Blanca Portillo: «Un actor que se define a sí mismo como artista me produce un cierto pudor»

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Blanca Portillo

Esta entrevista se encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº16 Especial América.

A Blanca Portillo (Madrid, 1963) apetece tiranizarla. Dispararle personajes sin clemencia, uno tras otro, para que se meta en ellos y nos electrice las entrañas. Con Segismundo, con la Virgen María, con Hamlet, Bocanegra o con Agustina. Cunde la sospecha de que no hay frontera en su genio. «La Portillo» está llena de gente. Sobre el escenario, despierta apetitos insaciables y voraces. La querríamos allí siempre, sola, transmutándose en toda esa gente, en un monólogo infinito de verso y prosa, de hombres y mujeres. 

Pero a Blanca, sin artículo precedente, no le gustan los monólogos. Dice que la vida rima —se metió en esto con uno— y no concibe la actuación como un lustre para el ego. Sus ojos pequeños observan mucho, y se vuelven huidizos cuando alguien que no conoce la llama por su nombre. No es tímida, es afecta a la soledad escogida. La fama le atropelló como Carlota, y ahora, convertida en «La», mira sus muchos premios de soslayo. Los ha transformado en obstáculos. Dice que los apila uno a uno, para crearse una valla y obligarse a saltarla. Los retos y la risa le brotan con idéntica osadía desbocada. Como si en ellos cupiera toda la franqueza. Hace sufrir, pero añora hacer reír mientras se embarca en la dirección teatral. En treinta años solo ha estado cuatro meses en el paro, y le torcerá el gesto a quien se atreva llamarla artista. En cambio, sonreirá con la comisura izquierda si la califican de «gran dama del teatro», aunque tampoco le guste un pelo. La consagración, dice, aún no la ha rozado ni con la punta de los dedos. Charlamos con ella como si estuviéramos de acuerdo. 

¡Me encanta! [Señala el logo de Star Wars en la revista]

Eres muy fan de Star Wars, por lo que veo. 

Sí, me encanta, me encanta y me va a encantar siempre. Soy megafán. Me las veo una y otra vez, como una reina. Y seguidas, la mayor parte de las veces, como El Padrino. Tienen algo muy especial, de esas cosas que no puedes evitar emocionarte cada vez que las ves, da igual el tiempo que pase. Especialmente, con la trilogía original. Yo hubiera querido ser la princesa Leia.

Tus personajes rara vez son tan encantadores como ella, pareces abonada al papel dramático. Ahora, con Secuestro, eres es una leona, una madre de apariencia fría pero que lo que más repite es «mi amor». 

Siempre digo que una puede no ser madre, pero todos nosotros somos hijos, los que con suerte hemos tenido contacto con una madre. Interpretar a una madre no es algo que me sea ajeno, aunque yo no lo sea, porque vengo de una familia que es un matriarcado descarado. Mi abuela fue una mujer muy fuerte que sacó a su hija adelante, mi madre es madre de ocho hijos que sacó adelante también ella sola: tengo referentes maternos muy potentes. De los ocho hermanos que somos, las cuatro mujeres hemos movido la familia siempre, los chicos siempre se han quedado en un plano más secundario. Tengo claramente la imagen de la maternidad, porque he visto a mi madre hacer cosas increíbles para que estuviéramos bien, siempre con una ternura hacia nosotros insospechada. Mujeres muy fuertes, pero con un corazón muy tierno. Como mi personaje, en cierto modo, aunque ella parece gélida, pero está ese detalle que dices: lo que más digo es «mi amor», «mi amor», «mi amor». Hay algunos incorporados por mí, que no venían en el guion. 

No te gusta que te definan como «artista». 

Es que yo creo que llamarse uno a sí mismo artista es una barbaridad. Yo pienso en artistas y pienso en Picasso, en gente importantísima. Para mí el arte es una transformación de la realidad, convertirla en una cosa más elevada… Un actor que se define a sí mismo como artista me produce un cierto pudor. ¿Cómo que artista? Yo prefiero decir que soy una trabajadora, que soy intérprete, soy actriz, directora o productora, pero ¿artista? Además, eso no lo debe decir uno de sí mismo, lo deben decir los otros. 

En eso no puedes quejarte, porque eres una de las actrices españolas con mejor prensa y más respetadas. 

[Ríe] Sí, sí, es verdad, es verdad. 

De hecho, participaste en las protestas contra la guerra de Irak, y estuviste en aquellos años negros en los que se oían barbaridades contra «los de la ceja» y los «actores pancarteros». Sin embargo, contra ti se cebaron menos, porque muchos otros compañeros tuyos se quejaron del linchamiento, incluso perdiendo trabajos. ¿Crees que ese crédito y respeto influyó en algo para que tú no fueras tan castigada? 

Sí, puede ser, porque es cierto. También es verdad que yo llevo de serie un alto sentido crítico hacia la política. Nadie me convence del todo nunca, y creo que los políticos están obligados a someterse a juicio permanente. Lo mismo que yo. Puedo estar de acuerdo con cosas, pero voy a ser siempre crítica, nunca voy a ir a muerte ni a defender nada… No tengo carnet de nada, nada más que de conducir. Creo que eso también ayuda a que se me tratara mejor. Para mí los políticos son gente que me crea desconfianza, lo siento. Mientras no me demuestren lo contrario… Al fin y al cabo, trabajan para nosotros, así que yo tengo que estar ahí al loro, siempre, de si merecen estar o no. No voy a muerte cegada por nadie. 

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Defiendes que «el público tiene derecho a que le dejes de gustar» con respecto a tu profesión y a las críticas. 

Absolutamente. la de político y esta son profesiones en las que estás sometido al juicio de los demás. Y en su caso más, porque tienen en sus manos nuestro destino, y además trabajan con mi dinero y el tuyo; y van a construir el país que yo quiero que construyan. Trabajan para nosotros. Así que ellos y nosotros tenemos que estar sometidos a juicio permanente. 

Aunque no usas mucho las redes sociales, hace poco publicaste un tuit diciendo abiertamente que votarías a Unidos Podemos. ¿Ha pasado ya el momento de explicar que los actores tenéis derecho a hablar de política, como cualquier otro? 

Pues precisamente por eso lo puse. Yo no me avergüenzo de lo que voy a votar, y lo puse, voy a votar feliz y contenta y con alto sentido crítico. Y así será siempre. Ahora la reacción no es como en esa época de la que hablábamos, porque había elementos muy complejos como una guerra por medio, y cosas muy complicadas que molestaron mucho en su momento. Yo también estuve ahí con mi cartel, y si os molesta lo sentimos mucho. Siempre he dicho que por encima de todo somos ciudadanos que podemos decir lo que opinamos, con cuidado, porque una debe saber que lo que dice tiene una repercusión. Hay que ser cuidadoso y no lanzarse a la locura. Pero ¿por qué no voy a poder? Si sale un señor que dice que va a votar al PP, ¿por qué no puedo decir yo a quién voy a votar? Si tú entrevistas por la calle y la gente dice dónde irá su voto, dime tú por qué no voy a poder yo. ¿Por qué no puedo? ¿Porque me escuchan? Ah, amigo.

Metidos en la arena política, has sido siempre muy crítica con el IVA cultural. 

Es que mira, para mí lo del IVA es la punta del iceberg. Hay un problema por debajo mucho más profundo que es una falta de respeto a la cultura, una falta de consideración. De tener la cultura en un lugar devaluado, por parte de los que están colocados dirigiendo mi país, y el tuyo. Creo que es el resultado de una falta de cuidado, y como resultado final lo que ves en la punta del iceberg es una subida del IVA. Y dices, ¿perdón? ¿Con esto qué conseguimos? ¿Han conseguido ustedes muchísimos dineros? ¿De verdad? Lo que están haciendo es echar a la gente de los sitios, e impedir que quienes nos dedicamos a producir cultura podamos seguir haciéndolo. Es un problema no solo para el público que la consume, sino para los que queremos hacer algo. 

Cuando dirigiste el Festival de Teatro Clásico de Mérida, resumiste la amarga experiencia como una muestra del «desprestigio que está padeciendo la clase artística» por parte del poder político. 

Sí, y sigue igual. Somos el país europeo con un IVA cultural, por comparación, de no creer. Y eso tiene que ver con un respeto y un fomento de la cultura. Yo, cada vez que oigo hablar de «Marca España», pienso lo mismo: pero ¿qué es la marca de un país? Su cultura. Lo que más. No cuántos coches fabrica, ni cuántos megaultraempresarios hay. Lo que construye una sociedad y lo que hace diferente a un país de otro es su cultura. Entonces, si no la proteges, no la cuidas, no la quieres, no la respetas, no la valoras, no le das lugar… 

No eres muy optimista con el futuro. 

No mucho. Pero confío en que, en algún momento… A ver, al no haber una mayoría absoluta, es necesario dialogar y compartir, y escuchar al otro por fuerza. Se acabó el «esto es así porque lo digo yo». Yo espero que haya voces que empujen a que se tomen decisiones inteligentes. Lo del IVA por supuesto, el propio Partido Popular debería planteárselo. Pero como ahora van a tener que hablarlo entre ellos, a ver si ahí hay alguien que de repente lo consigue.

Yo no he visto un solo debate en el que se haya hablado de cultura, lo cual me produce un verdadero escalofrío. Yo te soy sincera: he ido siguiendo todo lo que está pasando en nuestro país en los últimos tiempos, y el único partido que yo he oído que va a crear una mesa de debate sobre la cultura ha sido Unidos Podemos. Esa es la pura realidad, no es que yo barra para mi casa, ni hable de lo mío. Es que yo quiero esto para mi país. Son los únicos a los que se lo he escuchado. Pero, señores, ¿de verdad es algo que no se han planteado? Porque además es una cosa que va de la mano de la educación. Pero, claro, también somos líderes en el número de reformas educativas. Así no se puede. Esto necesita pactos generales, que no signifique que cuando gobiernen unos u otros todo eso se venga abajo. Un pacto real, por la cultura, por la educación, por la sanidad. Por cosas que no se deberían tocar nunca. 

También en esto te has significado públicamente en redes, aunque te prodigas poco. 

Soy muy cuidadosa. Tenemos una sanidad que es la envidia del mundo, o lo éramos hasta hace bien poquito. Hay unos equipos humanos completamente maravillosos, investigadores que se tienen que marchar… Es muy triste. Una no puede cerrar los ojos a lo que está sucediendo alrededor, y yo no tengo por costumbre cerrarlos. 

Está claro que tu etiqueta de «comprometida» no es pose. Tu primer papel en televisión, no en teatro, era precisamente de una mujer maltratada. ¿Es la reivindicación uno de los acicates para aceptar ciertos personajes? 

Sí. Es un compromiso social. Yo trabajo para la gente, para contar qué le pasa, para ayudar a la gente a pensar y a conocer cosas. Trabajo para eso, no para mi ego, ni para salir más o menos mona. 

Pero ahora pides una comedia a gritos.

Es que me gusta mucho la comedia también. Me divierte muchísimo y me parece dificilísima de hacer. Lo descubrí en 7 vidas, lo duro que era. 

En teatro ya habías hecho cosas cómicas. 

Sí, sí. Había hecho en teatro y había funcionado muy bien, pero en tele no es nada fácil hacer reír a la gente. El sentido del humor es una cosa muy peculiar. Un horror de un ser humano y un dolor, casi todos lo podemos entender y a casi todos nos afecta. Pero el sentido del humor es una cosa muy subjetiva. 

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Cuando estrenaste Fisterra defendiste ese tipo de comedia, porque «los personajes no estaban diseñados para hacer reír». ¿Prefieres eso a la risa que provoca la caricatura? 

Sí, es exactamente así. El resultado puede ser que tú te rías, pero el personaje no se puede reír. Esa es la comedia que a mí me gusta, porque esa es la realidad. Cuanto más sufre un personaje, más risa te da. Es terrible, pero… [ríe]. Me encantan esos personajes de comedia que lo pasan fatal, algo que estaba muy claro en 7 vidas. Eran personajes que lo pasaban fatal con todo.

¿Y cómo ves el panorama de la comedia en España? 

A mí me encanta la comedia, pero reconozco que me resulta difícil encontrar buenos guiones, buenos textos, buenas series donde la comedia sea del tipo que me gusta. Entiendo que es muy particular. 

¿Te atreves con una de humor negro, tal y como están los ánimos? 

Sí, adelante. Me gusta mucho el humor negro. 

Sueles quejarte de que no te llegan muchos proyectos. 

Sí, y tampoco hay tantos. Tengo entre manos un proyecto que no sé cuándo podré hacer, con Secun de la Rosa. Está escribiendo una comedia para teatro, porque lo hace maravillosamente, aunque mucha gente lo sabe. Diseña personajes con carga dramática dentro de su sentido de la comedia. Le pedí que me escribiera una comedia, y estamos trabajando en ello. Me gusta la caña. 

Por ejemplo, en el circuito de monólogos español, la comparación con otros países es inevitable y…

¡Eh, yo hice dos monólogos! En El club de la comedia. Y no quiero hacer más, nunca más, porque lo paso fatal [ríe]. No me gustan los monólogos. 

Hombre, hace poco te has metido en el papel de la Virgen en El testamento de María, el texto de Colm Tóibín.

Sí, pero a mí los monólogos como género no me gustan, y eso fue un hito en mi vida. Todo el mundo me decía que tenía que hacer un monólogo en teatro, que era obligado hacerlo, y que cualquier actor o cualquier actriz debía hacerlo… Por eso, hasta que no llegó ese que realmente me fascinó, no me decidí. A mí la soledad en el escenario no me gusta nada. Lo que más me gusta es alguien con quien dialogar, de quien sacar y a quien dar. Yo sola ahí lo paso mal. Y los de comedia son un arte en sí mismo, la gente que hace stand up es un género al margen. 

La soledad en el escenario no te gusta, pero te declaras adicta a ella en lo personal.

Porque la vida es una cosa y el trabajo es otra; en esto soy completamente opuesta. Yo necesito a la gente, necesito relacionarme, pero también un espacio de privacidad. Y cuando una tiene esa necesidad tan fuerte, no puedes obligar a nadie a que la acepte. Lo mismo que tampoco me pueden obligar a mí a estar las veinticuatro horas del día con alguien. Tiene que pasar, o no pasa. Encontrar a alguien que lo entienda como tú o no encontrarlo. No es que yo huya de la gente, todo lo contrario, me encanta la gente y por eso me dedico a lo que me dedico, que estoy rodeada todo el día. Pero imagínate hacer una película donde no sale nadie más que tú, ¡qué aburrimiento! Si no tienes unos ojos a los que mirar, algo que compartir, alguien de quien aprender… No me gusta. La idea del monólogo… Con El testamento de María he tenido monólogo para años. 

Menudo final demoledor, por cierto: «Si Jesús vino a salvar el mundo, no valió la pena». Creo que estabas bastante en sintonía con el dictamen del fanatismo religioso que se hacía. 

Sí, y lo estamos viendo. Es escalofriante. Para mí no hay una creencia, ni una religión que justifique quitar la vida de alguien. Nada. Y está ahí, donde la vida del otro no vale. Eso es un horror, es lo que cuenta María, una historia de fanatismo que llevó a la muerte a muchísima gente, incluido el que lo predicó.

Tenía un componente muy tierno: que ella considere fanáticos a los seguidores de su hijo, como esa madre a la que no le gustan tus compañías.

¡Claro! ¡Es que era muy lógico que dijera eso! ¡A ninguna madre le gustan los amigos que te echas! [Risas] Es muy bonito. Eran todos unos inadaptados, muy raros.

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Tienes una trayectoria repleta de ocasiones en las que has abordado grandes tótems del teatro clásico, y transgredido con ellos. Con la Virgen, que mencionamos, y muchos más: reventar el mito romántico del Tenorio, el Segismundo de La vida es sueño… ¿Anticipas o temes una reacción adversa o indignada de ciertos sectores cuando lo haces? 

Sí, yo siempre tengo miedo, cuando estreno algo, de la reacción que pueda tener el público. Por respeto a ellos. Siempre hay un miedo. Sabes que hay cosas con las que te arriesgas a que la gente se sienta incómoda. Las reacciones que hubo con el Tenorio, no daba crédito. Yo pensé que iba a ser mucho más polémica la María, por aquello de que cuando te metes en cosas de fe es más delicado… pero ¿que la gente se sintiera agredida por tachar de hijo de puta a un personaje que lo es?

¿Quizás porque persiste como modelo o patrón de comportamiento? 

Ahí está. Eso es lo que a mí me inquieta. En ese sentido da miedo, pero por otro lado te dices «cuando pica, es porque ahí hay herida». Y eso hay que rascarlo. Ese es mi trabajo, aunque algunos me critiquen, qué le vamos a hacer. Cabe esa posibilidad. Es absurdo querer hacer algo para contentar a todo el mundo. También hubo gente que dijo que por qué hacía una mujer Segismundo, y mi respuesta era: ¿y por qué no? Dime una razón por la que no. Hubo voces cuando se anunció, muy críticas. Luego cuando lo vieron ya no, ya nadie dijo ni mu. 

Qué manera más satisfactoria de callar bocas.

[Ríe] ¡Claro! Me daban ganas de decir: «Pero ¡espérate a verlo! ¿Para qué hablas antes de verlo?». Es que esto es muy de nuestro país. De todas formas, hacer cosas incómodas siempre está bien, hacer cosas que no pongan a la gente en un lugar de comodidad, que la agiten. Para esto vale lo que hacemos, para agitar un poco el suelo de la gente. Para hacerle pensar. Si no, siempre se interpretaría igual. 

Cuando la directora Paula Ortiz dirigió La novia, adaptando Bodas de sangre de Lorca, denunció que existía una «sacralización del texto clásico» con los autores españoles que era muy dañina. Algo que no ocurre en la tradición anglosajona, ¿te lo parece a ti? 

Sí, absolutamente. Hay un respeto mal entendido a estos textos. Y volvemos a lo mismo, es un respeto mal entendido que tiene que ver con nuestro bagaje cultural. Si fuéramos más inconformistas culturalmente, estaríamos más atentos a ver si alguien nos da un nuevo punto de vista. Como tenemos una cultura bastante quieta y bastante poco fomentada, tenemos una expectativa muy cuadriculada. Si consumiéramos más cultura, nos aburriríamos de ver siempre lo mismo. Respetar un texto o respetar a un autor no significa no tocarlo, todo lo contrario. Para mí el respeto tiene que ver con que su maravilla es legible hoy y lo seguirá siendo mañana. Pero yo he nacido en este siglo, no hace cinco. O trescientos años. Yo vivo en el aquí o ahora, y ellos escribieron cosas maravillosas que siguen siendo válidas hoy. Y yo lo tengo que mirar con los ojos de hoy, eso es respetar. Yo es que ni me lo planteo. No es que diga: «A ver cómo le doy la vuelta a este texto», es que es un proceso natural. 

¿A qué clásico del Siglo de Oro le hace falta remozarse? 

Ya hay mucha gente haciéndolo. El otro día estuve viendo La villana de Getafe, en la compañía Nacional de Teatro Clásico, que dirigió Roberto Cerdá, y es una lectura maravillosa. Otro día vi El alcalde de Zalamea de Helena Pimienta, con Carmelo Gómez de protagonista y, aunque no iban vestidos con trajes pomposos, había una lectura contemporánea. Con un respeto enorme al verso, pero la visión era nueva y fresca. A mí eso es lo que me interesa con cualquiera de nuestros clásicos. Hay que mirarlos con ojos de hoy. No se trata solo de vestirlos con vaqueros, porque yo vestí a los del Tenorio como se viste hoy por una razón muy concreta, pero la de La vida es sueño me parece una lectura contemporánea, aunque lleváramos trajes de época. Se trata de cómo se ve el mundo desde los ojos de hoy, y lo que él contaba sigue siendo válido. Yo hacía el monólogo de «reprimamos esta fiera condición…», sentadita con una cadena en la mano, con los piececitos así, y no se había visto en la vida. ¿Y por qué no? ¿Qué tengo, que ir vestida de señor con unas pieles …? ¡No, hombre, no! Porque además eso ya no se lo come nadie. Yo quiero que les guste a los chavales de veinte años, la vida va cambiando. 

Tu padre nunca te vio sobre un escenario, porque falleció antes. Pero cuando estabas representando Hamlet en el Matadero, le viste. 

Sí, sí, le vi allí. Él se fue justo cuando a mí me cogen en la escuela de arte dramático, o sea que nunca me ha visto actuar. Si él hubiera vivido, igual no habría podido ser actriz, porque igual no le hubiera gustado y no me hubiera dejado, no lo sé. O igual hubiera supuesto una crisis familiar. Pero ahora creo que estaría bastante orgulloso… Hamlet es una función que tiene mucho que ver con la idea del padre, y yo le vi. Varias veces, pasearse por el patio de butacas.

¿Con gesto de aprobación o de orgullo?

Sí, ambos. Y pasaron cosas muchas veces. El día que vino Asier Etxeandia vestido ya definitivamente como el fantasma del padre, yo le enseñé una foto de él: era idéntico. Una cosa que a él mismo le asustó. Hay cosas mágicas.

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Cuando empiezas a estudiar arte dramático, ¿es cierto que solo habías asistido a una obra de teatro en tu vida? 

Tal cual. Una, nada más. Yo estaba haciendo teatro en un grupo, y tenía un novio que me dijo: «Pero tú sabes que esto se estudia, ¿no? Lo de ser actor se estudia». Yo tenía diecisiete años. Él era músico, y me dijo que donde él estaba estudiando, en el conservatorio, la parte de arriba era de arte dramático, la RESAD. Y yo dije: «Ah, eso se estudia». Me animó a pedir la solicitud y me presenté. Había gente allí que llevaba años presentándose a las pruebas… yo me acuerdo que llegué y me dijeron no sé qué de Stanislavski, y yo ahí diciendo: «¿Que qué? Deme información». Lo único que había hecho era ver Cinco horas con Mario. Y me presenté a las pruebas y me cogieron. 

Mira, un monólogo. 

[Ríe] Sí, la vida rima, la vida rima. 

Y eso que ibas para azafata, para sonreír a la gente todo el rato. Y ahora estás empeñada en hacernos sufrir. 

En realidad, era más que nada porque me gustaba la idea de trabajar en algo que tuviera que ver con el contacto con la gente. Y a mí me encantaba leer, y vivir historias, y me encantaban las relaciones públicas. Me parecía superinteresante, porque se puede llegar a hacer un trabajo precioso siendo relaciones públicas. Yo imaginaba que eso iba a ser el trabajo de mi vida, pero luego, cuando hice dos congresos, me aburrí tanto que dije «esto es un coñazo». [Ríe] «Buenas tardes, por aquí, buenas tardes, por aquí». No aguanté mucho. Así que cuando me descubrieron el mundo de la interpretación no lo dudé ni un segundo. Me dije que esto sí, porque además cuento historias, las vivo yo y encima estoy todo el rato con gente. 

Cuando llega el boom de 7 vidas, a ti ya te pilla con muchísimo trabajo a la espalda. 

No, no salí como una seta, eso lo he dicho siempre. Yo ya tenía mi público en teatro, incluso. Tenía treinta y tantos años, ya tenía gente que venía a verme. 

No eras aún «La Portillo», pero triunfabas. 

[Risas] No, no tanto, tienes que tener ya más años para que te coloquen el artículo. 

Pero cuando llega 7 vidas, da la sensación de que la fama no te pilló, te atropelló. 

Uf, sí. Me supuso un shock. Hay mucha gente que cree que ser famoso es una cosa muy divertida, y gente para la que ser famoso es algo muy divertido, muchísima gente. Para mí no te creas que lo es tanto. Y en esos momentos me produjo un verdadero shock. Cuando una va por la vida pasando desapercibida, cuando la gente que se te acerca se te acerca por ti, no por lo que haces, acostumbrarte a que todo el mundo te mire y a que no sepas por qué se acercan, si porque eres la de la tele o porque les molas, es muy duro. Además, gran parte del trabajo que hacemos tiene que ver con la observación. A mí me encanta hacerlo, soy una voyeur. Y cuando te conviertes tú en el objeto observado no gusta nada, de hecho, no lo llevo muy bien. De hecho, se me olvida, y cuando entro en un sitio y doy los buenos días y gritan «Ay, ay, ay», digo: «Ah claro, perdona, perdona, se me había olvidado». [Risas] Ahora ya te llaman por tu nombre, y ya es otra cosa. Pero bueno, aun así, eso me ha influido. Salgo mucho menos, trasnocho mucho menos… Te hace también encerrarte un poco. Porque no me gusta que me miren. Es muy duro no poder sentirte absolutamente libre. Yo no soy actriz las veinticuatro horas. Soy una persona normal, a la que también le gusta salir y tomarse cuatro copas y hacer el tonto, y cuando está todo el mundo pendiente de lo que estás haciendo, a mí no me agrada. Habrá a quien sí. Luego tiene cosas buenísimas, ¿eh? Que te inviten, que te dejen pasar a los sitios la primera, que te cuiden, que te digan cosas preciosas, es maravilloso. Yo sería feliz teniendo, como en Juego de tronos, la habilidad de cambiar la cara y convertirte en otra persona. ¿Sabes cuál? 

Claro, Jaqen H’ghar. 

Es que es maravilloso Juego de tronos. Ahí ya muero. Cuando la serie se acabe, como me dará tanta pena, me pondré a leer los libros. 

¿A quién pones en el trono? 

Yo creo que va a haber un gobierno de coalición en Juego de tronos. [Risas] Sí, sí, sí. Y además ahí tenemos mujeres muy potentes, y hombres inteligentes que valoran a mujeres. Que también es muy interesante. Porque mi querido personaje Tyrion admira profundamente a Daenerys, a esa diosa, y tengo la impresión de que para sentarse en ese trono… Bueno, para quitar a mi prima [Cersei] va a ser difícil. 

Bueno, como le dice su padre, es menos lista de lo que se cree. 

Sí, va a ser una cuestión de fuerza y de inteligencia. Pero tengo la impresión de que será algo compartido, que se unirán fuerzas. ¡No me digas que no pinta así! Es que hay gente con mucho valor, y si unieran fuerzas en vez de estar enfrentados, sería muchísimo más interesante. En esta última temporada ha habido un momento que para mí ha sido antológico, cuando Jon Nieve está con todos los que están en teoría a su favor, y se levanta esa niña, Lady Mormont, y les da la lección de su vida. «Si nos separamos esto es un desastre, si vamos todos juntos, entonces podremos hacer algo». Y entonces «¡The King in the North!» Y todo el mundo: ¡racambumba! Yo creo que eso es lo que va a marcar el gobierno de los Siete Reinos. 

¿A quién te gustaría interpretar? 

A la madre de los Stark. Me parece un personaje antológico, lo que pasa es que es corto.

Qué empeño con sufrir.

Una mujer con una fuerza… Y todos lo pasan mal, ¿eh? Era un personaje de una grandeza increíble. 

O sea, que una villana ni de broma.

No, no, yo a la Mujer Roja no la quiero para nada. Ella es divinísima y me encanta verla, pero no habría querido ese personaje para mí. ¡Si yo lo que quiero es una comedia romántica! [Ríe] Al margen de la broma, la serie es una lección política muy potente, sería un buen mensaje. 

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Cambiando de tercio. Fundaste una productora teatral y estás produciendo obras, además de dirigir. ¿Cómo está el asunto de la igualdad de género en la profesión en España? Porque en Estados Unidos da la sensación de que se empiezan a mover las cosas, hay varias grandes actrices fundando productoras para intentar cambiar las cosas…

Sí, aquí hay muchísimas menos. A nosotros nos está costando lo de ir un poquito más rápido para avanzar escalones en el lugar de la mujer… Siguen siendo objeto de discusión ciertas cosas: las capacidades, los sueldos, siguen siendo objeto de discusión y no puedo creerlo. No es fácil plantearte dedicarte a la dirección y producción teatral cuando tienes un panorama por delante como mujer tan difícil. Yo sigo y seguiré, porque soy del rayo que no cesa y la gota que horada la roca [ríe]. Pero creo que también tenemos una capacidad para el trabajo grupal excelente. Las mujeres nos organizamos y no hay tanta competitividad, me da la impresión. Yo siempre he pensado que la diferencia que existe ahora tiene que ver con miedos. Creo que la gente tiene miedo de perder el lugar que tiene, y cuando alguien se puede convertir en una amenaza, sujétalo. Es el paso que les toca dar a los hombres, ser conscientes de que no hay una amenaza, sino que somos iguales. En ese sentido, en los otros no. Somos todos capaces de todo, y tan respetables unos como otros, así que no te sientas amenazado. También es verdad que la amenaza se multiplica, que no solo tienes competidores masculinos, sino masculinos y femeninos. 

En España hay asociaciones de directoras de cine también, pero a mí me encanta lo que acaba de hacer Meryl Streep ahora [escribió una carta a cada miembro del Congreso de EE. UU. para que incluyan en la Constitución la enmienda de la Ley de Igualdad] y creo que deberíamos hacerlo aquí también, de alguna manera. Pero todavía sigue habiendo algo de «mira, ya se están juntando». 

El aquelarre. 

Sí, sí. A mí me parece una pena, porque es excluir unas cosas en favor de otras. Y no es que las mujeres tengamos que excluir a los hombres, es que hay que integrarnos todos en lo mismo. Y si existe una reivindicación es porque todavía hay carencias. Cuando deje de haberlas, dejará de existir el Día de la Mujer. Es una lástima. 

¿Qué tal es la reacción en redes cuando planteas estas cosas o te metes en política? ¿Te llaman feminazi?

Sorprendentemente buena. Cuando dije lo de Unidos Podemos hubo gente que le dio a «Me gusta» y punto. Hubo alguien que dijo «Pues yo no». Tampoco hice una apología, simplemente di mi opción, porque además quería decirlo porque estaba ilusionada. 

¿Y ahora?

Expectante. A mí no me han decepcionado todavía. 

Otra cosa: ¿qué sientes cuando te llaman eso de «la gran dama del teatro»?

Pues yo creo que no soy tan «gran», soy bastante poco dama, soy más una muchacha [ríe]. Es que es muy fuerte, porque yo no tengo conciencia del paso del tiempo en ese sentido. Cuando te dicen esas cosas empiezas a mirar para atrás y dices «Ah, coño, claro, es que tenía veinte años entonces y ahora ya no». Lo que pasa es que no tengo la sensación de haber llegado a nada en la interpretación. A nada. Yo tengo la sensación de un camino por delante, lo que me queda por hacer, por aprender, por trabajar, por estudiar… Y cuando te dicen eso de «tú que ya estás…», pero ¿dónde estoy yo? ¡Si yo no estoy en ningún lado! Yo estoy trabajando, nada más. Me halaga, porque es muy bonito que te llamen «gran dama», pero lo asocio a algo ya como de «Uy, qué poco le queda ya…» [ríe]. Porque para decirte «gran dama» no te lo van a decir con treinta, ¿no? Me pasó lo mismo cuando me dieron el Premio Nacional, o la Medalla de las Bellas Artes, que dije: Pero yo soy muy joven para esto, ¿no? ¿Esto no se da cuando la gente está ya a un paso de morirse? [Ríe] Todo esto es broma. Me parece precioso que digan eso. Porque entiendo que lo dicen como alguien que piensan que se sube al escenario por derecho. Y eso me halaga y me parece muy bonito, aunque me suene un poco uhhhhh. 

Dices que no tienes conciencia de tu vida hasta los veinte años. Que todo lo anterior es un «jaleo». 

Sí, porque ahí es cuando empiezas a tomar decisiones sobre tu propia vida. Antes ibas un poco por donde la vida te iba llevando. A partir del momento en que me dedico a esto, y empiezo a tomar decisiones reales, de decirle a mi madre: me voy de casa, voy a estudiar esto, no vas a volver a pagarme un duro de nada porque es mi responsabilidad, voy a ver si soy capaz de pagar la luz, el gas, el teléfono y el alquiler… Empiezas a tomar decisiones. Y le dices a una pareja: «no, me voy. Porque si me quedo aquí y nos casamos no puedo hacer lo que quiero». Empiezas a tomar conciencia de que la vida es tu vida, y que las riendas están en tu mano. Asumes la responsabilidad de ella. Por eso creo que tengo más conciencia, hasta entonces había ido un poco llevada: la familia te lleva, las cosas te llevan, los amigos te llevan… Pero es cuando empiezas a elegir, y a renunciar a cosas. En todo hay renuncia.

Pero cuando interpretas apelas a esa parte inconsciente.

Sí, exacto. A la niña. Y a los juegos de infancia, y a la sensación de la vida por descubrir. Eso es lo que se mantiene muy vivo en mí. Una niña a la que le encanta jugar a «ahora soy la reina», «ahora la mala», etc. Me daba igual el personaje, hacía el personaje que me tocara con mis hermanos. 

Ya que hablamos del tiempo, en casi todas partes, cuando se habla de tu carrera, alguien subraya el hecho de que no te has casado ni has tenido niños como si fuera algo verdaderamente significativo. 

Bueno, me preguntan cada vez menos, ¿eh? Porque lo he dicho públicamente, más que nada. El otro día alguien me dijo que no se sabía nada de mi vida privada, «lo único que sabemos es que no estás casada y que no tienes hijos». Pues sí, tengo una vida privada, ¿eh? [risas] Pero nunca la he sacado públicamente, jamás. Porque creo que al público para el que trabajo ni le va ni le viene con quién me acuesto, con quién me levanto, con la Virgen María y con el Espíritu Santo [Risas]. No me hace mejor ni peor actriz. Pero no me molesta que me pregunten por esto, ni que siempre salga a relucir. 

Si ahí estuviera sentado un señor actor soltero y sin hijos, quizás no se lo harían notar.

O a lo mejor sí, ¿eh? Lo que pasa es que se diría eso de «Mira qué listo ha sido», dando una imagen diferente. En mi caso, y en el caso de las mujeres, todavía hay un eco de «Qué rara, cómo será. Uyyy». 

En tu caso aún peor, porque lo defiendes como una decisión personal y consciente. 

Uy, sí, es el colmo, el demonio. [Risas] Por eso ahora, con la película de Secuestro, me ha encantado que sea una mujer que ha decidido tener el hijo sola. Porque le da la gana y porque ella lo vale. 

Ya que lo mencionas, ¿cómo llevas esa idea, que se plantea en la película, de tomarte la justicia por tu mano? 

Eso me horroriza. Pero también es verdad que este tipo de personajes te llevan a entender lo que uno es capaz de hacer por amor. Ella lo que hace, gran parte de sus decisiones y sus transgresiones, las hace por defender aquello que adora. Yo no sé qué sería capaz de hacer por defender a alguien a quien quiero. Espero no verme en una situación parecida, porque es ahí donde descubres de lo que eres capaz. Pero yo lo de la transgresión de la ley no lo llevo nada bien. Nunca me han puesto una multa, vamos. ¿120 km/h? Pues a 120 estoy. 

Aunque en la película dicen que se te ha ido un poco el pie…

[Risas] Sí, sí. Igual lo puse a 150, tampoco te creas. He hecho cosas que normalmente no hago, y eso es muy divertido, es lo que te da hacer género. Y mi personaje es muy atractivo, porque al principio decía «Concho, esta pava, qué chunga, ¿no?». Que no me importaba, porque para contar una historia tiene que haber un personaje chungo, y alguien lo tiene que hacer. No me importaba hacer una mala malísima. Pero empezabas a hacerlo y, de repente, dices «Ostras, pero es que aquí hay un río de fondo». Yo siempre he pensado que las personas más duras, los que en apariencia te parecen durísimos, los que desarrollan eso, tiene que ver con que esconden una fragilidad tan grande que es su manera de protegerse. Detrás de un malo, siempre hay algo frágil. Y eso es muy bonito, descubrir la coraza que llevan para poder ir por la vida sin que les afecten las cosas. Es precioso cuando le digo a José Coronado que quererle me convierte en una persona frágil. Es increíble su calvario. Pero para eso trabajamos, para reflejar el sufrimiento de la gente, para que sepamos cómo se pasa. 

Dices que en algún momento de tu carrera tuviste que asumir que versatilidad no significa que puedes hacer todos los papeles. Que los actores deberían aprender a renunciar. 

Sí, es así. Hay muchas cosas que no puedo hacer, no tanto géneros como personajes en concreto. Hay muchas cosas que hacen otros actores que yo no podría hacer. Lo mismo que hay cosas que yo hago… A mí me han dicho mucho lo de «¿Tú por qué haces personajes masculinos?». Porque puedo hacerlos, eso para empezar. Si yo midiera 1,95 m, tuviese 180 cm de pecho y fuese el pibón del siglo, sería muy difícil hacer ciertas cosas. O si tuviese una vocecita así [aflauta la voz]. O si fuese así de chiquitita… No pasa nada, para eso hay otros actores y actrices. Por eso a mí no me crea angustia cuando veo a otros hacer personajes que me gustan. Porque me digo que yo eso no lo podría hacer. Por supuesto que somos mucho más versátiles de lo que la gente en un momento dado puede creer, pero ahí están las capacidades y las carencias. No solo tu físico te determina. 

¿Te ves aún en pañales como directora?

Sí. Es dificilísimo. Porque, además, lo peor de dirigir es que siempre hay un momento en que las preguntas llegan a ti, y tú no tienes a quién preguntar. Te giras y no hay nadie más. Tienes que tomar decisiones que afectan a todo el equipo, y es durísimo. Pero me encanta, cada vez me encanta más. Si tuviera que elegir me quedaría con la interpretación, porque ya sin hacerlo no sé vivir. Pero como directora quiero seguir trabajando, e investigando, porque además es una parcela que lo permite mucho más. Cuando vas a trabajar con un director, te tienes que poner a las órdenes de un punto de vista, aportar el tuyo, por supuesto, pero tú trabajas a favor de una obra de una concepción, de una idea. En cine, en tele, en teatro, da igual. Cuando diriges tú, tienes que marcar cómo va eso. Y me apasiona cada vez más. Y, sobre todo, me gusta trabajar con gente talentosa, porque yo en realidad me acerco a esas personas para ver si se me pega algo.

Blanca Portillo para jd 6

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4 Comentarios

  1. Buen titular, y me parece que muy real, y muy bien que la entrevistadora no salga en las fotos, lo dicho felicitaciones.

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