
Temed a Dios y dadle gloria pues la hora de su Juicio ha llegado.
(Apocalipsis 14:7)
El miedo, los miedos, siempre han acompañado y siempre acompañarán al ser humano a lo largo de su existencia. El miedo nos hace reaccionar ante amenazas exteriores, sean estas reales o no. Los miedos suelen ser además compartidos por los miembros de una misma sociedad o cultura. A veces esos miedos se van heredando, generación tras generación, a lo largo de la historia cambiando únicamente el modo en el que nos enfrentamos a ellos.
Intentar entender los miedos y temores de los hombres y mujeres de la plena Edad Media europea supone entender antes que nada cómo era el mundo en el que habitaban y, sobre todo, cómo percibían ellos ese mundo. Cosa nada fácil. El mundo de los siglos XI al XIII no se parece mucho al nuestro. Tras la Alta Edad Media y sus temores apocalípticos ante la llegada del año 1000 se da un renacimiento de la ciudad y el comercio. El feudalismo y su sociedad jerarquizada y estamental se afianzan y la Iglesia católica se erige en estandarte de este renacimiento. Europa se llenará de iglesias y la victoria en la primera cruzada ayudará a esta concepción de iglesia triunfante. En este contexto, la vida cotidiana y el imaginario colectivo de los hombres se impregnan absolutamente de sentido religioso. Podría decirse que se trata de una sociedad casi cristocéntrica, donde todo empieza y acaba en Dios. El hombre medieval percibe el mundo como un cosmos armónico donde todas las cosas son buenas en tanto que Dios las ha querido. Armónico pero estático, casi tanto como la sociedad feudal. Esta formulación se encuentra por ejemplo en Dionisio Aeropagita: Toda cosa, en cada una de sus propiedades, muestra la sabiduría divina y quien conociere todas las propiedades de los seres verá esa sabiduría. También san Buenaventura lo deja bien claro: todas las criaturas del mundo sensible nos conducen a Dios. Entonces, ¿de dónde surgen las miserias y los males que asolan a los hombres? De los pecados que cometemos. El mundo, el universo, es en sí mismo bueno, son nuestros pecados los que lo convierten en ocasiones en algo horrible.
Esta es, como vemos, una forma de pensar dual que se mueve entre el bien y el mal absolutos. Los sentimientos en este contexto cultural se tornan también extremos. Los hombres medievales lloran de alegría ante un predicador emocionado y lloran desgarradoramente ante la fatalidad. Todo es algo excesivo y como tal se manifiesta. El hombre medieval vive además en un mundo lleno de significados, simbolismos, manifestaciones de Dios en las cosas o manifestaciones del demonio.
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