En un lugar de los Andes…

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4229905828 bc1bd4fbd8 b Nick Jewell
Mujeres aymara en los Andes centrales. Foto: Nick Jewell (CC)

Si le preguntásemos a un viejo aymara por sus antepasados, probablemente entornaría los ojos primero, cegados por el sol; luego, con la calma propia de quien tiene todo el tiempo del mundo, acompañaría su respuesta con un gesto de la mano señalando hacia delante1.

Ayer y mañana; delante, detrás. El tiempo como metáfora espacial no es nada nuevo. ¿Cómo expresar, si no, un concepto tan escurridizo? Así, entendemos perfectamente cuando alguien nos dice: «Se ha avanzado la reunión», «Tiene toda una vida por delante» o «Atrás quedan los años de la infancia».

Existe un consenso en casi todas las culturas mediante el cual el futuro se encuentra más adelante, al final de nuestros pasos, que nosotros avanzamos hacia él. Por eso lo llamamos destino. El pasado, entonces, es eso que inexorablemente vamos dejando atrás, como un lastre que se nos va cayendo de los bolsillos.

Esto no es así para los aymaras.

Para este pueblo indígena de los Andes centrales, el ayer se encuentra ante sus ojos, pues es todo cuanto se ve o se ha visto (aquello que se conoce), mientras que entienden que el mañana queda a sus espaldas, por ser todo aquello que todavía no se ha visto, aquello que aún no se conoce2.

Al igual que quien se ha bajado en la parada equivocada, dense unos segundos para habituarse a este nuevo y volteado mundo que se les propone. Saboreen el vértigo. Ante sus narices, el pasado en toda su nitidez, esplendoroso. Detrás de usted, bordoneando en su nuca, el ciego porvenir.

Se dice que un aymara nunca se impacienta. Esperar seis o siete horas para que pase la buseta, por ejemplo, no es motivo de inconveniencia. ¿Qué sentido tiene la prisa para alguien que no se dirige a ninguna parte? La comprensión del tiempo modifica nuestras actitudes, evidencia que encontramos en la etimología de palabras como templanza o temperamental.

Al otro lado del espejo, experiencias como la nostalgia o la ansiedad, que tan frecuentemente nos asaltan por estos lares, son para nosotros carreras a contracorriente, como si el tiempo fuera una resistencia espesa que hubiera de ser atravesada. Una fuerza a vencer. La nostalgia como recuperación de lo pasado y la ansiedad como negación de lo venidero. En ambos casos —porque el pulso siempre se pierde— la derrota es dolorosa.

Estas actitudes dislocadas son el síntoma de un desencuentro con nuestra temporalidad. En El aroma del tiempo (Herder, 2015), el filósofo Byung-Chul Han diagnostica una «dispersión temporal» (disincronía) especialmente acuciante en nuestros días, que tiene que ver con la pérdida de un sentido de la duración. La fugacidad de cada instante, vivida como una sucesión de picos de actualidad, nos sitúa ante un nuevo escenario que ya ha dejado atrás la noción del tiempo como narración. Hoy todo, incluido uno mismo, se experimenta como efímero, radicalmente pasajero.

Atrás quedaron épocas en las que creíamos en una dirección del tiempo progresiva, lineal3. Ya en 1994, el mexicano Carlos Fuentes había escrito que, a diferencia del tiempo para el europeo (asimilación de la historia mediante el progreso) en México ningún tiempo había cumplido sus proyectos y promesas, de modo que propone invertir los términos usuales del tiempo, precisamente para recuperar esa narración perdida: «quiero imaginar un pasado y recordar un porvenir, prometido en parte por ese pasado, desvirtuado otro tanto por él, obstaculizado a la vez que animado por cuanto hemos sido, somos y queremos ser»4.

Es decir que, frente al amenazante asedio de los vientos del tiempo, tal vez darse la vuelta no sea tan mala idea.

La cosmovisión aymara nos invita a pensar juntos una imagen irresistible, la del pastor que se mantiene en pie bajo el despejado cielo nocturno del altiplano, mientras el firmamento gira sobre su cabeza y se despliega poco a poco ante él. El pastor no se mueve. Es el paisaje que adquiere vida mientras pasa por su lado, volviéndose cada vez más extenso, cada vez más vasto. La hierba crece y se multiplica, los rebaños producen nuevas camadas de llamas y alpacas, flores de cacto se cierran y se abren en cuestión de segundos y una hilera interminable de cóndores vuela lento hacia el horizonte. Todo nace desde atrás y se extiende hacia delante, donde se pierde en la lejanía. Los meses y los años pasan de largo sin apenas ruido. Llegan fechas en que los mayores mueren y también pasan a formar parte del paisaje, alejándose cada vez un poco más del pastor, que permanece quieto en la llanura. Allá al fondo, el sol y la luna se persiguen sin encontrarse hasta que un día el pastor aymara también ha de dejarse llevar por el orbe, que en todo este tiempo no ha cesado de girar. Y con las primeras luces del alba, bajo un infinito cielo rosado, se abandona a la corriente, incorporándose él mismo en el paisaje para las generaciones que vendrán detrás. 

Personalmente, uno no puede evitar pensar que el tiempo de los aymaras se parece al tiempo de la lectura. ¿O es que no reconoce su reflejo, usted que ahora lee estas líneas, en ese humilde y dócil pastor andino que ve desplegarse ante sí la historia? ¿Ni siquiera un poco? Intentaré explicarme. Hacerle cambiar de opinión.

En el acto de la lectura, el sistema temporal delante-detrás es sustituido por un eje de abscisas. Dicho de otro modo, a menos que sea usted árabe o hebreo, el pasado se acumulará fielmente en las páginas de su mano izquierda, siempre al alcance, siempre disponible para cualquier consulta. Igual que para un aymara, lo ya leído es un pasado que permanece y pertenece. También nosotros, lectores, estamos encarados hacia él. Porque a mano diestra (tras la página) nos aguarda el futuro: un horizonte que, aunque desconocido, sabemos inmutable, determinado. No en vano, cuando se habla de un futuro imposible de eludir, se dice de él que está escrito.

Si uno se fija con atención, hay también en el pastor de nuestra fábula una resignación hacia su propio porvenir, puesto que no se dirige hacia él, sino que, más bien, se deja alcanzar por él. De modo análogo, nada puede hacer el lector por cambiar el destino que aguarda en las páginas venideras. Es su naturaleza asumir una postura contemplativa de la realidad. Seguir con la ilusión de avance, aun a sabiendas de que en realidad se está dejando alcanzar, que es la obra que lo está traspasando a él. A usted.

Cuando leemos, todos somos aymaras.

No es ninguna casualidad que el surcoreano Byung-Chul Han proponga, como cura a nuestra dispersión temporal, el regreso a una vita contemplativa, que gane terreno a la hiperactividad, la agitación y el desasosiego de nuestra vida activa. 

Han cita a Aristóteles cuando dice que la mayor felicidad del hombre libre brota del demorarse contemplativo. En la contemplación, la vida gana tiempo y espacio, duración y amplitud. ¿Acaso no notamos cómo se abre una brecha en el tiempo cada vez que alguien abre un libro? Dato bellísimo y sugerente: pensar (del antiguo alto alemán sinnanm) significaba viajar.

La postura aymara, decíamos, es fundamentalmente contemplativa, porque deja que todo acontezca, se muestra conforme en vez de intervenir. Este paso atrás trae consigo una liberación del presente; ya no es responsabilidad del sujeto llegar a ningún destino a través de la acción, sino que el tiempo, al fin, reposa y encuentra su merecido descanso, extendiéndose mansamente por la llanura andina.

Pocos lo han entendido mejor que el protagonista de aquel chiste de Eugenio al que, entrevistado para un nuevo trabajo, le dijeron que empezaría cobrando poco, pero que más adelante cobraría el doble. Y el tipo, sin dudarlo un instante, respondió que «En ese caso, ya vendré más adelante».


Notas

(1) NÚÑEZ & SWEETSER (2006), «With the future behind them: convergent evidence from Aymara language and gesture in the crosslinguistic comparison of spatial construals of time»

(2) HARDMANN (1974), «Visión panorámica de la estructura de la lengua aymara»

(3) Han refiere una entrada de la enciclopedia Brockhaus (1838) sobre el ferrocarril que relaciona, en tono heroico, la revolución industrial y la política. El ferrocarril se transfigura entonces en «un vagón de vapor triunfal» de la revolución y el progreso.

(4) En La muerte de Artemio Cruz (1962), obra culminante del autor que versa en torno a la memoria, Fuentes deja fragmentos para el recuerdo: «Tú, ayer, hiciste lo mismo de todos los días. No sabes si vale la pena recordarlo. Solo quisieras recordar lo que va a suceder: no quieres prever lo que ya sucedió. En tu penumbra, los ojos ven hacia delante, no saben adivinar el pasado».

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4 Comentarios

  1. Excelente propuesta! La contemplación tan recomendada por los que saben vivir! Difícil tarea a emprender, gracias por lo escrito! Se me hace objetivo en esta etapa de mi vida.. y gracias por los aportes, buscaré El Aroma del tiempo, seguro es díficil de leer, sin embargo debe valer el esfuerzo!
    Saludos

    • Hola, Lidia. Gracias por comentar.
      El Aroma del Tiempo es, de hecho, un librito bastante corto y de disfrutable lectura.
      ¡Buena suerte!

  2. Bellísimo, señor. Reflexiones que hacen pensar, o reflexionar, que a su vez evocan los espejos e indirectamente nuestras espaldas, lugares geohumanos desconocidos e incontaminados.
    …futurear mirando pa’trás sería lo más aconsejable, porque volveríamos a ser niños, a la edad de la inocencia que nos regodeamos al perderla por el camino… (fragmento de una poesia, de un autor mendocino, maestro de escuela, domador, decidor y yerbas varias) Muchísimas gracias por la lectura.

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