
Es solo mi humilde opinión: The Wire es la mejor serie dramática de todos los tiempos. Pero, eh, eso ya lo habré dicho muchas veces. Además, era el extraordinario caso de producto comercial que, aun durando cinco temporadas, no podía darme más que alegrías. Impecable, rico, casi perfecto. Sin titubeos, sin bajones, sin paréntesis. Hasta que vi la versión «remasterizada». Se convirtió en mi primer disgusto viendo The Wire. ¿Por qué demonios tenían que retocar algo que no admitía retoques?
Creí haber retornado a lo peor de los años ochenta. Recordemos: en 1983 empezó la breve aunque traumatizante moda de colorear películas que habían sido originalmente rodadas en blanco y negro. En cuanto a la magnitud de su monstruosidad, la ocurrencia equivalía a haber traducido las novelas de Tolstói al lenguaje de los emojis. La «lógica» que subyacía a tan infernal experimento era, cómo no, la del dinero. El reciclaje de cine en blanco y negro para un público joven que había crecido en la era del color y que, se suponía, se aburría con las viejas escalas de grises. No por casualidad, la iniciativa coincidió con el auge del vídeo casero y la multiplicación de los televisores en los hogares. En efecto: había ya por entonces muchos jóvenes que se aburrían con el cine en blanco y negro.
El artesanal procedimiento de coloreado consistía en pintar a mano cada fotograma de la película, lo cual producía resultados capaces de espantar a un daltónico. El público, en especial el que sí había crecido con el blanco y negro, se tomó aquella intentona con despectiva sorna. Entre los profesionales cinematográficos hubo de todo. Frank Capra autorizó que se cometiera tal tropelía con sus antiguas obras, influido por el entusiasmo de Cary Grant. El actor, que debía de andarse todavía alucinado por su vieja afición a los psicotrópicos, parecía encantado con lo de añadir colorín a las plateadas obras maestras del pasado. O quizá pensaba, como otros, que ahí había un gran negocio. El paladín más visible de aquel atentado contra el arte, el buen gusto y el sentido común fue el magnate de las comunicaciones, marido de Jane Fonda y consagrado tontolaba Ted Turner. En 1985, Ted Turner se lo pasaba de lo lindo arruinando clásicos del cine para emitirlos con tonalidades de pesadilla. Orson Welles, aterrado ante la posibilidad de que Ciudadano Kane terminase convertida en la versión pastel de Doraemon, le dijo a un amigo: «Haz algo por mí: evita que Turner desfigure mi película con sus lapiceros». Quiso el destino que Welles muriese dos semanas después. A Turner le daba todo igual y en 1988 anunció su propósito de colorear Ciudadano Kane, pero tuvo que echarse atrás debido a la escandalera que organizaron directores y críticos —aunque quedó un minuto de metraje en color que realizaron como prueba y que debería haber servido para sentar a Turner ante un tribunal al estilo Núremberg—. Para frenar a Turner fue muy importante el alegato de George Lucas en pro de la conservación del patrimonio cinematográfico. Recordemos que, en el Hollywood de entonces, la palabra de Lucas aún equivalía a la de Dios. Otro fiero oponente de Turner y su cruzada del despropósito fue John Huston, a quien solo faltó sacar la escopeta. Cuando murió en 1987, su hija Anjelica fue a los tribunales y consiguió que las películas de Huston no fuesen mancilladas con los dichosos rotuladores.
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THE SHIELD 2002
Qué suerte a veces no tener ni idea de fotografía, planos ni composición. Lo único que noté respecto a la versión original en DVD es que ya no se notaban los pixelacos como garbanzos propios de un formato pensado para televisiones con resoluciones mucho menores a las actuales.
La percepción del espectador sobre una obra, a pesar de que una ingente cantidad de «cuñaos» se empeña en la existencia de una percepción correcta y una percepción incorrecta (ejemplos hay por doquier), no es más que uno de los muchos vértices que tiene el mundo del arte. El artículo me hace mucha gracia… ¡Cómo si el dinero no sólo no importara; cómo si casi no existiera! El autor del texto olvida un aspecto crucial: la obra tiene un propietario. Y es precisamente esa persona la única persona que puede hacer lo que le dé la real gana con su producto. Mi sobrina de 19 años, Natalia, que atraviesa una época de su vida en que se siente (¡definitivamente!) bisexual, cree que a Las Meninas de Velázquez bien podría añadírsele la bandera arcoiris porque «es patente el cambio en la sociedad… y añadirla en una obra tan emblemática podría ser uno de los gestos definitivos hacia la verdadera igualdad del colectivo LGTB». El mundo es complejo, Emilio… David no hizo The Wire para ti, probablemente la hizo más pensando en él mismo.
Pues tu sobrian es libre de pintar su propia version de Las Meninas con arcoiris incluido, igual que se han hecho ya muchas versiones con variaciones diversas. El original mejor no tocarlo, que ya esta muy bien como esta.
Por muy buen director que sea, o parezca, yo tampoco soporto a C. Nolan.
A los aficionados al audio esto nos suena, y bastante más sangrante.
Ahí tendrías para un buen artículo, si es que no lo has hecho ya.
Siempre un placer leerte.
Pese a los intentos de objetivizar la rabieta, hay que rendirse al hecho que el mismo Emilio señala al comenzar el artículo: la emisión original de la serie estaba mutilada par adaptarse al formato televisivo. Poder recuperar el material original, aunque (presuntamente) se pierda foco narrativo, siempre ha de ser una buena noticia. Yo no tengo tan claro que David Simon planificase todas y cada una de sus escenas pensando que esto o aquello quedaría más o menos fuera de plano. La acción ocurre en el centro de la pantalla en la inmensa mayoría de esta y de todas las series, ya sea en 4:3 o 16:9. Simon estará encantado de poder ver su obra en formato panorámico (que es su formato original, no lo olvidemos), por eso la habrá autorizado. Y que a Emilio o a quien sea esto le parezca una suerte de prostitución artística, me parece excesivo e injustificado.
Por lo menos en The Wire, por lo que comentas, se han molestado en analizar capítulo a capítulo y eliminar cosas que no deben verse, cuando le hicieron esa restauración a Friends no lo hicieron y se cuentan por centenares, literalmente, las escenas donde aparecen cámaras, micrófonos, colchones en el suelo donde los actores debían tirarse cuando simulaban caerse al suelo, extras que reemplazaban a los actores principales en alguna escena donde uno de ellos hablaba en primera plano y necesitaban alguien al lado para hacer bulto, actores que en la misma escena donde sabían que no iban a salir en pantalla se «retiran» del set como si aquello no fuese con ellos, otros que aparecen dos veces en la misma secuencia sentados en dos sitios diferentes del escenario… en fin… se debería recopilar todo eso en un libro porque ahí sí se nota que es la chapuza por la chapuza para capitalizar la serie a los nuevos tiempos.
Y si, lo de las pelis coloreadas dios… qué pesadilla supusieron. Hubo una época donde todas las teles autonómicas tuvieron verdadera fijación con prometerte ciclos dedicados a directores clásicos y encontrarte obras clásicas convertidas en un atentado a la vista (que encima cuando había fundido a negro como transición entre dos escenas, se tornaban blanco y negro otra vez durante un segundo o dos).
Hoy en día tenemos los documentales coloreados, que como prueba histórica son una p…mierda.
Yo me vi The Wire en TV en su época, y vaya que estuvo muy bien, a raiz de este bien escrito, pero muy pedante, artículo, me descargué el capítulo 1 de la primera temporada en la nueva versión panorámica y la verdad es que… no es para tanto. Es decir los encuadres no se arruinan, no se ve horrible, en algunos casos ganan con tener más espacio a los lados. Rasgarse las vestiduras por este cambio es innecesario
Y yo pensaba que me costaba adaptarme a los cambios.
¿Y qué pensáis del nuevo montaje de Blue Valentine? Había visto la peli hace ya bastantes años en un montaje sin flasbacks, del menos al más. Es una película que me gusta mucho. La nueva versión, la que circula en Filmin empieza por el final y va tirando de flasbacks. Sólo aporta aburrimiento y confusión.