Ocio y Vicio Destinos

Todo incluido

todo incluido
DP.

El hotel era una mezcla de hotel de Torremolinos y hotel de El resplandor. Así lo definían los miembros del equipo que llevaban semanas en él. Yo me incorporé a finales de marzo; ellos habían llegado en febrero. Estábamos rodando una serie de televisión ambientada en Ibiza. De los cinco guionistas, dos nos habíamos quedado en Madrid. Pero hubo una crisis —las cosas se torcieron con el coordinador de guiones— y acabamos en Ibiza también. Los veteranos hablaban del «efecto isla». A mí me sonaba a algo mágico, supersticioso, o a postureo cursi. Pero en los tres meses que pasé allí comprobé que era cierto. Además de mental, resultó físico: solo que no se daba de inmediato, sino por acumulación. 

Era un resort enorme, de esos de all inclusive, o «todo incluido». Pero aún no habían llegado los turistas de las pulseras de colores. El hotel lo habían abierto solo para nosotros. Generalmente permanecía cerrado durante la temporada baja, que se prolongaba hasta mediados de mayo. Estábamos en la playa d’en Bossa, cerca de la discoteca Space. Por la isla entera había carteles con la imagen del legendario DJ Carl Cox, emplazando a su sesión inaugural de mayo. Hasta entonces todo estaba muerto. No sé si las primaveras son siempre desapacibles en Ibiza, pero la de aquel año lo fue: llovió mucho, hizo viento, hubo pocos días plenos de sol. Era 2004. Acababan de ocurrir los atentados de Atocha y la escapada fue, en cualquier caso, un alivio. Suponía un corte anímico con la atmósfera pesada de Madrid.

Me sorprendió el concepto radical de temporada baja que hay en Ibiza. Se ajusta mejor a la otra expresión, más abrupta: fuera de temporada. Yo soy de la Costa del Sol y aquí la vida turística languidece, pero no se extingue. Bastantes hoteles siguen abiertos, y los comercios y los restaurantes. En Ibiza, en aquella larguísima zona de la playa d’en Bossa, se producía una auténtica hibernación. Los hoteles cerraban, apenas quedaban dos o tres sitios donde comer y casi ningún comercio abría. Había locales y locales cerrados y vacíos, sin estanterías siquiera. Hasta mayo no se veía movimiento: primero los pintaban y los acondicionaban y luego los abastecían; casi todos se convertían en supermercados. La vida solo se mantenía en las poblaciones: en la ciudad de Ibiza y en los pueblos, San Antonio, Santa Eulalia, Santa Gertrudis, San José… 

Cuando quería salir y no había coche disponible ni tenía paciencia para esperar el autobús —que pasaba de hora en hora, irregularmente—, me iba andando a Ibiza. Una caminata de cuarenta y cinco minutos. La hacía en parte por la playa y en parte por el interior, por la zona de los locales cerrados. Caminar por la playa era hermosísimo pero dificultoso. En la orilla se acumulaban las algas muertas. La posidonia es una especie protegida: sus praderas son las que le dan el tono variable, manchado, al paisaje marino de las Pitiusas. Pero en la arena formaban montañas marrones que parecían el excremento del mar. Al atardecer se llenaban de mosquitos.

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