De nazis y padres autoritarios: la leyenda del hombre lobo  

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hombre lobo
Lon Chaney Jr en The The Wolf Man (1941). Imagen: Universal Pictures.

Seamos personas honestas. A estas alturas, todos sabemos que los verdaderos monstruos son los seres humanos. No importan los restos corporales de criminales unidos en un ser revivido o el Leviatán blanco. Todos sabemos que el mal reside en el doctor Frankenstein o en el capitán Ahab y no en las criaturas que maldicen. Atacamos lo que odiamos y odiamos lo que tememos. Las historias de monstruos, en definitiva, son una mirada distante hacia nosotros mismos, un sano ejercicio sobre la locura. Insuflar en esos engendros todo lo que nos da miedo para poder sentirnos atemorizados, para poder odiarlos.  

Estos terribles monstruos llenaban los relatos de cada país. Cada tradición nacional tenía su elenco estelar de criaturas de la noche mutando a lo largo de la historia, adecuando su narrativa a los miedos de cada época, hasta que el siglo XX modeló versiones definitivas de algunos de ellos gracias al cine. Uniendo las diferentes tradiciones, mezclando folclores y los temores propios de una sociedad nueva y multicultural como la estadounidense, el cine de Hollywood forjó las leyendas populares universales de Drácula, Frankenstein y, sobre todo, el hombre lobo. Realmente, el unificador de la leyenda vampírica fue Bram Stoker, y la criatura del doctor Frankenstein sobrevivió casi intacta a Mary Shelley. Lo que hizo Hollywood fue otorgarles una imagen icónica y les puso a vivir mil y una aventuras con el único propósito de hacer dinero, mucho dinero. Pequeños hombres grises, refugiados de la guerra en Europa, mataban su talento escribiendo guiones sencillos en una lengua que apenas dominaban y maceraban sus escritos en días y noches de alcohol que nublaran los horrores de donde venían y la mierda que creían que estaban escribiendo. Aun así, el talento es difícil de esconder y en cada modesta película de serie B de la Paramount, la Universal o la Warner, aparecían pequeños destellos que hoy revisamos como diamantes.  

La leyenda del hombre lobo es más complicada. Había ya varias películas sobre la licantropía y todas ellas incidían en lo abominable y salvaje de sus ataques nocturnos, pero no había un canon unificador sobre el monstruo. Se conocen historias de hombres lobo desde la Edad Media; diferentes objetos, como un cinturón mágico, un bálsamo encantado o incluso la propia piel de un lobo generaban la transformación. Eran historias inconexas sin demasiados elementos unificadores, salvo un pacto diabólico. Siempre el diablo y sus negocios, ya se sabe. Varias teorías de historiadores actuales proponen que el pacto con el diablo y la figura del hombre lobo se originaron para explicar comportamientos psicóticos violentos y también, cómo no, para acusar de brujería a aquella persona incómoda de la que el resto se quería deshacer. Los tiempos cambian, las personas no, por lo que parece. Ya entonces la figura del hombre lobo valía como perseguidor y perseguido, alguien a quien temer y alguien a quien señalar.

La nueva Alemania  

Hablando de señalados, volvamos a los orígenes de uno de esos hombres grises e invisibles de Hollywood. Dos hermanos alemanes de Dresde, Robert y Kurt Siodmak, testigos de un matrimonio que se desmoronaba e hijos de un padre violento y autoritario, fueron también señalados. El matrimonio Siodmak era un matrimonio de conveniencia; ella tenía abolengo, prestigio y apenas dinero, él solo tenía dinero. El matrimonio se detestaba y a pesar del lujo, la pujanza económica y la formación cultural, la vida familiar se convierte en un infierno para los dos hermanos. El pequeño de los dos, Kurt, sería el creador de la leyenda del hombre lobo, pero todavía quedan unos cuantos años para eso. Al Tercer Reich no le interesaba contar con judíos en su industria cinematográfica, aunque tuvieran talento, incluso aunque tuvieran éxito.

Robert y Kurt, que habían huido de su padre muy jóvenes para refugiarse en el Berlín de la República de Weimar, tomaban café y pasaban hambre junto con otros jóvenes hambrientos. El Romanische Café era el lugar de encuentro de escritores como Remarque y Bretch, y también de otra pequeña cuadrilla que se unió para intentar hacer una película juntos, Edgar G. Ulber, Fred Zinnemann, Robert Siodmak, Kurt Siodmak y Billie Wilder. Edgar no tenía un duro, Fred era un camarógrafo con apenas trabajo, Robert un actor con todavía menos trabajo y Billie un periodista pobre que se ganaba unos marcos extra bailando con ricas mujeres de cierta edad que acudían a los bailes de los salones sin sus maridos. Kurt recuerda a Wilder como un joven apuesto y muy buen bailarín. En fin, sorpresas te da la vida, Billie. Y las que estaban por llegar. Así que Kurt, matemático, ingeniero, conductor de una locomotora a vapor y escritor por las noches, vendió los derechos de una novela que había escrito —ya había colocado anteriormente algún relato de ciencia ficción—, y con el adelanto pudieron comenzar a rodar su pequeña película.

Curt Siodmak
Curt Siodmak. (DP)

Resultó que esa película, Los hombres del domingo (Menschen Am Sonntag, 1929) fue un éxito de crítica y público, abriéndoles las puertas de la potente industria cinematográfica alemana. Sobre todo a Robert, que se consagraría como uno de los grandes directores de la época. El éxito les sonreía pero, pese a nuestros esfuerzos, no podemos controlar la vida; podemos intentarlo, podemos esforzarnos, pero no todo está en nuestras manos. Esto es algo que este grupo de amigos aprendieron bien pronto y que se llevarían con ellos a todo su cine posterior. Efectivamente, llega el año 1933 y se acaban las bromas. Bueno, se acabó todo. Fred Zinemann hacía tiempo que se había marchado, y Ulber también. A Robert lo iban a detener por ser peligroso para el nuevo régimen, así que decidió largarse a Francia para hacer películas con su amigo Billie, que a partir de entonces sería Billy. Kurt fue el último en irse. Un día, recibe una carta de la Cámara Nacional Socialista de Escritores Alemanes informándole de que ya no se le iba permitir escribir para ninguna empresa de publicidad, ni tampoco para ninguna productora cinematográfica alemana. Poco después, recibe la visita de un conocido, un alto mando de la policía alemana, que le advierte que por orden de Goebbels iban a ir a por él, que su vida, en Berlín, corría peligro. Cuando la luna llena aparece, el hombre se convierte en lobo, Kurt, no lo olvides nunca. Mientras escapaba en dirección a Suiza, se volvió hacia el alto mando que le había salvado la vida y le preguntó qué había hecho él para merecer aquello. El policía le respondió: «Tu crimen es haber elegido a los padres equivocados».

Kurt Siodmak, que había elegido a los padres equivocados porque se crio en una familia rota y disfuncional con un padre agresivo y violento del que salió huyendo, resulta que había elegido a los padres equivocados por ser judíos.

Kurt Siodmack: ¡Ja! No lo elegí. No elegí a mi familia y no elegí Dresde, donde nací. Si hubiera tenido oportunidad, hubiera nacido hace dos mil años en Grecia en los tiempos de Aristóteles, no en los tiempos de Hitler.

Entrevistador: ¿Eres judío? 

Kurt Siodmack: Mi padre dice que sí y yo soy su hijo.1

Los dioses juegan contigo, Kurt. Corre, es mejor que corras. Desde Suiza llega a Francia, donde no consigue trabajo, y marcha a Inglaterra, donde sí consigue trabajo. Allí vuelve a escribir películas, aunque sus problemas con los papeles de residencia complican su estancia y la de su esposa, Henrietta, una arquitecta suiza que le convence de que la guerra llegará a Londres y de que deben marchar a Estados Unidos. Volver a empezar por tercera vez, esta vez en la tierra de los sueños, en el valle californiano de Hollywood. Allí llega en 1937, con su mujer y su hijo esperando en Inglaterra a que consiga hacer algo de dinero para sacarles de allí. Algo de dinero hace, no mucho, escribiendo pequeñas comedias para Dorothy Lamour, una de las estrellas de la época. Su hermano Robert, que llegaría desde Francia dos años más tarde huyendo de la guerra, le intentó convencer de que se cambiara el nombre, pues solo podía haber un Siodmack en Hollywood. La familia, ya se sabe. No admitió el cambio de apellido, pero pasó de Kurt a Curt. Y nunca más volvió a escribir una palabra en alemán. 

Los alemanes de Hollywood empezamos a trabajar con actores y escritores estadounidenses, y ese grupo se acabó disolviendo. Los que tuvieron éxito se acabaron separando de aquellos que no lo consiguieron. Muchos refugiados no pudieron adaptarse a la mentalidad americana. Nunca aprendieron a escribir en inglés, o quizá no quisieran perder su idioma alemán. Thomas Mann escribía en alemán, Brecht y Remarque escribían en alemán. Cuando vives en un nuevo país, tienes que volver a nacer, aprender lo que los nativos saben, integrarte; de otra manera, nunca serás parte de ese país.2

Kurt —ahora Curt—, después de aquellas comedias, se pasa casi un año sin conseguir trabajar hasta que, mediante favores, consigue que le encarguen el guion de El regreso del hombre invisible (The Invisible Man Returns, 1940) para la Universal. Interpretada por un joven Vincent Price, la película, contra todo pronóstico, funcionó en taquilla y eso, en la tierra de los sueños, significa que vas a hacer guiones de cine fantástico hasta que te jubiles. Welcome to showbusiness.

El hombre lobo  

El director y productor de la Universal, George Waggner, me llamó a su despacho un día y me dijo: «Tenemos un título: el hombre lobo. Viene de parte de Boris Karloff, pero Boris no tiene tiempo de hacerla, está trabajando ya en otra película. Así que tenemos a Lon Chaney y también a la señora Ouspenskaya, Warren Williams, Ralph Bellamy y Claude Rains. El presupuesto es de 180 000 dólares y empezamos a rodar en diez semanas. Adiós». Después de siete semanas le di el guion a George.3 

Curt elaboró la historia del hombre lobo a partir de un guion de Robert Florey que no se había podido filmar en los años treinta. Tras la muerte de su hermano, Larry Talbot (Lon Chaney Jr.) regresa a un pequeño pueblo inglés para reunirse con su despótico padre, sir John Talbot (Claude Rains). Allí, Larry se enamorará de una mujer de la localidad, Gwen Conliffe (Evelyn Ankers). Larry parece feliz y en paz con el lugar de su infancia, esa ucronía donde se mezclan castillos con telescopios de última generación y carromatos zíngaros con coches último modelo que en Hollywood entienden como campiña inglesa. Esa sensación de paz desaparece de repente una noche en la que se interna en el bosque y es atacado por un gigantesco lobo. Un ataque al que sobrevive matando a la bestia con un bastón de empuñadura de plata4, aunque no puede evitar que el animal lo muerda en el cuello. Al morir, el extraño lobo se convierte en hombre, un gitano que leía la fortuna en un campamento de feria. A partir de ese momento, la maldición del hombre lobo recae sobre nuestro protagonista.  

«No es una mera casualidad que sean los gitanos quienes introducen la maldición del hombre lobo en la aristocrática familia británica de los Talbot. El guion muestra que lo que le ocurre a un grupo étnico acaba afectando a todos, tarde o temprano»5. El pueblo comienza a murmurar y señala a Larry como posible autor del delito. Sir John trata de ocultar la enfermedad de su hijo, acallar las voces y soterrar cualquier investigación acerca del gitano muerto en el bosque, lo cual no representa para él ningún tipo de problema jurídico, nadie en el pueblo parece preocupado por la suerte del feriante. Los prejuicios y la represión que sufrían las minorías y los no blancos fue un mensaje que se repetiría en su obra posterior y que quedaría sellado en esta película, uniendo los caminos de dos pueblos errantes como el gitano y el judío. 

La maldición del licántropo y su transformación en fiera incontrolable llega después de que Larry reconozca su deseo por Gwen, a la que descubre casualmente a través del gigantesco telescopio de su padre (una prolongación fálica un poco turbia, Larry). La película traza un sutil mensaje sobre la naturaleza del deseo y la cultura patriarcal en la que ahondará mucho más a través de la figura del padre, sir John. Durante gran parte de la trama, Larry duda de su salud mental, recuperando de manera elegante el miedo heredado desde hace cuatro siglos en el folclore europeo sobre bestias nocturnas. De hecho, en el guion no quedaba claro si Larry se transformaba físicamente en una bestia o era quizá solo su enajenación, su mente trastornada jugándole malas pasadas… Evidentemente, la Universal dijo que había que enseñar al monstruo, que la gente pagaba entradas exactamente para eso, para ver un monstruo.  

Y tanto que pagaron entradas: estrenada en 1941, la trágica historia del hombre lobo se convirtió en uno de los mayores éxitos de taquilla de la Universal en los años cuarenta. En siete semanas, Siodmack consiguió desarrollar todo el canon licántropo actual sin apenas un cambio de guion. Bueno, la productora le impuso uno: que Lon Chaney Jr. fuera el hijo de un lord inglés en vez de un mecánico estadounidense. Era una locura pretender que Chaney Jr. perteneciera a la aristocracia británica, pero este cambio dio pie a una magistral reformulación del guion.  

hombre lobo
Imagen: Universal Pictures.

Matar al padre

Un tipo corriente y más o menos decente se convierte en un monstruo temible y despiadado por un golpe de mala fortuna que le hace transformarse con cada luna llena. Ni pudo evitar un ataque totalmente arbitrario, ni podrá nunca controlar las fases lunares. El destino de Larry parece maldecido por un poder superior, una divinidad que juega con su destino, la definición aristotélica de tragedia.  

Caminaste por un sendero de espinas,

pero no fue culpa tuya. 

Igual que la lluvia cala la tierra, y el río va a morir al mar, las lágrimas buscan un destino escrito

  Así reza la  oración de Maleva (Maria Ouspenskaya) cuando los hombres lobo mueren. 

Un día, hace muchos años, recibí una carta de un tal profesor Evans, del Augusta College de Georgia, sobre el paralelismo entre ‘El hombre lobo’ y la ‘Poética’ de Aristóteles, que es una crítica del teatro griego. Parece que se trataba de un chiflado. Pues no. En el teatro griego, los dioses revelan al hombre su destino; no puede escapar de él. La influencia de los dioses sobre el hombre es decisiva, y es como el padre dominante que tiene el personaje en ‘El hombre lobo’. Sabe que cuando la luna está llena se convierte en un asesino. Ese es su destino predeterminado. La película estaba construida como una tragedia griega, sin que yo lo pretendiera en su momento, pero dio en el clavo, y por eso ha aguantado tanto tiempo.6 

Incluso en una entrevista para explicar la herencia literaria clásica de su mayor éxito, Curt necesita remarcar la figura del padre dominante. Al comienzo de la película vemos el reencuentro entre el hijo que ha estado años fuera y su padre; después de varios reproches paternales y algún chantaje emocional, sir John admite que quizá él también se equivocó, que había sido inflexible como padre, «hasta las últimas consecuencias». También aprendemos que Larry se había pasado dieciocho años sin pasar por la casa familiar. Hogar, dulce hogar. Durante todo su contagio licántropo es sir John quien controla toda la situación, quien encubre el primer asesinato de Larry, quien lo encierra y quien cree entender la situación y poder solucionarla. La sombra del progenitor es muy alargada, pero lamentablemente no tanto como para esconder la luna llena.

Pese a los intentos de Sir John, su hijo huye, incapaz de parar su transformación, y en su escapada nocturna el monstruo asesina a un sepulturero. Todo el pueblo se une en la caza del lobo. Sir John tiene dudas sobre la verdadera naturaleza del culpable de estos asesinatos y regresa a la mansión donde ha dejado atado a su hijo Larry, pero es demasiado tarde. El hombre lobo acecha de nuevo en la noche y va en busca de Gwen; suponemos que la bestia se permite todo aquello que Larry se niega. En medio del bosque cubierto en niebla, será el viejo sir John quien se encuentre con el hombre lobo a punto de devorar a su objeto de deseo. En una terrible lucha cuerpo a cuerpo, el padre salva de las garras del monstruo a la joven y mata al lobo a golpes, a golpes de bastón de plata. El bastón del propio Larry, que su padre había recogido en la casa. La luz de la luna deja ver el final del hechizo y la bestia se convierte en el cadáver de su hijo. Ese «ser inflexible hasta las últimas consecuencias» de su diálogo de reencuentro al principio del film se muestra como una terrible profecía del límite patriarcal. Sir John mira desencajado el cadáver de su propio hijo, a quien ha matado a golpes. Ahora, este padre que al principio de la película ya había perdido a su otro hijo, se queda solo con su culpabilidad acompañándolo para siempre.  

Quién necesita terapia, pensarían Curt y Robert, teniendo Hollywood.

La marca de la estrella 

Cuando la feria llega al pueblo, Gwen y su amiga Jenny (Fay Helm), acompañadas por la figura protectora de Larry, deciden visitarla. Larry invita a Jenny a pasar la primera a la tienda de los gitanos para que le lean la fortuna en la palma de la mano y quedarse así a solas con Gwen e intentar seducirla. Cuanto más se escenifica la seducción, más cercana y patente se hace la amenaza del hombre lobo.

Bela Lugosi, el adivino, comienza con sus dotes de embaucador a sugestionar a Jenny, que entra divertida en el juego; pero, de repente, la cara de Lugosi se demuda. Silencio, el feriante intenta ocultar su desasosiego, apenas puede controlar su rictus de terror, Jenny se asusta. En la palma de la mano de la joven aparece una estrella de cinco puntas. El adivino se desespera, pierde los papeles, ya no hay diversión, le implora a Jenny que huya del campamento, que intente salvar la vida. Ella, aterrorizada, se reúne con Gwen y Larry, los feriantes comienzan a recoger a toda prisa su carromato, a todo el mundo le invade una inquietante sensación de fatalidad. No es para menos, Jenny lleva la marca y todos sabemos que Jenny morirá.  

Contagio, luna llena, balas de plata y su gran aportación al canon, la marca de la estrella. Esa estrella que aparece en los condenados a morir bajo las garras del hombre lobo. Huye, huye cuanto quieras Curt, pero tú sabes que siempre estarás marcado por la estrella de David. Y esa estrella significa la muerte.  

Llevas la marca contigo y en cualquier noche de cristales rotos el lobo te llevará. Es 1941, se están llenando vagones y vagones de trenes llenos de Jennys marcadas por la estrella.

hombrelobo
Imagen: Universal Pictures.

Horror y piedad

La diferencia del hombre lobo con cualquier otro monstruo es que no es un monstruo todo el tiempo. La maldición apoya todo su aplastante peso en los hombros de un hombre normal que sabe que se ha transformado en lobo y sobre todo, y peor aún, en un hombre que sabe que en la próxima luna llena se volverá a transformar. Un Atlas que carga con el cielo, un Sísifo que carga con la piedra, usted y yo, con nuestra culpa. «A diferencia de otros monstruos del género de terror, el hombre lobo es consciente de que es un asesino. Quiere morir para liberar su conciencia de un profundo sentimiento de culpa. Curt Siodmak introduce un elemento nuevo en la narrativa gótica: la piedad. Los espectadores se identifican con un personaje que es a la vez víctima y verdugo, que inspira horror y piedad»7.  

En la película, el hombre que carga con la maldición, el hombre que hereda el mal, lleva una cicatriz donde el anterior monstruo lo mordió. Bela, el adivino, cubre su cicatriz en el cráneo, Larry Talbot la suya en el pecho. Los dos esconden una cicatriz visible, uno en la mente, el otro en el corazón, y esa cicatriz tiene forma de estrella. En el cuerpo del verdugo también quedan marcadas sus muertes. El destino de una tragedia griega nos puede perseguir, perderemos el control de nuestras vidas, pero Curt Siodmak era demasiado inteligente y demasiado honesto para entender que el peligro no solo venía de fuera, que todos tenemos alguna cicatriz oculta en forma de estrella. Todos lo sabemos. Todos, en algunas noches de luna llena, frente al espejo, vemos nuestro rostro mutar en un muy reconocible monstruo.

Hasta un hombre puro de corazón,que reza sus oraciones por la noche, puede convertirse en lobo cuando florece el acónito. Y la luna está llena

En marzo de 1999, un año antes de morir,  Curt —Kurt— Siodmack fue condecorado con la Cruz de la Orden del Mérito de la República Federal Alemana. El más alto honor en Alemania.


Notas

(1) From Print to the Screen: A Conversation with Curt Siodmak. (Eric Leif Davin)

(2) I’m a Poor Writer: Curt Siodmak on Siodmaks. Notes on cinematography. (Ehsan Khshbakht)

(3) From Print to the Screen: A Conversation with Curt Siodmak. (Eric Leif Davin)

(4) Parecer ser que la plata o balas de plata para terminar con el hombre lobo se le ocurrió a nuestro guionista mientras escuchaba un serial radiofónico del Llanero Solitario y le hizo gracia que el intrépido cowboy utilizara balas de plata. Así, también, se escribe la historia.

(5) La fuerza del destino: el cine de los hermanos Siodmak en Hollywood, 1941-1945. (A​lberto José Lena Ordóñez)

(6) I’m a Poor Writer: Curt Siodmak on Siodmaks. Notes on cinematography. (Ehsan Khshbakht)

(7) La fuerza del destino: el cine de los hermanos Siodmak en Hollywood, 1941-1945. (A​lberto José Lena Ordóñez)

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20 Comentarios

  1. Soberbio artículo. En este páramo de mediocridad intelectual que nos asfixia ha sido una gratificante sorpresa encontrar esta pequeña maravilla. No le pienso perderle la pista amigo. Un cordial saludo.

  2. Llevaba un día de mierda. Luego leí su artículo y el día seguía siendo una mierda, pero estuve sonriendo todo el tiempo mientras lo hacía. Gracias. :)

  3. ¿ Vd. es el guionista de los comics de Mamen Moreu ? Espero que saquen otro pronto, y recomendar a los comentaristas su lectura, son muy desvergonzados y sumamente divertidos.

  4. Seamos personas honestas, muy buen artículo. ¿Hasta dónde las películas de monstruos (y las historias de bestias en general) podrá sublimar la necesidad aparentemente histórica de ver monstruos en otros seres humanos?

    • Gracias, Ramiro. La necesidad de ver monstruos en los otros no creo que vaya a desaparecer pronto, es un miedo atávico. Reforzamos nuestra identidad ( personal o colectiva) enfrentándola a otra. La otredad nos ayuda a definirnos, pero también nos da miedo y la odiamos, como vemos todos los días en los informativos.

  5. !Que historia conmovente y reveladora! Y si viene acompañada de chispazos de prosa irónica, mejor aún. Más cautivante. Durante su lectura rememoré un miedo de pibe que había olvidado: el lobizón. En la provincia de Entre Rios, con tantos inmigrantes judíos aceptábamos como cierto, nosotros, los «gurises», la existencia de ese monstruo, que sólo se manifestaba en el séptimo hijo varón y, por supuesto, en noches de luna llena, solo que no había manera de matarlo: esperar el declino de nuestro satélite era la única solución. Pienso que sea una variante más diluída de la suya. Lo que no me queda claro es porqué el relato necesitaba de tantos hijos, y puesto a fantasear arriesgo que sea una crítica velada a la superpoblación, o al predominio del varón. O a ambas. Está de más decir que en esas noches éramos unos angelitos y no pegábamos ojo. Muchisimas gracias por la lectura.

    • Gracias E. Roberto. El 7 es claramente un número al que se le suponen características mágicas. Siete días para crear el mundo en las religiones abrahámicas, los siete sabios de Grecia, los siete dioses de la fortuna japoneses… curiosamente, en el folclore europeo el séptimo hijo era un poder benigno. El séptimo hijo del séptimo hijo ( todos varones, por supuesto) sería una especie de elegido. Esta tradición europea ha dejado peliculas malas como ‘ El séptimo hijo’ de Serguei Bodrov y un clásico del heavy como ‘The seventh son’ de los Maiden. Supongo que de ahí parte, también, el Lobizón.

  6. Estos artículos son los que hacen grande a esta revista. Pequeñas historias de gente que ha cambiado nuestra cultura para siempre, y que no sabíamos que existían. Los más relevante para mí:

    «Curt Siodmak introduce un elemento nuevo en la narrativa gótica: la piedad. Los espectadores se identifican con un personaje que es a la vez víctima y verdugo, que inspira horror y piedad»

    Brillante. Qué difícil tener éxito (¡y un legado!) con esta premisa en aquella época de guerra, donde en todas las instancias se refuerza el mensaje de «nosotros los buenos y puros » vs. «los otros malos y malditos».

    Gracias.

    • Muchas gracias por el piropo. La frase que cita es de Alberto José Lena Ordoñez, dentro de su magnífica investigación ‘La fuerza del destino: el cine de los hermanos Siodmak en Hollywood, 1941-1945.’ Un texto muy recomendable y fácil de encontrar en internet donde se repasa todo la filmografía de Curt Siodmak.

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