Un tejón en bicicleta: sobre Bernard Hinault

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Bernard Hinault, 1979. Foto: Cordon.

La etapa termina en la cima de Alpe d´Huez. Seguramente la más prestigiosa del Tour de Francia, aquella que, desde tiempos de Fausto Coppi, señala al vencedor de la Grande Boucle. Allí, en esa batalla de grises, verdes y azules, es donde los más grandes campeones han de establecer sus jerarquías, marcar sus fuerzas, besar las mieles de la gloria.

Pero no hoy.

No, aquella tarde una escapada triunfa. Ese 20 de julio de 1982, martes, verá levantar los brazos en la cima alpina a Beat Breu, suizo nacido en San Galo, casi lindando con Liechtenstein. Corredor ligero, buen grimpeur, nombre menor en el Gotha. 

A poco más de un minuto entra el maillot amarillo. Quinto en la etapa, sin perder tiempo con nadie que le inquiete en la clasificación general. Pero, piensan muchos, sin brillantez, sin el lustre necesario que exige la prenda. Nada más cruzar la línea de meta los micrófonos se cuelan hasta sus labios, lo agobian, no permiten que tome aire. Un periodista, más osado que los demás, pregunta. ¿No es un poco triste conquistar el Tour de Francia sin ganar en la cima de Alpe d´Huez? Silencio sepulcral, el ciclista mira fijamente al reportero, lo fulmina con los ojos, aprieta los labios. Después, lentamente, sube su maillot jaune hasta el pecho, baja unos centímetros el culote. ¿Ves?, responde, seco, al osado juntaletras. Solo tengo dos cojones, igual que los demás. Y se marcha conteniendo su ira, sus ganas de desatar violencia por doquier.

Ese era, ese fue, Bernard Hinault.

(Aquel mismo domingo conquistó su quinto Tour de Francia. Picado por las críticas decidió disputar el esprint final en los Campos Elíseos. Ganó, claro).

Le llamaban el Tejón

Viajemos atrás en el tiempo. Hasta el 8 de septiembre de 1975. Ese día se corre un critérium, una de esas carreras medio amañadas que tanto éxito tienen a finales de cada temporada. Se llama Circuit de l’Aulne, y consiste, básicamente, en dar vueltas alrededor de la localidad de Châteaulin para que el público disfrute viendo a los ases del pedal antes de la previsible resolución pactada. Aquel día el encargado de «hablar» con sus compañeros fue el esprínter francés Jacques Esclassan. Los premios irán solo para los veteranos, para los que hemos competido la semana pasada en los Campeonatos del Mundo. Todos asienten con la cabeza. Allí están Merckx, Kuiper, Santy, Raimond Martin. El trato queda cerrado, demos un bonito espectáculo mientras.

Solo que Châteaulin tiene otro nombre. Kastellin. Es brezhoneg, la lengua de los bretones, ese idioma caustico y saltarín que huele a Atlántico, a bosques impenetrables, un poquito a leyendas artúricas. Porque Châteaulin, o Kastellin, está en Bretaña, justo al lado del Finisterre, mirando, entre orgulloso y atemorizado, al océano que trae lluvias y olor a sal. El antiguo ducado, el Dugaelez Breizh que cuentan los ciclos  medievales. Los bretones son fieros, taciturnos pero inteligentes, obsesivos pero nobles. Así es, así será siempre, nuestro Bernard Hinault. El mismo que nació a un centenar de kilómetros de allí. En Yffiniac. Bretón de pura cepa. Tiene solo veinte años, ha quedado fuera del apaño. Pero no va a permitir que la carrera, esa que se celebra en su casa, en su tierra, pase desapercibida.

El joven empieza a atacar. Una, dos, tres veces. Las que haga falta. Los otros, viejos perros de guerra curtidos en mil batallas, lo miran condescendientes. Dejad que se castigue, querrá pasar en solitario por delante de su casa. El problema es que Hinault continúa, mantiene el ritmo. Gana el primer esprint bonificado… es decir, se lleva esa prima que los grandes ases del pelotón ya tenían repartido entre sí. Poca broma. Hay juramentos, acusaciones de traición contra aquel a quien habían dejado fuera de sus planes. Se lleva también la segunda prima. Lo capturan, vuelve a atacar, violento. La tercera prima es también para Hinault. Y entonces el gran capo decide tomar cartas en el asunto. Se llama Eddy Merckx y es, en pocas palabras, el mejor ciclista de todos los tiempos, la mayor leyenda del deporte mundial. El belga, siempre educado, siempre implacable, se acerca a Charly Rouxel, compañero de Hinault en el equipo Gitane-Campagnolo. Dile que pare. Hay una jerarquía, hay unos tiempos a respetar. Dile que pare o le pararemos nosotros. Rouxel se acerca hasta su compañero, que rueda ahora tranquilo, en el pelotón. Deja de hacer eso, Bernard, dice Charly, el mismo Merckx me lo ha indicado. Para ahora mismo, esto no es un juego. Y entonces Bernard, Bernard Hinault, bretón de veinte años a quien todos llaman Le Blaireau, sonríe. Rouxel lo recordaría mucho tiempo después. Era una sonrisa carnívora, peligrosa, casi amenazadora. «Mírame, Charly», dijo Hinault. Y saltó, una vez más, del gran grupo, como si fuese una exhalación. Ganó la cuarta prima y solo pudo ser capturado muy cerquita de la meta, con todos los mejores corredores del mundo relevándose detrás de él. El ganador final de este extraño critérium fue, como casi siempre, Eddy Merckx.

Foto: Cordon.

Lo de Le Blaireau venía de lejos. El Tejón, nada menos. Animal típico de la zona, uno de esos que se esconde en los bosques durante el otoño de hojas caídas triscando bajo las pisadas. Mil marrones bajo cielo gris. Ahí vive un tejón. Fiero, mandíbula potente, dientes como cuchillas. Que nunca se rinde, que nunca abandona. No huyen los tejones, no. Se quedan y luchan. Algunas veces mueren. Las más de ellas acaban desgarrando el cuello de su adversario. 

Eso era, también, Bernard Hinault.

El joven conquistará el corazón de todos los franceses un 5 de junio de 1975. Está corriendo el mítico Critérium du Dauphiné Libéré con apenas veintidós años. La misma carrera que encumbró a Ocaña, que hizo aun más grande a Merckx, a Bobet, a Anquetil, a Poulidor. Corre dirigido por Cyrille Guimard, también bretón, hombre de voluntad férrea, auténtico estratega del ciclismo. Guimard está recién retirado del ciclismo activo (llegó a compartir algunas carreras con Hinault) y viene a sustituir en el Gitane-Campagonolo a Jean Stablinski, otro mito que ha quedado obsoleto. Sí, la sociedad de los setenta está cambiando, y con ella el ciclismo. Hacen falta nuevos métodos, también nuevas formas de afrontar los desafíos.

O no, porque Hinault gusta de correr a la antigua. Domina la carrera desde el segundo día, cuando se impone en Saint-Étienne, y nada puede arruinar la que será su primera gran victoria en una general. Nada salvo su propia osadía. Ese 5 de junio, camino de Grenoble, Hinault ataca, sin necesidad alguna de hacerlo, en el Col de Porte. Corona con gran ventaja y se lanza en el descenso. Dos, tres curvas cerradas… en la cuarta llega el drama. Bernard pierde el control de su bicicleta y cae por un barranco, perdiéndose a los ojos de las cámaras de televisión. Los comentaristas se asustan, empiezan a gritar. Pocos segundos después llega allí el coche de su equipo. Guimard baja, planta los dos pies en la cuneta y vuelca todo su cuerpo contra un árbol. Mira al abismo y el abismo lo mira a él. Solo que aquella tarde el abismo tiene nombre, y se llama Bernard Hinault. Que escala, literalmente, por una pared casi vertical. Que ha visto cómo unas ramas han frenado su caída. Sube con miedo en los ojos, arañazos aquí y allá. Esa tarde, casi anocheciendo, un mecánico encontrará su bicicleta en aquel infausto viraje. Está treinta metros más abajo de la carretera.

«Sentí como si alguien agarrase mi cuello y tirase de él con todas sus fuerzas». Hinault vuelve a subirse a una máquina, desciende asustado, hiperventilando. La etapa llega a Grenoble, a la Bastilla decimonónica que, a imitación de las ciudadelas de Vauban, el general Haxo levantó en esa población para prevenir los ataques de Saboya. Pura historia europea. Allí, entre herraduras de pendientes imposibles, Hinault siente que sus fuerzas abandonan. Se baja de la bicicleta, congestionado, avanza unos cientos de metros corriendo. Después vuelve a subir. Entra vencedor en meta. Toda Francia ha visto, a través de la televisión, a su nuevo ídolo, ese que viene a recuperar la grandeur, la raza, el panaché infinito del deporte que más aman en el Hexágono.

Hinault vencerá en aquella Dauphiné pese a la oposición férrea de Thevenet, que lo intenta todo en las últimas etapas. Pero es inútil. Al joven blaireau le ayuda en su defensa, heroica, nada menos que Eddy Merckx. Se han mirado a los ojos y ha reconocido en ellos a su igual. El belga, monarca absoluto, ha designado sucesor. 

Una historia de violencia

Bernard Hinault, Roubaux, 1981. Foto: Cordon.

Será cruel, tiránico, violento. Jamás hubo un ciclista tan amenazador, tan físicamente agresivo como Bernard Hinault. «Si estabas en una habitación con él sentías su tremenda fuerza, su violencia soterrada. Lo admiraba, pero no me caía bien», dijo Robert Millar a William Fotheringham

Es un rasgo de su personalidad, algo forjado en la infancia. «A veces nos desviábamos volviendo del colegio para pasar por granjas y barrios donde sabíamos que habría pelea. Teníamos que hacerlo, era una cuestión de respeto». El respeto, siempre el respeto para Hinault. Un padre colérico, estricto. Un ambiente rural, pocos medios. El cielo oscuro casi a diario, el olor del Atlántico metiéndose en todos los sitios. Y ese viento. No es la Bretaña tierra para gente de espíritu aletargado. Lo supo desde siempre Bernard, lo exhibió en cuanto tuvo ocasión.

En 1978, durante su primer Tour de Francia, los ciclistas se quejaron por los muchos traslados que la organización les imponía tras cada etapa. Hicieron una huelga, renunciando a terminar el parcial con meta en Valen d´Agen. Allí, al frente de todo, estaba un chaval de veintitrés años, uno que llevaba el maillot tricolor de campeón de Francia. Mentón alzado, ceño fruncido. Soportó estoicamente los abucheos, algunos espectadores llegaron a lanzar papeles y basura a los corredores. Pero él no hizo nada, no reaccionó de forma airada. Era el momento de la dignidad silenciosa, y así lo entendió. Apenas un niño, un recién llegado. Todos le reconocían, ya, como el gran patrón. 

Sabía rastrear las debilidades de sus rivales. Las físicas y, sobre todo, las psicológicas. Y las explotaba. Con saña, con maldad, una delicada crueldad que acabó siendo marca de la casa. «Cuando Hinault necesitaba sacar tiempo», dijo una vez Fignon, «sabías que iba a haber dolor». «Necesita conflictos para funcionar. Cuantas más dudas tiene, más agresivo se vuelve», remachó Guimard. Un animal salvaje, aparentemente impredecible pero, en realidad, astuto e implacable. 

No importaba quién tuviera delante. A Phil Anderson, un pionero australiano en los años ochenta, le hizo la vida imposible durante años, en venganza de uno no sabe muy bien qué. Trash talking, amenazas físicas, persecuciones en el pelotón, control absoluto sobre sus movimientos. Anderson llegó a llorar recordando esos hechos. En otras ocasiones eran los propios espectadores los que sufrían las iras del Tejón. En la Vuelta de 1983 le pegó una patada a un niño que le había tocado la espalda. En la París-Niza de 1984 los trabajadores de La Ciotat, unos astilleros situados entre Marsella y Tolon, detienen el paso del pelotón para protestar por la (mal llamada) reconversión industrial. Los ciclistas echan pie a tierra y se disponen a esperar un rato mientras una pequeña multitud está sobre el asfalto. Pero a Bernard aquello le ha molestado. Porque estaba divirtiéndose, disfrutando tras la vuelta de su lesión. Y ahora tiene que parar. Así que Hinault, el deportista francés más famoso de los últimos años, deja su bicicleta en el suelo y se lanza a repartir hostias a diestro y siniestro, como si no hubiera un mañana. Puñetazos, patadas, insultos de esos que no podemos dejar aquí por escrito. 

Hoy en día, dedicado como está a labores de representación en el Tour de Francia (vamos, a ser el antiguo campeón que sonríe en el podio junto a los protagonistas del día) su genio sigue incontrolable. Han sido varias las veces que algunos espontáneos han sufrido en sus carnes los empujones, nada sutiles, de Bernard Hinault cuando intentaban colarse en fotos oficiales. Genio y figura.

Sublimando los límites

Foto: Cordon.

Y las victorias. Muchas, todas. En realidad se puede decir que Bernard Hinault ganó, en un lustro mágico, lo que quiso y cuando quiso. Corrió cinco Tour de Francia y venció cuatro… en el otro se tuvo que retirar cuando iba líder, por una tendinitis en la rodilla. Tomó la salida en dos Giro de Italia y venció en ambos (luego ganaría otro más). Y la Vuelta a España. Su primera gran victoria, aquella refrendada camino de Miranda de Ebro, con una escapada en la que se limitó a poner su ritmo y dejó atrás a todos sus rivales. También la última de su ciclo mágico, aquel 1983 donde tuvo que tirar de todas sus reservas, de toda su agresividad, para derrocar a Julián Gorospe en la mítica etapa de Serranillos. Acabó cojeando aquella carrera. El astro tendría que pasar por el quirófano, su rodilla no aguantaba. Demasiados años de excesos, de desarrollos imposibles. Era una lesión de las que no se vuelve. A mediados del año 1983 la carrera ciclista de Bernard Hinault estaba terminada.

Para entonces había domeñado también las grandes clásicas. La Lieja de 1977, cuando se impuso a Dierickx, Thurau, De Vlaeminck, Maertens y Merckx. Ahí es nada, los mejores clasicómanos de su época… y el joven de veintidós años que lograba humillarles allí, en su propia casa. El Giro de Lombardía en 1979, destrozando a toda una generación de italianos. En aquella ocasión se sacó la espina del año anterior, cuando fue batido al esprint por Francesco Moser después de un duelo de igual a igual, a cara de perro, durante docenas de kilómetros. Hinault tomó buena nota… el transalpino pronto se vería cautivo en su propio terreno.

Que era Roubaix. Allí donde Moser había triunfado en tres ocasiones. Los adoquines que Hinault llamaba «carrera de mierda». La ganaré para demostrar que puedo hacerlo, pero esto no es ciclismo. Y lo hizo. En 1981, vestido con el maillot arcoíris que había conquistado meses antes, en Sallanches (el Mundial más cruel de siempre). Después de aguantar todo. Caídas, pinchazos. Tuvo que hacer un tramo campo a través, por detrás de la fila de espectadores. Su rostro congestionado, marrón de tierra, polvo, lodo. Nada importaba. En la Ciudad de las Hilaturas se imponía al esprint. Segundo entró De Vlaeminck, tercero Francesco Moser. Entre los dos sumaban siete entorchados en esa prueba. Hinault ya tenía el suyo.

Fue, quizá, su mayor victoria, la más icónica. Aunque no la más épica. Esa había llegado doce meses antes. Bélgica, ciudad de Lieja. Un día inhumano aquel 20 de abril de 1980. Lluvia y frío. Después nieve. Durante kilómetros y kilómetros. Cunetas vacías, carreteras blancas, surcadas tan solo por finas líneas. Ruedas de bicicletas, huellas polares. Aquel día el bretón se fue solo, muy lejos de meta. Su rostro congestionado, mueca de esfuerzo, la mirada perdida de quien ya no recuerda otra cosa que no sea pedalear. Cuando entro en meta, vencedor, no pudo levantar los brazos para celebrarlo. «Estuve varios meses sin sensibilidad en las manos, casi hasta el Tour de Francia. A día de hoy aun me hormiguean las yemas de los dedos algunas veces». El segundo entrará a más de nueve minutos. El último, un noruego llamado Jostein Wilmann, lo hizo a casi media hora. Solo terminaron la carrera veintiún hombres.

Jamás estuvo tan cerca Bernard Hinault del dolor supremo. Nunca volvió a alcanzar, tampoco, tales cotas de misticismo. 

El gran retorno

Lemond y Hinault, Tour de Francia 1985 – 1985

¿Recuerdan aquella lesión de la que nadie podría regresar? No, al menos, a gran nivel. Hinault, él, lo hizo. Y de la forma más particular posible. Con una nueva vida.

Ya no estaba Guimard en 1984. No vestía Bernard los colores de la mítica Renault, La Régie, el patrocinador que había venido a sustituir a Gitane. No. Era otro su maillot, uno geométrico, colorido, que recordaba a los cuadros de Piet Mondrian. Composición en rojo, azul y amarillo. Y, en el pecho, un nuevo nombre. La Vie Claire.

La Vie Claire era una empresa dedicada a los productos ecológicos mucho tiempo antes de que todo ese rollo estuviera de moda. Pero no importaba demasiado lo que vendía, sino quién era su dueño. Nada menos que Bernard Tapie. Tapie fue, en pocas palabras, Berlusconi antes que Berlusconi. Actor, cantante en cruceros, playboy (las malas lenguas dicen que incluso gigoló), presentador de televisión y, sobre todo, showman. Tapie era la cara de la nueva Francia, esa que en los años ochenta se abría al mundo, el país donde uno «podía hacer más dinero en menos tiempo», que diría el otro. Y en eso, en lo de amasar montañas de billetes, Tapie fue un as. Su método resultaba sencillo: compraba empresas al borde de la ruina, las inyectaba pasta y, cuando parecían funcionar, las revendía por varias veces su valor inicial. Si la mayoría de las veces las corporaciones tenían que cerrar unos años más tarde era algo que nadie parecía percibir en la época.

Porque Tapie era guapo, era moderno, era carismático. Cuando llegó al ciclismo con las camisolas más vanguardistas, con la mecánica más avanzada y la imagen más fresca todos pensaron en un paso más de una trayectoria que debía acabar llevándolo al Elíseo. Que terminase en la cárcel a raíz de un escándalo de compra de partidos con el Olimpique de Marsella, club del que era presidente, resultaba en aquel entonces impensable. Pero estamos en 1984 y Tapie arriba al deporte de las dos ruedas. Y lo hace de la mano de Bernard Hinault, el gran campeón de la Bretaña, el ciclista que ha corrido hasta hace unos meses para el equipo Renault. Empresa pública contra empresa privada. Tapie ha pensado en todo y, como siempre, no tiene escrúpulos a la hora de actuar. Su conquista habría de ser completa.

Solo que al final esto se trata de dar pedales, y aquel 1984 Hinault no es el de antes. Y, además, su antiguo delfín se muestra inabordable. Laurent Fignon pasea, gana cómo y cuándo quiere. Quedará segundo en el Giro de Italia después de que se lo roben delante de las narices para favorecer el local Moser (en la última crono el helicóptero de la radiotelevisión italiana se acerca peligrosamente al francés durante un rato, provocando ventoleras en su contra), pero más tarde se impone en el Campeonato de Francia y acude al Tour vestido de azul, blanco y rojo. Como Hinault en 1978. Pura coquetería. Puro simbolismo. Aquel julio las rutas galas asisten a una masacre. Fignon derrota a Hinault en todos los terrenos, en todas las circunstancias. Pero no es solo él. Guimard provoca la esquizofrenia en el pelotón atacando en avituallamientos, lanzando a sus peones como si no llevasen al maillot amarillo. Su equipo logra diez etapas. En la general esos mismos minutos separan a Fignon de Hinault. El parisino sobre el bretón. El joven venciendo al veterano. «Me encantaría trabajar con Fignon algún día», llega a decir Tapie. Hinault, humillado, rumia su derrota, no pone excusas, se sigue mostrando arrogante, retador. Volveré, ya os lo dije. Ganaré de nuevo el Tour.

Lo hizo, claro. Solo que en 1985 no se enfrentó a Fignon, porque era el parisino en aquel entonces quien estaba en el dique seco (se comentaba en los círculos que los grandes desarrollos que Guimard ponía a sus pupilos podían estar detrás de tantos problemas de tendones… y, en voz más baja, se susurraban también historias sobre anfetaminas). Así que el mayor rival de Hinault en este su quinto Tour será otro compañero de equipo. Uno americano, rara avis, tipo ambicioso, de sonrisa fácil pero que no se detiene ante nada por conseguir sus objetivos. Toda la carrera será un toma y daca constante entre Lemond e Hinault, siempre con ventaja para el francés, que se viste muy pronto de amarillo y parece tenerlo todo perfectamente controlado. Al menos hasta la llegada a Saint Ettiene, donde se mete a disputar un inútil esprint por la décima plaza. El bretón se toca con Phil Anderson (sí, aquel a quien tenía aterrorizado, el mismo que después de este lance ni siquiera se atrevía a mirarlo a los ojos) y cae aparatosamente. Nariz fracturada, ojos completamente morados, rostro deforme. No podrá salir al día siguiente, dicen. Pero Bernard sale. Se pasa toda la jornada en cabeza, hace exhibiciones inútiles frente al viento, amaga un par de veces con atacar. Quiere asustar a sus rivales, mostrarles quién manda, quién es el patrón. Sufrirá como un perro el resto de la carrera, pero logrará coronarse por quinta vez en París. Ya tiene los mismos títulos que Anquetil o Merckx. 

No podrá superarlos. En 1986 vuelve para ser el más grande de la historia en la Grande Boucle. Pero pasan cosas en aquel Tour. Tantas que merece artículo propio. El ataque con Perico Delgado. La bajada del Tourmalet. La etapa de Alpe d´Huez. Tantas…

Al final de ese 1986 Bernard Hinault se retira. Se iba con él el último de una casta. La del ciclismo salvaje, los campeones que representaban a la clase obrera, los ojos inyectados en sangre, las piernas llenas de barro. Se iba el tipo más colérico, violento y dominante que jamás se subió a una bicicleta. 

Larga vida al Tejón. 

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12 Comentarios

  1. Larga vida al tejón. Nadie lo duda. Pero estos mustélidos, aunque son muy eficaces, no suelen caer bien a nadie. Hinault, como bien dijo Robert Millar, podía ser admirado, pero no amado. Supongo que él lo quiso así.

  2. Todos ellos fueron unos tipos pequeños, negruzcos, ignorantes, tramposos y maleducados sobre-remunerados. Ahora son abuelos, narradores de batallitas, igualmente insoportables. La síntesis de todos ellos fue Lance Armstrong, el más grande, sin duda. Iban chutados hasta las cejas. Algunos terminaron como tenían que terminar, como Pantani o el Chava Jiménez, otros «héroes» épicos.

    • Madre mía,q comentario tan lamentable.
      Seguro q viene de alguien que lleva toda la vida sentado en el sofá «arreglando» el mundo…

      • Probablemente me confunda usted con su padre.
        Y se nota que no vivió usted de cerca en ese mundillo. No sabe la suerte que tiene.
        Por cierto, tanto la conjunción como el relativo se escriben «que», no «q».

        • Voy a tratar de explicártelo un poco mejor:

          – Decir que el chava o pantani «terminaron como tenía q terminar» es un comentario lamentable mire por donde se mire. Demuestra,como mínimo,poca sensibilidad.

          – Menospreciar con esa suficiencia a unos deportistas tan sacrificados,por muy dopados es su inmensa mayoría q fueran, demuestra soberbia y ,lo que es peor,un poco de cuñadismo.

          – Mencionar al padre de alguien demuestra infantilismo,y lo q es mucho peor,poca gracia.

          – Irse de culto diciendo cómo debe escribirse «que» para tratar de ridiculizar al contrario demuestra una pedantería cursi,pero realmente no llega ni a eso,es otra vez infantilismo.

          Lo dicho, «Q» lamentable.

          • Estoy a punto de llorar. De pena y de dolor.
            Ser español no significa olvidarme, por ejemplo, de que en el Tour que ganó, Perico Delgado dio positivo por «probenecid» un diurético empleado para eliminar esteroides anabolizantes. Y mejor me callo a propósito de Pepe Recio. Pero mire usted por ahí.
            Haber corrido en una bici y haber amado el ciclismo no significa olvidar que a Pantani se le descalificó del Giro al detectar un hematocrito elevadísimo que implicaba con seguridad el dopaje con EPO (por no recordar el turbio episodio de la cocaína y el amaño de apuestas deportivas).
            No yo, sino Danilo di Luca, todo un profesional, denunció que en el Giro o el Tour era imposible vencer salvo aceptando las reglas del dopaje y que al «Chava» y a Pantani «se les fue la mano»:
            https://www.elmundo.es/deportes/2016/05/19/573cb8a7268e3e1a2a8b4599.html
            Si quiere me olvido de Indurain, dando positivo por salbutamol, y no siendo sancionado debido a la presión de la federación internacional sobre la federación francesa.
            Si quiere, tampoco recordaremos a Lance Armstrong, quien se dopó durante toda su carrera sin jamás dar positivo:
            https://elpais.com/deportes/2012/10/10/actualidad/1349888438_109227.html
            Y, por cierto, a Hinnault se le conocía como sobre todo como «El Caimán», porque cuando se escapaba le cantaban «Se va el Caimán».
            Si a usted le van los cuentos de hadas, pues genial. Qué «hadoravle» personaje.

            • No sé qué clase de comprensión lectora tiene.Aqui nadie habla de chauvinismo que yo sepa.
              Seguí ciclismo durante 30 años de mi vida sin perderme prácticamente ninguna gran vuelta como par ser consciente de que esos ejemplos que ponen se quedan cortos.

              Miles de horas sentado delante de la televisión vibrando con Álvaro Pino, Perico,Indurain,Olivero Rincón, zarrabeitia, Jalabert etc etc
              Imagínese la enorme decepción cuando a partir del caso Festina como en el despertar de un mal sueño,descubrimos que todo era una farsa. Sentir todas esas horas como un desperdicio.
              Pensar que los podios de los 30 últimos años están copados de tramposos es una vergüenza,claro que sí. Todas las grandes figuras de este deporte en menor o mayor medida han estado implicados.A vuelapluma me salen armstrong,ulrich,vinokurov,basso, pantani,beloki,rijs, Indurain, virenque,zulle,Jalabert,bugno,chiapiuchi, Heras ….y así hasta donde uno quiera contar.

              España con la operación puerto y otras actuaciones se ha demostrado que era/es un paraíso para el dopaje. Sobran ejemplos de deportistas ( no sólo en el ciclismo)dopados,y lo que es más triste,rodeados de una sociedad que,en lugar de criticarlos,los defiende.
              Recordar cómo se defendió a Perico,a Contador o a Valverde produce sonrojo.

              La verdad es que todos los datos que ha aportado los conocía y entiendo que esté también decepcionado.Ahora bien,calificar las muertes de chava y pantani como ha hecho no me parece de recibo.
              Con todo lo que he dicho,pienso ,aún así que es un deporte bellísimo,en el que hasta el farolillo rojo o el más dopado han realizado un esfuerzo titánico como para tener un poco más de respeto.

  3. Disculpe Don Constantino,

    Mejor no lea estos artículos, parecen no sentarle muy bien, recuerde que estos días la salud es lo primero. Incluso chutado no consigo subir la única colina de mi pueblo.

    Próximamente Lemmond…

    • Lamento que me molesta su tono épico. Si le parece, un día nos habla de Eufemiano Fuentes. Cuando pasó de la bici al pelotón, los jugadores de fútbol que trataba comenzaron a correr sin parar los 90 minutos del partido.

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