Charles Bovary por Jean Améry: impugnando a Flaubert en el año del bicentenario

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Jean Améry Charles Bovary
Jean Améry. (DP)

Los doscientos años del nacimiento del autor de Madame Bovary se celebran aquí señalando la grieta descubierta en su realismo por el escritor austriaco —que prefirió ser belga— Jean Améry. A esa grieta, por donde se cuela una profunda reflexión filosófica, le dedicó Charles Bovary, médico rural, su última novela antes de preferir morir.

«El mundo de un gran escritor es, en efecto, una democracia mágica donde incluso el personaje más secundario, el más efímero (…) tiene derecho a vivir y a evolucionar». Esto escribe Vladimir Nabokov en su Curso de Literatura europea para despedir el ensayo que dedica a Casa Desolada, de Charles Dickens. Le sigue, en la versión de Ediciones B, el que el crítico ruso dedicó a Madame Bovary y, como si hubiera estado esperando ese momento y esas palabras, el ninguneado y ridiculizado marido de Emma da un puñetazo en la mesa, se levanta contra Flaubert y reivindica para sí mismo otra lectura; o lo que viene siendo lo mismo en este caso, otra forma de vida literaria. La consigue. Se la regala Jean Améry cuando en 1977 escribe Charles Bovary, médico rural para decirle cuatro cosas a su admirado/odiado autor.   

Améry, ese camorrista de la literatura

Pero antes de las acusaciones, merece la pena detenerse en la extraña figura de Jean Améry (1912-1978). No es muy infrecuente en la historia de la literatura que alguien se fije en un personaje de otra obra, de otro autor, de otra época, para hacerlo vivir nuevas aventuras. Lo que sí es más raro es dejarlo donde estaba e intentar darle otra voz u otra perspectiva. Y lo que sí es rarísimo —y por eso tan interesante— es meterse con el canon para decirle a uno de sus tótems que ya le vale. Ese es Jean Améry, el que nació en Viena en 1912 con un nombre, Hans Meier, que no quiso y en un país que tampoco quiso (salvo para ir a suicidarse). A la hora de la escritura, Améry espera el momento y actúa cuando siente de forma irrefrenable que tiene que entrar en acción… porque ya está bien.

El tardío ensayo sobre la tortura y su paso por los campos de exterminio nazis, que lo consagró en el contexto de la literatura del nazismo, apareció en 1966, cuando en Alemania se hablaba de mirar hacia delante, de olvido y perdón. Más allá de la culpa y la expiación se publicó porque Améry había leído Si esto es un hombre y pensaba que Levi había llevado demasiado lejos su intento de comprensión y que ya le vale. Se publicó cuando vio a Hannah Arendt defender su tesis sobre la banalidad del mal y piensa que ya le vale, que ya está bien. Améry se sentó entonces, se remangó y arregló sus cuentas en los libros. Es un camorrista de la literatura y, en este caso, quiere vérselas con Flaubert (con Sartre también) para decirles que no hay derecho a tratar de esa manera a Charles Bovary. 

Un personaje contra su autor: el «J’accuse!» de Charles Bovary

«Este es un cargante, un pesado sin atractivo, inteligencia ni cultura, y con toda una serie de ideas y hábitos convencionales. Es un filisteo; pero es también un ser humano patético». Ahí la descripción de Nabokov. Es verdad. Flaubert detesta a este personaje de la peor manera que se puede detestar a alguien en la vida y en la literatura; no mirándolo, no observándolo, no prestándole atención ni un segundo a su existencia o presencia. Extrañándose incluso ante estas. Flaubert lo coloca en su obra solo porque le interesa el brillo de Emma y Emma brilla más al lado de un hombre ridículo, torpe, nulo, nada. Y sin embargo esta ridícula nulidad que pinta Flaubert sí tiene algo, su amor por Emma, un tesoro que Flaubert desprecia a mayor gloria de su obra y de su dama inmortal. Es posible que Charles Bovary sea una nulidad, pero es una nulidad que ama, que sabe y quiere amar y no puede porque su creador le ha tapado la boca, o mejor, no le ha dado boca por la que hablar. Améry, que lleva en su piel el recuerdo de la mordaza y las sogas que le torturaron, Améry en su no querer y no saber distinguir qué está en los libros y qué en la vida, coloca ante los jueces al personaje y le suelta la lengua para que pronuncie su particular «J’accuse. Lo hace en el capítulo final de Charles Bovary, médico rural.

He sufrido una injusticia que reclama a gritos venganza, la cual exijo en nombre de los derechos del hombre y del burgués (…), rebelándome ante la falta realidad del texto escrito. 

Je vous accuse, monsieur Flaubert!

Le acuso porque ha hecho de mí un estúpido incapaz de unir passion et vertu, pasión y virtud.

(…) Le acuso de haber roto el pacto que antes de ponerse a narrar mi historia había hecho con la realidad (…).

Le denuncio porque como insulso ermitaño ha dirigido su atención solo hacia sus palabras  y hacia su melodía, y no ha mirado con la mirada de un ser humano compasivo.

Liberté: usted me la ha negado.

Egalité: usted no toleraba que yo, el pequeñísimo burgués, fuese similar al gran burgués Gustave Flaubert.

Fraternité: Usted no ha querido ser mi hermano en la desgracia (…). Ante el tribunal del mundo elevo mi protesta por la despreciable indiferencia con la que al final se ha deshecho de mí. 

Por si a estas alturas no estuviera claro, no se trata de hacer de menos al monstruo literario que fue Flaubert ni a su radiante Madame Bovary. Se trata de subrayar el gesto audaz de otro autor al que, cuando la ficción se le cruzaba con la realidad, inventaba un mundo, un género nuevo en cada obra. Si en Más allá de la culpa o la expiación se puso a él mismo en el centro de la reflexión inventando algo que se podría definir como autoensayo, ahora un personaje de novela se encarna para ejercer en su monólogo la crítica literaria que le permitirá autodeterminarse y liberarse, lo que da de lleno en el terreno de la filosofía. Y es que no hay una sola acusación en esta obra sino dos: la primera se juega en terreno literario y es la de Charles Bovary contra Flaubert. La segunda es filosófica y es un ajuste de cuentas personal de Améry con Sartre. 

Este había sido una figura seguida y admirada por Améry, una especie de rescatador a cuya criatura filosófica, el existencialismo, se había agarrado como a una tabla de salvación. En Años de andanzas nada magistrales lo cuenta: «Pero dado que no era nada, gracias a la libertad sartreana podía hacerlo todo. Y dado que podía ser todo, también quería serlo. El existencialismo (…) se convirtió en mi filosofía personal del hambre de vida que me invadió, socavándome, después de tantas muertes, de tantas resurrecciones provisionales». Lo sigue siempre, pero no es un incondicional. Es testigo de su decadencia física, de la que da cuenta en su ensayo sobre el envejecer, y en Charles Bovary, médico rural desliza cierto reproche moral: no le perdona que en su detenido estudio sobre Flaubert, el mamotreto titulado El idiota de la familia, Sartre arremeta fascinado contra el autor al que acusa de torturador de sus personajes olvidándose de estos como víctimas, como seres humanos, obviando y negando el  existencialismo y negándoles el más mínimo humanismo. Ya te vale, Jean-Paul Sartre…

Y hace lo que hace siempre: Améry posa su mirada en la víctima sobre todas las víctimas de la novela, Charles Bovary, y lo rescata por creer y defender más y mejor incluso que su inventor, que el existencialismo es un humanismo, que cada ser humano se autodetermina a sí mismo y en virtud de sus propias decisiones puede llegar a ser lo que no es. ¿O no es una reivindicación existencialista la que hace Charles Bovary en su J’ccuse final cuando se declara «más de lo que era, igual que cada ser humano que, día tras día, hora tras hora, enfrentándose a los demás y al mundo, sale de sí mismo para negar lo que era y llegar a ser lo que será»? El autor de El ser y la nada no lo hubiera dicho mejor.  

«Quiero que…»: determinación y autodeterminación de Charles Bovary 

«Quiero que sea sepultada con el vestido de novia, los zapatos blancos y la corona nupcial. El cabello esparcido sobre los hombros. Tres cajas (…)». Así, dando instrucciones contundentes, mandando como si fuera Napoleón en plena batalla, hace hablar Jean Améry a Charles Bovary al comienzo de su obra. Son las mismas palabras, ¡las mismas!, que se leen en la obra de Flaubert, pero hay alguna diferencia porque el personaje de Flaubert no las dice, las escribe en la soledad de su cuarto y no se dirige a nadie sino que se retira sollozante, se esconde para hacerlo. Un cambio de escena que lo cambia todo. Así es como se comprende que el contenido no es, en realidad, lo esencial sino que lo decisivo es la forma. Améry respeta escrupulosamente el contenido con el que Flaubert ha rellenado su personaje, pero le cambia radicalmente el tono.

Sí, también el Charles de Améry reconoce que no tenía nada que ofrecer a su amada. Quel pauvre homme!, repite. Ridiculus sum, pero no se detiene las muchas páginas de Flaubert en los ejemplos que lo corroboran. Améry formula su propia acusación y se hace cargo de ella, la asume para tomar carrerilla y ser otro, ser una persona distinta capaz de afirmarse y autoafirmarse como buena criatura existencialista. «¿Qué sabías de mí?», le pregunta a su difunda esposa. «Emma. Ven, mírame: soy otro desde el momento que la tierra ha cubierto las tres cajas (…), ¡finalmente soy digno de ti!». Por desgracia, para una nueva vida juntos, es demasiado tarde.

¿Qué hace entonces Charles Bovary, en un trasunto delicioso de Jean Améry? Se rebela contra el tiempo, contra las leyes naturales, contra todos los dioses y demonios que le impiden devolver a la vida a su amada. Es algo impensable en la obra de Flaubert, que hace sonreír a los habituales lectores de Améry porque lo reconocen cuando Charles Bovary dice desafiante: «Las leyes de la naturaleza. ¿Quién puede afirmar su valor con certeza? ¿Quién las garantiza? ¿Homais?», escribe mencionando con sorna al mediocre y próspero boticario. Ese es (y lo es mucho) Jean Améry, quien cierra su ensayo Revuelta y resignación impugnando esas las leyes naturales del envejecimiento y hasta la misma muerte: «Envejeciendo, en fin, tenemos que vivir con el morir: una pretensión escandalosa, una humillación sin par que encajamos no con humildad, sino como humillados». 

Honor y venganza (y, además, buenas palabras) 

La nueva vida que Améry regala a su querido personaje tiene incluso una vertiente justiciera: «Que desaparezcan del mundo los amantes que te amaron demasiado bien y demasiado mal, pues ninguno de ellos te apoyó en tu último sufrimiento. Que un disparo rompa el aire y destroce vuestras cabezas». En esta dramatización fantasiosa de Madame Bovary, Charles se venga de los amantes de su mujer: «el médico rural exige su indemnización». Lo hace por él, pero también lo hace por ella a quienes sus amantes osaron herirla o abandonarla. Le hicieron sufrir, por tanto, y eso no lo permitirá el nuevo y brioso Charles que les reprocha: «¿Dónde estabais, gentil Léon, viril monsieur Rodolphe, cuando su piel se volvió azul y negra (…)? ¿Dónde estaba vuestro amor?».  Les recrimina también ser capaces de rehacer sus vidas y lo que él ya no será capaz de hacer nunca más; volver a amar, a estar con una mujer que siempre será cualquier mujer después de haber conocido a Emma. 

Con todo, como en la construcción del Charles Bovary épico que hace Améry no caben nunca simplezas, nada es nunca blanco o negro, el marido de Emma tiene también palabras de agradecimiento para sus rivales: los amantes de su esposa le habían mostrado cómo llegar adonde él no pudo llegar. Y lo habían hecho en detalle: «Los otros me han enseñado lo que hay que hacer y susurrar, fuera en el jardín, en la ancha cama del hotel de Boulogne (…). Gentil petit Léon, viril Monsieur Rodolphe, me habéis enseñado, pero demasiado tarde, así que no fue culpa vuestra, ni suya ni mía». ¿A quién apunta entonces el Charles de Améry? Tu cortaplumas, Gustave Flaubert, y oui y merci, todo demasiado exiguo y mezquino. 

La poca realidad del realismo

El libro lo componen seis capítulos. Cuatro de ellos son monólogos y dos, ensayos dedicados al estudio y la crítica del realismo. El titulado La realidad de Gustave Flaubert empieza así: ¿Qué se podría hacer para que del pantano de los enigmas, al que parece arrojada de mala manera, emerja la realidad del pobre Charles Bovary, un hombre privado de todo (…)?». Y empieza una enumeración que podría ser infinita porque, en realidad, la tesis de Améry es que de lo que se le ha privado a Charles es de su realidad. Y quien lo ha hecho, además, pasa por ser de los autores que figuran con honores en la orla del realismo literario.

¿Qué ha pasado aquí? Améry expone una situación a modo de ejemplo: el médico rural se encuentra con la supuesta profesora de piano de Emma, le habla de su mujer, pero esta niega conocerla. Emma se pone nerviosa, quiere enseñarle los recibos de las clases, pero no los encuentra. ¡No pasa nada!, viene a decirle su marido; que no se preocupe por los recibos y que quizá haya dos profesoras de piano en la ciudad con el mismo nombre. Ya te vale, Gustave Flaubert… «No. ¡No es posible —escribe Améry—, no se lo cree nadie, el narrador ha tenido una mala inspiración, como en tantas otras ocasiones!». Entonces pasa algo muy bonito: Améry va a buscarlo, hace de sí mismo, desconfía de la ley natural, y escribe: «Si llamamos con unos golpes en su lápida, Gustave Flaubert no responde». Parece que está extrañado de que no comparezca desde el reino de los muertos, de modo que el austriaco reconvertido en belga responde por Flaubert y otorga al personaje de Charles Bovary una nueva vida, un realismo que lo haga tan épico como lo fue Emma. 

En el segundo ensayo, titulado La realidad de Charles Bovary, Améry sigue su indagación sobre el realismo. Aclara que para él la obra de Flaubert es «a pesar de las objeciones hasta aquí presentadas, una incomparable obra maestra realista. Quedaría explicar el porqué». Es realista porque su autor es un escrupuloso cronista de la realidad cuando describe episodios como los comicios agrícolas de Yonville o el banquete de bodas de Charles y Emma; es realista cuando replica la verborrea seudocientífica plagada de lugares comunes del boticario Homais; y es realista también cuando se mete en la piel y en las ensoñaciones de Emma y las narra de manera vibrante, verdadera.

¿Cuándo no es realista Flaubert? En cuanto aparece Charles Bovary, el realismo de su obra claudica, baja los brazos. Améry reprocha: «La realidad del médico rural era superior a cuanto su creador estaba dispuesto a concederle». Sin voluntad, sin libertad, sin realidad si quiera, la fatalidad es el único y básico mimbre con el que Flaubert teje el personaje de Charles: ni pensamiento ni sentimiento le otorgó. Ya te vale, Gustave Flaubert. Con la obra de Améry, Charles Bovary se levanta de sus cenizas y de su tumba y se adueña de su destino, el personaje plano crece en todas las dimensiones porque así «esta realidad puede ser inventada de nuevo, a nuestro placer, incluso si se corre el riesgo de suscitar malhumor». ¿Conocería Jean Améry los versos de Machado? Porque si se cambia verdad por realidad…

Se miente más de la cuenta
por falta de fantasía:
también la verdad se inventa.

Ser alguien: alguien que ama

Qué distintos Charles Bovary en las obras de Flaubert y de Améry y, sin embargo, si hay que definir quién es o qué hace la descripción coincidirá en un único punto: Charles Bovary es alguien que ama. En la obra del francés, el sometimiento a la autoridad del destino, de la fatalidad, su moral y realidad inexistentes hacen que pase por alto las traiciones y los cuchicheos a los que es impermeable. No lo dice y menos se reivindica, pero en la profundidad de su silencio ridículo y risible a ojos de los demás Charles Bovary es el que ama. En la obra de Améry, Charles llega incluso a celebrar las traiciones y caprichos de Emma, si es que eso le ha procurado unos instantes de felicidad a su mujer. Los celebra hasta encontrar es ese regocijo un punto morboso: ¿Cómo eras mientras consumías tu dejeuner au champagne (…)? Ante los vecinos reivindica una Emma que era buena madre y a los ojos del mundo la exime de toda culpa en razón del amor porque… «allá donde ella fuese surgía el amor. Porque ella era amor aunque esto, en el fondo del alma, tan solo lo sé yo, yo, para quien ella hizo de la tierra un paraíso». Pues bien, basta ya de saberlo solo él. En el texto de Améry, delante de todos, delante del mundo —que es lo que encarna el juez en un juicio— Charles se reivindica como el amante de la amada. Sí, Gustave Flaubert, ahí va un último reproche: «¿Por qué no me ha otorgado el derecho de ser lo que auténticamente era: l’amant de la amante, cuya pasión podría haber espantado los pájaros de la cabeza de la bella (…)?, si usted me hubiera dado siquiera la oportunidad, qué digo, si solo hubiese usted mirado frente a frente a la realidad, donde le désir educa a la humanidad en el plaisir. Yo era el amante de la amada. Yo…». 

Es verdad que Charles Bovary, médico rural ha ayudado a esa rehabilitación pública o literaria del magnífico personaje que quería ser y no fue. Pero es verdad también que el magnífico personaje estaba ahí ya agazapado y silencioso en el correr de las páginas de Madame Bovary. Solo había que mirarlo con ojos atentos para rescatarlo. Volviendo al mencionado Curso de literatura europea con el que se abría este artículo, Nabokov, también lo hizo y lo redimió aunque no escribiera un libro en su defensa como Améry. También Nabokov señala en Charles algo que contradice todas las informaciones que sobre él da Flaubert, algo que no es convencional ni habitual: su amor puro. Charles Bovary ama a su esposa como nadie, aunque ella se empeñe, en vano, en buscar en otros ese amor: «De modo que tenemos aquí la grata paradoja del cuento de hadas de Flaubert: la persona más insulsa e inepta del libro es la única a quien redime ese algo divino que hay en el amor omnipotente, misericordioso e inquebrantable que profesa a Emma, tanto viva como muerta».

Coda: Jean Améry y la construcción de un personaje

Jean Améry no nació en Viena, como dicen las enciclopedias, en 1912. Allí nació Hans Maier, el aprendiz de intelectual, el que luchó contra el nazismo y fue arrestado, el que pasó por los campos de concentración, el torturado. Améry nació después en Bélgica, donde eligió vivir. Allí eligió también un nuevo nombre que sería el del escritor que conocemos. Es el nombre con el que Améry se crea a sí mismo. A partir de ahí, la estrecha relación que siempre mantuvo con los libros y con los personajes de los libros desaparece porque se asimila, ya será todo lo mismo. Él es autor y protagonista siempre tanto de su vida como de sus obras. Sin distinción. Lo es hasta las últimas dramáticas consecuencias que lo llevan a suicidarse en un hotel de Salzburgo después de haber escrito Levantar la mano contra uno mismo. Discurso sobre la muerte voluntaria. En la completísima biografía sobre Améry de Irene Heidelberg-Leonard —publicada por Universidad de Valencia— se cuenta lo que el autor le respondió a un estudiante que, habiéndose leído dicho ensayo le preguntó por qué no se había quitado la vida: «un poco de paciencia», respondió. 

En la versión de Pre-textos de Charles Bovary, médico rural, recoge la catedrática Marisa Siguán en su texto introductorio un fragmento del ensayo Una vida con libros altamente revelador: «El trato con libros a lo largo de la vida es fundamentalmente, si intento analizarlo, un trato con seres humanos (…). En Normandía, adonde voy a menudo, encuentro en un pueblo miserable las huellas de los pies de Emma Bovary. Illiers es Combray. Si alguna vez fuera a Moscú indudablemente sentiría de forma intensiva la presencia fantasmal de Raskolnikov. El mundo subjetivo de todo lector está habitado no solo por las personas que ha conocido en la vida real, sino por las criaturas de la literatura (…). Por supuesto hay que añadir que todos los aquí enumerados y tras ellos los innumerables no nombrados tienen un grado de realidad mucho más elevado que muchas personas que se nos han presentado en carne y hueso a lo largo de nuestra vida». 

El libro que Améry dedicó a la otra realidad de Charles Bovary fue el último que publicó, pero no el último que planteó. Ese fue Rendez-vouz in Oudenaarde, un homenaje decidido, explícito e inacabado a la literatura. En el borrador un hombre recibe en sueños la visita de su mujer, que murió muy joven: quiere reunirse con él en esa localidad belga. Se pone en marcha, pero por el camino lo entretienen una fantasmagórica galería de personajes en los que se han trasmutado, entre otros, los Hans Castorp de Mann, el Werther de Goethe y donde no falta Emma Bovary, con quien se acuesta. Va tarde, deprisa y la policía lo persigue. Al final llega y ve a su mujer que lo espera sonriente, pero no llega a alcanzarla porque le disparan por detrás y cae. Su último pensamiento, el título del relato del danés Jens Peter Jacobsen: Un disparo en la niebla.  

No fue con un revólver sino con un montón de pastillas con lo que Améry se quitó la vida en octubre de 1978. Se acabó la carne, pero su personaje vive en sus libros y recuerda que leer es re-crear, dar vida: «El médico rural pertenece a cada uno de nosotros. Lo que era evidente para todos. ¿Qué salida dio al final a lo que los demás habían hecho de él? Paciencia. Enseguida diremos la última palabra». Y es que, efectivamente, la última palabra en literatura siempre está por decir. 

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