Música

El evangelio popular: apuntes sobre profetas y poetas pop

evangelio pop
Leonard Cohen, 1974. Fotografía: Getty.

Recientes estudios científicos afirman que las canciones pop cada vez son más simples, y sus letras, más tontas. Es una afirmación arriesgada, pero diríase que los estudios también han caído en el universo de la banalización y los datos sin contrastar. Salvo lo de los mensajes satánicos si pinchabas el vinilo al revés, ninguna autoridad había establecido antes que, por ejemplo, la «música chicle», cuyos títulos no pasan de interjecciones como «Yummy Yummy Yummy», era una tontería por este detalle. En 2016 le dieron el Nobel de literatura a Bob Dylan y se organizaron interminables discusiones sobre la pertinencia o no de haber concedido el premio a un cantante de rock. Como si el público y los opinólogos pintáramos algo en ese concierto de prestigiosas entidades y publicidad a gran escala. La idea central era que Dylan no es un escritor stricto sensu, sino un músico que canta sus versos. Es decir, un poeta, pero con guitarra y una voz cada vez más peliaguda. Los más quisquillosos añadían que, bueno, ya puestos, el premio lo habrían merecido más otros músicos, por ser mejores escritores de canciones pop. Por ejemplo, Leonard Cohen, que era más fino y perfeccionista. Ignoro, pero no me sorprendería, si hubo recogida de firmas para postular a otro «bardo del rock» como campeón masculino de las letras universales. Pero es absurdo despreciar la poesía como género literario, especialmente en unos tiempos en que los porcentajes de gente que lee son cada vez más pequeños.

He estado caminando cuarenta millas de mala carretera

Si la Biblia tiene razón, el mundo explotará.

(Bob Dylan, «Things Have Changed», 2000).

La poesía y la música popular son dos conceptos con una relación íntima, y Bob Dylan es un autor clave en el desarrollo de ambas cosas. Se podrán esgrimir todas las discusiones que se quiera, pero hay algo que se escapa a cualquier sanción: la increíble capacidad de sus palabras, bien escritas o cantadas, de revelarse como verdad y así llegar a millones de personas. Como un médium con el pelo alborotado, devenido en personaje de ficción (que él mismo se inventó, robando las gestas de la autobiografía de Woody Guthrie, Bound For Glory), Dylan se atrevió a mezclar los caminos del blues y el góspel, cuya principal fuente de inspiración era la Biblia, con las baladas tradicionales de la música anglosajona y las leyendas norteamericanas de pistoleros, vagabundos y aventureros. Gracias al revival folk de los años sesenta, Dylan puso contenido moderno a este armazón cultural, para escándalo de propios y extraños. Le dio relevancia social, actualidad extraída de las noticias, humor, sensualidad e ironía, y se proclamó el heredero de los autores de la generación beat. La psicodelia y el surrealismo se daban la mano con los versos del Antiguo Testamento y los discursos políticos. Dylan escribe sus visiones, hace conversar a los personajes de la Biblia con las estrellas de cine, y advierte a la autoridad y a los jóvenes, como el profeta beatnik que adaptaba los pasos de los bluesmen de principio de siglo. Los cantantes folk ya habían iniciado esa ruta, pero todavía nadie había traspasado el umbral del rock and roll, hasta entonces un campo restringido en exclusiva al entretenimiento. Dylan lo tiñó de gravedad e ironía. En su discografía ha recurrido a versos e imágenes bíblicas, como ya hicieron cantantes homéricos, como Blind Lemon Jefferson y el reverendo Blind Willie Johnson. En las canciones ha reflejado su evolución espiritual, sus saltos del judaísmo al cristianismo (hay discos enteros, como John Wesley Harding, Shot of Love o Saved). Para aquellos que no creen en el artista como escritor, su libro de memorias, Crónicas, es un fantástico viaje por los inicios de su carrera y la literatura que ha inspirado mucha de su música. Dylan menciona como autores preferidos a Chéjov, Melville, Bertolt Brecht y T. S. Eliot, entre otros. El fraseo de Dylan, tan peculiar, mezcla la jerga de la calle, los paisajes de Rimbaud y las visiones de Kerouac en un estilo único, pero imitado hasta la saciedad. La palabra, esta vez no de Dios, pero sí de la sustancia del mundo moderno, se revelaba en un cantante pop y la llevaba a todos los rincones.

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4 comentarios

  1. Excelente artículo, gracias.

  2. Extraordinario artículo, la autora demuestra ser una todoterreno musical, apabullante y lúcido ejercicio.
    Lo único que me incomoda es ver la palabra “pop” referida a Cohen y Dylan. Eso no lo termino de entender. Para mí “pop” siempre tiene un algo de descafeinado, o de liviandad, o de “bajo en calorías”, que lo hace incompatible con estos titanes.

  3. José Antonio

    Gracias por tan ilustrativo texto. Viva la poesía y el rock.

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