
Alguien dijo que en el deporte, como en la vida, se pierde más que se gana. Una cosa nos prepara para la otra, o viceversa. Puede que en el fondo todo se reduzca a esto. A aprender a perder mejor.
I. De la esencia
Siempre me han impresionado los ajedrecistas por su lacónico sentido del lenguaje. Como si cada palabra fuese una pieza ubicada en el óptimo escaque de cada frase, con la misión de dar mate al interlocutor. Hasta tal punto son eficaces en sus palabras los jugadores de ajedrez, que sus citas más célebres se han convertido prácticamente en un género literario propio. «El ganador de una partida es aquel que se equivoca penúltimo» (Tartakower). «Hay dos tipos de sacrificios: los correctos y los míos» (Mikhail Tal). «Yo no creo en la psicología. Creo en las buenas jugadas» (Fischer). Una de mis favoritas, por lo universal de la sentencia, probablemente sea la que pronunció el segundo campeón mundial, Emanuel Lasker: «Cuando encuentres un buen movimiento, busca uno mejor».
Vuelvo a menudo a esas palabras. Y esta vez me doy cuenta de algo curioso que me había pasado desapercibido todo este tiempo. Una de esas minucias que en ocasiones esconden una verdad más grande, del mismo modo que Borges decía que cada palabra postula sin quererlo el universo.
Cuando un gran maestro realiza una jugada especialmente compleja, no se dice que la hace, sin más, sino que la encuentra. Como si de algún modo oscuro la jugada ya estuviera en el tablero, oculta, incluso antes del inicio de la partida. Es el trabajo de los jugadores, entonces, rastrear los escaques de arriba abajo, con ese halo de fareros ojerosos batiendo la superficie del mar. La jugada es el tesoro que espera ser descubierto. Nótese cómo la imagen que se nos presenta del ajedrecista no es la de un creador, ni tampoco la de un inventor. Su ingenio es de naturaleza mecánica, moldeado a base de horas y horas reconociendo patrones. Su pericia, la de un artesano.
Pero detengámonos aquí. Recojan sus trebejos y aparquen sus tableros por un momento. (Lamento la brusquedad, pero les aseguro que en un rato volvemos). Ahora siéntense en el césped, pónganse cómodos y arremánguense los pantalones: vamos a hablar de fútbol.
Si hubiéramos de pensar un antónimo para «ajedrecista», difícilmente daríamos con algo mejor que «futbolista». Y curiosamente, a ambos los llamamos igual: jugadores. Pero qué manera tan distinta de jugar. La frialdad y la contención contra la exultación, el arrebato. El blanco y el negro contra la marea de colores. El silencio de las piezas contra el ruido ensordecedor de la grada.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Grande PODOLSKI
gari simeonev
Hristo Estoico
Lo de Podolski es un mito, nunca dijo tal cosa.