
«Un antojo», dice la editora. «Escribe un antojo». Yo no escribo antojos.
Allá vamos.
***
El verano en el Cono Sur se extiende desde diciembre y hasta febrero. En diciembre de 2020 estuve en la casa de mi padre, que vive en Junín, la ciudad en la que nací, a 250 kilómetros de Buenos Aires, la ciudad en la que vivo. Debido a la pandemia no lo veía desde el año anterior. Compartimos la Navidad y el Año Nuevo y lo pasé bien. Después, a fines de enero, me fui de vacaciones a la provincia de Córdoba. En febrero volví a Buenos Aires y me puse a hacer lo que había hecho a lo largo del año: escribir.
***
Apunte tomado en una libreta, fechado en agosto: «Todo conduce al mismo sitio. La escritura». Es el único apunte de todo 2020.
***
Cuando digo que el verano en el Cono Sur se extiende desde diciembre y hasta febrero, miento, porque el verano empieza el 21 de diciembre y termina el 20 de marzo. Pero antes y después de esas fechas la temperatura baja de los treinta grados, y eso para mí no es verano sino otra cosa, una parcela climática en la que hay que usar medias, zapatos cerrados, un abrigo que en mi caso nunca es liviano. A veces pienso que soy friolenta porque mi madre me abrigaba demasiado cuando era chica. Los abrigos de mi infancia, en los setenta, consistían en diversas capas de lana y paño: un suéter de lana bajo un saco de lana, todo cubierto por un tapado de paño. No había ropa inteligente, las chaquetas de pluma eran un lujo, y el efecto final era el de estar aplastada por capas ásperas y resecas. Siempre quise tener un suéter rojo con ochos enormes en el frente. Creo que no lo tuve nunca, aunque a veces me sobrevienen recuerdos falsos de estar con un suéter así, aferrada a una muñeca enorme sobre la caja de una camioneta marca Rastrojero.
Tuvimos varias de esas camionetas. Funcionaban con gasoil, la caja era de madera, el traqueteo se escuchaba desde lejos y para mí estaba asociado a la felicidad: era el ruido que se escuchaba cuando mi padre se acercaba a casa, después del trabajo. Las usábamos unos años y luego íbamos con la camioneta vieja a Venado Tuerto, en la provincia de Santa Fe, la vendíamos y, en la misma concesionaria, comprábamos una nueva con la que regresábamos. Esos viajes los hacíamos solos, mi padre y yo. Una vez le pregunté por qué me llevaba con él —Venado Tuerto queda a 150 kilómetros de Junín, por entonces un pueblo de veinte mil habitantes y no la ciudad de cien mil que es ahora—, y me dijo que yo era su amuleto para que la compra saliera bien. ¿Una compra puede salir mal? No sé. Tengo pocos recuerdos de mi trabajo como amuleto: el aburrimiento en la concesionaria mientras los adultos firmaban los papeles, el olor a nuevo de la cabina, los asientos cubiertos por un plástico transparente.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Leila
gracias por tu artículo, de parte de un fruto extraño que te disfruta leyendo y se sintió interpelado por tu conferencia sobre el periodismo y cómo fue tu juventud, con otra edad ya, con otra profesión, con más de la mitad del lago nadado, pérdida la vista de la orilla que partí y vislumbrando ya en la lejanía la meta de destino.
Escribe de manera maravillosa, señora. Siempre un placer enorme leerla. Con ligereza y liviandad los suéter, los sacos, la lana y hasta diría sus fantasías de niña toman una entrañable corporeidad, están ahí, al alcance de la mano. Una perla para la literatura rioplatense. Muchísimas gracias. También a JD. Lo que sigue no es un reproche, faltaría más, solo que me ha hecho recordar la otra Patagonia, la menos conocida donde nací, aquella que no es solo los lagos, rios con truchas y montañas que se visten de blanco casi todo el año, hay otra, hacia el Este para ser más preciso, que se opone a la avidez del Atlántico feroz y su viento, con pampa sin límite ondulante y vegetación de espinillos huraños, sin rastros de faros, acantilados trágicos, soledad tan fría que de prepo te das cuenta de que estás hecho de huesos, y sobretodo gaviotas desconfiadas que te miran con un solo ojo; de vez en cuando una liebre de prisa, un guanaco seráfico, un carancho quieto allá arriba, y no es que se vean siempre las focas, lobos marinos y cetáceos, exclusividad para turistas bien abrigados, solo los aristocráticos y pobres pingüinos en un alto de sus caminos; hay otra decía, de lomas que a veces son cerros, viento que cuando soplaba de rabia arrancaba guijarros golpeando las casas de chapa; arenilla y canto rodado de una tierra que al principio era fondo marino; lo único dulce pero difícil de hallar: el calafate redondo y morado, y todo bajo un cielo celeste que más puro era imposible, sin nubes, por lo tanto profundo gracias al viento que no les daba tregua, con mis viejos tomando mate allá abajo. A mi pueblo, bautizado no con nombre de “preclaros varones que hicieron la patria” pues en el fin del mundo no habia tantos, le tocó la urgencia y el pragmatismo del petróleo: según el pozo y a cuántos kilómetros distaba del puerto más cercano, Kilómetro Cinco, Kilómetro Siete, etc. etc. El mío era el Veintisiete, un nombre sin gracia, burocrático y árido, pero en el cual a la fuerza fui feliz soñando que un día me aventuraria con mi perro a cruzar el Atlántico.