
Periodista, hombre, busca mujeres para charlar sin prisas y con pausas entre cafés. Fatma dice que no: nada más sentarnos, alguien subirá una foto a Facebook llamándola «puta». El Kodo (la versión local del Kentucky Fried Chicken) parece un lugar bastante aséptico para un encuentro. No. ¿Qué tal el inmenso paseo de la playa? Peor aún. ¿Quizá coger un coche y alejarnos hasta algún lugar más discreto fuera de la ciudad? Que nos vieran juntos en él sería catastrófico. Yo podría viajar en el maletero, pero al final decidimos reunirnos en el hall del único hotel de Zuwara (oeste de Trípoli), donde nos sentaremos recatadamente a la vista de un recepcionista que se resiste a bajar la guardia.
Esta introducción antes de continuar con la historia de Fatma al Omrani y las libias en general me sirve para responder a una pregunta que alguien me hizo vez: «¿Por qué hay tan pocas mujeres en tus textos?». Las que viven en el paralelo 33 ni dirigen ministerios ni comandan milicias armadas; ni lanzan sermones desde las mezquitas, ni anuncian «decisiones clave para el devenir del país» en concurridas ruedas de prensa. Tampoco es que las buscara únicamente en esos foros, pero doy fe de que hay muy pocos atajos que conduzcan hasta ellas.
Ahora, sí, vamos ya con Fatma. Tiene treinta años y una vez fue periodista. Siempre le gustó, desde muy cría, pero acabó estudiando Contabilidad. Dice que, en tiempos de Gadafi, solo las mujeres «leales al régimen» salían en los medios; «gente que pertenecía a la élite del aparato»; «bustos parlantes». Fue la guerra de 2011 la que abrió el país en canal y las puertas del oficio a Fatma. Nació, creció y sufrió la guerra en Misrata, cuando el enclave insurrecto fue sometido a una ofensiva brutal. Su voz se hizo entonces conocida a través de una radio «de campaña» desde la que se insuflaba de moral a la población durante los cuatro meses que duró el asedio.
«A los hombres les gustó aquello. Una mujer hablando por la radio que ya no era la voz del régimen y, además, daba una imagen de modernidad de cara al exterior. Era puro marketing», recuerda la joven tras el primer y último sorbo al peor café de Zuwara. Se ajusta el velo y sus gafas de concha antes de pedirle un té al camarero y seguimos tras un pequeño inciso. La guerra de 2011 se finiquitó, de forma oficial, con un discurso pronunciado desde el balcón del castillo rojo de Trípoli. La primera medida a adoptar por el nuevo ejecutivo era la revisión del tema de la poligamia. Con Gadafi también existía, pero el hombre necesitaba el consentimiento firmado de su primera mujer para casarse con la segunda. En la nueva Libia ya no se necesitaría el beneplácito legal de la esposa para añadir otra más al lote; así lo anunció el entonces primer ministro del Gobierno provisional libio, antes incluso de hablar de la reconstrucción del país. Recuerdo que tuve que repreguntar a mi traductor para asegurarme de que era realmente eso lo que estábamos escuchando.
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