Un hidalgo en bicicleta: sobre Luis Ocaña

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Luis Ocaña
Luis Ocaña. Imagen: Archivo RTVE.

Tenía ojos tristes y mirada huidiza. Rostro muy moreno, patillas que se van engrosando año tras año. Aspecto frágil, quebradizo. El clásico chico que siempre está un poco apartado en las fiestas, ese que a veces se queda mucho rato observando el cielo. A lo suyo. 

Así era Luis Ocaña.

Solo que luego se subía en una bici. Y cambiaba. Por completo. Sobre su máquina Ocaña resultaba hermoso, etéreo. Resultaba bello. Quizá no tenía la pedalada más estética, el estilo más fluido. Jamás fue Koblet, pero tampoco necesitaba serlo. Siempre albergó una única obsesión. Que le reconocieran por su mentalidad, por su fiereza. 

Que nadie olvidase, nunca, quién era Luis Ocaña.

Ese chaval con acento tan raro

Luis Ocaña (Priego, 1945) fue un chaval de la posguerra. Uno de esos que siguió a su familia en busca de futuro mejor. Huyendo del hambre, vaya. «Todos éramos pobres», le contará décadas más tarde a Alisdair Fotheringham un vecino de Priego, «pero los Ocaña eran incluso un poco más pobres». Así que… emigración. Primero hasta el valle de Arán, que había mucho trabajo por lo de las hidroeléctricas. Luego, momento decisivo, cruzando el Portillon. Francia. Peregrinaje hacia donde se pone el sol. Hasta que llegan a Mont-de-Marsan. Setenta kilómetros a septentrión de Pau, algo más hasta Burdeos. Allí vivió Luis, allí se hizo ciclista.

Le ayudó un tipo peculiar. Pierre Cescutti. Antiguo combatiente en la Segunda Guerra Mundial. Dicen que si fue uno de los primeros que entró en el chalecito que Hitler tenía allá por Berghof, cerca de Berchtesgaden. Un sitio encantador, con sus vacucas, sus cumbres, sus bosques. Todo tranquilidad, que lo de planear genocidios estresa bastante. Y ¿qué hizo usted, Cescutti, cuando entró en ese sitio? Y Cescutti sonreía. ¿Yo? Me fui a la bodega, cogí la mejor botella de vino y nos la pimplamos los compañeros allí mismo. 

Fue este Pierre quien vio a condiciones a Ocaña. El padre (serio, severo) no quería que corriese. Él debe trabajar, es lo que toca. Pero Cescutti insistía. Tiene talento, puede ser un nuevo Anquetil. Al final se salió con la suya. Ayudó al asunto que a Luis lo echaron del trabajo por una cuestión menor. Anécdota sin importancia. Que le tiró un hacha a su capataz. Ya ven, fruslerías. Al parecer el otro se había metido con sus orígenes. «Yo soy más español que Franco», dijo un día Ocaña. 

De ese genio se cuentan cien anécdotas. Aquella vez que abandonó el Tour de Francia y fue en coche hasta su casa en Mont-de-Marsan… solo para darse cuenta de que había olvidado las llaves en el hotel. O cuando se puso a levantar azulejos en la piscina con sus propias manos, haciéndose un corte feísimo con el cincel. No paró, claro, porque parar era, a veces, como rendirse. Y rendirse no se rinde uno, eso sí que no. 

Así que corrió en bici. Y, como escondía en sus piernas sendos motores de tanque, empezó a destacar. Gran Premio de las Naciones en categoría amateur, el Mundial oficioso de contrarreloj. Cescutti sonreía. Es como Jacques. Y luego, cauto, se corrige. Puede ser, puede ser como Jacques. El profesionalismo espera a Ocaña. 

Enemigo mío

Luis Ocaña tenía bien adiestrado a Merckx. Con solo mirarlo, una pequeña orden… y acataba, sumiso. Merckx, túmbate. Merckx, aquí, conmigo, sin separarte ni un palmo. Merckx, silencio, que no te oiga, ¿eh?, que no te oiga. 

Dicen que Luis le puso «Merckx» a su perro. Para mandar y que le obedeciesen. Qué puto gusto. Y no falla nunca. En fin, hay algunos que niegan la historia. ¿Lo del perruco? Nah, una leyenda urbana. Qué más da. Solo que exista el rumor te habla bien a las claras de cómo pensaba Luis.

Ocaña tuvo una inmensa suerte, una enorme desgracia. Las dos con el mismo nombre. Édouard Louis Joseph Merckx. Eddy, para los amigos. Que no era su caso. Nadie lo obligó tanto, nadie le impuso mayores retos. Ocaña fue mejor contra Merckx, igual que Merckx alcanzó su cima luchando contra sí mismo. Porque eran muy parecidos. Idénticos. Personalidades dominadoras, tipos insatisfechos que siempre buscaban el más allá, el golpe adicional. Sin el belga Luis podría haber reinado con idéntica crudeza (al menos en las grandes). Tan similares fueron. Tan distintos. 

Ocaña y Merckx parecían predestinados a la lucha. Ambos habían nacido con apenas una semana de distancia (9 de junio, año 1945, Luis, 17de ese mes Eddy), ambos destacan como amateurs. Solo que el belga corre más. Debuta con los grandes a la vez que cumple la veintena, tres añitos antes que el otro. Para cuando Ocaña dé sus primeras pedaladas serias, vistiendo maillot del Fagor, Merckx atesora dos Milán-San Remo, una Valona, una Gante, sendas etapas del Giro y hasta el Mundial. La primera gran vuelta que termine Luis (Giro de 1968) contempla al belga en lo más alto del pódium. Varias veces, además. General, montaña, puntos, clasificación de los jóvenes, equipos. Oye, no está mal. En julio de 1969 hasta lo mejora, porque añade el parcial de París. Ya ven, unas risas. 

Salvo para Ocaña. Él ya acude a aquel Tour como tipo importante. Había hecho segundo en la Vuelta a España. Más aun, fue decisivo camino de Moyà, cuando se ciscó en tácticas y ordenes de equipo para perseguir un imposible. Al final salió beneficiado Pingeon, pero aquello apuntaba lo que siempre iba a ser su vida. Ocaña solo, Ocaña al ataque. 

En Francia, caminos cruzados. Ballon de Alsacia, el primer puerto «serio» que jamás escaló la Grande Boucle. Lugar simbólico, pues. Merckx comienza una tiranía cuyo final quedaba muy lejos. Primera vez que levantaba los brazos en el Tour, luego llegarían treinta y tres más. Y la imagen. Icónica. Ocaña, el joven Luis Ocaña, que se va al suelo. Su barbilla choca contra el asfalto, rostro lleno de cortes. Sangre manando abundante, cubriendo con brillante bermello un maillot de Fagor. Casi inconsciente. Los compañeros que forman una cadena humana, remolcándolo. Mariano Díaz, Perurena, Momeñe. Todos. Ocaña está totalmente sonado, inconsciente. Deberá abandonar. El joven líder belga, magnánimo, tiene palabras de aliento para él. Ha mostrado valor, dice. Luis, orgulloso, rumia. No quiere reconocimientos. Anhela someter.

Porque Ocaña no se resigna a su rol secundario. Otros sí, otros limitan pérdidas, esperan que Merckx falle, aprovechan ausencias o descansos. Otros se llaman Gimondi, o Poulidor, o hasta Gösta Petterson. Pero él es Luis Ocaña, y Luis Ocaña actúa de otra forma. Ganar al mejor de la mejor manera. Una vez, durante un Giro de Lombardía, año 1972, Ocaña ataca subiendo Intelvi, a un mundo de meta. Luego le echan mano y decide abandonar. Todos están compinchados con Merckx, ayudan en vez de hacerle la vida imposible. Soy el único que intenta cosas. Cosas. En Como ganará, claro, el belga. 

Digamos que Eddy era para Ocaña su Everest particular. ¿Por qué? Porque está ahí. El encono llegaba hasta lo personal. Durante una París-Niza iba Merckx en mitad del grupo, silbando. Y Luis se acercó, se puso manillar con manillar. «Silba ahora que puedes», dicen que dijo. «Yo haré que lleguen días en que no puedas hacerlo». Y el otro, claro, flipando. Pero quién es este, pero qué se ha creído. 

No se hablaban. Si los reporteros pedían fotos juntos los rostros eran de tragar vinagre. Gesto tenso, pómulos marcados. Dos machos alfa en la misma manada. Y, claro, chocaron. «Las motos han ayudado a Luis», dijo Merckx en aquel 71 esquizofrénico. «Eddy no sabe perder, siempre pone excusas», contestaba Ocaña. En la Vuelta, un par de años más tarde, era el conquense quien alzaba la voz. «La carrera está preparada para Merckx. Sin cuestas y con bonificaciones. Solo falta que pongan segundos a la puerta del hotel». Eddy rumiaba. «Los sprints están para todos, solo tienes que aprovecharlos». Subiendo Orduña, Ocaña lo reta, Ocaña se marcha. Bajando Orduña, Eddy caza. En Miranda de Ebro gana el sprint. «Tenía la obligación de atacar», dice Ocaña. «Es un corredor de los que hay pocos», contesta, admirado, Merckx.

Cuentan que Ocaña y Merckx coincidieron en cierta ocasión. Espacio estrecho, nada menos que los asientos de un aeroplano, camino a Bruselas. Silencio, caras largas. Y entonces Luis le echó arrestos al asunto, y habló al belga. Oye, ¿esto qué es? Vamos a arreglar lo que tengamos tú y yo. Y charlaron. Charlaron. Siguieron charlando. Cuando aterrizaron en el Zaventem ya iban medio abrazados. Se fueron para un bar, para otro. Dicen que si acabaron en un antro a altas horas de la madrugada, que fue Eddy quien se rindió, marchándose a casa. Al día siguiente, en el critérium (ah, ¿no les habíamos dicho que había carrera?) ganó. «Merckx me podía vencer en la carretera, pero bebiendo no aguanta ni un asalto».

Terminaron de amigos. Retirados, Merckx ayudó a Ocaña en los negocios, introdujo su armagnac por Bélgica. Viejas glorias que recuerdan tiempos que fueron. Cómo nos odiábamos. Cuánto nos quisimos. 

Cénit, caída, éxito

Fue exagerado para todo. Lo bueno y lo malo. Destacar solo una de esas cosas sería injusto. Un tipo volcánico, de arranques. Decía lo que pensaba, sin medir consecuencias. Sincero. Por eso era, años más tarde, comentarista tan bueno en radio. «Mira qué culo tiene Lemond», dijo en 1991, pleno ascenso al Tourmalet. «Con ese culo tú no puedes ganar el Tour de Francia». Y luego se descolgó el yanqui. Los campeones son así.

También exceso en éxitos y fracasos. Que a veces eran, a veces fueron, exactamente lo mismo. Ese Tour de 1971, claro. La única ocasión que a Merckx lo domeñaron durante sus años grandes. En Puy-de-Dôme primero, el volcán de la Auvernia. Latigazo incontenible. Aviso. Y luego, sublimación absoluta, camino de Orcières-Merlette. El día de todos los días.

«No he visto ciclista como él», contaba Pedro Matxain, que lo dirigió en Fagor. «Cuando Ocaña sacaba su chepa… era incontenible». Y aquel día asomó la chepa. A Eddy le atacan desde la salida. Primero Tarangu, que era como Ocaña, solo que todavía más chiflado (y mira que tiene mérito). Luego Agostinho, portugués con cuerpo de albañil y pasado en la guerra de Mozambique que no quería recordar. Y después, definitivamente, él. Subiendo Laffrey. La cuesta de Bonaparte iba a destrozar al nuevo emperador. Aquí solo aceptamos corsos, Monsieur Caníbal. Quedan casi 130 kilómetros a la meta.

En Noyer Ocaña se va solo, porque era irresistible, porque quería ganar a Eddy como Eddy ganaba a los otros. Destruyéndolo, mandándole a la lona. De allí a meta… exhibición. Los comentaristas de la tele francesa están asombrados, filman el asfalto derritiéndose, qué calor, qué bochorno, qué condiciones tan duras. Y allá viene Ocaña. Véanlo. Allá viene Ocaña. Lo adoran porque habla galo sin acento, porque desafía a Merckx, porque es el protegido de Anquetil, de Geminiani. Uno de los nuestros. Entra en meta. Segundo es van Impe, a unos seis minutos, pero van Impe no le interesa a nadie (seguramente ni siquiera a van Impe, como comprobará años después Guimard). Eddy es tercero, a ocho minutos y cuarenta y dos segundos. Pocas veces se había visto nada igual. Nunca, si pensamos en un enfrentamiento directo entre dos campeones en lo más alto…

Hasta el momento fatídico… golpes. Contraataques. Declaraciones. Lo de Marsella, ofensiva de la Molteni durante más de 200 kilómetros. Ocaña que afea a Merckx su conducta en los periódicos. Eddy que responde. No se pueden ver, son demasiado similares. «Yo sabía que uno de los dos no acabaría aquel Tour», dijo más tarde Ocaña. «Ninguno se iba a rendir». Una crono que acaba (casi) en empate. Y aquel puerto pirenaico. No nos extendemos, no hace falta. Merckx ataca, porque Merckx siempre ataca. Ocaña sale a por él, porque Ocaña quería destrozar a Eddy, no solo ganar el Tour. De hecho… que le den por el culo al Tour, qué me importa a mí el Tour. Yo quiero enterrar al belga en sus propias dudas, derribar ese organismo que dicen perfecto, sumirlo en una noche de pensamientos y desconfianzas. Que no se piense el mejor de todos, porque así dejará de ser el mejor de todos. Eso anhela, por eso sigue a Eddy incluso cuando ni falta hace, incluso cuesta abajo, donde se siente menos confiado. Más adelante llegan al Portillon (¿recuerdan?), y ese lugar lo ha escogido Luis para dar otro golpe. Vencer delante de los suyos, sitio casi sacro para la memoria familiar. Enterrar al monstruo. Solo que cuando te asomas al abismo es también ese abismo quien se asoma a ti. Y Ocaña salta. Cae en una curva a izquierdas Eddy, le sigue Luis. Ambos levantan raudos las bicis, pero a Ocaña lo embisten. Primero Zoetemelk, luego Agostinho. Cuerpo en el suelo, roto. Maillot amarillo empapado en mitad de la tormenta. Pirineos de recuerdo y tragedia… Su casa, su pozo. 

Parecía maldito. Volvió al Tour en 1972, y volvió a caerse, a partirse el alma bajando Aubisque. Niebla que mira y no deja mirar, carretera húmeda, esas sendas que son suyas y parecen odiarlo. Abandonará días más tarde. Hasta que se cobra todas las deudas. Año 1973. Es una estrella, el mejor del mundo, dicen, si no está Eddy. Y Eddy no está. Vuelta y Giro, año diferente. Entonces… carrera para Luis, que corre a lo Merckx cuando no hay Merckx. Seis etapas, la general. Tres años desde que ganó la Vuelta. Aquella vez lo hizo de forma conservadora. No me gusta, no me gusta eso. No volverá a pasar.

Ese Tour, el Tour sin Eddy, Ocaña gana cronos, gana en el Puy-de-Dôme, gana en los Pirineos. Incontenible. También, claro, por los Alpes. Allí firma una de las obras maestras en un siglo de Grande Boucle. Camino de Les Orres, a medias con Fuente. Asturiano terco y orgulloso, cabrón que no se rinde. Cómo nos parecemos, joder. Dicen que si Ocaña le ofreció un trato al Tarangu. Tú me ayudas en montaña y yo te ayudo a subir al pódium. Ah, y tenéis todas las etapas para vosotros, no aspiro a más. Los compañeros del Kas ya estaban echando cuentas, me voy a comprar un seiscientos, yo cuatro vacucas para la finca. Pero nada, Fuente que se niega. Cagonmimadre, no. Yo al loco lo mato. Fuente llamaba «loco» a Ocaña, que es como si Miliki llama «payaso» a Fofó. Más o menos. Taciturno, ni una palabra. Quedan 150 kilómetros a la meta y ataca. Una vez, dos, tres. Dijo Jacques Goddet que arrancó en veintiuna ocasiones. Nada menos. Todas, todas, respondió Ocaña. Que acabó cansado, que le miró fijamente y le dijo que siguiera su rueda, si podía. Télégraphe, Galibier, Izoard, Les Orres. Monstruoso. Ocaña llegará solo a la meta. Fuente a un minuto. Los siguientes (Martínez y Thévenet) a siete. Périn pierde doce y medio. Zoetemelk, sexto en la etapa, más de veinte. Es una masacre. Ocaña está tan fatigado que cuando llega al hotel se tiende en la cama y duerme. Aún lleva puesto su coulotte negro, su maillot amarillo… 

Será la mayor victoria que consiga nunca.

Al final de la escapada

También la última. Al menos entre las de prestigio. Nunca volverá a conquistar nada en Vuelta o Tour. Ocaña se consumió. Víctima de la ambición propia, de ese demonio que lo empujaba contra Merckx. Busquemos el imposible para humillar al hombre que domina todos los imposibles. Salió cruz.

Luis concluye su 73 mágico con un bronce en el Campeonato del Mundo. Barcelona, Montjuïc. El mejor Mundial de siempre. Cuatro escapados. Ocaña, Gimondi, Maertens, Merckx. Los belgas no se entienden, equivocan táctica, queda segundo el joven, cuarto aquel ogro que parecía invencible. Polémicas durante años. Gimondi viste de arcobaleno. Ocaña hace tercero, por delante de su némesis. Antes de él solo rascaron metal, entre los españoles, Luciano Montero y Ramón Sáez. ¿Satisfecho con el resultado, Luis? «No entiendo la pregunta. Salgo a ganar, no he ganado. No puedo estar satisfecho». Ojos tristes, sonrisa esquiva…

Para 1974 Luis plantea el mayor reto de todos. El que nunca se ha podido realizar. Correré las tres grandes vueltas, creo que puedo conquistarlas una detrás de otra. Merckx alguna vez ha insinuado que haría lo mismo pero… es un cobarde, siempre encuentra excusas. Cobarde. Está loco, dicen algunos, pero la locura de Luis no es lunática, como pasa con Tarangu, sino que nace de su orgullo desmedido, de su incapacidad para aceptar sumisión alguna. Si la realidad me niega laureles… bueno, doblegaré la realidad. Fue su gran motor. Fue su condena.

Ocaña corre la Vuelta mermado, tosiendo. Sufre caídas, tiene el cuerpo cubierto con heridas que sangran de vez en cuando. Hace frío, hay niebla, sus pulmones van a peor. Pero no se retira. Puedo ganarle, puedo ganarla. A ella, a él. José Manuel Fuente (el mismo que le llamaba «loco», el único que podía hacerlo sin ironía en la voz) le va asestando golpes aquí y allá. Será cuarto al final. Agostinho, el portugués de la guerra que ahora es compañero suyo, queda a nada de vencer…

Después… tragedia. Ocaña no puede ir al Giro, porque no recupera. Y tampoco al Tour. El patrón de su equipo, mítico Bic de maillot naranja y muñequito cabezón, monta en cólera. Estoy pagando al enfermo más caro del mundo. Así que cierra el negocio, no saldrá al año siguiente. El conquense recala en Super Ser, pero es un campeón menor. Demediado. Le sigue dando para destacar en la Vuelta (será segundo en 1976, por ejemplo), pero nada más.

Queda, eso sí, el orgullo. Si no gano al menos decidiré quién pierde. Pasa en 1976, cuando tira como loco de van Impe durante la travesía pirenaica sin que le vaya nada en el envite. Bueno, sí… venganza. No quiero que triunfe en París Zoetemelk. Porque es un chuparruedas. Porque me embistió en Menté. Aquel era mi año para derrotar a Eddy, y este inútil terminó con todo. Así que sí… arrastro a van Impe. Es más digno. Ocaña cruza todo un valle protegiendo al belga del viento, y se desfonda pocos kilómetros antes de llegar a la cima de Saint-Lary-Soulan. Ha decidido el Tour. 

Solo que eso no le gustó a Orbaiceta, dueño de Super Ser. Qué es esto de correr para otros, qué imagen es la de un ciclista mío quitándole aire al belga pequeñajo. Piensa que se ha vendido, echa cuentas, suma y resta. Mala publicidad. Otro equipo que cierra. Ocaña terminará su deambular en el Frisol Gazelle, conjunto holandés de maillot blanco. Ya no parece el mismo. Su pelo bien peinado, sus patillas en hacha. Hasta la mirada triste, esa que era melancolía y fiereza a partes iguales, está como apagada… Es su último año.

Luego siguió Ocaña cerca del pelotón, porque allí muchos lo quieren, todos lo admiran. Fue director, comentarista, llevó autos a toda velocidad. Por las noches coincidía con Perurena, con Guimard, y hablaban de esto y aquello. De Merckx, sobre todo. Qué cabrón, el belga. Todo lo que ganaba, todo lo que nos hizo perder. Fuimos mejores con Eddy, sí, eso sin duda. Cuentan que si le iban mal los negocios, que si cada día rumiaba más las cosas, los recuerdos. 

El 19 de mayo de 1994 Luis Ocaña se pega un tiro. Escopeta de caza. Fue en Caupenne d´Armagnac, al sur de Francia. Quedó, sí, su leyenda. Solo su leyenda. Toda su leyenda. 

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8 Comentarios

  1. Al final, decidió irse a su manera. Si la vida pensaba darle una larga agonía, él no se lo iba a permitir. Ese carácter, que le empujó a pelear contra Merckx contra toda esperanza sin arrugarse nunca, se volvió al fin contra él mismo.
    Dios le perdone, pero gente como él hace bello cualquier deporte, pues no le gusta que nadie le tosa, por superior que sea.

  2. Colosal el artículo. Sólo precisar que si Ocaña dejó a Fuente en la etapa de Les Orres, fue por un pinchazo o avería de Tarangu, que perdió cerca de 2′ y luego recuperó la mitad hasta meta. Yo creo haber visto la etapa en TVE, ¿ es posible que se retransmitiera en directo ?

  3. Sí, retransmitieron desde el principio de la subida al Izoard, creo recordar. Ocaña siempre delante, Fuente a su lado un metro detrás. De vez en cuando hablaban, luego se supo que Ocaña le pedía relevos y Fuente se negaba. Al coronar el Izoard, Fuente esprintó y pasó primero, eso enfadó aún más a Ocaña. Al final del descenso del Izoard, Fuente pinchó y Ocaña atacó, llegó a tener casi 2 minutos a la mitad de la subida a Les Orres, pero en los últimos kilómetros cedió y Fuente llegó a 58 segundos.

  4. La etapa de Les Orres la retransmitieron pero conectaron cuando quedaban pocos kilometros para la meta y Fuente se había descolgado por un pinchazo, aunque al final recupero tiempo ante un Luis Ocaña visiblemente agotado.
    El comentarista de TVE era Juan Martín Navas.
    Al Tour de 1974 no fue por haber sufrido una caída en el Tour de L’ Aude, como preparación del Tour.
    De todas formas, estaba falto de forma por sus problemas en la Vuelta. El frío y todo un equipo LAS le dejó muy mermado.
    Sin su maldita mala suerte,debería haber ganado los Tours de 1971,72 y 73.
    Un corredor de leyenda con una clase excepcional. Todo un campeón difícil de olvidar para los amantes de este bellísimo deporte.

  5. La etapa de Les Orres la retransmitieron pero conectaron cuando quedaban pocos kilometros para la meta y Fuente se había descolgado por un pinchazo, aunque al final recupero tiempo ante un Luis Ocaña visiblemente agotado.
    El comentarista de TVE era Juan Martín Navas.
    Al Tour de 1974 no fue por haber sufrido una caída en el Tour de L’ Aude, como preparación del Tour.
    De todas formas, estaba falto de forma por sus problemas en la Vuelta. El frío y todo un equipo KAS le dejó muy mermado.
    Sin su maldita mala suerte,debería haber ganado los Tours de 1971,72 y 73.
    Un corredor de leyenda con una clase excepcional. Todo un campeón difícil de olvidar para los amantes de este bellísimo deporte.

  6. Unas pocas falsedases se han contado por aquí.
    1º. Ocaña fue un ciclista del dopaje de la época de los esteroides. Su cuerpo y el de Merckx estaban deformados por el consumo de los mismos, aunque en la época los consumían para entrenar más y con menor descanso. Hay un vídeo de la etapa Orcieres-Merlette del Tour 71 en donde aparece Ocaña con un perímetro dorsal sobrehumano. Thévenet reconoció correr hasta las cejas de cortisona entre 1975 y 1977. El Tour del 77 se denominó “Tour del Dopaje” y Ocaña pringó. Esa fue la razón de su retirada.
    Un tramposo. Como la mayoría de los campeones de ese deporte. Diría “todos” de no mediar Bernard Hinault.
    2º. Te ha quedado muy bien lo de que era más español que Franco, pero hizo campaña por Le Pen. Era de extrema derecha.
    Un facha.
    3º. El suicidio no fue concluyente. La gendarmería francesa cerró en falso este caso a la espera de nuevas pruebas. Ocaña andaba con líos de faldas. Su esposa estaba harta del tema. Apareció una novia nueva, un divorcio y una boda en el horizonte. Un tipo que anda haciendo los preparativos de boda se suicida. Pues qué raro. La esposa de la que se iba a divorciar dijo que estaba deprimido, que llevaba años así debido a la hepatitis C que padecía. Se quedó ella con toda su fortuna. Si no se hubiera suicidado, le habría tocado como mucho la mitad. Qué suerte, ¿no?
    Las leyendas las tienes tú en la cabeza, Pereda, que tienes más cuento que Calleja.

  7. Y0 que aprendí ándar en bicicleta antes que andar normal. Me ha gustado mucho este relato. Soy hija de un profesional del ciclismo de los años 1922,23,24 etc. Y me sigue gustando mucho. Y ahora digo que me quedo con
    EDDY MERCHX.

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