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Un antojo (y 2)

un antojo (2)
Misiones, Argentina, 2017. Fotografía: Gabriel Sotelo / Getty.

Viene de «Un antojo (1)».

Después, a fines de enero, me fui de vacaciones con Diego a Córdoba. Hacía cinco años que no tomaba vacaciones, ni siquiera descansos cortos. Había decidido hacerlo en mayo de 2020, y pasó lo que se sabe: pandemia. 

Al volver de Junín sentí una sed rara: necesitaba más piscina, más parque, más libros. Me hubiera gustado ir a la Mesopotamia, a Misiones, una provincia roja y caliente. Estuvimos con Diego por última vez hace años, en diciembre. Encontramos un club de pescadores en un pueblo donde se organizaba la cena de fin de año. Había parrilla, había piscina y había río. Nos pareció un gran plan. Reservamos dos lugares, volvimos al hotel, nos duchamos, nos pusimos ropa buena y volvimos al club a las nueve. El asado estaba atrasadísimo. La comida llegó casi a medianoche, cuando ya estábamos borrachos. Como a los demás, no nos importó. Comimos, brindamos, bailamos. Habíamos llevado una botella de champán así que, mientras todos seguían festejando, bajamos a la playa y bebimos hasta que salió el sol.

Seguimos viaje al día siguiente hacia lo profundo de la selva, en el centro de la provincia. Llegamos a la hora de la siesta a un pueblo cuyo nombre no recuerdo, y vimos un cartel que anunciaba «Serpentario». Tocamos timbre. Salió un hombre descomunal con gafas de sol y el pelo atado en una coleta. Nos comunicó el valor de la entrada, nos dio indicaciones. Teníamos que ingresar por una puerta contigua, una voz grabada nos hablaría sobre las víboras y nos indicaría el camino. Pagamos. Nos indicó la puerta y se fue. Abrimos. Al otro lado había una sala asfixiante que, de pronto, quedó a oscuras. Comenzó a sonar una música estruendosa y una voz explicó lo que íbamos a ver: yararás, cascabeles, cobras, corales. En todo caso, mucho veneno. Cuando la grabación terminó, se abrió una puerta con un bufido neumático y nos encegueció la luz del sol.

Al otro lado, bajo lo que recuerdo como un toldo y que seguramente era otra cosa, había peceras. Torres, pilas, edificios de peceras donde vivían las víboras. Las peceras estaban sucias, las víboras adormecidas. Algunas de las tapas estaban corridas y Diego dijo: «Mirá dónde pisás». La posibilidad de que hubiera víboras sueltas parecía alta. Yo estaba fascinada por el horror. Podía ser la casa de un asesino serial y, nosotros, dos incautos que por divertirse iban a terminar despellejados. Nadie en el mundo sabía que estábamos ahí. Había un olor picante, mezcla de calor, víboras, vidrios calientes, polvo. Al final, no pasó nada. Salimos por el otro extremo y nos metimos en el auto, que había quedado al sol y era un incendio. Esa tarde paramos en un hotel de los años sesenta, hermoso y decadente, aireado y fresco, y dormimos una siesta larga de la que nos despertó el canto de las ranas. 

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