
¿Quién no recuerda alguna situación en la que uno se ha visto, «jugándosela por culpa del que está a los mandos»? Ese viaje en coche, después de una comilona en el que el amigo al volante iba claramente achispado, aquella vez que el conductor del autobús no dejaba de renegar y proferir resoplidos, claramente agotado después de una larga jornada, esa otra en la que el taxista no paraba de girar la cara hacia el asiento de atrás para darnos conversación, o incluso la anécdota del piloto de Iberia demasiado charlatán, que no cesaba de dar explicaciones que nadie le pedía mientras el avión daba saltos en una racha de turbulencias.
Recuerde el amigo lector sus reacciones y pensamientos en esas circunstancias: «¿pero dónde le han dado el carnet de conducir a este tío?»… «En la próxima me bajo»… «Solo se me ocurre a mí subirme al coche con este borrachín»… Malos tragos en los que nos hemos visto todos y de los que, afortunadamente, la mayoría hemos salido bien parados. Y eso que el riesgo que corríamos en tales ocasiones no era imaginario. La probabilidad de quedarse en el sitio en un accidente de automóvil (incluyendo el taxi, el autobús, el amigo achispado y nosotros mismos al volante), es del orden del uno por ciento a lo largo de la vida.
Si nos contagiamos de COVID-19, tenemos aproximadamente la misma probabilidad, 1 % de dejarnos la piel en el asunto. ¿Quiere eso decir que el riesgo que corríamos en el taxi, el autobús o en el trayecto en automóvil al trabajo es del mismo orden que el asociado a enfermar de COVID?
Claro que no. Y la forma de convencernos es calcular el riesgo de morir por día en ambos casos. En el caso del automóvil, vamos a asumir que una persona vive 80 años en promedio, lo que equivale a 29,200 días. El riesgo de morir en un accidente de coche, por día, es por tanto de 34 partes en 10 millones. Se trata de un número pequeño, tan pequeño, de hecho, que para medirlo usamos una cantidad conocida como micromort (que podríamos traducir como micromuerte al castellano y abreviaremos como m). Un micromort es una probabilidad de morir en un en un millón. Por tanto, la probabilidad diaria de morir en un accidente de coche es de 0,34 micromorts (0,34 m).
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«no hay que olvidar que los trombos siempre han aparecido hasta el momento asociados a la primera dosis»
¿Pero cuántos han sobrevivido, Juanjo? Y de los supervivientes, ¿Se ha puesto a alguno la segunda dosis?
No todas las personas que han sufrido trombos han fallecido, ni mucho menos! Los «supervivientes», como usted los llama, imagino que NO habrán recibido la segunda dosis por precaución.
Pero eso no es incompatible con lo que dice el artículo: a día de hoy ningún vacunado ha pasado la primera dosis sin trombo y ha sufrido trombo en la segunda. (También es cierto que el porcentaje de gente que ha recibido la segunda dosis es muy pequeño por el momento).
Felicidades por el artículo. Lástima que no lo vaya a leer ni un micromort de la población que lee los artículos sensacionalistas.
Aunque lo lía un poco con los datos tan exahustivos, estoy muy de acuerdo con la conclusión del artículo, la mejor vacuna es la primera que llega. Entre la politización del proceso (astra-zeneca metiéndose solitos en la boca del lobo, y los intereses de algunas oposiciones en que fracasen algunos gobiernos) y esta maravillosa época de la sobre-des-información, que hay gente sacándose masters por wasap, parece que se nos olvida el objetivo primordial: salir de ésta lo mejor posible. Soy asmático, y cada vez que me tomo un ibuprofeno tengo más probabilidades de tener una crisis que de tener un trombo con la vacuna de astra-zeneca, de la que ya tengo puesta la primera dosis. Chorradas las justas, ánimo a tod@s
«El riesgo que corres si no te vacunas es mucho mayor, pero además no se acaba ahí. Cada persona que se vacuna evita el riesgo de infectarse e infectar a otras personas, entre ellos sus seres queridos.»
Aún no se nos ha asegurado que cada persona que se vacuna evita el riesgo de infectarse e infectar a otras personas. Se nos dice que las vacunas actuales, si nos infectamos, nos permiten pasar una infección de manera leve y, de ese modo, seríamos menos contagiosos (y no nada contagiosos).
La sputnik.
En todo prensa española donde pongo los ojos evitan olímpicamente a la vacuna rusa, pura cerrilidad ibérica.
Voy a ponerlo de otro modo, a ver si esta vez me publican: ¿por qué en esa lista no contemplan a la Sputnik? ¿O es que los científicos rusos son menos que los occidentales?
A día de hoy la Sputnik V no está avalada por la EMA ni se han comprado dosis en España, como tampoco la china.
No digo que no sean válidas pero veo lógico que el artículo hable de las cuatro que nos pueden administrar a los ciudadanos españoles a día de hoy (Janssen aún no ha empezado pero hay un acuerdo firmado).
Sin entrar en el fondo del debate de si hay que vacunarse o no, los cálculos del riesgo de morir en accidente o morir por covid considero que están mal hechos. Copio literalmente un par de frases:
«La probabilidad diaria de morir en un accidente de coche es de 0,34 micromorts.»
«La posibilidad de morir una vez que nos contagiamos, cada PCR positivo nos compra la friolera de 10,000m.»
No sé de donde sale la cifra de 10.000m ya que no se explica. Supongo que lo que se ha hecho es utilizar una tasa de letalidad por covid del 1%. Pero no se puede comparar la probabilidad de fallecer por día con la de fallecer de una enfermedad sin tener en cuenta el tiempo. Hay un segundo error que es comparar la probabilidad de un evento que no ha ocurrido (sufrir un accidente) con otro que sí ha ocurrido (contagiarse de covid). Así que el autor debería rehacer los cálculos y comparar magnitudes homogéneas. Hay dos posibilidades:
1.- Comparar la probabilidad de morir por covid condicionado a haberse contagiado, con la probabilidad de morir en un accidente condicionado a que éste haya sucedido (por ejemplo, la probabilidad de no sobrevivir a un accidente aéreo es altísima).
2.- O bien comparar la probabilidad morir por accidente de coche en un día, con la probabilidad de morir de covid por realizar la actividad normal de un día cualquiera.
El segundo caso lo podríamos estimar. Para ello lo que habría que hacer es calcular que fracción de la población mundial muere cada día de covid. Teniendo en cuenta que llevamos 400 días de pandemia (declaración OMS 11/03/2020), que la población mundial es aproximadamente 7.878.700.768 y que han fallecido de covid en este tiempo 2.993.059 personas, la probabilidad de morir un día por covid es de 0,95m; que sigue siendo tres veces más alta que morir por accidente de coche, pero ya no impresiona tanto.
En la pandemia se mezclan muchas cosas a las que la gran mayoría de la gente no puede dar cabida en su cerebro. Es triste, pero es la verdad. Además, este hecho resulta inevitable. Del mismo que, cuando un arquitecto me construye una casa, yo no tengo acceso a las bases fundamentales (ni tampoco a los detalles específicos) sobre la seguridad de la vivienda, allende las entrañas de la misma, no porque no me los dé sino porque no los entiendo, o cuando la persona que me vende un portátil dice que tiene una placa base de gran calidad, pero yo desconozco la relación calidad/precio de ese elemento; los hombres y mujeres de este país cuando llegan a la sala de vacunación y se quitan la ropa para descubrir sus hombros, no saben prácticamente nada de la medida preventiva de salud que en ellos van a llevar a cabo en ese momento. En la inmensa mayoría de los casos esto es así; no puede ser de otro modo. Subsanar esta «grieta» es una empresa muy difícil o directamente imposible. Las personas tienen sus propios mecanismos de defensa para interactuar con el entorno; para sobrevivir, vaya; y el feedback que han obtenido a lo largo de su vida, con aciertos y errores, les ha permitido al fin y a la postre seguir vivos; que es a grandes rasgos lo que de verdad cuenta… Los canales por donde les llega la información son muy variados. Algunos de esos canales, para agrandar, si no fuese ya de por sí enorme, el embrollo del covid y la vacuna, tienen como misión NO canalizar la información científica (árida e incomprensible para el común de los mortales), sino influenciar al público que la recibe. Uno tiene que ser un freaky del conocimiento para poder deslindar la manipulación de los mass media, para separar la el grano de la paja, de la auténtica realidad sobre el asunto. Es más: el acceso a la información válida no es fácil tampoco… El artículo de los Sres. Gómez, Bota y Pena «pincha» en hueso. El ser humano no se maneja por los razonamientos que han sido expuestos en el texto, ni tampoco por la corrección que el comentarista surtich les hace a los autores sobre el planteamiento matemático. ¡Ojalá no fuese así! El paciente debe confiar en el personal sanitario —pese a que ha vivido durante más de un año viendo al responsable del Centro de Epidemias fallar una predicción tras otra—; debe entender que en los organismos que manejan las decisiones sobre la vacunación trabajan personas expertas en todas las variables de este tema. (Que no son los que entrevista Ferreras en LaSexta, por cierto). Ellos tienen el cuadro al completo. Este último incluye también la percepción que la sociedad tiene sobre las terapias que hay encima de la mesa. ¿Presionan las compañías farmacéuticas a los organismos oficiales? Sí, sin duda. ¿Influyen en las decisiones que se toman? No, seguramente no. [Biomédica] ¿Cuál es el punto donde parece romperse la confianza de la sociedad en la vacunación? Algunos (por fortuna, un número insignificante de personas) creen que el covid no existe. A ellos no voy a decirles nada. En España entran en una habitación los sanitarios que saben que: puedes morir por covid, puedes morir con covid y no ser éste la causa del fallecimiento; puedes morir porque te dirigías irremediablemente hacia la muerte con o sin covid; puedes morir sin saber qué relación tuvo tu cuerpo con el covid pese a que todo apuntaba que el covid estaba de por medio; puedes pasar el covid sin enterarte y sin pasárselo a nadie; o enterarte y transmitirlo, etc. En mi opinión, aquí se ha jugado a los médicos con demasiada intensidad y demasiada frecuencia. Ahora la bola es imparable. El ciudadano no va a poder entrever ni de lejos la verdad… Se quiebra la confianza por los trombos de Astrazeneca, pero, de nuevo, son muchas las variables que los de a pie ignoran. No es tan difícil, pero sí es paradójico: el trombo. En unas pocas personas a las que se les administra heparina (una sustancia que evita la coagulación de la sangre), su organismo responde consumiendo las plaquetas (que son las responsables de cerrar el hueco del vaso por donde se escapa la sangre; en ese consumo, en ese descenso, se libera un factor biológico —que juega a favor de ellas— y que «ataca» a la heparina, pues, no en vano, aunque no de forma específica, ésta evita lo que aquéllas promueven. El resultado final, extrañamente, al poner la heparina, al poner el anticoagulante, es la coagulación: el trombo. ¿Dónde queda el covid en esta secuencia de acontecimientos? Yo no lo sé. Y no sé si ellos lo saben. En la incertidumbre lo mejor que puede hacer uno es valorar el cociente riesgo/beneficio. Insto a quien lea este comentario a que no se retroalimente de una sola versión de las dos caras de la moneda; que haga uso de artículos como el de más arriba; uso de los comentarios que se han vertido en él; que entienda que la tele no informa; influye; que la Verdad Absoluta se encuentra a una altura inalcanzable. En cualquier caso, vacúnese. No todas las vacunas tienen el mismo vector; no todas muestran la misma eficacia; busque, pregúntele a su médico. Si decide no vacunarse, está en su derecho; haga uso de él. Sin embargo, del mismo modo que el siglo XXI no entro un 1 de enero, sino el 11 de septiembre de 2001; el 2021 no entró el 1 de enero… Con la pandemia hemos asistido a un nuevo paradigma. El mundo ha cambiado, aunque no sabíamos ni cuándo ni cómo iba a cambiar; y seguimos sin saberlo. La vacuna es la mejor opción. A mí no me cabe la menor duda, pero entiendo las dudas de los demás.
Si no coges nunca un autobús, contar el riesgo de muerte por accidente de tráfico no tiene sentido aplicarlo. Ponerse la vacuna es una certeza. De este modo, para calcular el riesgo de muerte por COVID primero habrá que calcular la probabilidad de contagio, y una vez contagiado, la probabilidad de estirar la pata.
En el caso de la vacuna, al inyectárnosla, ya eliminamos el componente aleatorio de adquisición del riesgo. Ahí ya entran en juego los datos de incidencia de trombos o lo que sea que den.
En resumen, los riesgos son despreciables pero en la mente de una persona se produce el siguiente túnel mental, «yo no me voy a contagiar porque soy muy prudente, y en consecuencia no voy a morir por COVID, por tanto inyectarme una vacuna que produce trombos, es como si me contagiase a propósito de COVID con la esperanza de ser asintomático».
Ese es el meollo psicosociológico. La intelectualización de la estadística no disipa el miedo a la vacuna.