Historia del mayor deportista de todos los tiempos

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Eddy Merckx, ganador del Tour de Francia. Foto: Cordon.

Hoy vamos a hablar del mayor deportista de siempre. Sin discusión alguna, no las admito porque no existe argumentación que las sostenga. Jamás nadie dominó de tal forma su disciplina entre las actividades consideradas «mayoritarias». Nunca se vio tal dictadura, tal tiranía. En todos los lugares, en todas las condiciones. Venciendo y convenciendo, puesto que vencer sin asombrar era, para él, vencer un poco menos. El mejor que ha habido nunca. El chico del fondo, el de la camisa de Jordan que agita los brazos como un loco… puede ir abandonando la sala. Los de las zamarras de Messi, de Cristiano, de Maradona… ustedes acompáñenlo, por favor. ¿Federer, Ali? No dejen solos a sus compañeros. Y aquel… el que lleva un jersey desgastado con el rostro de Bobby Fischer torpemente reproducido… bueno, usted se puede quedar, porque sin duda tiene algo que contarnos. Sí.

El resto… en pie, en silencio. Respeto.

Hoy hablamos de Eddy Merckx.

Una tarde de invierno

Para empezar, una historia. Una que nos muestra la mentalidad casi sociópata del sujeto.

La cuenta Guillaume Michiels, el masajista y asistente personal (el soigneur) de Merckx. Un día, finales de diciembre, año 1973 (o 1974, o quizá el 72, el narrador no lo recuerda bien). Eddy Merckx está en su casa, leyendo la prensa. Su hijo Axel, apenas un bebé, duerme tranquilamente a pocos pasos. Ha terminado el año ciclista, con Merckx dominando inmisericordemente las grandes carreras. Como ocurre desde hace un lustro, por otra parte. Es el mejor, y nadie lo discute. Entonces Eddy lee una noticia, apenas un pie de página en aquel diario. Roger de Vlaeminck ha ganado un critérium de algún lluvioso pueblo en Flandes. Una anécdota. Pero, gracias a ella, señala el periodista, empata con Eddy Merckx como el ciclista con más victorias del año. Eddy siente que su sangre hierve. Se levanta, cruza el salón a grandes zancadas, descuelga el teléfono. Su mánager coge la llamada, «Hola Eddy, qué tal, feliz Navidad». Y el ogro habla. «Nada de feliz Navidad, búscame una prueba que se celebre esta misma tarde». El otro balbucea, alucinado. «Pero, Eddy, ¿has visto qué día es hoy? No hay competiciones importantes, campeón». «No me importa, la que sea, quiero una carrera, tienes media hora». El tono de una línea vacía. El representante se pone manos a la obra, uno no contraría a los dioses. Pasados unos minutos, llama. «Mira, Eddy, hay un pueblo donde tienen una especie de «carrera del pavo», creo que es el único lugar de toda Bélgica en el que hay competición esta tarde». «Apúntame». «Pero… ¿te has vuelto loco? ¿Qué vas a hacer?». Merckx ya no está al teléfono. Coge su ropa de ciclista, su precioso maillot Molteni tabaco y negro. Echa la bici al auto, saluda a su mujer, «volveré en unas horas». Cruza media Bélgica en coche, llega a la localidad en cuestión. Se viste, mira la competencia, aficionados barrigudos, algunos ya cargados de cerveza y mejillones. Él es el mejor ciclista del mundo. Gana sin problemas aquella fiesta que no llega ni a critérium. Otra vez es el corredor con más victorias esa temporada. El fuego que lo devoraba por dentro desde que leyó la noticia en el periódico ha sido aplacado.

(Analizando los datos, la anécdota no acaba de cuadrar, porque jamás hubo una diferencia pequeña de laureles anuales entre los dos belgas. Pero Michiels sostiene que es cierta, que él la vivió. No importa. Que pueda haber ocurrido, que la creamos posible, nos habla bien a las claras del tipo de persona sobre de la que hablamos).

Dominación. Autoexigencia. Agonía.

El paleto que vota en francés

El chico que buscaba aniquilar a sus rivales, el que anhelaba la supresión completa de cualquier amenaza, la conquista absoluta sobre el cuerpo y la mente de los demás… aquel para quien las victorias eran solamente consecuencia lógica de una cierta forma de entender la vida, el deporte, empezó siendo el paleto que no sabía hablar.

Eddy Merckx nace en 1945 en Meensel-Kiezegem. Brabanzón, flamenco, pues, en ese país que en realidad son dos países, dos comunidades que en ocasiones se dan la espalda, allí donde pronunciar un nombre en francés o neerlandés es toda una declaración de intenciones sobre la vida y la política.

Sucede que los Merckx, con el padre Jules a la cabeza, se trasladaron pronto a Woluwe-Saint-Pierre para abrir una tienda de ultramarinos. Apenas un puñado de kilómetros al oeste. Pero un paso fundamental, uno mayor que cualquier frontera. Antes vivían en un espacio flamenco, ahora todos sus vecinos hablaban francés. Merckx, el gran Eddy, acabó expresándose incorrectamente en ambos idiomas, componiendo una sinfonía caótica que mezclaba también el italiano. El desapego con la mitad de los que consideraba suyos comienza desde joven. La decisión personal de pronunciar los votos matrimoniales en galo no hizo sino agravar la situación. Merckx, Eddy Merckx, iba a ser la bestia negra para los ciclistas flamencos durante más de una década…

Eddy Merckx durante el Tour de Francia de 1969. Foto: Cordon.

Pero todo eso fue después. Cuando Eddy pasa al profesionalismo en 1965, sin haber cumplido los veinte años, es una gran promesa (campeón del mundo amateur) que acaba enrolado en la peor escuadra posible. Solo-Superia. El conjunto en el que coincidieron tres de los cinco ciclistas con más victorias de siempre. Lo que ocurre es que uno de ellos era vieja gloria que solo estaba ya para correr en pista (Van Steenbergen) y otro, apenas un pipiolo que no sabía nada del mundo (Merckx). El tercero… el tercero fue la pesadilla de Eddy en aquel primer año. Rik Van Looy. El Emperador de Herentals. El primero en ganar los Cinco Monumentos del ciclismo, el único en imponerse en todas las grandes carreras de un día. Y una personalidad arrolladora, despótica, que pronto vio en Merckx al chaval que podía acabar eclipsando su gloria. Así que aquellos meses Van Looy se dedicó a ningunear a Eddy, a llamarlo «paleto», a reírse de su forma de hablar, a decir que era un tipo frío, poco resistente, una niñita asustada. Merckx callaba y aguantaba, curtía su piel con los dardos del más grande. En diciembre se fue de aquel reducto flamenco hasta el Peugeot, un equipo francés. De ahí en adelante Merckx siempre será el flandrien traidor, el mal hijo de su gloriosa tierra. Todos irán contra él. Los hermanos de Vlaeminck, Monseré, Maertens, Godefroot, Verbeeck, Leman, Dierickx, Planckaert. Todos.

A todos los irá derrotando.

Porque en Peugeot Merckx comienza su estrategia de dominación. Primero en las grandes clásicas. Será campeón del mundo (ganará tres, récord). Se impondrá en su primera Milán-San Remo (alcanzará un total de siete victorias, récord). Más tarde, y tras otro cambio de equipo, ya enrolado en los conjuntos italianos que le acompañarán casi hasta el final, se convierte en casi invencible. Conquista Roubaix (para un total de tres, récord en su época, luego superado por De Vlaeminck y Boonen), se impone en Lieja (cinco al final, récord), en Flecha Valona (tres, récord del momento, hoy Valverde tiene cinco entorchados), en Gante-Wevelgem (triplete, récord), en Lombardía (dos veces). Es el ciclista con más victorias en Monumentos, con más victorias en grandes clásicas, con más victorias en las Ardenas. El Monstruo. El Caníbal.

Y es que a veces no bastaba con ganar, sino que había de hacerlo a su manera. El estilo Merckx. Atacando más lejos que nadie, domeñando voluntades ajenas, destrozando a sus rivales. ¿Un psicópata de la carretera? Puede ser, pero tanto para los demás como para él mismo, nadie podrá conocer jamás la magnitud de los dolores que este hombre pudo infligirse en su camino hacia la eternidad.

Como en 1969, cuando ataca en solitario a más de setenta kilómetros de la meta para ganar su primera De Ronde van Vlaanderen. Con un fortísimo viento de cara. Su director, Guillaume Driessens, se pone a su altura, le dice que desista, que espere a los otros ases. Merckx ni lo mira. Driessens insiste, grita, golpea la puerta del coche, medio cuerpo fuera por la ventanilla. Y entonces Eddy lo mira fijamente. «Que te jodan», escupe. Solo eso. Sigue pedaleando con fuerza, en silencio. Ganará con cinco minutos y medio sobre el segundo, más de ocho sobre el tercero. No será una excepción. Repite el número en la Lombardía de 1971, en la Lieja de 1972, nuevamente en De Ronde durante su primavera mágica de 1975 (tres Monumentos, solo un carromato de pinchazos le impide triunfar en una Roubaix donde se mostró más dominador que nunca).

Era su forma de actuar.

La única que conocía.

Un anarquista, una mirada triste y un caníbal

Eddy Merckx, vencedor del Tour, con Luis Ocaña, 1970. Foto: Cordon.

Bruno Raschi fue un periodista italiano de pluma poética y adjetivo certero que se hizo grande cantando las glorias de Fausto Coppi y llegó a ser un clásico durante décadas mezclando literatura y deporte. Alguien cuyo prestigio era tan grande que fue capaz de soportar el haber protagonizado la más desacertada predicción de todos los tiempos. Fue en 1967 y cuando Raschi escribió sobre Merckx que, habiendo demostrado sus limitaciones en la montaña, «jamás podría vencer una prueba por etapas». Ocho años después Eddy contaba en su palmarés con cinco Tours (récord), cinco Giros de Italia (récord) y la única Vuelta a España en la que tomó la salida. En esta última su voracidad fue tal que esprintó bajo una pancarta del clandestino Partido Comunista al pensar que era una meta volante…

La diferencia fueron sus rivales. Si en las piedras y las clásicas italianas se las tenía que ver sobre todo con flamencos y transalpinos, pululando por las cumbres de las Grandes Vueltas iban a ser dos españoles chiflados quienes lo pondrían contra las cuerdas. Casi dos némesis: niños pobres de la posguerra (un exiliado, un hijo de ganaderos de una aldea diminuta) que se enfrentaban a Eddy, misma edad, tantas diferencias en su biografía de joven acomodado (aunque no rico). Donde Merckx era minucioso y constante, Luis Ocaña era colérico, un hidalgo orgulloso y enfadado con el mundo que buscaba aplastar con los pedales los demonios que asomaban cada mañana a sus ojos tristes. Si Merckx era casi infalible en cada una de las pruebas donde participaba, José Manuel Fuente fue un lunático que corría por impulsos y fumaba como un carretero, alguien capaz de quedarse descolgado de todo un pelotón después de haber puesto a sus compañeros a endurecer el ritmo porque pensaba atacar. El anarquista de las cumbres, le llama el periodista inglés William Fotheringham, y el apodo tiene su acierto…

Seguramente la gran rivalidad de la época fuera la de Merckx con Ocaña. Lo que tiene su mérito, porque el conquense jamás llegó a derrotar al belga en ninguna gran carrera que ambos concluyesen. Pero eso no importaba, porque Luis era diferente, quería ganar a Merckx en su propio juego, su espíritu era idéntico al del Caníbal. Aquellos cuatro días del Tour de 1971, aquella hermosa y salvaje batalla interrumpida en Menté. Su mayor victoria, la que nunca aparecerá en los libros de récords. Su enemistad fue incluso personal. Ocaña acusaba al resto de ciclistas de plegarse a la voluntad de Merckx, de no atacarlo con todas sus fuerzas. Cómo podría exigir a los demás algo que tan solo él estaba en disposición de plantear. Llegó a comprarse un perro y le puso por nombre «Merckx». Para dominarlo, aunque fuese en efigie. «Merckx, a mis pies. Merckx, aquí. Merckx, silencio. Merckx, túmbate ante mí». Cuando Eddy se enteró montó en cólera. Estuvieron años sin hablarse, hasta que coincidieron en un avión, camino de Bélgica. Rompieron el hielo, charlaron, se reconocieron en el mirar del otro. Terminaron la noche en un club de señoritas, tomando cubatas de whisky. «Merckx ganó más Tours que yo, pero bebiendo no me aguantaba nada», dijo mucho más tarde Ocaña. Antes de cruzarse con su destino…

Fuente es distinto. Porque estaba chiflado, básicamente. Dicen que actúa conforme a los dictados de la Luna, que nunca sabes si destrozará la carrera o se quedará en las primeras cuestas. Pero comparte algo con los otros dos. El orgullo, es el orgullo. A Fuente lo llaman Tarangu, porque es como llaman a todos los de su familia en Limanes, el pequeño pueblo asturiano, niebla y barro, en el que nació. Pero donde es feliz es en Italia. Allí lo adoran, cuentan que es Bartali vuelto a montar sobre la bici, aprecian su espíritu anárquico, sus declaraciones altisonantes, su rostro moreno que apenas sonríe. Allí es un ídolo, y en el país de la bota intenta imponerse a Merckx. Por todos los medios, de todas las maneras. Ataca de cerca, de lejos, en pendientes imposibles, en puertos inabarcables. Fuente domeñará a Eddy en el Stelvio, en Il Ciocco, en Sestrieres, en el Carpegna, en el Monte Grappa. Jamás logrará su objetivo, el belga siempre se recupera, el belga siempre aguanta, a veces hasta acaba adelantándolo. Como aquella vez camino de Jafferau, con Merckx comiendo una naranja a mordiscos, sin pelarla, y sometiendo una vez más al pequeño anarquista. Qué importaba. Para su leyenda, para la de los dos, era mejor así. El uno, invencible. El otro, imprevisible.

Ellos fueron, también, un poco de Merckx. De su grandeza. De su carácter fiero, intocable. El chico que nunca iba a ganar una Gran Vuelta se retiró como el hombre que más victorias ha conseguido en ellas…

La caída de los gigantes

Bernard Thévenet y Eddy Merckx (al fondo) en los Campos Elíseos, Tour de Francia de 1975. Foto: Cordon.

La última particularidad de Merckx, la que quizás haga que trascienda aun más, es su condición humana. Porque Eddy no es un dios, sino solo un hombre, y la verdad es que los dioses son tipos extremadamente aburridos, tan perfectos ellos. El belga no. El belga se fatiga, el belga pierde la mitad de su ventaja en un puñado de kilómetros camino de Mourenx, en su más bella jornada; se desploma, asfixiado, tras subir el Mont Ventoux; sufre como un perro en 1971 detrás de Ocaña, en 1974 detrás de Fuente, en 1972 detrás de ese fantasma que le va marcando el ritmo del récord de la hora. «Jamás llegué tan lejos en mi agonía», dice. Acaba de conseguir una marca estratosférica en el velódromo de Ciudad de México. Para preparar el intento ha estado entrenando en su casa de Bruselas, en el garaje, haciendo rodillo con una máscara sobre el rostro que imitaba la falta de oxígeno de la capital mexicana. Eso era el deporte antes, y quizá por ello nos gusta tanto.

Merckx, además, tiene su Waterloo, su non plus ultra, su derrota (que no rendición) suprema. Le llega en 1975, camino de una pequeña estación alpina llamada Pra-Loup. Allí, vestido de amarillo y escapado, por delante de todos, imperial después de atacar en la alucinada y agorafóbica bajada de Allos (caídas de ciclistas, el coche del Bianchi dando vueltas de campana durante docenas de metros, el caos bajo un sol que transformaba asfalto en brea). Fue allí, apenas a cinco kilómetros de la línea de meta, cuando el gran rey fue derrocado. En ese preciso lugar, en ese instante de magia y hechizo. Sus hombros empiezan a moverse más, su pecho se acerca al manillar de la bicicleta, sus rodillas se abren imperceptiblemente. Y el emperador se ciega, los ojos muertos de quien lleva matándose poco a poco durante años y entiende, en una fracción de segundo, que al fin la muerte lo alcanzó. Dos días antes un espectador lo ha agredido en plena subida al Puy de Dôme. Un golpe seco, duro, en el hígado, propinado en pleno esfuerzo a apenas unos cientos de metros de la cima. Pero Merckx no busca excusas. Sus rivales lo van pasando, lentamente, quizá temerosos ante la figura que arrastra su corpachón agotado por esas pendientes de los Alpes. Perderá el maillot amarillo esa tarde, y nunca más volverá a recuperarlo. Un par de días después sufre una caída y se fractura la mandíbula. No puede masticar, termina el Tour alimentándose con papillas de arroz. Pero no se retira, quiere honrar a quien lo ha vencido, Bernard Thévenet. Quiere, aspira en secreto, voltear la situación. Aunque sea imposible, pero imposible era una palabra que no significaba nada para Merckx hasta hace poco. Atacará sin descanso en cada jornada, incluyendo la última, en París, en plenos Campos Elíseos. Porque eso es lo que hace él.

Él.

Eddy Merckx.

El mejor deportista de todos los tiempos.

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