Un hombre que mató

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el hombre que mató
Oficiales de las SS. (DP) liberti

No me olvido de que los soldados de la Tiger Force les cortaban las orejas a los vietnamitas y se hacían collares con ellas. Y así, entrando en la aldea con el colgante de apéndices, acometían la esforzada tarea de decapitar bebés.  

No oculto que los jemeres rojos violaron a diario a mujeres para producir «niños puros» en Camboya, y que pocos hombres como ellos en el arte de arrancar uñas, torturar niños y amontonar cráneos.  

No les negaré que los milicos de la Escuela de Mecánica de la Armada rozaron la cima del virtuosismo del mal en Argentina con el rectoscopio: un tubo que se introducía en el ano o en la vagina de las personas detenidas por la dictadura. Cuando al reo le metían una rata por aquel cilindro, el roedor buscaba la salida. Mordiendo los órganos internos.   

No. No pretendo ponerle sordina a lo que hicieron los otros, pero comprenderán que, si el libertinaje es el desenfreno en las obras, si el libertinaje nace de las violaciones morales, si el libertinaje es el caos, nosotros somos voz autorizada para hablar de ese cieno.

«Lo concibo todo en lo que se refiere al libertinaje…», escribió el marqués de Sade. «Quién sabe si incluso no estaré por encima de lo que puede captar la imaginación».

Lo concebí todo. 

Yo también. 

La enorme costra de pus tiene más que ver más con los recuerdos reales que con mi imaginación.

¿Quieren hablar en serio de la libertad? Hitler decía que «con humanidad y democracia nunca han sido liberados los pueblos». 

¿De veras quieren hablar de ello? 

¿Quieren?  

(…)

Con el orden por bandera, los nazis promovimos el mayor de los desórdenes. Con la ley por sacramento, los nazis trituramos todos los códigos. Con la Suprema Verdad, construimos la inmensa mentira. Hubo liberticidio en nuestro libertinaje. Quisimos amputar un brazo y gangrenamos el cuerpo entero.   

De ello saben mucho la historia y las bibliotecas. Como el hombre no puede borrar el pasado (ni tan siquiera un oficial de las SS), en mis sueños de locura ideé quemar todos los libros. Porque los abriese por donde los abriese, allí estaba yo. 

Estoy solo, sentado en un sofá frente a la chimenea del salón. Hace tiempo que nieva fuera. Dejo el escritorio y me dirijo a la librería. Con pulso indeciso repaso los lomos de las obras que esperan ser abiertas y así liberadas.

Soy yo el que salgo en el libro aquel, miren, ábranlo, en un retrato más que probable. «Era un hombre alto y delgado y llevaba un uniforme impecable que le sentaba perfectamente. ¡Qué contraste con nosotros, todos sucios y mugrientos después de tan largo viaje! Había adoptado una actitud de aparente descuido sujetándose el codo derecho con la mano izquierda. Ninguno de nosotros tenía la más remota idea del siniestro significado que se ocultaba tras aquel pequeño movimiento de su dedo que señalaba unas veces a la izquierda y otras a la derecha, pero sobre todo a la derecha»1.

Yo soy el que elegí la solución final para aquel Häftling que se miraba a un espejo y no se veía. Desnudo de párrafos, ya, con las páginas de su libro en blanco. «Este cuerpo, mi cuerpo, es ya un cadáver, ¿qué ha sido de mí? No soy más que una pequeña parte de una gran masa de carne humana… de una masa encerrada tras la alambrada de espinas, agolpada en unos cuantos barracones de tierra. Una masa de la cual día tras día va descomponiéndose un porcentaje porque ya no tiene vida»2.

Yo soy el que estuve con mi bata blanca en este otro best seller, página no sé cuántos y siguientes. «La noticia ha llegado, como siempre, rodeada de un halo de detalles contradictorios y recelos: esta misma mañana ha habido una selección en la enfermería; el porcentaje ha sido del siete, del treinta, del cincuenta por ciento del total de los enfermos. En Birkenau, la chimenea del crematorio humea desde hace diez días. Hay que hacerle sitio a una enorme expedición que va a llegar del ghetto de Posen. Los jóvenes dicen a los jóvenes que serán elegidos todos los viejos. Los sanos dicen a los sanos que solo serán elegidos los enfermos. Serán excluidos los especialistas. Serán excluidos los judíos alemanes. Serán excluidos los números bajos. Serás elegido tú. Seré excluido yo»3. 

Soy yo el Herr Offizier al que se dirigió aquel judío tan arrogante. «El niño, que iba agarrado al cuello del hombre, me miraba con ojos grandes y azules. Podía tener unos dos años. “Sé lo que hacen ustedes aquí —me dijo el hombre sin perder la calma—. Es una abominación. Solo quería desearle que sobreviva a esta guerra, pero para despertarse, dentro de veinte años, todas las noches dando alaridos. Espero que sea incapaz de mirar a sus hijos sin ver a los nuestros, a los que ha asesinado”»4.

Yo soy el guardián de aquella escena final. «“¡Basura! —berreaba Turek, con los ojos fuera de las órbitas—. ¡Arrástrate, judío!”. Le dio un golpe en la cabeza con el filo de la pala; al hombre se le partió el cráneo, que le roció a Turek las botas de sangre y de sesos; vi con toda claridad cómo un ojo salía despedido con el golpe y revoloteaba unos pasos más allá. Los hombres se reían»5.

Estoy solo, ya les dije. Vuelvo a sentarme en el sofá que hay frente a la chimenea del salón. Hace tiempo que nieva fuera. 

Odio todos estos copos. 

Odio todos estos libros.

Recuerdo la nieve de Ravensbrück. Físicamente, me refiero. El mayor campo de concentración de mujeres del Reich estaba enclavado a noventa kilómetros de Berlín y recibía a las presas con veinticinco grados bajo cero. Recuerdo la nieve, y también aquellos cuerpos tan pálidos que nos hicieron arder en el infierno.  

Me quemé en las carnes de alguna de aquellas fulanas que luego mandamos a Auschwitz o Bergen-Belsen. Desde marzo del 42 hasta el final de la guerra, más de doscientos coños y bocas trabajaron para que todo fluyera mejor, ustedes ya saben: así los presos producían más; así la tensión se aliviaba mejor; así el Reich combatía la homosexualidad. Mientras que en Ravensbrück unos cuantos probábamos el género antes de enviarlo a una decena de campos, en Berlín nuestras mujeres besaban en la frente a nuestros hijos, antes de rezar juntos la oración.  

—Hay que luchar contra el libertinaje —recuerdo que me dijo el Fürher la única que vez que hablé con él. Antes de escupir perdigones gritando algo de los invertidos. De las gitanas. De los Juden. De todo ese hedor.

Había que luchar contra el libertinaje. Y a nuestro modo lo hicimos.

Les practicamos abortos y experimentamos con inyecciones que les dejaban meses sin menstruación. Los bebés que acababan naciendo a pesar de todo eran automáticamente exterminados, ahogados en un cubo de agua, arrojados contra un muro o descoyuntados. 

¿Quieren que les hable más de la libertad? 

¿De verdad lo quieren?

(…)

A veces siento náuseas, no crean. 

Para un viejo nonagenario desdentado y con una Cruz de Hierro como la mía no es sencillo sentarse a escribir de esto. Ni tan siquiera en una Olympia alemana. Ni tan siquiera saltándome la prohibición del tabaco. Ni tan siquiera presuponiendo que ustedes creerán que exagero con la literatura.

Para un hombre recto no es fácil desempolvar aquello. 

Saber que estuve y lo que hice.

Mirar ahora a los nietos. 

A veces me viene la náusea, les decía. Y entonces toso durante varios minutos hasta que la flema sube sanguinolenta, poco a poco, desde el esófago hasta la boca. Como un pedazo de carne que fuera saliendo de las entrañas. Como algo que no hubiera terminado de tragar ni de sacar. 

A veces me viene la náusea; ya termino. 

No es por el tabaco. 

Es por esta pitillera de cuero. Siempre que me enciendo un cigarro lo recuerdo todo: está hecha con piel de judío.


Bibliografía y notas

Nunca Más. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas en Argentina.

Robert Sommer. El burdel del campo de concentración.

Monserrat Llor. «Supervivientes españolas en el infierno nazi». Diario El País. 

(1) y (2 ) Viktor E. Frankl. El hombre en busca de sentido.

(3) Primo Levi. Si esto es un hombre.

(4) y (5) Jonathan Littell. Las benévolas

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