El jardín

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Pieza central de El jardín de las delicias, de Jheronimus Bosch.

Este texto ha sido el ganador del concurso DIPCLSC en la modalidad de ficción científica de Ciencia Jot Down 2020.

La puerta hermética blanca permanecía, como siempre, inalterablemente cerrada.

Encontró el relato entre los papeles del viejo baúl apolillado, arrinconado en el lugar más recóndito del viejo desván, compartiendo espacio con decenas de escritos antiguos, recortes de periódicos de otros tiempos, e historias amontonadas de pacientes muertos en una época lejana. Pero fue ese documento el que le llamó la atención, tal vez por el esmero con el que estaba plegado, tal vez por lo cuidado de su escritura en tinta de pluma violeta. Todavía, a día de hoy, desconozco si aquel legajo responde a un juego literario del doctor o a una historia de alguno de los casos de la enfermedad melancólica a la que dedicó todos los esfuerzos de su vida; aquel mal que se desencadenaba por el exceso de la bilis amarilla, que acababa mutando inexorablemente en la manía más oscura, la enfermedad maldita de los dos extremos infernales, las dos máscaras de un teatro diabólico, la locura circular. El relato decía así:

«Descorrió la ventana, asomándose tímida a un exterior que creía conocer bien. Sus ojos se extasiaron con la visión del jardín, más bosque que jardín, más selva que bosque. Esperaba, y mientras tanto se deleitaba en la observación botánica de los cedros, inexplicables compañeros al costado de los magnolios en flor. Los ipés amarilleaban al lado del estanque, las jacarandás alzaban un vuelo violeta por encima de los pinos, irremediablemente más pequeños, un grupo de helechos ocultaba un tronco milenario de olivera. Todo estaba en flor.  Simultáneamente. Los frutos cargaban las ramas de los árboles casi partiéndolas por el peso. Se sentía inmensamente feliz, mientras una cálida lluvia amarilla humedecía el jardín, salpicando las piedras de rodeno que llegaban hasta el lago.

La escultura de una Venus, colonizada  por el musgo, miraba hacia la casa, al lado del estanque. Era uno de los  mejores días de su vida. Ya había pasado una semana desde la espléndida boda celebrada en la plaza del pueblo, cuando largas mesas acogían a los  centenares de invitados, y se cocinaban corderos enteros en las panaderías, y los negros traían las frutas tropicales en carretas. Recordaba cuando el alcalde se levantó para desearles una feliz y próspera vida a la pareja. Seguía lloviendo y un inmenso arcoíris nacía del jardín, contando por decenas los colores descubiertos justo en ese momento, y que tal vez no podría volver a enumerar nunca, adivinando cada una de las extrañas tonalidades que coloreaban el lago, tornándolo  mágico y extraño a la vez. Abrió la ventana para observar con mayor nitidez el espectáculo y un olor a cereza madura invadió la estancia, mezclándose con el dulce aroma de tabaco de pipa fumada esa misma mañana por el comandante. Decidió salir a pasear sobre la hierba fresca, y sus pies mojados y calientes se deslizaron hasta la orilla del lago, bordeando el camino que conducía hasta la fuente. Se sentó en el banco y observó que el número de nenúfares había disminuido desde el día de la boda. Ahora quedaban menos. Tal vez menos que desde que el comandante partiera esa misma mañana, tal vez desde la última vez que miró el estanque desde la ventana.

Los días se sucedían lentamente, y aunque el calor seguía siendo húmedo y asfixiante, seguía sin tener noticias del comandante. La súbita alegría que sentía en la mañana de los dos días anteriores había dado paso a una  tristeza incomprensible, que le hacía vagar sin sentido por las  habitaciones de altos techos y de ventanas engalanadas con cortinas  victorianas. Una lluvia anaranjada se observaba a través de los cristales.  No solo no había dejado de llover en todo aquel tiempo, sino que cada  vez llovía más intensamente. Manzanas, mangos, papayas y membrillos estaban esparcidos por el suelo del jardín. Ya no quedaba ni uno solo de los frutos en los árboles. Habían ido cayendo poco a poco. Recordaba la  vez que se desgajó el primero de su rama. Hizo un ruido metálico al caer al suelo despertándola en la grisácea oscuridad nocturna. Oía llover cada  vez más intensamente, y como un reflejo en medio de la noche creyó ver una estrella fugaz colarse por la ventana, pero en vez de una  estrella era un rostro familiar que se abalanzaba hacia ella veloz, o igual  había sido un sueño del que no despertó, o tal vez nunca hubiera oído ese ruido metálico que la hizo desvelarse en la noche de las nubes púrpuras.

El aspecto del jardín era desolador. Los frutos se habían podrido en el suelo, dejando fantasmas de pulpa, ensoñaciones de cortezas, almas  frutales desperdigadas tras la tragedia. Nadie había escrito durante esas semanas. Ningún telegrama, ninguna carta desde las tierras lejanas y agrias. Empezaba a dudar de su vuelta. Empezaba a pensar que todo había sido un sueño. Que nunca había existido el comandante, que estaba  a muchas millas de un sitio habitado, que no existía ningún alcalde, ningún pueblo, que nunca había estado casada. Pero aun así seguía esperándole. Confiaba en que volvería. Estaría pronto de vuelta y la felicidad entraría con él por la puerta de la casa, y pararía por fin de llover, esa maldita lluvia roja, y los árboles volverían a florecer, e incluso a echar fruto, comerían granadas maduras cogiéndolas de los árboles, saboreando la pulpa caliente en sus bocas, viendo el atardecer en las  montañas lejanas. Pero seguía lloviendo y ya no se oían pájaros, ya no cantaban los grillos en el bochorno crepuscular. Las hojas de los árboles caían sin cesar; pardas, negras, azabaches. Y cada vez le dolía más el  pecho. Le dolía de ausencia, de tristeza, de desesperanza.

Aquel día casi no se pudo levantar. Se movía por la casa como un  fantasma. Una espesa niebla se alojaba en los techos de las habitaciones.

Ya no olía a cerezas maduras. Ya no olía a nada. Un frío glaciar se colaba  por las ventanas. La lluvia negra caía cada vez más copiosa. Asomándose  a la ventana de la habitación observó un paisaje lunar, adivinando esqueletos en vez de troncos, viendo caer aquella lluvia obscena sin compasión, entristeciéndose más aún con la fría piedra de las estatuas, con la decadencia de las fuentes, con la desaparición temprana de los pájaros, con la muerte sin excusas de los insectos. Se sintió cansada,  tremendamente exhausta. Se dio cuenta por vez primera de que nunca volvería. Se acercó con dificultad hacia la cama. Decidió echarse en ella.  Apoyó suavemente la cabeza en el almohadón de plumas y entornó los  ojos. Los cerró dulcemente, con la consciencia y la seguridad de que nunca más los volvería a abrir. Supo que esta vez era para siempre. Que  no volvería. Que no despertaría jamás. Oyó de nuevo la incesante lluvia  negra en los cristales».

El papel permaneció unos segundos soportado por la tensión de su mano, mientras enjugaba sus ojos. Plegó parsimoniosamente la carta, respetando milimétricamente las guías oscurecidas de los dobleces antiguos. Volvió a mirar con atención el camafeo que tenía en su mano, con aquella mujer anónima, pero de rasgos insoportablemente reconocibles.

Le sacó de su ensimismamiento el eco del ruido pesado de la llave accionando el trabajoso mecanismo de la cerradura. La enfermera, coronada por una cofia de otro tiempo, lo miró recelosa. Él hizo el amago de señalarse los brazos, inmóviles debajo de la apretada camisa y de las cinchas que lo anclaban a una silla metálica incrustada en las profundidades infinitas de la tierra. Ella no respondió a la pregunta que enunciaban sus ojos y que musitó entre dientes:  ―¿Hoy por fin vendrá a visitarme mamá?―. Pero ella no le oyó, o hizo como que no lo oía, mientras le preparaba con desgana la dosis matutina de litio en la sala  de paredes acolchadas.

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