
Allí todo estaba helado, incluso el ruido. (Veinte mil leguas de viaje submarino, Julio Verne).
«Llegué a la conclusión de que todo el poema es una sola estrofa, única e indivisible. O, para ser más exacto, no una estrofa, sino una figura cristalográfica, es decir, un cuerpo», escribe Ósip Mandelstam en su Coloquio sobre Dante.
Y los cuerpos habitan el cuerpo de la Comedia. Para empezar, el de Dante, que percibe el cansancio, el miedo, el asombro, jadea, se desmaya, sueña.
La pulsión narrativa y el pulso poético palpitan al mismo ritmo en la Comedia dantesca. El verso canta y relata, nombra el espacio y el tiempo, dibuja los personajes y los encuentros, mientras compone el triple itinerario: lingüístico, moral, intelectual. Dante bajará al Infierno (en aquel descensum ad inferos que dialoga con el Libro VI de la Eneida de Virgilio, su maestro y su guía en el viaje), subirá a la montaña del Purgatorio y ascenderá —finalmente— a los cielos del Paraíso, en la doble posición de autor (auctor) y de personaje (agens). Y la experiencia de su aventura ultraterrenal vibrará en todo momento, tanto en la arquitectura del poema como en los escenarios de la narración.
Tras cruzar la puerta del Infierno —que lapidaria, definitiva, abre el tercer canto—, el poeta accede al «aire sin estrellas», a un espacio físico, intelectual y moral separado del mundo de los vivos, eso es, «secreto» (del latín secretus, participio del verbo secernere, es decir: «apartar, ocultar»). La lengua, aquí, es otra, está hecha de lamentos, de gritos, de dolor, y el verso precisa una inversión, un cambio de tono que el vocabulario dantesco recoge y amplifica. Construye primero el espacio sonoro para introducir, después, la percepción visual, difuminada por la oscuridad que se impone en el aire, envuelve el cuerpo y los sentidos del poeta y se instala en las capas del poema, cuyos sentidos —sus direcciones y significaciones— encarnan el dinamismo del viaje.
Y Dante personaje, ante todo, llora.
En una de sus rimas había utilizado la expresión «cuerpo frío» para sugerir el efecto de las lágrimas como reacción a la frialdad de la mujer amada. Estas lágrimas nuevas, en aquel mundo secreto, inauguran la soberanía del frío, en todos sus estados, en la eternidad de la noche infernal. Caronte ahora traslada a las almas hacia la «eterna tiniebla de perpetuo fuego y hielo» (III, v. 87).
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Fantástico
Gracias por el artículo. Es buenísimo.
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