Billie Jean King y Margaret Court Smith, de «la batalla de los sexos» a la lucha por la libertad sexual

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Billie Jean King en 1979 Foto Cordon Press
Billie Jean King en 1979. Foto: Cordon Press.

Bobby Riggs era un fanfarrón, un machista y un bocazas, de acuerdo. El problema era que también había sido el campeón de Wimbledon en 1939, la última edición antes de la II Guerra Mundial, conquistando de paso el título en las modalidades de dobles y de mixtos. No solo eso, sino que, casi treinta años después, en 1968, Riggs se dio el gusto de volver a pisar la hierba londinense para jugar el torneo de leyendas. Tenía cincuenta años y aún vivía de lo ganado en las casas de apuestas, cuando se jugó quinientos dólares a que era capaz de ganarlo todo en un mismo año… y acabó con un millón y medio de dólares en el banco.

Aquel torneo de 1968 fue el primero en muchísimo tiempo en contar con los mejores jugadores del mundo. El primero de la llamada Era Open, en la que jugadores amateurs y profesionales independientes o al servicio de promotores como Lamar Hunt, competían por fin entre sí. Un par de años antes de que se fundara la ATP como tal y los jugadores tomaran el mando de sus carreras. Esta absurda distinción entre amateurs y profesionales (los amateurs como Roy Emerson, Arthur Ashe y tantos otros cobraban por sus apariciones, pero bajo la mesa) le había costado unos cuantos grand slams al australiano Rod Laver, que se sacó la espina ese mismo año ganando su tercer Wimbledon. En 1969, conseguiría sumar el Grand Slam —Australia, Roland Garros, Wimbledon y US Open— en un solo año. Es el único profesional en haberlo conseguido. No volvió a ganar un solo grande en el resto de su carrera.

Por la victoria en Wimbledon 1968, Laver se llevó dos mil dólares. A la vencedora en el torneo femenino, la arrolladora Billie Jean King, que también ganó el dobles junto a su inseparable Rosie Casals, apenas le dieron setecientos cincuenta. No era de los torneos con mayor disparidad entre hombres y mujeres, pero aun así la diferencia resultaba insultante. Eran aquellos los tiempos en los que el circuito femenino no existía como tal. Nadie creía que las mujeres pudieran ser profesionales, que pudieran ganarse la vida por su cuenta como lo hacían los hombres, que pudieran encontrar un público y unos promotores que se gastaran su dinero en verlas servir y volear. Nadie, excepto algunas revolucionarias, la propia Billie Jean King entre ellas.

El primer torneo profesional femenino se celebró en Houston en 1970. Para ello, tuvieron que darse una serie de circunstancias improbables: de entrada, el coraje de un grupo de mujeres dispuestas a enfrentarse al esprit du temps y, lo más importante, a la ILTF, la Federación Internacional de Tenis, reguladora del deporte amateur. Después, la aparición de una figura carismática en la propia Billie Jean King y de dos personas dispuestas a arriesgar su tiempo y su dinero en una empresa en principio imposible: Gladys Heldman, la editora de la revista World Tennis, y su buen amigo, el empresario Joe Cullman, alto ejecutivo de la tabaquera Philip Morris.

Heldman había sido jugadora de joven, llegando a disputar Wimbledon y el US Open en 1954. Después, como les sucedió a tantas, llegó la maternidad y sus obligaciones. Desde World Tennis veía con horror cómo la ILTF se empeñaba en controlar algo que no le pertenecía. Entre Heldman y King dieron forma a un torneo en dos semanas, que llevaría el nombre de la marca de tabaco que Philip Morris intentaba introducir entre las mujeres, Virginia Slims. Su eslogan «You’ve come a long way, baby», venía a invitar a las mujeres a fumar como hombres después de tanto tiempo esperando la oportunidad. Sin el permiso de las autoridades federativas, las «nueve de Houston» —entre ellas, por supuesto King y Casals— firmaron un acuerdo profesional con World Tennis que las dejaba fuera del control de la ILTF. Su salario: un dólar. Nadie habría imaginado que, después de todo, la libertad fuera tan barata.

Bobby Riggs y el miedo a compartir el mismo dinero

Al Virginia Slims Invitational le siguió todo un circuito con el mismo nombre que duraría décadas. Las tenistas, resistiendo todo tipo de presiones, se juntaron en una asociación similar a la de los hombres, bajo las siglas WTA, cuya primera presidenta, como no podía ser de otra manera, fue Billie Jean King. A la lucha por el profesionalismo le siguió de inmediato la lucha por la igualdad en los premios. Ahí, la complacencia y el paternalismo se convirtieron en pura lucha de clases: ese dinero de más tendría que salir de algún lado y ese lado habría de ser el premio dedicado a los hombres. Muchos protestaron. ¿Por qué cobrar lo mismo que ellas si el público ha venido a vernos a nosotros?

Ahí es donde nos encontramos de nuevo a Bobby Riggs. Riggs, ya lo hemos dicho, era un machista y un bocazas… pero, sobre todo, ponía voz a lo que muchos de sus compañeros y excompañeros pensaban: las chicas empezaban a ser una amenaza. Mientras los chicos seguían con sus peleas con una Federación Internacional que se resistía a soltar la gallina de los huevos de oro, las chicas veían cómo los estadios se llenaban para verlas y cómo iba apareciendo savia nueva llamada a mantener la atención viva de un público nuevo. Después de años de guerra abierta entre Billie Jean King y Margaret Smith-Court, la aparición de dos estrellas como la australiana Evonne Goolagong y, sobre todo, la adolescente estadounidense, Chris Evert, aseguraba el relevo.

Riggs —y quien dice Riggs dice un estamento privilegiado en defensa de esos mismos privilegios— salió a la prensa a retar a King públicamente. Le pedía un partido, eso era todo. Ni siquiera un partido con las mismas reglas, sino un partido condescendiente, un partido en el que él tuviera un saque por los dos suyos, en el que ella tuviera más campo donde hacer botar la pelota que él. Un partido que fuera una pantomima, el juego que se concede a un niño aburrido para que lo pase bien un rato y luego se dé cuenta de su lugar, de su papel, de que no puede intentar competir con los mayores.

Una trampa, en definitiva. ¿Qué tenía que perder Bobby Riggs si perdía? Nada. ¿Qué tenía que perder Billie Jean King? Todo. Porque Riggs, o al menos eso vendía, se representaba a sí mismo. King representaba a todo un sexo, no ya su decencia, por así decirlo, su igualdad moral, sino su derecho a cobrar igual por igual trabajo. Su derecho a que se considerara ese trabajo a la misma altura que el de Laver, el de Rosewall, el de Newcombe, el de Ashe, el de Nastase, el del arrogante Connors…  King, la líder de la revolución, no podía poner todo un movimiento sobre sus hombros, sobre un mal día en el saque, sobre una volea que se escapa por un par de centímetros. Consciente del peligro, King se negó.

Ahora bien, Riggs no descansó hasta que no encontró a una rival a su altura. Una rival suficientemente mediática y con un palmarés suficientemente deslumbrante como para que la expresión «batalla de los sexos» tuviera sentido y como para que la prensa —y sobre todo la televisión— invirtiera minutos y minutos, millones y millones, en cubrir tamaño evento, el llamado a marcar el año 1973 en el mundo del tenis. Una rival como la australiana Margaret Smith-Court, quien no tuvo problema en decir que sí al encuentro cuando se le propuso porque para ella el tenis era tenis y no un campo de batalla reivindicativo. 

El ataque de ansiedad de Court; la aceptación forzada de King

Margaret Smith-Court seguía siendo la gran reina del tenis femenino, pese a su perfil mediático relativamente bajo. A sus treinta y un años, Court lo había ganado todo, se había retirado, había tenido un par de hijos, y había vuelto para ganarlo todo de nuevo. Para cuando se retiró definitivamente en 1977, la australiana había ganado veinticuatro títulos individuales de Grand Slam (incluyendo los cuatro en un mismo año, en 1970), diecinueve títulos en dobles y veintiuno en mixtos. En otras palabras, en su palmarés había acumulado sesenta y cuatro grandes.

Ese mismo 1973 en el que aceptaría enfrentarse a Riggs, se llevó Roland Garros, el US Open y el Open de Australia. Serían los últimos grand slams que ganaría a nivel individual. El partido se programó para el Día de la Madre en Estados Unidos, el segundo domingo de mayo, en este caso, el día 13. Lo que en principio se presentó como un simple partido de exhibición en Ramona, cerca de San Diego, California, acabó en un espectáculo con diez millones de espectadores por televisión y tres mil quinientos en las gradas, entre ellos O. J. Simpson, Bill Cosby y John Wayne, el encargado de entregar el jugoso premio al ganador o ganadora.

A Court se le vino el mundo encima cuando vio la expectación en torno al partido. No había contado con ello. La campeona de tantos y tantos títulos fue un manojo de nervios durante poco más de una hora, lo que tardó Riggs en destrozarla 6-2, 6-1, pese a las ventajas mencionadas. Al terminar el encuentro —o lo que fuera—, Riggs estaba eufórico. Había derrotado a la por entonces número dos del mundo, pero le quedaba la número uno. «Quiero a Billie Jean King», dijo a los medios. «Me enfrentaré con ella donde ella quiera: tierra batida, hierba, cemento… con patines si hace falta, sobre parqué si así lo cree oportuno. Quiero enfrentarme y derrotar a todas las campeonas de todos los países: Inglaterra, Francia, Checoslovaquia…».

La derrota de Court suponía un enorme problema para la credibilidad del tenis profesional femenino justo el año en el que la WTA por fin se ponía en marcha. No solo había perdido, sino que había perdido haciendo el ridículo ante un hombre de cincuenta y pico años. ¿Cómo pedir ahora los mismos premios, cómo convencer a los promotores de que el concepto Virginia Slims seguía siendo viable? King tenía que velar por su carrera y por la de todas sus compañeras, incluyendo a Court, a quien siempre criticaba que se beneficiaba de su lucha sin implicarse nunca en ella.

Ahora, la australiana la ponía en un papelón importante. No solo tenía que decir que sí al enfrentamiento con Riggs, sino que no podía permitirse otra derrota. Lo que antes se podía vender como el lógico ninguneo a un excéntrico, ahora se interpretaría como miedo desde la inferioridad, y King no había pasado por todo lo que había pasado para llegar a esto. Jugaría. El 20 de septiembre. El premio, reservado en su totalidad al ganador (o ganadora) del partido se cifró en cien mil dólares. Lo que pocos sabían es que King estaba pasando por un delicado, aunque feliz, momento personal. Demasiados frentes abiertos.

Los felices años con Marilyn Barnett

El mundo había descubierto a Billie Jean King cuando aún se llamaba Billie Jean Moffitt. Fue en una segunda ronda de Wimbledon, en 1962. Moffitt tenía tan solo dieciocho años y se enfrentaba a la campeona vigente, ni más ni menos que Margaret Smith, aún no casada con Barry Court. Nunca, jamás, la cabeza de serie número uno, exenta en la primera ronda, había perdido en su debut en el torneo. Moffitt, con su juego agresivo, su saque y volea constante, sus gafas enormes sobre un rostro huesudo, hizo historia: se impuso a la gran campeona 1-6, 6-3, 7-5. En su primera participación, llegaría hasta cuartos. En su segunda, en 1963, hasta la mismísima final. Del otro lado de la red, la inevitable Smith, lista para la revancha.

Smith, un año mayor que Moffitt, se impuso con solvencia (6-3, 6-4), iniciando una racha de nueve victorias consecutivas en una rivalidad que solo sería digna de ese nombre a partir de 1966, cuando Moffitt, ya casada con Larry King, de quien tomó el apellido y se ha negado a renunciar a él desde entonces, ganó el primero de sus seis Wimbledons y doce grand slams, la mitad que Court, de acuerdo, pero suficientes como para pasar a la historia. Ambas tenistas se detestaban: King odiaba el conservadurismo de la australiana, su empeño en que la religión y la familia estuvieran siempre en el primer plano.

Court, a su vez, odiaba a King. La veía como una chica sin clase, demasiado tosca, demasiado, como decirlo, masculina… Puede que Court supiera algo, porque en el trato del día a día se acaba sabiendo todo. Billie Jean, sí, se había casado completamente enamorada en 1965. Larry era el hombre de su vida… o eso creía ella. Por liberales que fueran los años sesenta, el lesbianismo seguía siendo visto como una atrocidad moral, condenada por la ley en numerosos países. Sí, se había avanzado —mínimamente— en la homosexualidad masculina, pero la femenina seguía siendo un tabú, inconcebible que la mujer no diera placer a un hombre sino a otra mujer.

King tuvo su primera relación seria con alguien de su mismo sexo en 1969. Una mezcla de felicidad y culpabilidad. Cuando se lo explicó a su marido, este pareció entenderlo. Acabó el affair y siguió el matrimonio: en 1971, Billie Jean descubrió que estaba embarazada. A los veintisiete años, parar para dedicarse a su bebé, hacer lo mismo que acababa de hacer Margaret con tanto entusiasmo, se le hizo un mundo. Aparte, es muy probable que no quisiera tener hijos. No, al menos, dentro de una relación que no parecía ir a ningún lado. King abortó, pero no lo supo nadie. Solo ella lo recordaría después en sus memorias.

El aborto fue traumático, como siempre lo es. King siguió como si nada: organizando el circuito Virginia Slims, manteniendo un matrimonio agonizante y luchando en la prensa contra todos los que le decían que no era posible avanzar. Por si eso fuera poco, ese año ganó el US Open y al año siguiente (1972) se impuso en Roland Garros, Wimbledon y Forest Hills. Aunque llegó a ganar en Kooyong —sede por entonces del Open de Australia, que se celebraba la última semana de diciembre— en 1968, Billie Jean no hizo el viaje ni en 1972 ni en 1973, lo que arruinó la posibilidad de completar los cuatro grandes en un mismo año.

En cualquier caso, 1972 no fue un gran año para King porque ganara muchos trofeos. Lo fue porque conoció el amor. Incondicional. Todo empezó con una visita al salón de belleza de Marilyn Barnett y acabó con la propia Marilyn como «secretaria personal», a nómina de King en sus viajes por el circuito. Su dama de compañía. Su amante. En verano de 1973, anunció a su marido la nueva relación, dejando claro esta vez que se había acabado todo contacto físico entre ellos. En este estado de continua agitación, se presentaba King a su duelo con Riggs. Ocultando a Marilyn y mostrándola a la vez a todo el mundo. Un mundo que no dejaba de mirarla con lupa.

Un pequeño paso para King, un gran paso para la WTA

El primer triunfo de King sobre Riggs llegó antes incluso del encuentro. Para su edición de 1973, disputada apenas un par de semanas antes de la segunda «Batalla de los sexos», el US Open aceptó que la ganadora del cuadro femenino cobrara lo mismo que el ganador del masculino, en este caso, John Newcombe. ¿Quién se benefició de esta gran victoria de la WTA, del inicio de lo que, progresivamente, se iría estableciendo como normal en los demás grandes torneos? Margaret Smith-Court, para enfado mayúsculo no solo de King sino de su grupo de compañeras batalladoras.

Es justo decir que Court era una tenista sublime, especialmente sobre la hierba australiana y la inglesa. También es justo advertir que siempre pudo dedicarse a ganar sin segundas preocupaciones, no como su gran rival. ¿Habría ganado el doble de grandes una respecto a la otra de haber compartido tareas burocráticas? Imposible saberlo. Negarlo sería pasar por alto un matiz muy importante. Afirmarlo, probablemente, sería de malas perdedoras. Lo que está claro es que King lo pensaba. Ahora, además, tenía que arreglar el problema en el que Court, con su ataque de pánico de mayo, había metido al circuito femenino. Tenía que ganar a Riggs.

«Creo que sería como retroceder cincuenta años, si pierdo este partido», manifestó King en una entrevista antes del enfrentamiento ante el extenista, jugador y showman de cincuenta y cinco años. Riggs estaba encantado. Nunca se había hablado tanto de él como se hablaría en 1973. Nunca ha sido tan fácil, de hecho, pasar a la historia. Para esta segunda edición de su espectáculo, Riggs había contratado el enorme Astrodome de Houston, había convencido a Salvador Dalí para que asistiera al partido, y a George Foreman, vigente campeón del mundo de los pesos pesados, para que sustituyera a John Wayne como encargado de entregar el cheque a quien se lo ganara. Como comentarista para los noventa millones de espectadores que vieron el partido en todo el mundo, el gran Howard Cosell, el rostro emblemático del deporte en televisión.

King venía de una dura derrota en tercera ronda del US Open, pero acababa de disputar el Virginia Slims Invitational y, por lo tanto, llegaba muy rodada —aunque quizá algo cansada— al partido. Tenía cierta lógica que lo que había empezado en Houston en 1970 acabara en Houston en 1973 y así fue: Riggs jugó un partido espantoso y King solo tuvo que mantener la compostura y jugar como una profesional —algo que no había hecho Court en mayo— para ganar fácilmente en tres sets: 6-4, 6-3, 6-3. Como el mal perder no entiende de sexos, la prensa insinuó que Riggs se había dejado ganar porque había apostado una gran cantidad de dinero en su contra. Por supuesto, el estadounidense lo negó.

La victoria de King tenía más de alivio que de otra cosa. La WTA funcionaba como un tiro, pero quedaba esa pequeña piedrecilla de la comparación en el camino. Como demuestra el gesto del US Open, lo más probable es que, incluso perdiendo contra un cincuentón, la igualdad en premios se hubiera mantenido en el futuro. La gente quería ver tenis femenino, especialmente en Estados Unidos. Quería ver a Court y a King, pero también a Goolagong, a Virginia Wade, a Chrissie Evert… el final de los prejuicios coincidía con el principio de una era dorada. Una era de rivalidades despiadadas y jugadoras superlativas.

De King y Court, a Evert y Navratilova

Como decíamos antes, el US Open de 1973 fue el último torneo del Grand Slam que ganó Margaret Smith-Court antes de retirarse en 1977. Billie Jean King aún tendría tiempo de ganar el US Open de 1974 y el torneo de Wimbledon de 1975 antes de decir adiós al tenis en 1983. Sus sucesoras estuvieron a la altura: en los diez años que separaron las dos «batallas de los sexos» y la retirada definitiva de King, Chris Evert ganó el US Open seis veces; Roland Garros, cinco; Wimbledon, tres, y el Open de Australia, una, en 1982, coincidiendo con una de sus escasas visitas al torneo. Su rival en la final fue la checa Martina Navratilova.

En esos mismos diez años, la propia Navratilova, cuya rivalidad con Evert fue aún mayor que la de King y Court, ganó ocho grandes (acabaría su carrera con dieciocho). De esos ocho triunfos, cinco llegaron con Chris Evert como rival en la final. En total, desde su primer enfrentamiento en Wimbledon 1978 hasta el último, en Roland Garros 1986, ambas se disputarían catorce grandes torneos: diez se los llevó Navratilova; cuatro se los llevó Evert.

Si Evert era «la novia de América», en lo que influyó mucho su compromiso nupcial —anulado a los pocos meses— con el otro gran tenista estadounidense de los setenta, Jimmy Connors, Navratilova era como una versión avanzada de King. Más fibrosa que la estadounidense, más talentosa, quizá, pero con la misma presencia arrolladora, la misma determinación en cada mirada y la misma orientación sexual. Navratilova no iba pregonando a los cuatro vientos que era lesbiana —«bisexual», en declaración al New York Daily News— pero tampoco lo ocultaba. En eso, también, los tiempos habían cambiado.

Porque el caso es que King no solo siguió casada hasta 1987 (y porque su nueva amante le exigió que se divorciara), sino que incluso en 1975, cuando llevaba ya tres años de romance con Marilyn Barnett, aún negaba en la revista Playboy su homosexualidad. De hecho, es imposible saber cuándo habría asumido públicamente su sexualidad si la propia Barnett no la hubiera hecho pública en 1981, cuando, tras acabar su relación, la llevó a juicio para intentar que se reconociera económicamente la compañía de tantos años. El juez dio la razón a King, Barnett intentó suicidarse y la opinión pública confirmó lo que llevaba tiempo sospechando.

El conflicto por la Margaret Court Arena

Desde entonces, King ha vivido su sexualidad sin tapujos, combinando su condición de leyenda con la de comentarista de televisión y capitana de Estados Unidos en la Copa Federación, llamada desde este mismo año, precisamente, Billie Jean King Cup. Durante años, su relación con Margaret Smith-Court había sido pacífica y agradable. Las dos simbolizan una época muy concreta del tenis femenino y el hacha de la rivalidad llevaba tiempo enterrado. Otra cosa es el de las costumbres. Sin el reconocimiento que quizá mereciera en el extranjero, Court es una leyenda en Australia. De hecho, las dos pistas principales del complejo de Melbourne llevan el nombre de sus dos grandes campeones: Rod Laver y Margaret Court.

Court, que ganó el Open de Australia en once ocasiones, no ha dejado que el tiempo modifique sus concepciones de la vida… y en eso se incluye, precisamente, una visión de la homosexualidad propia de los años en los que Billie Jean King tenía que esconderse. Pastora de la iglesia pentecostal, devota de la línea más dura de una visión obsoleta del cristianismo, Court declaró en 2018 su profundo disgusto ante el tenis femenino actual por estar «lleno de lesbianas», a la vez que mostraba su rechazo frontal a las uniones maritales entre personas del mismo sexo y calificar de «antinaturales» a las personas transgénero.

Las declaraciones, que tampoco eran algo nuevo en Court, despertaron una inmensa polémica y Billie Jean King fue de las primeras en salir a los medios para exigir que se retirara el nombre de Court de la segunda pista central de Melbourne, algo que sentó horriblemente mal a la australiana. Dos años más tarde, en 2020, John McEnroe y Martina Navratilova protagonizaron un acto reivindicativo, mostrando una pancarta enorme ante las cámaras que ponía «Evonne Goolagong Arena», para defender que el nombre de Margaret fuera eliminado no ya de la historia, sino, al menos, del presente.

Preguntada por el acto —duramente criticado por Tennis Australia, la organizadora del evento—, Billie Jean King dijo que «ella jamás habría participado» y que estaba dispuesta a rebajar el tono de sus críticas hacia Court… si ella demostraba un poco más de educación y respeto hacia la comunidad LGTBI. Casi cincuenta años después de sus divergencias acerca del futuro del tenis profesional femenino, casi sesenta años después de su primer enfrentamiento en Wimbledon, King y Court siguen siendo rivales fuera de la pista como lo fueron dentro. Ojalá no fuera así, pero la intolerancia es lo que tiene. Nadie va a convencer a un australiano de que Court no es la más grande de la historia. Nadie va a olvidar que tuvo que ser King la que levantó de la nada un circuito, una asociación y un dinero que no redundó solo en beneficio propio. Una perdió con Riggs y la otra ganó. Quizá lo más triste de todo es que eso es lo que quede en el imaginario colectivo, es decir, que a dos fabulosas mujeres se las siga valorando a propósito de un hombre, por lo demás, tremendamente vulgar.

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One Comment

  1. Miráis mucho a EEUU, lo logros de EEUU, las luchas de EEUU, etc.
    ¿Para cuándo un artículo que toque más a lo nuestro? Por ejemplo, la persecución a Xabi Alonso.

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