Tokio 2020, el gran agujero

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Tokio 2020 Foto Cordon Press.
Tokio 2020. Foto: Cordon Press.

Se acaban de celebrar en Tokio los juegos más caros de la historia del olimpismo, unos que han estado a punto de llevar a la quiebra al comité encargado de organizarlos, dejan un agujero milmillonario en Japón y hacen huir de acogerlos a cada vez más ciudades. Las sedes casi siempre pierden, el COI siempre gana, y las promesas de mejora para la ciudad que supone acoger unos Juegos Olímpicos rara vez se cumplen.

Es el famoso «legado», ese conjunto de infraestructuras a las que luego se dará otro uso, y que viene acompañado de la promesa de mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, fomentar la vivienda calidad, y mejorar la economía local. Desde las olimpiadas de Londres 2014 es cada vez más evidente que en realidad todas esas instalaciones acaban siendo un peso muerto, que o bien no se destina a los fines prometidos, o que no tiene utilidad real. Las infraestructuras acaban beneficiando en realidad solo a las empresas constructoras, con cargo al dinero público. Hay que mirar al largo plazo, pero hoy, a nueve años vista, esta es la conclusión que se saca del caso londinense.

El COI insiste cuando se le critica en que a qué se destine el legado o cuánto se gaste en preparar la ciudad depende solo de las decisiones de las autoridades locales y del gobierno de cada país. De hecho son los votantes quienes juzgan si las promesas les han salido o no a cuenta, independientemente del precio. Ahí tienen a Boris Johnson, alcalde olímpico de Londres, promotor de sus juegos, hoy primer ministro de Reino Unido y brazo ejecutor del Brexit.

2016: Japón está de vuelta

Fue el lema lanzado por Shinzo Abe, primer ministro de Japón, en la ceremonia de clausura de los JJ. OO. de Río 2016, cuando apareció para anunciar que sería sede olímpica con la gorra roja de Mario —el de Nintendo— en la cabeza. En su cabeza veía un futuro tan espectacular como el de Johnson, recordando los juegos de Tokio 1964, donde la inversión en infraestructuras alimentó el milagro económico japonés durante las siguientes dos décadas. Con aportaciones tan relevantes como el tren bala, la primera puesta en práctica de la alta velocidad ferroviaria, y modelo para su desarrollo en el resto del mundo.

No ha salido como esperaban. El hoy primer ministro Yoshihide Suga, que acaba de superar una moción de censura, está en el punto más bajo de su popularidad. La oposición le acusa de haber usado los JJ. OO. para salvar su carrera política, aunque cuando se presenten las cuentas podría estar acabado.

Tokio 2020 ha costado exactamente el triple de lo anunciado en 2016. El total se estima en 25 000 millones de dólares. En realidad desde los juegos de Beijing 2008 todas las ciudades acaban doblando su presupuesto inicial, pero Japón ha ido más allá. Y ello pese a tomar decisiones drásticas de reducción del gasto, como cambiar el proyecto ganador del estadio olímpico, diseñado por la arquitecta Zaha Hadid. Obligada a modificarlo para reducir los costes de su construcción.

Pero es que además el coronavirus ha generado un problema gigante de pérdida de ingresos, donde Tokio y los japoneses son los grandes perdedores. Ello debido a los términos en que el COI plantea celebrar las olimpiadas. Su contrato con las ciudades anfitrionas establece que todos los costes, de celebración o cancelación, recaen en ellas. El beneficio que reciben es el total de la venta de entradas, y el gasto que hagan sus visitantes en hoteles, restauración y demás.

Por este motivo durante el año pasado y el actual la negociación entre el COI y Tokio ha estado centrada en decidir si los juegos se aplazaban o se cancelaban. El think tank japonés Instituto de Investigación Nomura calculó que cancelarlos costaría unos 15 964 millones de dólares. Si se resolvió aplazarlos fue sobre todo para no dañar la reputación de Japón como país organizador. Pero también porque el primer ministro Suga vio la posibilidad de dar un golpe de mano. Si pasado un año celebraba el primer gran evento con espectadores, su país quedaría como ejemplo de eficiencia en la gestión del fin de la pandemia. Reduciría la factura con los ingresos generados, y quién sabe. Hasta podría salir reelegido.

En marzo de 2021 todo se vino abajo, al anunciar el gobierno japonés que no admitiría visitantes extranjeros. La vacunación mundial no estaba trayendo la inmunidad de grupo esperada, y las variantes, especialmente la delta, generaban nuevas e imprevistas olas. En junio se anunció que tampoco se iban a permitir espectadores nacionales. La quiebra económica estaba asegurada: sin turismo ni venta de entradas Tokio ingresaría solo unos 6700 millones. Las pérdidas iban a ser, por tanto, de 18 300. Y habría que rescatar al comité organizador. Pero no eran las cifras a lo que más temía el gobierno japonés.

Lo que le aterrorizaba es que una nueva gran ola les obligara a un confinamiento completo, parando otra vez la economía nacional.

La posibilidad es real, como se ha demostrado este mismo mes de agosto, con las ciudades de Tokio, Saitama y Chiba en estado de emergencia antes incluso de iniciarse en ellas las pruebas de los juegos paralímpicos.

Y todo esto con los japoneses en contra de Tokio 2020 desde que se anunció. Solo el 47 % de la población los apoyaba. Al comienzo de este verano rechazaban su celebración el 55 %. Un porcentaje que subió hasta el 85 % al anunciarles que se harían sin público. De hecho el principal patrocinador olímpico local, Toyota, atendiendo esta corriente de opinión pública desfavorable, canceló su campaña de publicidad asociada a Tokio 2020. Y declinó acudir a la ceremonia de inauguración.

El COI, salvado por su fuente de ingresos

La mayor parte de ingresos del COI, el 73 %, procede de los derechos de emisión en plataformas de televisión, radio, móvil e internet. No solo los tiene en exclusiva, sino que negocia los acuerdos con las empresas de medios. En el ciclo olímpico 2013-2016 ingresó por este concepto 5700 millones de dólares, y la previsión para 2029-2032 es de 4100. La cifra final que ingresará por Tokio 2020 estará muy cerca de estas cifras, y en realidad solo la hubieran perdido si los juegos se hubieran cancelado. Lo que explica las enormes presiones que ejercieron sobre Japón para que se celebrasen. Aportando incluso más de mil millones de euros, algo inédito en el COI, para convencer a sus anfitriones.

Además, caso de haberse producido la cancelación, las aseguradoras hubieran cubierto los ingresos del comité olímpico. Uno de sus miembros más destacados, Dick Pound, ha asegurado que no les supondría ningún problema económico. Aunque tal afirmación no es exacta, y fue más bien una medida de presión sobre la ciudad anfitriona en plenas negociaciones para una posible cancelación. El COI hubiera quedado en situación de debilidad hasta la celebración de la siguiente olimpiada, Beijing 2022, y el coste de sus derechos de emisión habría cotizado a la baja. Lo que significa menos dinero a repartir entre atletas, federaciones y organizaciones miembros.

En esencia, mientras los JJ. OO. sigan siendo televisados, los ingresos del Comité Olímpico Internacional seguirán intactos.

Japón conocía bien esta desigualdad, pero no quería quedar para la historia como el país que puso en peligro la continuidad de las olimpiadas. Su pérdida económica tampoco le serviría de excusa, apenas 25 000 millones para un país cuyo último PIB publicado es 5,082 billones. Y admitir que lo hacía por su incapacidad para gestionar la pandemia era presentarse ante el mundo como un fracasado.

Son un país con recursos y capacidad sobradas, pero atenazado por sus prejuicios contra el demonio extranjero. Su sospecha hacia todo lo fabricado fuera ha impulsado unas leyes que exigen a cualquier medicamento importado ensayos clínicos adicionales realizados en japoneses. Así que a pesar de disponer de dosis de Pfizer en el mismo momento que los europeos, no pudieron administrarlas. Y han llegado a los JJ. OO. con solo el 25 % de su población vacunada.

Las televisiones, salvadas por su modelo de explotación

Además de los japoneses y los patrocinadores, quien ha abonado el resto de la factura de los JJ. OO. son las cadenas de televisión. Con la audiencia más baja de la historia, apenas 16,9 millones de espectadores, menor que en Barcelona 92 y muy por debajo de Río 2016.

Esto hubiera sido un desastre en el tiempo de la televisión clásica, pero la NBC estadounidense, que ha pagado 1300 millones de dólares por emitir los juegos, no lo ve así. Esta competición deportiva es una emisión más de su oferta global, y ha impulsado, aunque en menor grado que los estrenos de series y películas, su negocio más importante, las suscripciones. Para colmo, cuando la atleta Simone Biles abandonó la competición, atrayendo la atención del mundo sobre los problemas de salud mental también en el deporte, les hizo una campaña de publicidad gratuita. Todo Estados Unidos atendió más a los JJ. OO., y las imágenes de Biles circularon con el logotipo de la NBC. La cadena ha presentando este año un 40 % más de beneficios que el año anterior, y Wall Street lo ha aprobado con un fuerte alza de sus acciones.

En Europa la audiencia también ha sido un desastre, con un descenso de un 17,4 % desde Río 2016 y un 74 % desde Londres sie. Este último porcentaje ha sido similar en Alemania, mientras que el bajón en Reino Unido ha sido del 34 %. Pero como se ha emitido en cadenas públicas, no ha existido debate sobre cuánto se paga por los derechos, anteponiendo la promoción de los deportistas de cada país.

Y el dato de audiencia más delirante, quien más se ha beneficiado de estos juegos, es TikTok. Más allá de las medallas, el espíritu del olimpismo o las grandes pruebas, que han quedado para los aficionados, lo que más ha interesado al público en general son las camas. Es bien conocida la alta actividad sexual en la villa olímpica cada olimpiada, y no tardó en circular el bulo de que las autoridades japoneses habían instalado las camas de cartón reciclables para mitigar los encuentros sexuales. Para colmo el comité organizador anunció que repartiría millones de condones, pero que aconsejaba no usarlos, llevándolos de vuelta a tu país como recuerdo. Era por el coronavirus, pero en general se creyó que lo hacían por mojigatería. Así que llegada la competición, la broma más repetida de los atletas fue saltar en sus camas para demostrar que resistían. Consiguiendo que el vídeo viral más visto en internet no fuera un deportista batiendo un récord… sino el irlandés Rhys Mcclenaghan, campeón de gimnasia artística, saltando en su cama de cartón sin partirla.

Sede olímpica, no gracias

Si estos han sido los juegos más caros de la historia es por un único motivo: todavía no se han celebrado los siguientes. El presupuesto de las sedes sube en cada nueva olimpiada, y todos reconocen que son un mal negocio, o que no son un negocio en absoluto. Sobre todo porque lo más importante que generan no es dinero, sino reputación y buena fama. Y eso, claro, son conceptos intangibles.

Tan intangibles como por principios por los que Pierre de Coubertein resucitó el olimpismo, y que figuran en la Carta Olímpica. Asociar deporte con cultura y formación para crear un estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo, y favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana.

No hay que repensar el olimpismo, sino el hecho de que algunas ciudades gasten cantidades millonarias en una campaña publicitaria cuyo éxito es casi imposible de medir. Las próximas ediciones están decididas: Beijing 2022, París 2024, Los Ángeles 2028 y Brisbane 2032. Pero el proceso para la sede de 2036 ya está en marcha, porque debe ser elegida con siete años de antelación. Tu ciudad podría ser la próxima en el gran agujero negro de los Juegos Olímpicos.

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4 Comentarios

  1. El texto necesita un repaso.Varios errores en fechas. Por lo demás un buen resumen de estos últimos juegos y sus enormes dificultades.

  2. Londres, Paris? Necesitan fama, promoción, turistas? No lo entiendo,tiene que haber otras razones para que ciudades como esas quieran organizar unos JJ.OO

  3. En último párrafo se le olvidó al autor incluir Juegos de Invierno de 2026, a disputarse en Milan – Cortina d’Ampezzo

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