Etiqueta en las derrotas

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Garri Kaspárov en su derrota frente a Deep Blue en 199
Garri Kaspárov en su derrota frente a Deep Blue en 1997. Foto: Cordon.

Alguien dijo que en el deporte, como en la vida, se pierde más que se gana. Una cosa nos prepara para la otra, o viceversa. Puede que en el fondo todo se reduzca a esto. A aprender a perder mejor.

I. De la esencia

Siempre me han impresionado los ajedrecistas por su lacónico sentido del lenguaje. Como si cada palabra fuese una pieza ubicada en el óptimo escaque de cada frase, con la misión de dar mate al interlocutor. Hasta tal punto son eficaces en sus palabras los jugadores de ajedrez, que sus citas más célebres se han convertido prácticamente en un género literario propio. «El ganador de una partida es aquel que se equivoca penúltimo» (Tartakower). «Hay dos tipos de sacrificios: los correctos y los míos» (Mikhail Tal). «Yo no creo en la psicología. Creo en las buenas jugadas» (Fischer). Una de mis favoritas, por lo universal de la sentencia, probablemente sea la que pronunció el segundo campeón mundial, Emanuel Lasker: «Cuando encuentres un buen movimiento, busca uno mejor».

Vuelvo a menudo a esas palabras. Y esta vez me doy cuenta de algo curioso que me había pasado desapercibido todo este tiempo. Una de esas minucias que en ocasiones esconden una verdad más grande, del mismo modo que Borges decía que cada palabra postula sin quererlo el universo.

Cuando un gran maestro realiza una jugada especialmente compleja, no se dice que la hace, sin más, sino que la encuentra. Como si de algún modo oscuro la jugada ya estuviera en el tablero, oculta, incluso antes del inicio de la partida. Es el trabajo de los jugadores, entonces, rastrear los escaques de arriba abajo, con ese halo de fareros ojerosos batiendo la superficie del mar. La jugada es el tesoro que espera ser descubierto. Nótese cómo la imagen que se nos presenta del ajedrecista no es la de un creador, ni tampoco la de un inventor. Su ingenio es de naturaleza mecánica, moldeado a base de horas y horas reconociendo patrones. Su pericia, la de un artesano.

Pero detengámonos aquí. Recojan sus trebejos y aparquen sus tableros por un momento. (Lamento la brusquedad, pero les aseguro que en un rato volvemos). Ahora siéntense en el césped, pónganse cómodos y arremánguense los pantalones: vamos a hablar de fútbol.

Si hubiéramos de pensar un antónimo para «ajedrecista», difícilmente daríamos con algo mejor que «futbolista». Y curiosamente, a ambos los llamamos igual: jugadores. Pero qué manera tan distinta de jugar. La frialdad y la contención contra la exultación, el arrebato. El blanco y el negro contra la marea de colores. El silencio de las piezas contra el ruido ensordecedor de la grada. 

Y si el ajedrecista encontraba lo que ya estaba presente en el tablero, el crack crea, inventa un pase o genera una ocasión de gol.

Cuando Diego Armando Maradona está a punto de firmar el gol de todos los siglos, la narración nos viene a la cabeza sin esfuerzo como una banda sonora: «¡Genio! ¡Genio! Ta, ta, ta…». Ojo: Maradona ya no es un jugador más, es un creador, un genio. Y es que la imaginación del futbolista posee una suerte de poder demiúrgico, capaz de hacer brotar el mismísimo fútbol de las botas de los escogidos —tan a menudo, estos, asimilados a la retórica de los artistas: el ensimismamiento de Messi, la melancolía de Benzema, la frivolidad de Neymar, el vulcanismo de Zlatan, el histrionismo de Cristiano, etcétera—. Una vez agotados todos los apelativos no es extraño, pues, que a Maradona, creador entre creadores, lo acabaran confundiendo con un Dios.

Si usted todavía sigue ahí, cosa loable, probablemente se esté preguntando adónde quiero llegar con todo esto. Déjeme decirle, en primer lugar, que gracias por leer, habiendo como hay tantas cosas mejores que hacer en un día como hoy, que hace sol en alguna parte. Y segundo, adonde quiero llegar es justo aquí: al lugar donde nacen las historias. A la esencia del relato. Porque, mientras que la del ajedrez reside en las leyes de su propia naturaleza, la esencia del fútbol solo la entendemos a través de sus protagonistas.

Y sin darnos cuenta ya no estamos hablando de dos deportes diferentes, sino de una mirada cosmocéntrica —la del ajedrez— y otra antropocéntrica —la del fútbol—: dos maneras completamente opuestas de entender el mundo.

II. ¿Deus est machina? Dioses y hombres

A Garri Kaspárov le gustaba invocar a Caissa para agradecerle algunas de sus victorias más importantes. Caissa es la musa del ajedrez. Cuenta una leyenda que Ares, queriendo tirarle la zarpa a la dríade, y ante las largas que esta le daba, acabó pidiendo ayuda a su wingman Apolo. El dios de la belleza creó entonces un tablero con sesenta y cuatro escaques y treinta y dos piezas para que Ares se lo regalara a Caissa y así ganarse su favor. Siendo el ajedrez un juego de orígenes inciertos (hoy existe cierto consenso en que sus inicios se remontan a la India allá por el siglo VI), la explicación divina es admitida entre los aficionados con bastante simpatía.

Hoy, en la era de la computarización, Caissa tiene aspecto de software. Son los ordenadores —una nueva entidad inhumana— quienes vigilan el juego desde su propio Olimpo, omniscientes, silenciosos. Conocen cada fragmento del terreno y calculan todas las posibilidades. No hay posición lo suficientemente compleja para librarse de ser evaluada por el gélido árbitro de silicio. Ya nadie dice «Caissa estuvo conmigo», sino que «la máquina aprueba tal movimiento». Que nadie se alarme ante este nuevo ajedrez orwelliano. En realidad, todo esto solo contribuye a reafirmar el mito del juego eterno, del cual el ajedrez ha sido y sigue siendo paradigma.

Mucho ha llovido desde que la raza entera, congregada a hombros del propio Kaspárov, perdiera su hegemonía ante Deep Blue en 1997. Desde entonces la idea de la partida perfecta se parece cada vez más a un juego cifrado, místico, inaccesible para los mortales. Como en sus orígenes. Una búsqueda que en lo reciente se ha visto avivada por experimentos como el TCEC (Top Chess Engine Championship), donde los mejores motores informáticos se enfrentan entre sí en larguísimos matches de hasta cien partidas hasta decretar un ganador. Si primero fue Caissa, hoy es AlphaZero, la inteligencia artificial creada por Google: los dioses del tablero nunca fuimos nosotros.

¿Y qué hay del factor humano? 

—¡Eso! —grita alguien entre el público—. ¿Qué hay del factor humano?

Ahora es un buen momento para recomendar el muy interesante documental AlphaGo. Aunque nos gusta tenernos en alta estima, lo cierto es que, reducidas a una pura cuestión numérica, valores como la creatividad o la imaginación no son más que elementos computables. Datos y más datos, en un orden determinado y eficaz, pero nada que no pueda calcularse. En un sistema cerrado como pueden ser los juegos de tablero, esta misma imaginación que creíamos exclusiva de nuestras cabecitas la encontramos, ampliada y mejorada, en la procesadora que evalúa miles de variantes por segundo. Para bien o para mal, el único «factor humano» que existe es el error.

Este asunto va más allá de los tableros. Lo más curioso es que ya en 2014 Nike Football se metiera de lleno en ello en su campaña global, con motivo del mundial de Brasil. En aquella épica The Last Game, un elenco de caras conocidas se enfrentaba a un ejército de clones tipo Terminator, perfectos, sin puntos flacos y abonados al cerocerismo. Un nuevo Deep Blue, esta vez disfrazado con medias y botas, que una vez más amenazaba con apoderarse de lo que es nuestro. Al final del anuncio, claro, se imponían los buenos. Los humanos. Y lo hacían con sus defectos humanos, con sus excesos humanos y con sus riesgos humanos. El mensaje era claro: el riesgo es bello, necesario incluso. Las hazañas nos conmueven porque existe la posibilidad, ya sea grande o remota, de que en un momento dado haya un paso en falso y todo se vaya al garete de forma espectacular. Cuanto mayor el riesgo, mayor la gloria. Supongo que esto es lo que se repetía Antonín Panenka aquella noche de junio de 1976, en Belgrado, mientras cogía carrerilla desde el punto de penalti y tomaba aire, y lo único que podía respirarse era un silencio asfixiante y definitivo.

El fútbol abraza el riesgo, pero paradójicamente condena el error como ningún otro deporte. Hay una relación ambigua y morbosa con este último, a medio camino del pecado. Un poco como todo aquello que es censurable, pero que no se puede dejar de mirar.

Para la mirada antropocéntrica del balón, nuestros dioses siguen siendo, todavía, dioses humanos. Dioses que flaquean y se equivocan constantemente. Que hacen trampas y son ruines cuando les conviene. Que tienen vicios. El fútbol es una actividad profundamente humana porque es un deporte repleto de pifias. ¿No me creen? ¡Si hasta se juega con los pies! Un futbolista tiene más números de ser noticia cuando mete la pata que cuando acierta. Para colmo de males, en esta suerte de fascinación por lo obsceno, las cantadas más severas las vemos repetidas por televisión en distintos ángulos y velocidades, y serán discutidas sin interrupción en las tertulias hasta la mañana siguiente («¿Cómo pudo fallar eso?»). Normal que una de las herencias que este deporte ha legado a nuestro lenguaje sea la expresión «no dar pie con bola». Incluso el error arbitral nos enerva tanto como nos excita. Y ahora entre nosotros: no me va usted a negar que, en el fondo, lamentar una ocasión fallada de su equipo tiene algo de secreto placer onanista. El público está a la espera, siempre a la espera; no del gol, sino del fallo.

Higuaín, Morata, Bendtner, Coutinho, Chygrynskiy, Bojan, Lingard, Prosinecki, Braithwaite, Woodgate, Amunike, Faubert, Drenthe… La lista se hace sin esfuerzo. El fútbol necesita más mártires que ídolos, preparados para ser señalados, sacrificados, engullidos por la turba morbosa, ávida de resbalones. Para que recordemos que hay errores que, a diferencia del pecado, no se perdonan jamás.

III. Etiqueta en las derrotas

Si han observado, verán que el fútbol se parece bastante a nuestro tiempo. Al igual que el mundo balompédico, la nuestra es una sociedad que —por primera vez en la historia— carece de un ente no-humano en su centro. De forma invariable, nuestros héroes y villanos tienen siempre nuestro aspecto.

En este mundo tan reciente, donde no quedan escrituras sagradas, el lema es que todo es posible. Solo hay que desearlo. Consecuentemente, muy pronto desarrollamos un agudo sentido del mérito y, con él, el convencimiento de que somos los responsables únicos y absolutos de cuanto nos acontece. Todo depende de uno mismo.

Es obvio ver por qué esta nos resulta una idea tan atractiva: al fin y al cabo, la meritocracia sitúa a cada uno exactamente en el lugar que le corresponde en la tabla de la liga. Ni más ni menos. Nos convierte en los artífices de nuestras propias victorias. Pero el autor suizo Alain de Botton hace bien en recordarnos que, en un reverso más oscuro, también significa que somos causantes (y, por tanto, merecedores) de nuestras desgracias. 

Claro que esto no siempre fue así. Hubo un tiempo en que nuestro destino no corría a nuestro cargo, sino que lo delegábamos en manos de otros. Los llamábamos hados, Fortuna o, directamente, Dios. Cuando alguien padecía penurias en la vida se decía de él que era desventurado o desfavorecido. Y cuando otro se hacía rico, se decía que había hecho fortuna. Al igual que en el ajedrez, entendíamos que existe una naturaleza que está por encima de la nuestra, y que algunas posiciones sencillamente son mejores que otras, con independencia del talento de los jugadores. Una manera de recordarnos que a menudo, las cosas más importantes, como nuestro destino, están fuera de nuestro control.

Compárese este escenario con el actual, donde una de nuestras mayores supersticiones es justamente la fantasía del control. Hoy nos gusta pensar que todo está sometido a nuestro poder, que el destino se pliega con gentileza a nuestra voluntad. Entonces ya no nos suena extraño que a esos mismos afortunados de antaño hoy se les llamen ganadores. ¿Y a los desfavorecidos? Exacto: perdedores. Al fin y al cabo, todo depende de uno mismo… ¿no? 

Alguien dijo que en el deporte, como en la vida, se pierde más que se gana. Por eso es tan importante el juego. Nos prepara para lo otro. Puede que, en el fondo, todo se reduzca a esto. A aprender a perder mejor.

En el fútbol, la culpa de una derrota es una carga muy pesada. Demasiado. La patata caliente se la van pasando en círculo jugadores, entrenadores, árbitros, prensa, directivos y aficionados. Nadie quiere tenerla ni un segundo. En algunos casos, cuando nadie se pone de acuerdo, se ha llegado a decidir que la culpa la tenía la mismísima pelota, que es que no ha querido entrar. Y todos satisfechos.

En cambio, la derrota en ajedrez, aunque dolorosa, es tratada casi con cordialidad, como quien recibe a un invitado en casa. Sabedores de que nunca llegaremos a dominar de verdad el juego, se suele decir que «en ajedrez, o ganas o aprendes». Es decir, que quien más saca en claro es el que cae derrotado, pues se le supone que estudiará la partida, repasará sus errores y ampliará su conocimiento para la próxima vez. La verdadera partida es siempre contra uno mismo.

Se sabe que las historias que nos contamos construyen nuestra realidad. Nosotros las explicamos, y ellas a su vez nos explican a nosotros. Así que, como propuesta para un futuro improbable, creo que si algo puede brindarnos el ajedrez, tal vez sea la oportunidad de reajustar nuestro relato. El relato de nuestro papel en el mundo, y de cómo recuperar una antigua modestia, en gran parte olvidada, en estas vidas a menudo tan ensimismadas, tan envanecidas, tan… futbolísticas, que venimos llevando a cuestas.

Más alejada, más objetiva, la mirada del ajedrecista puede proporcionarnos ese valioso consuelo que con frecuencia nos hace falta, especialmente en aquel momento en el que la suerte nos dé la espalda y una voz nos susurre al oído que toda la culpa es nuestra. Puede que, de paso, acabemos recordando que lo importante siempre fue el juego, y no los jugadores. Parafraseando a Casciari: ¿en qué momento decidimos olvidarnos de la pelota?

Fútbol y ajedrez, ajedrez y fútbol. Pese a sostener narraciones casi antagónicas, no quisiera perder la ocasión de destacar algunos notables puntos de encuentro entre ambos deportes. Que haberlos, haylos. Y si no, que le pregunten a Simen Adgestein, gran maestro noruego y ex delantero centro con su selección, quien compaginó la élite de ambas profesiones durante las décadas de los ochenta y los noventa, hasta que una lesión de rodilla acabó decidiendo por él. Son también conocidas las aficiones de Esteban Granero y Quique Setién por el juego de reyes, o el madridismo confeso de un Magnus Carlsen que ha hecho más de un saque de honor en el Bernabéu.

He empezado este artículo hablando de citas de ajedrecistas. Qué mejor para cerrar el círculo que una de un futbolista. Porque tal vez nadie ha resumido mejor la relación entre estos dos deportes que el ariete alemán Lukas Podolski cuando, interrogado después de un partido, aseguró que el fútbol era exactamente igual que el ajedrez, pero sin dados.

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