El sexto que no fue: aquel Tour de Francia de 1996

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Miguel Indurain y Bjarne Riis en el Tour de Francia
Miguel Indurain y Bjarne Riis en el Tour de Francia. Foto: Cordon Press.

Quien tiene entendimiento cuente el número de la Bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis.

Más claro no lo pudo decir Juan. A ver, igual un poco más claro sí, para qué engañarnos, pero es que en Patmos hace un sol de cojones, y los razonamientos salen como salen. Pero eso, que el seis es número maldito. Seis esposas de Enrique VIII, Six, six, six que cantan Iron Maiden, seis Copas de Europa ganó el Madrid con Paca la culona. Y luego lo otro. Lo del Tour.

Porque ya me dirán ustedes cómo se explica el asunto sin caer en maldiciones. Cien añucos (algo menos allá por 1996) de Tour, cinco es el número tope. Lo mejor de lo mejor, y nada. Anquetil porque mira, para cansarme mejor no voy, y luego ya que si ayudo a Aimar, que si tengo mis primaveras, que si llevo una vida en el château que no es para entrenar demasiado. Eddy Merckx se lía la manta a la cabeza en 1975, y ataca la primera semana al completo. Luego le pegan un puñetazo subiendo Puy-de-Dôme, arranca de forma suicida en Allos, pillado en Pra-Loup y, hop… fin de una época. Eso sí, siguió ofensivo, porque para eso era Eddy Merckx, y haberse roto la mandíbula en una caída tonta pues son cosas secundarias. ¿Y Bernard Hinault? Pues peor aún. Este tenía el Tour ganado en los Pirineos, pero luego resulta que no quiso competir contra Lemond y Zimmermann, sino contra Merckx y Anquetil, y pensó que vencer no era suficiente, que debía aplastar, y atacó cuando no hacía falta desde donde no era necesario, y terminó hundido, y más grande, y mejor.

Así que un muro, una imposibilidad manifiesta. Llegas a cinco y te detienes ahí. Ni se te ocurra probar cosas nuevas, porque es imposible. Hasta que llegó él. Igual él sí, igual con él es distinto.

Veamos.

(Usted, el yanqui que agita los brazos para que le prestemos atención: no joda, hombre, no joda).

Está saliendo buen año

Porque él puede con todo. Cómo no, joder, si es un mocetón del norte. Míralo, mira qué moreno, qué brillante su rostro cuando suda, qué de sonrisas y declaraciones explosivas (bueno, esto casi mejor me lo borran). Pero vamos, totalmente asegurado lo del sexto. Es Miguel Indurain, coño. 

Estamos en 1996. Verano de 1996, pero eso ustedes ya se lo chamuscan. Año par, así que la selección de fútbol tiene su cita con alguna cagada cualquiera. No sé, unos penaltis, una nariz rota, doblete de Stojković (doblete de Stojković, macho), esa costumbre. También el Tour, que es coto cerrado y llega todos los julios, como los tomates maduros. Allí manda Indurain. Cinco seguidos que lleva, el tío, y sin rastro de dudas por su parte. Vamos, que la maldición del sexto cae ese 96. Nosotros, adolescentes, lo veíamos esperanzados. Acabemos con la maldición del sex(t)o y tal. 

Y eso, pintaba bien el asunto, no les vamos a engañar. Vamos, que para 30 de junio todos convencidos. Hubiésemos apostado dinero, incluso, en el caso de haberlo tenido (el verano es un tiempo chungo para estas cosas). Porque el tipo era invencible. Se había ventilado un quinto Tour casi sin despeinarse, dominando cuándo y cómo quiso. Si hasta hizo cosas nuevas, como eso de Lieja, y la sobrada en La Plagne. El resto, migajas. Hormiguillas. Tipejines sin posibilidad alguna. Quién va a ganarlo. Quién. Confianza.

Si es que además Indurain llevaba un año perfecto. O no. O casi. Solo que entonces a ver quién era el listo que analizaba estos asuntos con frialdad. El resumen es que ganó allá por donde iba paseando su Pinarello. Cosas pequeñas, medianas y más seriotas. Cascándose un montón con la ONCE, que iba volando, oigan, ya ustedes saben. Atacando además en montaña. Izoard, por ejemplo, ese Dauphiné. O lo de Azurki. También el Naranco, vestido de arcoíris, que mira que trae mala suerte el arcoíris, decían por entonces. Pero a él no, a él qué va. Indurain, Indurain, Indurain. Verbena preparada.

Solo que la orquesta tampoco acaba de arrancar. Detallitos que solo ves a posteriori. El cantante, que va pasado. El bajista, que vaya pedo. El de la barra en mitad del prao, que no echa bien las cuentas. Pues aquí igual. Rupturas, y siempre duelen. Indurain y su equipo ya no se llevan, ya no se miran con mirar amartelado. Lo de Colombia pesa. Demasiado tiempo, demasiados compromisos. Métase usted la hora por donde le quepa, que yo he ganado cinco Tours. También estaba por allí Padilla, pero cuentan que si pagado por el propio Indurain, porque para entonces ya no trabajaba con Banesto, que el Athletic tira mucho en Vizcaya, amigos… Pero seguía siendo médico personal de Miguel. Ya ven, raro.

Chamusquinas aquí y allá. Ya les digo, nada por entonces. Una pizca que rellena la crónica, una declaración perdida entre el pase de Amavisca y la plancha de Zamorano. Que si a Miguel le sobran todavía dos kilos. Dos kilos. Ya ven, dando pistitas desde la misma escuadra. Que si en Duaphiné hace lo del Izoard, sí, pero también sufre más arriba del Chalet Reynard, gana la crono con menos diferencia que otras veces. En la general nadie le puede toser, y todos pensábamos que aquello era definitivo. Pero también había barruntos, no se vayan ustedes a pensar.

Solo que… quién.

El ciclismo no es para calvos 

Espera, espera… ¿quién? Vamos, debes estar bromeando. Pero si no es nadie, pero si es un viejo. Todavía si me hablas de, no sé, un Zülle, pues te lo admito. Hasta Rominger, que ha arrasado con eso de la maglia rosa. O Berzin, qué puto miedo Berzin, qué rubito Berzin, qué poco va a durar, Berzin, antes de desaparecer como un Sputnik con los cálculos mal hechos. Incluso Jalabert, que es galo y eso siempre suma en la Grande Boucle, no te pienses que van a tirarse los franceses treinta años sin catar el Tour, chico, eso no se lo traga nadie..

Pero el otro. ¿Cómo dices que se llama? Bjarne Riis, eso… vamos, no puedes hablar en serio. Pero si es un grandote, un trotón del llano, válido para cosas menores, etapitas, subir agua a los realmente buenos. Sí, ya sé, el año pasado fue pódium, quinto hace tres… pero es que soy escéptico, soy escéptico. ¿Sabías que a Riis lo salvó del paro Laurent Fignon? Sí, coincidieron en una escapada durante el Tour de la Comunidad Económica Europea (donde el parisino buscaba retornar a su nivel y el danés exhibía carencias), le cayó bien y se lo llevó para su equipo. Siempre es útil tener a alguien con esa cara de mala hostia, supongo.

Además, que el ciclismo no es cosa de calvos. Mira, mira la historia. Son animadores, sí, pero luego ganan los otros. Ataca Julio Jiménez en montaña, pero vence Anquetil. Escapada a dúo de Ghirotti y Perini, parcial para Abdoujaparov. ¿Pantani? Indurain de amarillo. ¿Ugrumov? ¿Pero tú has visto a Ugrumov? Ugrumov no es calvo, es calvo-soviético. Ugrumov tiene una cabeza que lo mismo te sube el Glandon que pone balones a la olla para que remate Lubo Penev. Campeones del Tour calvos… no sé, así de memoria me salen Robic y Gaul, que más bien raleaban. Ah, también el Bartali vecchio, pero es que el Bartali vecchio era muy vecchio para la época. El resto, pelazo. Y Riis tiene de todo menos pelazo. ¿Venas en la frente? Muchas. ¿Sienes plateando? Pues también. ¿La cara rojísima que parece usted en un concierto de Los Suaves? Check. Pero pelo no. Y el ciclismo, el Tour, no es cosa de calvos.

No me jodas.

(Semanas más tarde, durante una entrevista, Lucho Herrera preguntó cómo iba la Grande Boucle, quién estaba en disposición de ganar. Herrera, leyenda de estos asuntos, vivía completamente al margen del ciclismo profesional. Riis, contestaron. Riis… pues no caigo, dijo. Riis, sí… uno calvo. Uno calvo, ah, un danés, sí, sí, calvo. Pero oiga, ¿cómo puede ganar ese el Tour? Si es solo un gregario…).

Si algo puede salir mal,saldrá mal

Y hop, acá estamos. En Bolduque, nada menos, porque estos del Tour a veces se ponen de lo más originales. Bolduque es la traducción castellana de s-Hertogenbosch. También nos vale Den Bosch. Vamos, la tierra de Jheronimus van Acken, seguro que me lo conocen. El Bosco, vaya. Augurios reguleros, ¿eh?, porque no hay nada más opuesto que Miguel Indurain y la tabla central del Jardín de las Delicias. Nah, aquí somos de sembrar y, más tarde, recoger. Sin piedras de la locura, sin tentaciones. Muy normalitos. Mala señal, se lo digo yo.

Otra. Que mira hacia arriba, colega, que se está poniendo todo malísimo. Si he lavado los maillots del Kas y no me secan, no me secan. Imposible. Toda la primera semana bascula entre calabobos, lluvia fina, lluvia intensa y «hostia, cómo llueve». Sí, sí, ah, cuando vengas trae una rebequita, que ha refrescado bastante. Vamos, que siete días los ciclistas con gafas, guantes largos, chubasqueros, manguitos. Todo empapadete, con lo que desgasta eso. A algunos más. Cuentan que Indurain es de esos. Calor, a mí dame calor, todo el que puedas. Hay fotos de esas etapas donde sale Miguel con el casco medio torcido, los ojos como después de haber visto la Llorona en una cuneta y gesto general de «qué coño hago yo aquí, con lo calentito que se rueda por Villava». Nadie va silbando, pero la caruca de susto solo la lleva él. Mira tú que si se nos constipa. Porque es la única forma de perder esto, ¿eh?, con un catarrazo.

Hasta que llega. El gran día de todos los grandes días. De todos los grandes días malos, quiero decir. Final de adolescencia, juventud o felicidad, escojan ustedes. Ese «creo que debemos tener una conversación» que te dice tu amor de siempre, y en diez minutos la pierdes a ella, a tu mejor amigo y buena parte del hígado. El «buena nota, pero no te da para entrar», el «me gusta como juegas, por eso es más difícil decirte esto», el «¿penalti? No, no, saque de puerta, la Gimnástica sigue en Segunda B». Seguro que conocen la sensación. Pues lo mismo. En un sitio de Francia de cuyo nombre no quiero acordarme. Les Arcs, creo, pero no me hagan mucho caso.

Y eso que el tema comenzó bien. Se salía de Chambery, que es un barrio gato allá en los Alpes, y viceversa. Tres puertos bien gordos, final en el último, porque en aquel tiempo eso era lo mínimo que tú pedías al Tour, ay. Todo sigue más o menos el guion previsto. Quiero decir: Jalabert peta, porque Jalabert en el Tour siempre peta (menos en 1995, y allí también petó, solo que menos). Zülle se cae, porque Zülle siempre se cae (menos en 1995, miren qué casualidad). Bruyneel también se cae, pero Bruyneel no interesa mucho a nadie. Todos juntitos al pie del último puerto. Líderes y gregarios. De los de lujo (Bölts, Olano) y de los pintorescos (Garmendia, Fernández Ginés, hasta ese chavaluco pelirrojo que se llama Ullrich y del que hablan tan bien). Vamos, que si no acaba el asunto en tablas le va a faltar el canto de un duro, oigan.

Y entonces sucede.

O debió suceder, vaya, porque no lo vimos. Faltan unos cuatro kilómetros hasta la cima, y allí están atacando algunos secundarios de The Wire. Dufaux, por ejemplo, o Peter Luttenberger (ojo, es calvo: otra señal). También el francés Leblanc. Luc llevaba el jaune en Val Louron, un lustro antes. A veces el destino es puñetero hasta lo ridículo.

Que no lo vimos, dije. Que enfocan al grupo y ya no está Indurain. Jamás sabremos qué pasó realmente, porque los recuerdos de los ciclistas son tan fiables como las cuatro historias de Rashōmon (todas ciertas, todas falsas) y cada cual te cuenta su punto de vista. No importa, el gran hombre se ha quedado, y todos se quedan un poco con él, y nos damos cuenta que hubo tiempos mejores, y que no debimos pedir aquel último chupito, y que las resacas se pueden llevar si Indurain gana el Tour, hostias, pero si empieza a quedarse en la primera puta montaña pues entonces las resacas te van consumiendo por dentro, y no hay nada que puedas hacer, y el grandote avanza casi a gatas, y pide agua, y tú pides agua, y el mundo gira más lento, salvo para Riis, y Leblanc, y Rominger, a esos el mundo les gira a velocidad de bielas noventeras, y Miguel repta, y a ti te duele el estómago, y no sabes qué te contará aquella chica por la noche, porque es 1996 y no hay whatsapp, y todas las puertas están abiertas hasta que os volváis a ver, sí, pero también todos los relatos se han terminado hasta que os volváis a ver, e Indurain que no llega, Indurain que no llega, qué mal todo, qué mal, qué puerto más feo, que sitio más horrible, aunque suba todas las cuestas de los Alpes nunca, nunca, iré a conocer esa rampa, coño, Indurain escupe, y eso es peor aun, porque Indurain nunca escupe, porque Indurain es elegante, es inmenso, es como ese abuelete educado que siempre bebe en silencio, al fondo del bar, pero Indurain es humano, Indurain escupe, lasciate ogni speranza, cuatro minutos con Luc, tres y medio le mete Berzin, que es líder, él ya nunca, él ya nunca lo será.

Qué largo.  

¿Larrau? Yo no sé dónde está Larrau, yo no conozco ningún Larrau

¿Después de eso? Pues un leve declinar hasta la miseria más absoluta. Un poco como la década entre los treinta y los cuarenta, ustedes me entienden.

Digamos que los más optimistas creían en la remontada. Qué coño, esto es para darle épica al asunto. Si Miguelón puede con lo que le eches. Indurain, Indurain, Indurain. Trago grande de calimocho. Además, voz arrastrando las erres, quién va a poder ganarlo. ¿Berzin? Un bluff. ¿Rominger? Baboso y viejo. ¿Virenque, Leblanc? Se les mete placa en la contrarreloj. ¿Riis? Vamos, no me jodas, si tiene la cara a puntito de reventarle de tan rojo que va. Nah, está ganado. Todo por la épica. Otro trago grande. Oye, ¿me invitas a una copa?

Solo que no. Sonaba bien, pero no, que es algo a lo que mejor nos acostumbramos cuanto antes, porque va a ser inherente a la tardoadolescencia y primera edad adulta. No era el año de Miguel, no fue el julio de nadie. Bueno, de los Telekom sí, y también triunfó un montón Ferrari (segundo en constructores, primero en preparación), pero nos entendemos. Si es que hasta tenía mala suerte, el navarro, cuando se tiró todo un lustro que la mala suerte estaba lejos, escondida, con el rabo entre las piernas. Pinchazos en el peor momento. Un equipo menos competitivo que el Tropezón de Tanos jugando la UEFA. Cronoescalada sin referencias (bueno, esto fue por lo de Les Arcs, ¿eh?). Y rendimientos raros. Luttembergers, Ugrumovs, Ullrichs. Tipos desconocidos, calvos prometedores, alopécicos al borde de la retirada. Qué añito.

Y eso, que horrible. Con dos momentos culminantes. En sitios bien renombrados, por si fuera poco, porque cuando las cosas se empeñan en joderte ilusiones lo hacen a base de bien. Primero Hautacam. ¿Recuerdas el 94, Hautacam? ¿Te acuerdas de Rominger, en Hautacam? Nunca vuelvas a los lugares donde fuiste feliz, dicen. Qué cabrones, los tópicos.

Tampoco vamos a extendernos. Que ataca Riis y sale Indurain, ataca otra vez Riis y sale Indurain, ataca Riis y a la tercera… the end, my only friend, the end. El tipo sube con el plato grande a ratos (dato intrascendente, porque parece más pose que efectividad, y avanza clavadito), las mejillas contraídas por el esfuerzo, gesto de estar a punto de morirse. Pero oye, tira para arriba. A Indurain lo adelanta un grupo, luego otro, luego sus fantasmas, luego Merckx, Hinault y Anquetil, que lo invitan a unirse. Ahora sí, ya nadie cree en remontadas. Joder con el gregario de Fignon…

Y después Pamplona, y el zafarrancho ficticio de Mapei (una de esas historias que damos por buenas aunque tengamos imágenes para denostarlas), y Soudet, y Larrau, solo que yo no sé dónde está Larrau, qué es eso de Larrau, a mí háblenme de Val Louron, y del Galibier, y de Gergovia, hostias ya. 

Ay, lo que fuimos.

Qué rápido pasó…

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14 Comentarios

  1. Amén a todo.

    Ver caer a Miguelone fue algo durísimo de asimilar para los que ahora estamos en los treintaymuchos/cuarentaypocos.

  2. Maravilloso artículo. Qué nostalgia de esa edad en la que un día dejaba de ser luminoso por cosas que importaban realmente, como que Induráin se hundiese… Ese día perdimos la inocencia

    • No. No perdimos la inocencia: sólo descubrimos que éramos mortales, como Miguel. La vida es así, pero la inocencia quedó aún.
      La inocencia la perdimos con el innombrable. El yanqui que hizo soñar a todos con engaños y mentiras. Ahí sí perdimos la inocencia. Y dudo que la recuperemos nunca.

      • Si hombre si, el americano usaba engaños y mentiras; pero Miguelon y Rijs iban con zumo de naranja y multicentrum nada mas.

        Ni antes ni despues se ha visto a tios de 190 cm y 80 kilos de peso subir mas rapido que tios 20 kilos mas delgados, pero eso sorprendentemente no lo le hizo sonar las alarmas a nadie

        • Qué decía de perder la inocencia para no recuperarla nunca? En esta misma página encontramos algunos tristes ejemplos.
          Yo mismo descubrí que soy incapaz de ver el Tour con los mismos ojos. Y decidí que era el momento de dejarlo antes de envenenar muchos buenos recuerdos. Otros no pudieron. Y así estamos.

  3. Mientras Francesco Conconi y Sabino Padilla estuvieron en la vanguardia del dopaje (pagados generosamente por Banesto), Indurain brilló. En 1994 comienza el problema. Padilla se larga en 1995 (le pagaban mejor Martín Fiz y sobre todo el Atletic Club de Bilbao… macho lo que aguantaban corriendo todos esos en aquella época). Marcelo Lodi y Nicola Alfieri y el fisiólogo Ilario Casioni, discípulos de Conconi toman el relevo en 1995, pero no son como el Conconi original ni como Padilla. Los nuevos test antidopaje les pillan a contrapelo. Y Miguelón, sin el “apiserum”, la gesta se le indigesta. Era uno de tanto corredores del pelotón.
    Pereda: tienes más cuento que calleja.

  4. Bueno Armstrong ha ganado 7 tour de Francia. A Indurain y al resto que ganaron 5 no los pillaron pero iban dopados igual o peor.

  5. Ni coincido con Her e. Para acusar a alguien, hay que demostrar su trampa. Lo demás es hacerse el listo o el técnico de tertulia

  6. Esa etapa de cuyo nombre yo tampoco me acuerdo, suelo considerarla la frontera entre mi infancia y adolescencia.

    En aquel tiempo ya había oído sobre la EPO, pero entonces sólo era una sustancia que mataba excorredores de PDM.

  7. Constato por ciertos comentarios que mucha gente ha oído campanas con el tema del dopaje, pero no sabe dónde. Que todavía haya gente que compare el entramado mafioso de Armstrong con la UCI con el dopaje de los 90…manda huevos.
    Que haya gente que piense que Indurain durante los 5 Tours tenía ventaja competitiva frente a Rominger, los Carrera, los Gewiss… qué queréis que os diga. No se trataba de tener ventaja, sino de poder competir. La historia del ciclismo, vaya.

    • Se puede decir más alto pero no más claro. Como bien apunta el autor en su fantástico artículo: “(Usted, el yanqui que agita los brazos para que le prestemos atención: no joda, hombre, no joda).”

  8. El artículo es curioso,en mi opinión alterna partes brillantes con párrafos excesivamente “graciosillos”.

    En todo caso hay que recordar que el tour del año anterior (1995) se vio al indurain en mejor forma. Sin embargo al año siguiente fue el último y no lo volvió ni tan siquiera a intentar.

    Rijjs ganó ese tour,pero ya se veía que el verdadero talento y futuro dominador sería ulrich q no dejaba de ser un indurain 2.0 por eso creo que indurain supo retirarse a tiempo.

    En cuanto al dopaje hay más que sospechas de que se dopó:

    – Su médico personal era padilla
    – Cuando José María García se lo preguntó él respondió elegantemente” otra pregunta”( lo podéis encontrar en Youtube).
    – Realmente había dado positivo aunq luego se lo quitaron.

    Todos iban en esa época como las grecas dopados,pero indurain nunca fue sancionado. Pero demonizar a armstrong y no tener un mínimo de exigencia crítica con el Navarro demuestra un chovinismo exagerado.

    Mi pérdida de inocencia en el ciclismo fue muy posterior cuando realmente se demostró q el dopaje era algo masivo.

  9. Con su peculiar forma de escribir, ha logrado emocionarme con esas dos frases finales. Vaya nostalgia y resignación tan escuetas. Y eso que de ciclismo no sé una jota. Por el tema sospecho que ese Endurain se salvó de la “dalle” (para no mandar al olvido este sinónimo) del control por el uso de substancias prohibidas. En esos años había un cómico italiano que tal vez usted lo conozca, Teo Teócoli. Imitaba a un ciclista español, y me parece que era Endurain. Era estrepitoso. Además de tratar de hablar (mal) el español, como pueden hacerlo los italianos, hacía hincapie en sus cejas que eran tas descomunales como sus hazañas. De nuevo una excelente lectura. Gracias a usted y los comentarios.

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