1000 se da un renacimiento de la ciudad y el comercio. El feudalismo y su sociedad jerarquizada y estamental se afianzan y la Iglesia católica se erige en estandarte de este renacimiento. Europa se llenará de iglesias y la victoria en la primera cruzada ayudará a esta concepción de iglesia triunfante. En este contexto, la vida cotidiana y el imaginario colectivo de los hombres se impregnan absolutamente de sentido religioso. Podría decirse que se trata de una sociedad casi cristocéntrica, donde todo empieza y acaba en Dios. El hombre medieval percibe el mundo como un cosmos armónico donde todas las cosas son buenas en tanto que Dios las ha querido. Armónico pero estático, casi tanto como la sociedad feudal. Esta formulación se encuentra por ejemplo en Dionisio Aeropagita: Toda cosa, en cada una de sus propiedades, muestra la sabiduría divina y quien conociere todas las propiedades de los seres verá esa sabiduría. También san Buenaventura lo deja bien claro: todas las criaturas del mundo sensible nos conducen a Dios. Entonces, ¿de dónde surgen las miserias y los males que asolan a los hombres? De los pecados que cometemos. El mundo, el universo, es en sí mismo bueno, son nuestros pecados los que lo convierten en ocasiones en algo horrible.

Esta es, como vemos, una forma de pensar dual que se mueve entre el bien y el mal absolutos. Los sentimientos en este contexto cultural se tornan también extremos. Los hombres medievales lloran de alegría ante un predicador emocionado y lloran desgarradoramente ante la fatalidad. Todo es algo excesivo y como tal se manifiesta. El hombre medieval vive además en un mundo lleno de significados, simbolismos, manifestaciones de Dios en las cosas o manifestaciones del demonio. 

Toda la vida gira en torno al Dios católico y en esta época de renacer y de luchas frente al hereje islam y a la hereje Bizancio este Dios se percibe como el más poderoso, un Dios reinante que llevará su ejército victorioso a todos los confines. Dios es una especie de rey del universo y también es un Dios que vendrá en el final de los días a juzgar a los vivos y a los muertos. Es el Dios juez que cada día escribe en un libro los nombres de los salvados en letras de oro y en letras negras los de los condenados.

Una religión poderosa despliégase en todas las cosas de la vida y tiñe con sus colores todos los movimientos del espíritu y todos los elementos de la cultura.

(J. Burckhardt)

Pero, entonces, ¿cuáles eran los miedos medievales si tenemos en cuenta todo esto? Por supuesto el miedo a la muerte, el miedo a lo sobrenatural, a la magia negra, a la brujería, pero también el miedo a las plagas, a las malas cosechas, a las epidemias, a los fenómenos naturales, a los marginados, miedo a la violencia y a la guerra. Como vemos, no son nada extraños y aún hoy podemos entender muchos de ellos. Sin embargo hay un miedo que superará a todos y que en cierto modo los origina casi todos. Este miedo estará presente en todas las manifestaciones artísticas durante la Edad Media y si hablamos de arte en esta época, hablamos, una vez más, de la Iglesia.

Ya hemos dicho que el renacimiento cultural a partir del siglo XI llenó Europa de iglesias y lo hizo de la mano del primer arte europeo, el arte románico. Y el románico también está absolutamente impregnado de toda la simbología medieval. La iglesia no es solamente un santuario donde los fieles se reúnen, es algo más. La iglesia es la casa de Dios en la tierra y, al ser la casa de Dios el cosmos, una iglesia no dejará de ser un cosmos en miniatura, una imitación que se pone al alcance de los hombres de ese universo. Pero además, el templo se convertirá en una auténtica Biblia, ya que hemos de tener en cuenta que la mayor parte de la población no sabía leer y apenas podía entender el latín de los oficios religiosos. Así, los muros, capiteles, frisos y portadas se llenarán de escultura y pintura con dos fines: la belleza, que en esta época se entiende sobre todo referida a proporciones y medidas, y otra función, la de hacer llegar a los fieles la verdad de Cristo, los dogmas de la Iglesia y de los Padres de la Iglesia.

Pero, ¿qué puede tener que ver la iconografía románica, las esculturas o pinturas con el miedo? No podemos aquí hacer un repaso de toda ella, pero sí podemos detenernos en un lugar de la iglesia románica que nos hará entender un poco más el miedo de los hombres y mujeres medievales: la puerta. La puerta de la iglesia románica es la frontera entre lo profano y lo sagrado, y por tanto conmina a los fieles a la purificación para poder atravesarla. Recordemos las palabras de Cristo en el Evangelio de san Juan 10,7 «Yo soy la puerta». No es de extrañar que muchos predicadores instalaran sus púlpitos frente a las portadas de las iglesias románicas de las ciudades. La puerta tiene además un sentido de resumen teológico de toda la doctrina que se encuentra representada en el interior del templo y entre los siglos XI y XIII, la época del Cristo triunfante, no es de extrañar que fuera el Juicio Final una de las escenas más representadas.

Siguiendo en primer lugar el Evangelio de san Mateo en estas portadas se representa a Cristo en majestad:

Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante Él todas las naciones, y Él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda».

(San Mateo 25,31-16).

Pero veamos un ejemplo, la abadía de la Santa Fe de Conques. Levantada entre los siglos XI y XII es un maravilloso ejemplo de Juicio Universal. Cristo aparece rodeado del tretramorfos, los cuatro evangelistas, y la mandorla mística, además, de un coro de ángeles tocando trompas. Su figura destaca sobre las demás y es que en el románico también la escala es didáctica: las figuras más grandes son siempre las más importantes. Este Cristo muestra de forma clara dos caminos: a su derecha el paraíso, a su izquierda la condenación. 

Bajo los pies de Cristo una psicostasia: san Miguel pesando las almas y enviando a la Jerusalén Celeste, representada por seis arquerías, a los justos  y al infierno a los pecadores. Las diferencias entre paraíso e infierno son notables. El primero está «habitado» por santos, profetas, buenos abades… sin embargo, lo que más nos interesa hoy es justo el lado izquierdo. Los condenados son conducidos de muy malas maneras por diablillos de todo tipo a la boca de un gran monstruo que no es más que la puerta al infierno, el reino de Satanás. En este lado aparecen también los siete pecados capitales representados como personajes antropomorfos: soberbia, lujuria, envidia, ira, avaricia, pereza y gula. Abades malvados devorados por monstruos, falsificadores acosados por demonios, borrachos que cuelgan boca abajo… el repertorio de suplicios a los pecadores es casi interminable. Además del detalle en las figuras y castigos hay algo más que no pasaba desapercibido para el hombre medieval: el orden. Mientras el paraíso presenta un orden compositivo claro y limpio, el infierno es un auténtico caos y en un mundo como el medieval, en que la belleza está relacionada con lo bueno y con la proporción, un vistazo rápido de la portada dejaba ya  bien claro cuál es un lado y cuál otro. En el dintel esta inscripción en latín, por si quedara alguna duda: «Pecadores, si no cambiáis vuestras costumbres, sabed que sufriréis un juicio temible». Ahí lo tienen, en piedra, esculpido no solo en Conques sino a lo largo de toda Europa occidental, el miedo supremo del que les hablaba, el temor de Dios. Del temor de Dios nace el miedo al demonio, a los diablos, al infierno y por supuesto al pecado. El pecado, recordemos,  que explica todo el mal ya que trae consigo el castigo divino que se materializa de mil formas: plagas, enfermedad, muerte, etc. Desde Santa Fe de Conques, pasando por Santa María de Sangüesa, y, ya en el gótico, la portada de la catedral de León, Europa se llenó de iglesias cuyas portadas se encargaron de recordar a los creyentes los peligros de no seguir el camino marcado por Cristo, el camino correcto y, por tanto, el camino hacia la salvación. ¿Y en qué se convirtió este temor de Dios, además? En un estupendo modo de control social que un sistema como el feudal requería: nadie debía salirse de su función marcada en el mundo, nadie debía rebelarse contra el mundo tal y como era.

Hoy vemos esas escenas de diablos cornudos casi como un cómic que nos saca media sonrisa. Nos sorprendemos de la imaginación del artesano y poco más. Esos personajes grotescos y castigos imposibles hace mucho tiempo que dejaron de darnos miedo y por tanto han perdido el significado para el que fueron concebidos. Pero, si alguna vez están ante una portada como la de Conques, simplemente recuerden la balada que el poeta del siglo XV François Villon compuso para rezar a Nuestra Señora y en la que hace hablar a su madre: «Soy una mujer pobre y vieja,

Que nada sabe, nunca leí una letra;

Veo en la iglesia de la que soy feligresa

Pintado el Paraíso, en el que hay laúdes y arpas,

Y un infierno en el que los condenados son hervidos:

Uno me da pavor, el otro alegría y alborozo.

Quizá nadie resumió mejor en unas pocas líneas lo que aquellos hombres y mujeres sentían al cruzar aquellas puertas. Recordarlas hará que entendamos mejor el arte románico, y lo que es más importante, entenderemos mejor a aquellos que lo construyeron y que nos lo legaron pese a que los siglos y el conocimiento nos hayan hecho tan diferentes y sus miedos ya no nos parezcan los nuestros.

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