Sticky Fingers: Nicky Hopkins, el pianista fantasma

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Nicky Hopkins
Nicky Hopkins (CC)

Tenía el estigma de la muerte encima.

Truman Capote sobre Nicky Hopkins, recogido en Robert Greenfield, S. T. P.: A Journey Through America with the Rolling Stones, Boston, Da Capo Press, 2002.

Es el año 1991. Un videoaficionado graba el vigésimo tercer aniversario de Village Music, una pequeña tienda en Mill Valley (California). Pocos espectadores, no más de una treintena, esperan pacientes el próximo número. Al estrado, pobremente iluminado, sube un hombre maduro que rezuma enfermedad en su rostro demacrado. Está ataviado con una camisa azul de estampados de cebras, la cual resultaba una suerte de uniforme en aquella California donde Guns N’ Roses redefinían el concepto de lo hortera. Sus profundos ojos, encerrados en unas gafas de montura larga, parecen haber visitado ya otros mundos. Este aspecto tétrico, tan distinto a su concurrencia, queda disipado por una pequeña voz todavía juvenil que rompe el hechizo gótico: «Voy a tocar algo, os sorprenderá…».

Lo que sigue después es un movido blues que comienza lento, aportando cierta gravedad, para acabar con unas florituras demenciales, naturales de un virtuoso, y que provocan un estallido de aplausos. El pianista, sorprendido, llega a imitar un gritito de ese público entregado. Su siguiente número, que proclama como pieza «nostálgica», es un gran trabajo sonoro y finaliza con más alaridos de celebración. Este músico casi anónimo, sin creérselo del todo, se retira del escenario poco después. No hace ningún gran aspaviento, ni un gesto de solemnidad. El fantasma volvía a la oscuridad…

¿Quién era este espectro capaz de evitar el elogio de manera tan honesta? ¿Cuánto deben los Who a su participación en su primer disco? ¿Quién tocó la mayoría del piano en los fundamentales discos psicodélicos de los Kinks? ¿Cuál era ese miembro virtual de los Rolling Stones que tan poco crédito obtuvo por sus discos más señalados?

Se trataba de un chico nacido el año 1944 en Perivale (norte de Londres) llamado Nicky Hopkins.

Un joven cadáver

Fue un pianista precoz, que tocaba ya desde los tres años. En una de sus últimas entrevistas, que coincide con el concierto relatado, cuenta que su madre le «alzó a la butaca» y le enseñó los primeros acordes. Se educó en la Grammar School de Wembley y en la adolescencia obtuvo una beca por la Royal Academy of Music. Es, así, uno de los pocos músicos británicos vinculados a la música popular que sabía tocar a los clásicos, aunque abandonará estos para trabajar para la emergente escena pop inglesa.

Comenzó como músico de la banda Screaming Lord Sutch and the Savages, precursora en ofrecer espectáculos circenses con cada concierto. Se cuenta que vestían de enterradores y hacían emerger a Lord Sutch, el cantante, de un ataúd. Entre esos oscuros músicos estaba nuestro fantasma, Hopkins, que hubo de esperar para tener su fama inicial con el grupo Cyril Davies All-Star. Niño prodigio del tiempo detrás de su piano, cita que ese grupo de blues «llenaba el Marquee Club» de Londres todos los jueves. ¿Sus teloneros? Unos jóvenes Rolling Stones, que carecían todavía de ningún éxito para 1962. Ellos, afirmó Hopkins, «estaban con Chuck Berry y Bo Diddley mientras nosotros estábamos tocando a Muddy Waters y los pioneros».

Su primer grupo instrumental de éxito, Country Line Special, tenía la autenticidad del blues de Chicago que pretendía Davies. Este grupo efímero de la escena blues británica, de la que salieron decenas de bandas de rock ácido a finales de la década, acabará por el fallecimiento del fundador debido a problemas cardiacos y por las complicaciones del estómago de Hopkins: se le diagnosticó la enfermedad de Crohn. Esto hizo difícil en su madurez que estuviera disponible siempre para las giras e impidió cualquier tentativa de estrellato. Siempre le quedaría el estudio de grabación…

Los grupos pop de guitarras, que no siempre contaban con pianistas virtuosos, estaban siempre necesitados de sangre fresca que pudiera tapar en el disco sus limitaciones. El Stone Keith Richards, tan poco florido en piropos a sus compañeros en sus memorias, consideró de hecho a Hopkins «un supermúsico invitado». Ray Davies lo inmortalizó así en «Session Man», el quinto corte del LP Face to Face.

Playing at a different studio every day.

He reads the dots and plays each line,

And always finishes on time.

No overtime nor favors done.

La primera vez que Hopkins llegó a los oídos de todos fue en el seminal disco de los Who My Generation del año 1965. Este long play supuso una ruptura con el pop británico y cargó de sonidos más fuertes, especialmente a través del bajo de John Entwistle, los primigenios cortes en el estilo del sonido Mersey. Hopkins está en casi todas las canciones del disco, como «The Good’s Gone», «La-La-La-Lies» o «The Ox». 

Se pondrá en este tiempo bajo la protección de productores como Shel Talmy o Andrew Loog Oldham, que le llevarán a tocar con grupos como EasybeatsGood Times», «Heaven and Hell») o Pretty Things («Midnight to Six Man»). El biógrafo musical Ray Coleman citaba un consejo de Hopkins sobre la actitud correcta para mantener este trabajo abnegado y anónimo: «Sigue tocando y mantente callado; entonces, te volverán a invitar».

Sticky Fingers
Nicky Hopkins (CC).

El piano blues psicodélico

La tradición de varietés, de la revista británica, fue en inicio adversa al nuevo pop-rock de guitarras. Avanzados los sesenta permeará en los intérpretes, a decir del crítico musical Ian MacDonald, y especialmente en aquellos de mayor vertiente pop (Beatles, Kinks, Manfred Mann, etc.), que verán desplazar la importancia de las guitarras a los teclados. En ese estilo burlesco de piano, entre el music hall y el ragtime, Hopkins fue fundamental en muchas piezas de la psicodelia del 66 al 68 y se encumbró como músico clave en las sesiones de Olympic Studios (primer estudio de ocho pistas en Londres). Las dos relaciones decisivas de este músico en ese estilo en boga son los Kinks y los Rolling Stones. 

Con los primeros tomó contacto a través de Talmy y tocó tanto en The Kink Kontroversy, el citado Face to Face, Something Else by the The Kinks y el clásico The Kinks Are the Village Green Preservation Society. Ray Davies consideró que Hopkins tenía la capacidad de «convertir una canción normalucha en una gema, tocando el acorde correcto en el tiempo preciso y una serie de melodías acompañando el ritmo». El biógrafo Julian Dawson, que hizo un trabajo excepcional para revivir a este músico fantasma, llega a citar que casi todo el piano que se atribuyó a Davies en esos discos de los Kinks lo tocó Hopkins. 

Los Rolling Stones fueron más generosos: su vinculación a la banda se data desde 1967, con el single «We Love You», el cual pretendía seguir la estela de «All You Need Is Love» (coros de Lennon y McCartney incluidos) y los hits lisérgicos de pianolas y clavicordios. Omnipresente en Their Satanic Majesties Request, su particular McCartney en un grupo sin grandes pianistas tomará mayor importancia en los Stones gracias a su previa experiencia con el blues. Será de este modo un intérprete fundamental en los celebrados discos de Jagger y Richards a final de década e inicios de los setenta: Beggars Banquet, Let it Bleed, Sticky Fingers y el doble Exile on Main Street. 

Glyn Johns, que produjo a los Stones y todo el pop inglés, consideraba a Hopkins «un genio absoluto» y los colaboradores daban fe de que Nicky «solo necesitaba oír una canción una o dos veces para memorizarla». Mereció aparecer en el encarte de Exile… e incluso los Stones sacaron un disco donde Hopkins era protagonista: Jamming with Edward! Un trabajo construido en las improvisaciones de Let it Bleed cuya portada dibujó el avezado teclista.

Uno para todos, nadie para él

¿Por qué Hopkins no llegó a unirse como miembro oficial a ninguna banda? Charlie Watts, en la biografía de los Stones, lo considera, además de pianista, «un excelente guitarrista», pero desmerece sus composiciones. Un juicio un tanto aventurado, más viendo los tres notables discos en solitario de Hopkins: Revolutionary Piano of, No More Changes y, especialmente, The Tin Man Was a Dreamer. Este último es un disco pop valioso, con mucha mano de George Harrison en dos o tres temas, y que está necesitado de una profunda reivindicación. Simon Leng, en su trabajado libro del guitarrista de los Beatles, no desdeña este LP y recupera canciones como «Banana Anna» o «Lawyer’s Lament».

Hubo tentativas de que se uniera a Badfinger, según el biógrafo Dan Mantovina, aunque sí fue miembro fijo en el grupo original de Jeff Beck, de efímera existencia. De hecho, es fundamental su piano en el influyente «Beck’s Bolero», grabado en 1966: un corte experimental que casi predice el sonido glam y que cuenta con atmósferas espaciales anteriores incluso a Pink Floyd. Fueron sus futuristas discos con Beck los únicos en los cuales recibió royalties por sus pequeñas melodías al piano, según Dawson. 

Para acabar este tiempo, esta década, Hopkins no solo trabajó en Inglaterra y fue seducido por la escena hippie. Así, participó con Jefferson Airplane en Woodstock además de tocar con New Riders of the Purple Sage y los primerizos discos de Quicksilver Messenger Service y Steve Miller. En este entorno probó por primera vez el LSD, según afirmó el periodista Robert Greenfield.

Liverpool llama a la puerta

Los Beatles, que ya se habían fijado en él en la sesión de «We Love You», lo utilizaron en su sencillo «Revolution» del año 68, aún sin acreditarle. Una pequeña ráfaga de piano en el desnudo solo de John Lennon, tan inadvertida como precisa, es su única participación en el catálogo de los Fab Four. 

Será en los proyectos en solitario de los de Liverpool donde Hopkins sea una firma recurrente. Uno de sus mejores trabajos, el pimpante corte «Sour Milk Sea» de George Harrison en 1968, lo presentaba como piano solista domeñando un soul notable a la voz de Jackie Lomax. Corte perdido del álbum blanco, sencillo que no tuvo éxito, tiene un supergrupo detrás: Paul McCartney al bajo, Ringo Starr en la batería, Eric Clapton de guitarra solista, George Harrison en la rítmica y las inconfundibles florituras al piano de Hopkins.

Con la ruptura de los Beatles, Hopkins dará lo mejor de sí: su piano, atribuido erróneamente a Phil Spector o a Lennon, es omnipresente en el disco Imagine del año 1971. Cortes como «Jealous Guy», «How Do You Sleep?» o «Crippled Inside» son impensables sin las ráfagas de piano de Nicky, las cuales dan un preciosismo natural a las canciones. Colaboró también en otro LP de Lennon, Wall and Bridges, aunque sin tanta preeminencia. Su trabajo en el taciturno Living in a Material World de George Harrison, donde su piano instrumental es «el instrumento más prominente» según Leng, refuerza el estribillo de ese número uno en Estados Unidos que fue «Give Me Love». Otro éxito en América, «Photograph» de Ringo Starr, contaba con Hopkins al piano, apareciendo también a lo largo del long play del batería.

El ocaso

En su libro sobre la gira de despedida de los Stones en el Reino Unido, en 1971, Greenfield recuerda una frase con cierto componente autobiográfico, entre absurda y memorable, de Hopkins: «Las ovejas lo único que hacen es estar ahí y crecer: me encantan». 

Lo acompañaba en el tour una mujer misteriosa, su primera esposa, a la que el cronista no es capaz de dar nombre y cuya presencia resultaba «intimidante». Una figura materna que protege a un músico demasiado parecido físicamente a Norman Bates. Ella, afirmó el periodista, «le trata como un inválido» y es solo conocida como «la chica que se ocupa de Nicky». Será la gira con los Stones en Estados Unidos del año siguiente aquella que acabará con su salud. En esta perdió once kilos y, según el escritor Christopher Sandford, «nunca se recuperó del todo». 

Los problemas con las drogas, en alguien tan frágil como Hopkins, empezarán así a mediados de los setenta y le llevarán a un progresivo retraimiento de los escenarios. Pudo, a pesar de todo, aportar su toque a discos como It’s Only Rock’n’Roll de los Stones o Reflections de Jerry Garcia. Los años ochenta fueron más productivos y está presente en algunos discos de Rod Stewart, Paul McCartney, Meat Loaf o Belinda Carlisle, además de participar en el kitsch número uno de Julio Iglesias y Steve Earle: «To All The Girls I’ve Loved Before». La trabajada figura de piano da carácter a un tema de una producción excesiva. 

Según la tremendista historia de las drogas en el rock de Harry Shapiro, «Hopkins desapareció» por su adicción a las sustancias, y era frecuente verle «desplomado sobre un piano en un rancho propiedad de un mafioso». Mucho, mucho tiempo había pasado desde ese joven tímido, de carácter adorable, que regaló su talento a todas las prima donnas del pop británico sin obtener nada a cambio. Desesperado, «había gastado más de un millón de libras en alcohol, Valium, heroína y hachís», declaró. Fue cuando incluso llegó a suplicar trabajo a John Lennon poco antes de morir, a decir de los biógrafos del músico de Liverpool. Pero su salvación tendrá otro nombre: L. Ron Hubbard.

El camino a la luz

Un castillo de estilo francés, con torreones entre Luis II de Baviera y la Cenicienta, fue el particular Camelot de Hopkins. Situado en Hollywood, en California, ofrecía un programa de desintoxicación y era la sede más concurrida de la Iglesia de la Cienciología creada por Ron Hubbard. Allí pudo grabar en su flamante estudio de sesenta y cuatro pistas, donde participó en el disco The Road to Freedom con la pista «The Way to Happiness» junto a otros músicos como Leif Garrett o Julia Migenes. 

Su carta de adhesión a la secta, con ese fervor del converso, habla de cómo el programa de desintoxicación le «salvó la vida». Declara al fundador incluso «el mejor amigo que la humanidad haya tenido jamás». Trataba de «portarse bien con Dios», aunque también de sobrevivir a la hepatitis, según los rumores. Muchos años habían pasado desde que fuera el pianista de cámara preferido para sus satánicas majestades…

Recuperó su obra, realizando varias bandas sonoras para filmes japoneses (The Fugitive, Patio o Namiki Family), aunque tuvo escasas sesiones en los años noventa, casi siempre vinculadas a amigos como Gary Moore. Tuvo tiempo y el buen gusto, eso sí, de colaborar en el segundo disco de Spinal Tap: Break Like the Wind. En 1993 fue hospitalizado, y ante su quebradiza salud decidió mudarse al benigno clima de Nashville, Tennessee. Allí podría vivir de su fértil escena musical junto a otros dinosaurios del rock.

No pudo hacerlo: murió por su dolencia estomacal con apenas cincuenta años, el 6 de septiembre de 1994. «No tenía ego, era su secreto», afirmó Ray Davies en su obituario para The New York Times.

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10 Comentarios

  1. el kitsch número uno de Julio Iglesias y John Denver (no Steve Earle): «To All The Girls I’ve Loved Before»

      • Julio Iglesias quiso cantar en un disco de Judas Priest. En una de las canciones de su disco fresa 80’s Turbo. Pero creo que los Judas se hicieron los despistados algo así como «bueeeno… al final no sucedió…». Grababan en estudios contiguos o algo así.

        Yo que quieres que te diga… pagaría por oir esa mierda. Como el agua y el aceite que dijo aquel.

        Poca broma con Julio Iglesias, el tío ha pateao lo impateable y se ha codeado con figuras de talla mundial. De hecho su figura se hizo ecos hasta en el underground arty/punkarra de usa 80’s pues los Butthole Surfers le dedican un tema en su cuarto disco.

        • Por no hablar de lo que ha follado. Y pensándolo bien, yo desearía que hubiera follado más para tener menos tiempo para cantar o eso que él piensa que hace.

        • «Julio Iglesias
          Jacked off in outer-spacias
          Did 69 with the pope in the butthole
          Rammed that sucker head down that throat now
          Julio he had a mole
          Went to the doctor with a fiery pole
          Saw the nurse what did he see
          Loved to watch his sister pee
          Oh baby baby rock and roll sock it to me»

          No creo que fueran phanses, como tampoco creo que los Manowar lo fueran de Bertín OsboUrne, pero un universo en el que Los surfistas idolatraran a Yulio me parecería ok.

  2. Es increíble todo lo que le debemos a Nicky Hopkins. Es tan grande que no lo vemos. En mis oídos sigue repiqueteando el piano de “She is a Rainbow”, desde hace cuarenta años, la primera vez que la escuché.

  3. Keith Richards en sus memorias habla maravillas de muchos músicos con los que tocó, dentro y fuera de los rolling stones. No se mete con muchos de ellos y cuando lo hace no es por su calidad musical.

  4. Muy buen artículo, un único pero le pongo, creo que sobra el comentario del principio acerca de que «… Guns N’ Roses redefinían el concepto de lo hortera», no viene a qué ni a cuento que el autor del artículo muestre su animadversión hacia este grupo, si el autor necesita hacer pública su ojeriza hacia Guns’N’Roses quedaría mejor hacer un artículo detallando sus motivos, el cual estaría encantado de leer y de discutir. Pero en general, muy buen artículo dedicado a un músico que creía que no conocía, pero que, musicalmente, he escuchado muchas veces.

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