
Esta entrevista se encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº16 Especial América.
A Blanca Portillo (Madrid, 1963) apetece tiranizarla. Dispararle personajes sin clemencia, uno tras otro, para que se meta en ellos y nos electrice las entrañas. Con Segismundo, con la Virgen María, con Hamlet, Bocanegra o con Agustina. Cunde la sospecha de que no hay frontera en su genio. «La Portillo» está llena de gente. Sobre el escenario, despierta apetitos insaciables y voraces. La querríamos allí siempre, sola, transmutándose en toda esa gente, en un monólogo infinito de verso y prosa, de hombres y mujeres.
Pero a Blanca, sin artículo precedente, no le gustan los monólogos. Dice que la vida rima —se metió en esto con uno— y no concibe la actuación como un lustre para el ego. Sus ojos pequeños observan mucho, y se vuelven huidizos cuando alguien que no conoce la llama por su nombre. No es tímida, es afecta a la soledad escogida. La fama le atropelló como Carlota, y ahora, convertida en «La», mira sus muchos premios de soslayo. Los ha transformado en obstáculos. Dice que los apila uno a uno, para crearse una valla y obligarse a saltarla. Los retos y la risa le brotan con idéntica osadía desbocada. Como si en ellos cupiera toda la franqueza. Hace sufrir, pero añora hacer reír mientras se embarca en la dirección teatral. En treinta años solo ha estado cuatro meses en el paro, y le torcerá el gesto a quien se atreva llamarla artista. En cambio, sonreirá con la comisura izquierda si la califican de «gran dama del teatro», aunque tampoco le guste un pelo. La consagración, dice, aún no la ha rozado ni con la punta de los dedos. Charlamos con ella como si estuviéramos de acuerdo.
¡Me encanta! [Señala el logo de Star Wars en la revista]
Eres muy fan de Star Wars, por lo que veo.
Sí, me encanta, me encanta y me va a encantar siempre. Soy megafán. Me las veo una y otra vez, como una reina. Y seguidas, la mayor parte de las veces, como El Padrino. Tienen algo muy especial, de esas cosas que no puedes evitar emocionarte cada vez que las ves, da igual el tiempo que pase. Especialmente, con la trilogía original. Yo hubiera querido ser la princesa Leia.
Tus personajes rara vez son tan encantadores como ella, pareces abonada al papel dramático. Ahora, con Secuestro, eres es una leona, una madre de apariencia fría pero que lo que más repite es «mi amor».
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Me sorprende que no le pregunten por su trabajo al frente del ayuntamiento de Barcelona
amén hermano
Buen titular, y me parece que muy real, y muy bien que la entrevistadora no salga en las fotos, lo dicho felicitaciones.