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‘Belfast’: la luz en el conflicto de Irlanda del Norte

Belfast. Imagen: Universal Pictures.
Belfast. Imagen: Universal Pictures.

Ahora que Belfast, el retrato de la infancia de Kenneth Branagh, llega a las pantallas, muchas críticas han establecido comparaciones entre esta película y la Roma de Alfonso Cuarón o el Fue la mano de Dios de Paolo Sorrentino, obras que recrean las niñeces de sus firmantes con algún que otro altibajo.

Sin embargo, es posible que una de las referencias que no deje de asaltarnos mientras vemos este filme en blanco y negro —y qué limpio y luminoso es el Belfast de los 60 de Branagh en blanco y negro frente a la suciedad real y gris de esa década en Irlanda del Norte— es otra infancia interrumpida en medio de una guerra civil, la del inolvidable Moncho de La lengua de las mariposas. En ese caso, José Luis Cuerda entretejía la infantil ternura de su protagonista con la crueldad que se palpaba en el entorno, impregnado de una violencia latente que ascendía, sutil pero firme, hasta que explotaba en una desgarradora escena final.

En Belfast, Branagh quiere hacer algo parecido, reclamar su infancia en unos tiempos pervertidos por la adultez más intransigente, pero decide que la explosión sea el punto de partida. En una magistral secuencia inicial, un tal Buddy es reclamado a gritos por su madre para ir a cenar y el mensaje pasa de vecino en vecino, a lo largo de varias calles, hasta que aterriza en el receptor, un rubio de nueve años que se defiende de sus contrincantes blandiendo una espada de madera y protegiéndose con un escudo hecho con la tapa de un cubo de la basura. Cuando Buddy, alter ego del director, regresa a casa corriendo, saludando a todos como si el barrio fuese el pueblo de La Bella y la Bestia, aterriza de lleno en el asalto de unos guerrilleros protestantes a las residencias de los católicos que viven en su calle, cócteles molotov mediante. Branagh parece prometer aquí, mientras la cámara gira alrededor del chiquillo, noventa y ocho minutos de una colisión constante entre la inocencia más pura y la violencia más absurda. Pero es una batalla, la de esas dos formas de ver el mundo, que se desvanece, una promesa incumplida. Sí, a lo largo del metraje hay escaramuzas entre protestantes y católicos, sí, hay violencia en el trasfondo, sí, hay amenazas y chantajes. Pero el volumen del contexto está demasiado bajo.

La película se llama Belfast, pero en realidad el espacio de la narración está delimitado por un puñado de localizaciones: el hogar infantil en el que Buddy vive con su madre (Caitriona Balfe), su hermano mayor (que, pobre, tiene nula presencia en la trama) y un padre ausente que les visita pero que trabaja en Inglaterra (Jamie Dornan); la casa de sus abuelos (adorables y sabios Judi Dench y Ciarán Hinds); el colegio (en el que saca buenas notas para impresionar a la niña que le gusta) y el cine (tabla de salvación del niño como después sería, junto al teatro, salvación del propio autor). Estos son los cuatro vértices de un universo en el que, de vez en cuando, irrumpe la violencia de la ciudad. Pero no es la ciudad lo que vemos, sino un entorno idealizado que evita que el público sienta como urgente la decisión que apremia a los protagonistas, aquella que se nos presenta ya desde el inicio: ¿deben mudarse a Inglaterra, lugar desconocido pero seguro, o quedarse en la que dicen violenta Irlanda del Norte?

Branagh, relatándose a sí mismo, elige el punto de vista infantil para narrar los hechos, un punto de vista ajeno a lo que sucede. Y esa lejanía le perjudica. Da la sensación de que el director espera que sea el público quien venga con la lección aprendida, y que comprenda, según lo que ha conocido previamente, las ramificaciones de todo lo que ocurre alrededor de Buddy, aunque él no lo haga. Es una asunción equívoca. Si el espectador desconoce el contexto histórico de Irlanda del Norte en 1969, no entenderá la premura de las decisiones que el relato obliga a tomar —parece haber tensiones en el ambiente, pero casi más con el fisco que con los violentos—. Si, por el contrario, conoce los hechos en toda su crudeza, los verá pobremente reflejados, desdibujados, indefinidos. ¿De verdad lo peor que pueden hacer los violentos es asaltar un supermercado? Al final, sabemos todo lo malo que les puede ocurrir a los personajes pero no porque ocurra, sino porque lo hemos visto anteriormente.

Belfast. Imagen: Universal Pictures.
Belfast. Imagen: Universal Pictures.

El problema tampoco es que el conflicto de Irlanda del Norte parezca más pequeños en la mente de Buddy que en la realidad. Si eso es lo que él ve, adelante. El problema es que eso que se oculta, la violencia, se supone que es un factor esencial para el desarrollo de la trama. Branagh nos dice: «Esto es MUY importante, pero no os lo voy a enseñar, así que tenéis que creerme cuando os digo que es MUY importante». Quiere mostrarnos la historia desde sus ojos infantiles, pero sin darnos la información suficiente para entenderla. No se pueden hacer ambas cosas. El punto de vista no se elige por gusto, sino por conveniencia para la historia.

Al evitar enfocar lo desagradable, Branagh evoca su infancia como le da la gana. Y eso puede estar muy bien para mantener el recuerdo de unos años felices, pero a la hora de plasmar en pantalla la contradicción entre su propia felicidad con el destino al que le abocó el entorno en el que vivía, falta una parte del conflicto. Y lo peor es que la primera secuencia auguraba precisamente lo contrario.

Es tan grande el empeño de Branagh por exponer el encanto de su Belfast natal que hace comprensible la postura materna, esa mujer permanentemente retratada en picados angustiosos, abriendo cartas sentada en la escalera, pagando deudas, enfrentándose a los violentos, que no se quiere ir. Balfe, una señora curtida en viajes en el tiempo y guerras escocesas en Outlander, mira a Jamie Dornan, el chaval del que se enamoró en la adolescencia, y le dice: «¿Cómo voy a huir siguiéndote a ti, si todo lo que me sostiene a mí, que es lo que sostiene a esta familia, está aquí? ¿Dónde está ese peligro? No lo veo, no lo huelo, no lo siento. Lo único que percibo es la protección de un entorno que tú no me ofreces». En realidad, el sentimiento que produce el filme es análogo a la afabilidad del personaje paterno, un hombre que, al elegir quedarse en los márgenes, amparándose en la tolerancia, acaba tomando decisiones por inercia.

Belfast es un intento agradable, digno e incluso bonito, de ir más allá de la brutalidad de esos años. Además, se beneficia de la expresividad de un protagonista, Jude Hill, que se come la cámara y que maneja con soltura los diálogos, un crío bueno, ilusionado, sin un ápice de picardía. Pero igual de inocente que su protagonista es el tratamiento que se hace de uno de los períodos más sangrientos de la segunda mitad del siglo XX en Europa. No se blanquea, sino que Branagh, como superviviente, o bien lo recuerda así o prefiere hacerlo. No sé si el mejor adjetivo que se le puede dar a una historia sobre el conflicto de Irlanda del Norte es que sea «amable». Que el peso de la memoria de su creador triunfe sobre el poder que tendría el haberse internado en lo sucio del trasfondo, contraponiéndolo de verdad a la luminosidad de su protagonista, le resta fuerza a una historia que, por sus contrastes, podría haber sido mucho más visceral, rompedora y compleja.

Belfast. Imagen: Universal Pictures.
Belfast. Imagen: Universal Pictures.

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4 Comentarios

  1. Agente Smith

    No hay palabras para describir lo hasta las pelotas que estoy de directores pedorros que quieren que nos dejemos los cuartos en taquilla para que nos cuenten su triste infancia: Branagh, Bergman, Godard, Almodóvar, Trueba, Allen, la próxima de Spielberg… Algunos incluso nos la cuentan más de una vez (¡hola, Pedro!)… Aburren hasta a las ovejas.

    • Ya somos dos hasta los cojones…con ésta película sólo agregaría que es un bodrio plano, soso, que desaprovecha miserablemente un momento de la historia de Irlanda tan importante con un relato tan pueril…el señor Branagh no es un gran actor, y por lo visto aquí por fin confirma que es un mal director, guionista, etc….

      • rayvictory

        Menos mal. Pensé que estaba solo pensando que había sufrido un bodrio infumable.
        Y es la primera vez que recuerdo espectadores marcharse del cine antes del final de la película (reconozco que no soy cinéfilo, todo hay que decirlo, y que voy poco por las salas, pero me chocó ese hecho).

    • Deberias tomarte ya medio kilo de pentobarbital sodico, asi entrarías en el nirvana

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