El gran teatro del mundo

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el gran teatro
Las siete artes, por Marten de Vos. teatro

¿Ha merecido la pena gastarse unas cuantas monedas o no? A mí las historias de amor no me gustan demasiado, la verdad sea dicha; que yo no preciso de más retórica que la panza llena, un jergón mullido y una moza rolliza con quien holgarme. Pero no me digas, compadre, que jamás hubieras imaginado que todo esto iba a excitar tanto tus sentidos, y en especial el de la vista, que no se puede dejar de mirar por doquier. ¿Qué? ¿Te gusta? ¡Pues es muy probable que lo prohíban por corrupto y por ser nido de los vicios todos! Mira que llevo años diciéndote que tenías que acercarte, que lo de aquí no se podía explicar con palabra alguna… No pongas esa cara, que yo ya te había dicho mil veces que aquí las mujeres visten traje de hombre enseñando la pantorrilla a través de la calza, ¿no te acuerdas? Y tú riéndote y diciéndome que no podía ser.

Pero algo tenías que haberte olido cuando el párroco se entusiasmaba tanto al mencionar la caterva de castigos que nos estaban reservados si entrábamos a este o a cualquier otro corral de comedias. Mira, mira cuántas mujeres hermosas representando un puñado de pasiones que ni tú ni yo sabíamos que existían. ¿Tú has conocido a alguna mujer que en traje de hombre haya salido a la calle a la vista de todos? Yo tampoco, ¡pero bien que me gustaría conocerla y reconocerla y volver a conocerla las veces que hiciera falta! Aunque se me entiende a mí que el que yo nunca haya oído una historia semejante no significa que no pudiera ocurrir, que si unos representantes fingen estas burlas aquí enfrente, ¿no sería posible que esto sucediera en el mundo real?

Imagínate, imagínate una mujer bien plantada, decidida, varonil sin dejar de ser hermosa, que supiera azotar a un hombre si fuera necesario; y que, en mirándole a los ojos al tal hombre, supiera decirle que cerrara la boca porque ella es la que llevaba las calzas. ¡Ay Dios! ¿Pero no me está corriendo un escalofrío por todo el cuerpo solo de pensarlo? ¿Y a santo de qué he yo de entusiasmarme tanto pensando en que una mujer en traje de hombre me haga callar? Que no, hombre, que no me estoy haciendo puto de repente, que bien me gusta a mí meter el cucharón en puchero de pescado bien caliente. Pero quizás, y digo quizás, es cierto que el demonio habita en estos corrales para nublarnos el entendimiento. Porque más lógico sería que yo, como hombre que soy, me fijara en esas otras mujeres que están mirando la representación ahí detrás, en la cazuela reservada para ellas. Que estas son de las de verdad, de las que acuden a misa los domingos, que también vienen aquí como yo a ver todo este desbarajuste de idas y venidas y versos y música y amores y requiebros. Míralas, míralas cómo cotorrean, que se les escucha mejor que a cualquiera de los que están declamando sobre las tablas. 

¿Y si yo me hiciese actriz? Así no tendría que marcharme nunca de aquí. Sé que esta comedia no es la vida real, pero más lo parece que la que a mí me ha tocado en suerte. Siempre estoy en casa encerrada, sin más compañía que la de mi hermana y la nodriza, con sus cuentos de vieja beata y de ahí a la iglesia a escuchar el sermón. Y todo para evitar que los hombres puedan apreciar mi belleza, si es que acaso alguno pudiera pensar que yo la tengo. ¿Qué mal hemos hecho las mujeres honestas para tener que vivir encerradas sin apenas conocer el exterior? ¿Por qué un hombre ha de tener más privilegios? ¿Acaso no somos nosotras también hijas de Dios, por mucho que se empeñen las habladurías en jurar que lo somos del diablo? No es posible.

Como tampoco lo es que, de todas las que aquí estamos, sea yo la única en tener estos pensamientos. Por mucho que ninguna apartemos los ojos de los galanes de la escena y del público. Pero decía que esta comedia me parece la vida real, aunque declamen en verso con sonetos y romances bien medidos. Yo no sé bien cómo es el habla de los hombres más allá de mi padre y mi tío; pero, a mi parecer, estas palabras tan hermosas y bien recitadas no se alejan tanto del uso de la gente, pues dicen hermosos conceptos pero hablándolos a lo necio. ¡Ay, que la dama se ha escapado de casa con su enamorado! Mírala qué hermosa está, y con qué desparpajo y donaire se pasea por las tablas. No puedo dejar de mirarla y, ¿por qué no? de admirarla. Igual que hacen todas las personas que ahora mismo estamos aquí reunidas. ¿Cómo se sentirá ahora mismo ella, con más de mil ojos pendientes de cada uno de sus movimientos? Si yo pudiera estar en su lugar… Enfrentarme a mi padre, a la tradición, y a las normas que me han echado encima desde el día en que nací. Pero no, no debo desear eso. Porque entonces sería poco más que una buscona, como dicen que son todas las comediantas. ¿Pero qué es buscona? ¿La que busca algo? ¿No estoy yo también buscando algo que me calme esta sed inexplicable que me nace en todo el cuerpo cada vez que pienso en que otras disfrutan del placer que a las mujeres honestas nos está negado? No, no debería tener pensamientos como estos. Quizás tenga razón mi confesor cuando dice que la solución a todos los problemas es entrar a profesar en un convento. Ojalá estuviera él aquí para que pudiera comprender mejor todo lo que aquí sucede.  

¡Prohibidlas, majestad! ¡Prohibid todas las comedias! No os lo pido yo, sino la Santa Madre Iglesia, en cuyo nombre hablo en este momento. No es que el teatro sea en sí mismo pecado mortal; pero los actores que trabajan para cobrar un salario sí son pecadores, pues en el teatro viven mezclados hombres y mujeres. Frecuentemente son todos ellos jóvenes desenfrenados que pasan el día y la noche memorizando versos amatorios y, por tanto, meditando amores. Como no hay para ellas un lugar distinto que el de los hombres, ellos las ven vestirse y desnudarse y acostarse y, por tanto, estar siempre provocativas porque son frecuentemente meretrices. ¿Acaso no estáis viendo delante de vos con vuestros reales ojos el descaro y lascivia con que aquella actriz se pasea por las tablas para que todos los hombres presentes la deseen y así poder destruir sus almas? ¡Mirad cómo se abraza ahora a aquel galán, cómo se toman las manos, cómo se besan y se abrazan y se hacen señas y entablan diálogos secretos! Si hacen esto en público, ¿qué no harán en el retiro de sus habitaciones?

Este peligro aumenta grandemente en tanto en cuanto las actrices suelen ser hermosas, elegantes de cuerpo y traje, graciosas, saben cantar y bailar y desempeñar todos los juegos escénicos; todo ello hace que los espectadores muchas veces, ¡escuchad bien ahora, majestad! paguen lo necesario para poder conseguir sus favores carnales, sea con dineros o con vestidos para poder continuar apareciendo hermosas ante otros que sigan deseándolas. Sus propios maridos, como si fueran alcahuetes, se aprovechan de todo esto para vivir también en el lujo. Pero volvamos a las representaciones como esta que ahora tenemos delante. No cabe duda de que la viveza de las mismas tiene una grandísima eficacia para pervertir los corazones.

Otro tanto sucede con la maravilla de las tramoyas, o con la inteligencia y armonía de los versos. Así pues, ¿qué no conseguirán estas comedias si son representadas por mujeres jóvenes y hermosas, vestidas elegantemente, y para quienes el recato y la modestia son una ofensa, motivo de orgullo la disolución y el donaire? Mujeres, no lo olvide, cuyo oficio es dejarse ver y profesión el agradar a los hombres. Hombres que son súbditos vuestros, majestad, por cuyas almas debéis velar como el buen pastor que debéis ser. ¿Qué se ha de esperar de unos hombres que pasan una tarde entera con todas las puertas de los sentidos abiertas? Hombres como ese de ahí, o ese otro de más allá, con los ojos infieles puestos en una mujer hermosa, ni doncella ni casta, que en público enamora y solicita a un hombre mozo y galán, representando hermosamente cosas tiernas con palabras y gestos y movimientos. ¡Prohibirlas, majestad! ¡No se puede hacer otra cosa! Vos mismo lo estáis viendo: esa mujer ha convertido el tablado en una hoguera infernal del fuego de la lascivia. 

No cabe duda de que ahora mismo todos se están divirtiendo. ¿Acaso no es la labor de un rey el velar por la felicidad de sus súbditos? ¿Qué conseguiríamos prohibiendo las comedias? Un alto grado de descontento hacia el poder que ahora no nos podemos permitir: la Corona necesita dinero para seguir luchando por la verdad de Cristo. Ahora que hemos elevado los impuestos, no sería sensato cortar el principal entretenimiento y el solaz de la gente. ¿Acaso es un entretenimiento lascivo? Podría ser cierto, pero también lo es que el teatro es un instrumento de hacer un gran bien a la patria, poniéndonos un espejo delante. Un espejo de virtudes donde se muestran al natural las acciones de la vida humana; porque ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que hemos de ser como la comedia y los comediantes. Podríamos, quizás, prohibir representar a las mujeres: parece que el verlas vestidas hermosamente, ya de su traje, ya del de varón, puede incitar a torpes y deshonestos deseos. Podríamos, digo, ordenar que se represente aquí como se representa en tierras inglesas, donde son muchachos jóvenes quienes interpretan los personajes femeninos. Pero nos parece cosa impropia que a un varón se le dijese palabras amorosas, se le tomase la mano o besase el rostro. No, no. Debemos ser más cautos. No prohibamos las comedias. Y en cuanto a las actrices, ¿quién duda de que, siendo hermosas, hacen más apetecible este gran teatro del mundo en el que hemos sido nacidos? 

¿Acaso es culpa mía que los hombres me deseen? ¿Debo sentirme culpable de que el cielo me hiciera bella? Muchas otras quisieran lograr de cualquier modo lo que a mí me ha sido dado sin solicitarlo, y sería ingratitud ocultar la hermosura que tantos celebran. Es cierto que uso perfumes y afeites para resaltar dichas hermosura; pero, a fin de cuentas, ese y no otro es mi modo de sustento. ¿Sería alguien capaz de pedir al panadero que destroce el pan que le hace ganar unas monedas? Entonces, ¿por qué habría yo de esconderme o taparme o incluso negarme a desnudarme ante quien pudiera hacerme medrar? Ya sé yo que el pecado existe, que bien lo repite día y noche el sacerdote que en público me desprecia y en privado me ruega que lo ate al lecho. Pero si quien peca de pensamiento ya está condenado, ¿por qué no disfrutar obrando? ¿No dijo nuestro señor Jesucristo que amáramos al prójimo? ¿Y acaso no le fue dicho a Moisés «No matarás» y las naciones todas desoyen este mandamiento y se matan entre sí? Es el rey, por tanto, el mayor pecador de todos; yo misma podría explicar muy bien cuáles son sus pecados favoritos. Por eso no tengo miedo a que prohíban las comedias, no. Mi único temor es a su reacción cuando suba a su palco privado al terminar la representación: tantas veces me ha pedido que no me entregara a ningún otro hombre… ¿Se alegrará cuando le diga que estoy esperando un hijo suyo?

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