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Jordi Amat: «El 1 de octubre de 2017 fue extrañísimo: el día que constaté que yo no era uno de los míos»

 

Jordi Amat para Jot Down

Posee cierto aspecto de veterano de colegio mayor y un verbo que fluye sin pausa, al compás de la lluvia que cae sobre Las Palmas. Sus padres regentaban tiendas de discos, pero los libros iban a imponerse en su vida para siempre. Jordi Amat (Barcelona, 1978) orientó muy pronto su trayectoria profesional hacia el género biográfico, debutando con Luis Cernuda (Fuerza de soledad, 2002), asomándose luego a personajes como Ramon Trias Fargas o Josep Maria Vilaseca Marcet, para acabar atreviéndose con la cuestión catalana en El llarg procés (2015) y con la lucha contra la dictadura en La primavera de Múnich. Esperanza y fracaso de una transición democrática (2016), entre otros títulos. Sus últimos libros son El hijo del chófer (2020), sobre el controvertido periodista Alfons Quintá, y Vencer el miedo (2022) sobre el poeta Gabriel Ferrater.

Aprovechando su paso por las Converses Formentor, celebradas este año en el hotel Santa Catalina de la ciudad canaria y prolongadas por culpa del huracán que obligó a cancelar docenas de vuelos, Jot Down conversó con Amat sobre muchos de los temas que ha venido abordando en su obra sin sospechar que, apenas unos días después del encuentro, se abriría una profunda crisis en el seno de la Generalitat de Catalunya.

A lo largo de su obra ha abordado a figuras muy distintas. ¿Qué tiene que tener un personaje para atraer su atención hasta el punto de querer escribir sobre él?

No me hagas preguntas que nunca me había planteado, por favor [risas]. Improviso: me interesan personajes que son más o menos convencionales, pero cuyas vidas me permiten explicar mejor mi sociedad. La posibilidad de contar un mundo a través de un individuo es algo que me fascina como proyecto intelectual. Incluso episodios que ya se habían contado de una determinada, los miras desde otro punto de vista y cambian por completo. Si me permites ser digresivo, el otro día me tocó escribir sobre la muerte de Gorbachov y no tenía nada que decir, así que fui a los archivos donde podía encontrar la pepita de oro que los otros no han visto. Estuve mirando el archivo de Felipe González y veo una conversación alucinante pocas semanas antes de golpe de Estado que aborta Boris Yeltsin. ¿Qué hacía González en Moscú? Pues inauguraba un curso de la Complutense de Madrid sobre la transición española, pensando quizá que podíamos enseñarle algo a los rusos para hacer su transición. Lo mejor es que el presidente de esos cursos era Mario Conde. Y este tipo de cosas me fascinan, intentar descubrir lo que hay detrás, mostrar la otra cara… Eso es lo que me gusta hacer.

Quienes intentan reconstruir la vida de alguien se encuentran siempre con espacios en blanco, grietas sin datos para rellenarlas. ¿Cómo hace usted para que parezca que no hay esos huecos?

Los papeles que pueden encontrarse, en general los encuentro, pero nunca hay suficientes para contar completa una vida. Y ahí está la artesanía del biógrafo. Hay una descripción de Bourdieu de las trampas de la biografía: él habla de la ilusión biográfica para poder contar una vida a pesar de que nunca llegues a tenerlo todo. A mí esa idea de ilusión no me parece mala, entiendo que es un ejercicio artificioso, y casi siempre se consigue el material suficiente para construir una identidad narrativa. Cuando crees que tienes esa identidad, de alguna manera estás soldando las fisuras, pero es artificioso, reconstruyes en función de lo que tienes e intentas que lo que te falta no imposibilite tu reconstrucción.

¿Por qué hemos tenido tanto tiempo en España la idea de que no éramos país para biógrafos, que nunca llegaríamos al nivel de los británicos, por ejemplo?

Ha dejado de ser cierto. Yo intenté hacer la tesis sobre el género de la biografía en España, y fracasé. En la literatura europea hay autores hacen narrativa con las herramientas de la biografía, como Stefan Zweig, y quería saber si ese modelo se había replicado con éxito en las literaturas españolas. Y mi conclusión fue que no: había habido intentos, pero no se había conseguido. Una condición inicial para que eso sea posible es que haya una tradición de estudios biográficos que permita un acercamiento narrativo a los personajes. Si tienes veinticinco libros sobre Fouché, cuando llega Zweig lo tiene más fácil. Eso no ha existido tanto en la cultura española por mil teorías. Una importantes, en primer lugar, es que es un género sin prestigio académico, por tanto un autor natural de una biografía es un profesor estudiando un personaje de su disciplina; y luego no hay un mercado suficiente para lo que vale hacer una investigación biográfica. Las que tienen una dimensión internacional, como un Lorca o un Franco, ya están escritas. Y si echas mano de instituciones que conservan la memoria del individuo, limitan la libertad del biógrafo. Dicho esto, yo creo que disponemos de biografías solventes de personajes relevantes de la historia española que no teníamos. Me formé con Anna Caballé y habíamos hablado mucho de eso y ahora estamos en una fase de normalización que impide el tópico.

Jordi Amat para Jot Down

Cuando escribe sobre el «contubernio» de Múnich, hace la crónica de un fracaso, pero, ¿no fue también la demostración de que algunos fracasos que no son estériles, que siembran semillas que germinan al final? En aquel caso, ¿valió la pena?

Sí, el objetivo era: vamos a reconstruir el episodio del «contubernio» entendiéndolo en la lógica de la oposición democrática de aquel momento y de las batallas de la guerra fría intelectual. Las buenas gentes de Múnich fracasan en su empeño, pero ese ejercicio de reconciliación, con todos sus momentos de tensiones, eran de alguna manera una semilla democratizadora que finalmente floreció. Ese ejemplo estuvo presente en algunos de los que hicieron la transición efectiva, y tenían presente la moción que aprobaron en Múnich en junio del 62, sobre que España no podía ser europea si no podía ser democrática, de modo que nuestro espacio natural nos obligaba a construir una democracia donde la reconciliación de facto se hubiera producido. Así que lo prefigurado en Múnich fue lo que ocurrió.

Lo cierto es que a los actores de aquel encuentro no han sido reivindicados, en algunos casos, hasta que su libro apareció.

El problema es que ese es un legado ejemplar no reivindicado por la democracia española. Y eso es un problema, porque conviene tener bien identificados a los referentes de memoria que te constituyen como democracia. En la presentación que hicimos en la Residencia de Estudiantes de Madrid hubo algunos momentos emocionantes. Había hijos de los monárquicos liberales que habían estado después confinados en Canarias, y me sorprendió —por prejuicio mío— que gente con una estética como del PP loara la oposición democrática al franquismo. Les pregunté si habían tenido un reconocimiento del Estado, y me dijeron que no. Me pareció significativo de la carencia de una cultura democrática que no enfrenta, sino que reconcilia.

Hablando de su libro El llarg procés, creo que alguien le dijo algo así como que debía buscarse un guardaespaldas. Era una exageración, ¿no?

[Risas] Era una exageración. Recuerdo que fue el crítico de La Vanguardia que firmó la reseña me mandó un correo diciéndome «cómprate un chaleco antibalas». Cuando salió la edición catalana del libro, creo que en 2015, era un momento de tensión en múltiples aspectos, también en la comprensión del pasado y el lugar que estaban ocupando los intelectuales, que ya entonces habían abdicado como conciencia crítica de una sociedad, incluso para la parte que estaban apoyando, y que no hicieron las preguntas pertinentes para sumarse a un movimiento que era fascinante, visto desde la distancia.

Pero esa falta de conciencia crítica implicó una fe de la ciudadanía no desmentida por los políticos, al contrario, que nos ha instalado en un clima de frustración; y después, intentar decirlo podía generar episodios de incomodidad. No fue agradable para nadie, creo. Tiendo a pensar que, al margen de tener una militancia independentista muy fuerte, incluso mucha de la gente que leyó el libro con suspicacia, ahora ya no lo haría de la misma manera.

Como ciudadano, ¿cómo vivió ese periodo tan caliente? ¿Había a su alrededor una atmósfera especialmente enrarecida?

En el periodo en que escribí el libro, creo que no. Por diversos motivos, por tradición familiar, por clase social, por los espacios donde me había educado y socializado, era un prototipo perfecto de alguien que debía pensar su país en clave pujolista. Desde la perspectiva del mundo del que vengo, ese libro tenía aspectos de traición fuerte. Y no tenía vocación de traidor, simplemente quería dotarme de una explicación para entender qué estaba ocurriendo, porque no era fácil. Desde entonces, lo que escribo sobre Cataluña es leído con suspicacia, y no dejará de ser así. Podría ser incómodo, pero finalmente los lectores lo han premiado. Lo difícil era no quedar engullido por los bloques, lo que es una tentación fácil, porque cuando refuerzas el discurso de un bloque, este te abraza. Y eso es agradable. La escritura del libro no fue incómoda, pero a partir del lanzamiento y del titular de la edición catalana El País en la entrevista que me hicieron, yo dejé de escribir lo que estaba previsto que escribiera.

Jordi Amat para Jot Down

¿Llegó a verse alterada su vida cotidiana?

Tanto como eso no, al contrario. Dudo que sin el libro yo hubiese empezado a escribir opinión. Yo era un señor que se dedicaba a escribir reseñas, un historiador de la cultura fuera de la academia, y empecé a hacer opinión a partir de entonces, y eso desembocó en un libro breve, La conjura de los irresponsables, donde al final sí está la tristeza por vivir lo que ocurría en 2017. El 1 de octubre fue extrañísimo, el día en que constaté que yo ya no era uno de los míos, sin que se produjera una expulsión. Verlo desprendía energía cívica, ¿eh? Recuerdo una canción de Raimon que dice aquello de «quien ha sentido la libertad tiene más fuerza para vivir». Esa gente lo experimentó, y fue una fuerza transformadora. No poderla compartir fue jodido. No eran momentos para la ecuanimidad, pero ahora, pensando en la actitud que tuve entonces, estoy razonablemente satisfecho.

En La conjura… usted hacía una llamada a la equidistancia. Desde esa centralidad, ¿veía mejor en qué se equivocaban los extremos?

Creo que incluso los implicados sabían que los otros tenían sus razones. He acabado pensando que lo que consiguió el independentismo el 1 de octubre fue una cosa extrañísima, que no volveremos a vivir. Para mí hubo dos días significativos, uno a nivel personal y otro colectivo. Uno fue el día de la estampida de las grandes empresas catalanas que cambiaron su sede fiscal. Yo había intentado decir en el grupo de WhatsApp familiar «bueno, está claro que esto va mal», pero la respuesta fue «va mal, pero es para que vaya mejor». Y yo pensaba: «Pero es que no va a ir mejor». Y después, el 8 de octubre, un día que cambia muchas cosas en Cataluña, el de la manifestación constitucionalista por adjetivarla de alguna manera, con mi mujer y mis hijos queríamos ir a comer cerca del mar y no pudimos cruzar. Nunca había visto una manifestación importante con banderas españolas en Barcelona. Entendí que lo que no habían visto los míos era que, formulando la pregunta sobre la soberanía, estaban preguntando por la identidad. La pregunta no era en qué país quieres vivir, sino tú qué eres. Y una vez has formulado esa pregunta es muy difícil volver atrás, porque ya la has respondido. Es muy interesante que en los diarios/memorias de Puigdemont no se consigne que se ha producido la manifestación. Es perfectamente detallista en todos los sucesos, pero eso no lo vio. No vio que en Cataluña había mucha gente que hizo algo que nunca habría pensado que tenía que hacer, coger por primera vez una bandera española para salir a las calles de Barcelona. Esa gente no quería haber salido, pero como les preguntaron, tuvo que salir. No verlo fue un error, en buena medida solucionado porque no se han producido más episodios de confrontación identitaria.

Y el otro bloque, ¿qué no vio?

La otra parte se negó a ver que había problemas institucionales mal resueltos, que estamos sufriendo aún. El poder del Estado que asume la resolución del conflicto creo que es el judicial, muy claramente, y además fue explícito en la última intervención de Lesmes, inteligentísima y muy inquietante a un tiempo, en la apertura del año judicial, cuando manifiesta que «nosotros acabamos con el procés». Y a la vez estaba respondiendo a instancias internacionales que son críticas con el tipo penal que se usó para neutralizarlos políticamente. Eso se hizo mal, y más tarde o más pronto habrá un reconocimiento de que allí se creó un nudo que sigue sin resolverse, dada la derrota que sufrió el independentismo. El Estado central ganó con cierta facilidad, pero hay consecuencias de ese proceso que no han sido resueltas.

Recuerdo que en las librerías de Barcelona, en los momentos álgidos de la confrontación, podían verse mesas enteras de libros sobre el asunto. ¿Qué quedará de todo eso?

Hay seiscientos o setecientos libros sobre el procés, están indexados. Yo creo que el procés fue el principal agente de deforestación de España, y de alguna manera se retroalimentaban, era fascinante y completamente estéril. Yo creo que uno de los problemas que tiene el periodismo en Cataluña ahora es que se acostumbró a unas dosis crecientes de emoción política, y ahora que todo es tan aburrido… Bueno, hay un libro titulado 2017, de David Jiménez, el columnista de El Mundo, tipo muy inteligente, que habla del momento en que hay una especie de traición catalana al desarrollo autonómico que implicaba que no se tirarían al monte, es decir, que no habría una quiebra del marco constitucional. Creo que tiene razón, pero hay algo no resuelto también en el diseño originario de la España territorial del 78, que pensaba que el sentimiento de nacionalidad quedaría resuelto. Ahí hay una parte del pacto que queda frustrado, y eso es un problema de fondo no resuelto. La excepción vasca, constitucionalizada, introduce una asimetría que desde el punto de vista de las otras nacionalidades constituye un problema, por qué ellos sí y nosotros no, y en ese modelo no se pensaba algo que ha ocurrido, la capacidad de fagocitación de poder que ha tenido Madrid no solo en términos institucionales, que ya estaban, sino económicos y demográficos. Eso ha alterado los equilibrios de una manera, a día de hoy, estructural. El horizonte territorial al que se iba en el 78 no es al que hemos llegado. Y la percepción mayoritaria en el caso catalán es que eso no era lo que esperábamos.

Jordi Amat para Jot Down

¿Y en algún momento llegó a considerar la posibilidad de que el sueño del independentismo se hiciera realidad, o nunca lo vio factible?

Creo que no, aunque tampoco lo hubiese visto como una tragedia. Soy un catalán feliz de ser español, pero ser catalán y español no son las cosas más importantes de mi vida, honestamente. Y me parece muy razonable que haya gente para la que sí lo es, ¿eh? Pero no, no tuve la sensación de que más allá de la intensidad emocional pudiese haber una modificación seria de las cosas. Lo que sí parecía probable era que esa tensión pudiera desembocar en cosas más graves. Por desgracia, un tipo perdió un ojo en una carga policial, pero la paradoja catana es que en ese momento de escenificación de la ruptura, los altercados fueron mucho menores que los que vivimos en 2019, tras la sentencia de los políticos del procés. Pero entonces ya era una violencia básicamente interna, de manifestantes contra mossos d’esquadra. Eso habla bastante de una cierta gestión de la frustración, intensificada con un discurso antipolítico muy fuerte, por parte de la gente que se siente engañada. Desde mi punto de vista es que se dejaron engañar. Ahora sabemos que los políticos estaban engañando, porque prometieron una cosa que no tenían la fuerza suficiente para hacer, pero un ciudadano adulto también tiene la responsabilidad cívica de informarse para saber que lo están engañando. La no asunción de esto, la falta de juicio crítico, se ha vuelto una frustración que no sabemos hasta qué punto es amplia, pero que no existía antes.

En Largo proceso, amargo sueño se ocupaba de los intelectuales orgánicos que ayudaron a cimentar la fantasía independentista. Pero, ¿vio a muchos subirse al carro interesadamente durante el procés?

El procés tuvo sus intelectuales orgánicos, por supuesto. Pero si la pregunta es si fueron de manera cínica o por cálculo, yo diría que mayoritariamente no. No sabría decir si en alguno pesó más eso que la convicción, pero no me parece un problema que un tipo que construya opinión quiera ser un intelectual orgánico, que pongas tu capital intelectual al servicio de un proyecto político en el que crees, y consideres que en ese momento es mejor asfaltar la autopista para que la gente vaya a toda pastilla hacia una meta, aunque sepas que eso es problemático, en lugar de cuestionarlo. Pienso que al procés le faltó cinismo, de hecho. Y en la historia del catalanismo político esa es una de las taras, que no haya un pragmatismo para comprender cuál es la naturaleza real del poder. Para bajar a lo concreto, uno de los problemas mayores que hubo, una de las causas que explican el estado de fantasía política, tiene que ver con el desconocimiento preocupante de una parte de la clase política y de la clase intelectual de lo que es Madrid como centro de poder y la cultura española. Ahí hay un prejuicio de superioridad que se paga carísimo y forma parte de una idea de que nosotros somos más europeos y mejores. Si no te das cuenta de ese cambio de rasante en la evolución de la cultura política española, es que no has salido de un sistema cultural que tiene la capacidad de ser auténticamente autosuficiente a pesar de tener una dimensión tan pequeña. De modo que no había cinismo, había ignorancia.

Pasemos a hablar de Alfons Quintá, protagonista de su libro El hijo del chófer. Es un ensayo sobre el monstruo, pero sobre todo sobre el poder que engendra el monstruo, ¿no?

Mira, a Quintá yo no lo conocía, nunca me habría interesado, tenía previsto entrevistarlo y lo que me interesó fue que se convirtió en un asesino. Lo acojonante es que muchas de las personas que lo conocían no se sorprendieron ante esto. Quise explicar la trayectoria de un malvado que había formado parte de determinados círculos, y a pesar de haber denunciado el caso de Banca Catalana había sido el primer director de TV3. Esa era la idea primera, y recuerdo una conversación con Félix Janés, historiador del arte, en la que me dijo: «Ya sé lo que piensas, que Quintá es un monstruo y que la transición española fue modélica. Pero Quintá se explica porque la transición fue monstruosa». Yo creo que todas las transiciones lo son, y ese día hice un cambio de chip. Pasé a pensar cómo era posible que, si la gente sabía que era un potencial asesino, cómo pudo un tipo de esa naturaleza convertirse en el periodista catalán más importante de la transición. A medida que el libro iba creciendo, y que tenía a los espejos de Quintá y de Pujol reflejándose tantas veces, empecé a preguntarme qué posibilita que las víctimas se conviertan en cómplices. El libro siempre da una visión espectral del poder, pero con el poder muchas veces las cosas cambian para bien. Lo que sí está claro es que las placas tectónicas del poder español se movieron entonces, y eso tiene algo de brutal y monstruoso.

Hay un momento en el libro que me reveló qué es el verdadero poder: cuando Pujol no solo no aplasta a Quintá, que tanto le ha molestado, sino que lo acoge y le da trabajo. 

Pujol lo atrae, lo neutraliza como enemigo y lo incorpora, porque Pujol sabe que es lo suficientemente monstruoso como para que, si trabaja a su favor, le sea muy útil. Y lo fue. De entrada la gente no quería hablarme de Quintá: «Tú, que eres un chico ordenado y serio, ¿por qué te dedicas a alguien tan asqueroso?». Hasta que se produjo el milagro del confinamiento, y de repente la gente tenía mucho tiempo, y quería hablar. Una persona, Antonio Franco, que fue director de El Periódico de Cataluña y quien creó la delegación catalana de El País, me reconstruyó las horas en que comunica a Quintá que no será director de El País de Cataluña, y como al poco se reúne Quintá con Pujol. Ese era el momento, el interrogante pendiente de responder, comprendí cómo operaba la vulnerabilidad de Quintá, sus ganas de herir a quien le había herido, y la enorme inteligencia política de Pujol, que sabía que ese tipo al que había herido podía ser su mejor cómplice. Fue alguien que entendió la lógica del poder, hasta el punto de que llevó tanto tiempo el anillo que Mordor le devoró.

Jordi Amat para Jot Down

¿Cree que, sin necesidad de asesinar a su mujer, hay muchos Quintá por ahí, en los medios de comunicación o en la política, sin ir más lejos? Me refiero a maltratadores a los que el sistema ampara y a veces, hasta premia.

Leí una columna de una periodista que respeto mucho, pero a la que no conozco, Lucía Méndez, que a propósito de mi libro decía: «Todos hemos conocido a muchos Quintás». Si lo dice ella, debe ser verdad. Ahora estoy leyendo el libro que Sergio del Molino dedica a Felipe González, y a la mitad hay una escena acojonante: Felipe pasa unos días en Panamá, en casa del dictador, con García Márquez. Hay una demanda creciente por parte del progresismo latinoamericano sobre la hermana de Salvador Allende, se habla de hacer un manifiesto, hasta que el tipo dice: «Yo llamo a Pinochet, de poder a poder». Y parece que en esa conversación Felipe le dice al mandatario panameño: «Si tú te aflojas, te aflojan. No puedes mostrarte como alguien vulnerable. Si el poder detecta que lo eres, acaba contigo». Eso me lleva a pensar que un político que tenga que tomar decisiones duras se sitúa necesariamente más allá de la moral. Somos sujetos morales, pero la dinámica del poder se mueve en otra dimensión, y cuando la miramos desde nuestra perspectiva constatamos que su ejercicio puede llevarte a conductas inequívocamente condenables. Esa naturaleza fáustica es la que permite que se hagan cosas para bien, también. El anillo puede salvar a la comunidad. Pero puede destruir también a quien lo lleva.

Acabamos con Gabriel Ferrater, a quien dedica su último ensayo. ¿Es el poeta la prueba de que una revolución estética puede tener un alcance insospechado, transformar la sociedad en que vive? Lo pregunto en un momento en que parece que la poesía, más que nunca, es un elemento decorativo, pero escasamente transformador…    

El libro se publicó a principios de abril, en la previa de Sant Jordi. Yo estaba firmando libros y vino un matrimonio de sesenta años que se plantó delante y la mujer le dijo al marido, ¿se lo dices? Se decidieron y me contaron que la primera vez que hicieron el amor fue después de leer un poema de Ferrater. Me pareció precioso, y desde aquel día tengo el libro de Ferrater en la mesita de noche [risas]. Conté esa anécdota en un artículo, y de repente vi que había mucha gente que tenía experiencias similares con la poesía de Ferrater. Es acojonante que seas capaz de introducirte en la intimidad de una vida a través de los versos. Sabemos los libros que vendió Ferrater, y no fueron muchos, pero para muchos lectores es determinante. A mí me pasó cuando hace veinte años publiqué la biografía de Luis Cernuda, esa poesía me cambió. Básicamente, lo que Cernuda consiguió fue disolver muros de represión, no en el caso de la sexualidad, pero sí de enjuiciar tu circunstancia. Y creo que Ferrater, en la cultura catalana, tuvo un papel muy similar. Los dos alteraron la dicción del verso, incluso de la manera de entrar con más intensidad en la conciencia del lector. Ferrater es un caso extraño porque empieza a escribir muy tarde, escribe sobre el deseo cuando apenas ha tenido una relación, disolvió la moral católica no por la vía ideológica, sino literaria, chutando autenticidad vital a los lectores. Ese es un ejercicio de autenticidad que transformó vidas.

¿Por qué cree que le cuesta tanto al lector español hacer suyos a un Riba, a un Vinyoli o a un Ferrater?

En las Converses de Formentor, Marta Rebón afirmaba que ahora mismo es un reducto pensar la literatura en clave nacional. Yo creo que es un reduccionismo, pero siempre la pensamos en clave nacional. Establecemos una relación de proximidad con nuestra lengua, y esa lengua y esa literatura son la base de una cultura nacional. No me gusta que sea así, pero es así. Que el poeta sea un conciudadano del mismo Estado no implica necesariamente que forme parte de la cultura a la que te sientes más vinculado. Yo, por elección, he decidido formar parte de esas dos culturas nacionales. Sería deseable que un lector español pusiera a Ferrater, pero no funcionamos así. Hay un voluntarismo político en pensar que podemos sentir igual a Vinyoli que a Machado, pero la lengua determina. Y puede ser que un lector no catalán sienta más cercano a Ferrater que a Philip Larkin, por citar a dos autores que se parecen, pero es difícil que los sienta igual, aunque ambos puedan interesarle.

Una excepción fue Joan Margarit, poeta en catalán y en castellano, muy leído y querido en toda España, y mimado por las instituciones, pero que incluso llegó a ser vehementemente soberanista…

Tuvo un momento. La filiación de Margarit y Luis García Montero, por ejemplo, es por la práctica de un tipo de poesía que los hermana claramente, y que en último término no compiten. El poeta de la experiencia referencial en la literatura española es uno, y en la catalana es otro. Pero Margarit sí que es un caso excepcional de reconocimiento de la cultura catalana por parte del Estado, y sin duda un actor clave de que eso se haya producido es García Montero. Hay pocos casos, ¿habría pasado algo así con Serrat si no hubiera cantado en castellano? Creo que no. Pero Serrat es probablemente el único artista, o de los poquísimos, en el que la lengua es importante, que consigue ser referencial en los dos sistemas culturales.

Jordi Amat para Jot Down

Y se llevan palos desde los dos lados, ¿no?

Sí, pero los palos no se los lleva del público, sino del sistema cultural que se siente cuestionado, o cuando uno es parte de los dos, o se muestra heterodoxo respecto al discurso central. Pero la gente es mucho más civilizada, porque no hay intereses de por medio.

Supongo que es una casualidad que los protagonistas de sus últimos libros sean ambos suicidas…

No hay tentaciones por ahora, ¿eh? [risas]

En el caso de Ferrater, el suicidio es doble, porque el alcohol ejerce como arma lenta. Pero, ¿cree que encontraba en la ginebra una puerta de escape, un elemento liberador, como han dicho de la bebida otros compañeros de generación? ¿Tenía un sentido político beber?

Una previa: el padre de Ferrater se suicidó al arruinarse, eso está contado en la biografía. Pero lo que no está contado es que se suicidó su madre y se suicidó su hermano Juan, un extraordinario crítico literario. Estadísticamente, era un reto intentar comprender qué sucedía allí, qué ocurre en una familia cuando la ventana del suicidio se abre y no se cierra. Yo diría que uno de los factores que explican por qué Ferrater bebe tanto, es porque hay un fantasma que lo persigue a lo largo de su vida.

Pero a nivel generacional, ¿qué significaba?

Llamé a Rosa Regás para entrevistarla y, cuando le pregunté por el alcohol, me dijo: «Los raros sois vosotros, que bebéis poco». Me descolocó, pero de repente vi que esas escenas encadenadas de Mad Men con los tipos pimplando sin parar no eran tan excepcionales. El lugar que ocupa el alcohol para esa élite intelectual del 50 español debe contextualizarse en una época en la que se bebía más que ahora, se bebía en el trabajo. Lo de los periodistas que iban a la redacción con una petaca, por ejemplo, creo que es impensable ahora. Castellet siempre decía: «Yo me salvé porque la última copa no la bebía». Ferrater se las bebía todas. En el último Formentor, uno de los días más felices de su vida, cuando ganó Gombrowitz, un camarero comentó: «Aquí bebe mucho todo el mundo, pero nadie como el de esa habitación». Y era él, y era perfectamente consciente de lo que hacía, sabe que beber le hace brillar más y le encanta, sabe que va a destruir su cuerpo, y cuando efectivamente hay un diagnóstico que confirma que lo ha destruido, acelera la decisión de suicidarse. Es un ejercicio de frialdad brutal cuando has constatado que no hay solución.

Acabemos comentando sus artículos en El País. Me llamó la atención uno sobre Rosalía, que se sale un poco de sus temas habituales, y en especial el tono entusiasta en que estaba escrito. ¿Es la cantante la fotografía del momento en que estamos?

Ojalá, ¿no? Hay una cantante tan enraizada en tradiciones musicales que consigue una proyección internacional de este nivel es enorme. Mis padres tenían tiendas de discos, me gusta la música y contar cosas sobre la música, pero lo que ha ocurrido con Rosalía es bastante excepcional. Además, es una artista con un talento muy claro, desde las escuelas donde aprendía flamenco o jazz era muy evidente que destacaba. Es un rollo escribir artículos como estos, porque constatas que son muy leídos. Se ve que somos un país sano, porque no somos tan yonquis de política como a veces tendemos a pensar. Mis dos artículos más leídos en El País son sobre Rosalía y sobre Grease. Que en una tribuna sesuda pueda hablarse de cultura de masas, a mí me interesa.

Como gran buceador del pasado, ¿se atreve a hacer de oráculo? ¿Qué va a pasar en la Cataluña de la pospandemia?

A corto plazo, me atrevo a decir que hay un vacío de poder, una especie de calma chicha que creo que va a seguir. Recuerdo un artículo muy interesante de la transición sobre cómo se construyen los Estados nacionalmente compuestos. Decía que si en un territorio que representa una nacionalidad pequeña hay dos partidos que compiten por la hegemonía, ese territorio fracasa, porque la competencia facilita que la tensión entre ambas no sea productiva. Y eso está ocurriendo en Cataluña desde hace muchos años. Esa pugna entre Esquerra Republicana y Junts desempodera a la institución, no hay posibilidad de que recupere una autoridad para implementar políticas vinculadas a las competencias de la comunidad. Y eso genera una inquietud que, para una comunidad que se sentía punta de lanza del Estado autonómico, constata que otras autonomías pueden tener una gobernanza mejor. Eso no formaba parte del plan previsto. En el momento en que esa dinámica se modifique, con el pacto con PSC, se construirá un gobierno que se parece más a la sociedad catalana. Pero si eso no ocurre, habrá una lógica de desempoderamiento continuada y frustrante. Por otro lado, ahora mismo no hay fuerza suficiente para crear una tensión en España. Yo al menos lo veo así.

Jordi Amat para Jot Down

 

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19 Comentarios

  1. MacNaughton

    Que Felipe Gonzalez estuviese en Moscú cuando el Golpe contra Gorbachov promoviendo la Gloriosa (y ejemplarizante) Transición de 78, con Mario Conde como jefe de estudios de aquella operación más lucrativa que quijotecsa sin duda alguna, es puro oro de guionista / novelista en racha…. que bueno, por favor, que bueno…

    …Como los yogures de Miguel Arias Cañete La Transición nunca caduca, y eso que en Madrid, el jefe del partido principal de la Oposición se tomó la molestia de señalar un caso de corrupción en las instancias más altas del gobierno de Madrid, y le han puesto patitas en la calle por las molestias… ¡Hay que ver! El pobre pardillo de Casado, que hizo el error descomunal de creer lo que decían en el PP sobre como iban a acabar con la corrupción, esta vez si… Y no ha pasado nada, res, niente, nichts tampoco…

    Cada vez más me parece el Estado de Autonomías una especie de locura fuera de todo control, una fiesta conun exceso de cocaína, multiplicando politicos y costes sin ton ni son en un pais con un ratio dueba – PIB de 120%….

    Visto así, los indies Catalanes solo habrían llevado las cosas más lejos en el fondo, pero siguiendo la misma lógica en las formas que los demás gobiernos autonomicos: pienso hacer lo que me salga de las narices,. hoy, mañana, y siempre….

    Claudi Peris hoy en EL Pais nos explica muy bien que en España se paga menos impuestos que en la gran mayoria de paises del EU, pero ni caso, todo el mundo a bajar impuestos…como si fuese el aire condicionado de Sánchez, vamos…

    En cuanto a Jordi Amat, es un tipo interesante, pero cae en la curselería – ineludible en estos tiempos, omnipresente – cuando nos cuenta sobre una pareja que hacen el amor despues de leer Gabriel Ferrater….

  2. Muy interesante. Me gusta la reflexión final, y estoy de acuerdo. Cataluña como no espabile se va a quedar atrás con respecto a otras autonomias, ya está pasando.. La unica forma de evitarlo es olvidar, al menos de momento , la cuestión identitaria y ponerse a mejorar la vida de la gente como unica prioridad, ser eficientes, valientes, gestionar lo mejor que se pueda . Un pacto PSC-ERC-Comunes es el camino.

    • MacNaughton

      Madrid puede quedar en manos de un cleptocracia como el PP durante 30 largos años, la jefatura de Estado lo puede ocupar un delincuente como J.C de Borbon (sin consecuencia ninguna con respecto al relato de la Transicion por cierto), y los jueces pueden desacatar la Constitución…

      ..pero los Catalanes no pueden tener un referéndum….eso si que no…

      Que haya quien se molesta en votar a estas alturas me sorprende…

      • Efectivamente, los catalanes no pueden votar solos llevarse una parte del país, poner una frontera donde no la hay…

        Que haya gente que aún no sepa que democracia no es sólo meter papeletas en una urna bajo cualquier circunstancia, sin competencias y sin garantías me sorprende …

        • MacNaughton

          Ya, muy posiblemente era y es todavia un caso de elegir entre pactar un referendum con garantias…o bien gestionar el hecho consumado de una declaración unilateral de independencia con un abultada mayoría en el 2030 0 2040, no se, un 60% de catalanes o por el estilo….Si no es por la incompetencia de Puigdemont y Junqueras, tal vez ya es así…

          Es una observación, no mas…

          En todo caso, no desviemos la atención sobre lo principal: que F González estuviese en Rusia promoviendo un curso sobre la Transición liderado por un criminal como Mario Conde, ahora en el entorno de Vox…

          …es les capta, eso les resume, eso da la medida de los paladines de la Transición de 78, cuyo actor principal seria un traficante de armas según algunos, cuyos jueces obstaculizan la justicia sin rubor, y cuyos aliados en el mundo de la cultura callan las fosas de Franco durante 40 años….

          Hay que ir al cine a ver Argentina 1985 este finde, pelicula que no se podria rodar en la corrupta España de los Borbones, pues al juez instructor aquí, el juez Garzón, fue defenestrado hace tiempo por los suyos, y porque el mundo de la cultura en España hoy en día no sirve para nada, pues nadie va en contra nunca, todo es conformismo, angloesnobismo y curseleria…

          Y los dos o tres directores en España que podrían rodar semejante peli saben que no les dejarían, que las cadenas de tele nunca financiarán una peli así en España…

          Menuda mierda todo, no?

          • Ay, qué gracia me ha hecho su comentario. Es usted el perfecto ejemplo de ciudadano mayor de edad desinformado que pone Amat.
            En 2030-2040, indepequé??? con el 60%??? Por qué motivo???
            Por la incompetencia de Puigdemont y Junqueras no es Cataluña ya independiente??? Iba a invadir Putin Cataluña y después anexionarla, porque hubiera sido el único camino.
            Hay que hacer un referendum cuando el 50% de la supuesta población (no vota el 100% en las autonómicas) lo quiera??? Mañana mismo comienzo a recoger firmas para abolir el IRPF y verá cómo obtengo un apoyo del 80% por lo menos.

            • Por el motivo de que con lo que estais haciendo solo estais reforzando el proceso de independencia.
              Y me parece bien, desde luego yo no os voy a peir que cambieis ni un apice el camino que habeis escogido respecto Catalunya, que en realidad es el de siempre, solo que antes ser catalanofobo era politicameNte incorrecto y ahora minimo te aplauden y en un futuro igual te llevas un Principe de Asturias.

      • Juan Palomo

        Cucurrucucú paloma

  3. Que duro y triste constatar que «yo no era uno de los mios» y que no formo parte de las capillas y sus ritos

  4. «Esa gente no quería haber salido, pero como les preguntaron, tuvo que salir».

    Válido para Catalunya y para cualquier otro contexto parecido… tratar a los seres humanos como partículas a mover en un sistema gaseoso… ¡puta política de supermercado!

  5. Jordi_BCN

    De acuerdo al 120%. Parafraseando a Amat «soy un catalán al que no le importa ser español, pero ser catalán y español no son las cosas más importantes de mi vida, honestamente» . Y yo tampoco me reconozco en muchos de los míos.

    • Cierto. Yo soy sevillano, andaluz y español, pero ninguna de las tres cosas son ni ligeramente importantes en mi vida.

      • rayvictory

        Yo soy francés, canario, navarro por residencia, alemán y español. Y ninguna de las cinco cosas son emocionalmente importantes para mi. Pero te garantizo que para facilitarme la existencia los tres pasaportes que tengo son cojonudos. Te lo dice uno que viajó durante unos 20 años 200 días al año fuera de Europa.

  6. Manel es otro artista catalán, y que canta en catalán, muy respetado en el resto de España. Obviamente a un nivel muy distinto, en unos círculos más modestos

  7. Es común leer comentarios de quien mira al dedo en vez de a la luna.
    Si hay referéndum o no, si la Transición esto o aquello, si el Ibex 35 o los perroflautas…
    La entrevista y lo que dice Amat es otra cosa y es mucho más trascendente.
    Por cada argumento a favor de una tesis se pueden encontrar cientos de ejemplos de la contraria.
    La cuestión no es si tiene razón quien dice que es mejor la intervención estatal o la economía ultraliberal, la libertad religiosa o una teocracia, Fraga o Carrillo en la transición. A estas alturas de la vida, cualquiera que haya vivido un poco sabe que eso es lo de menos.
    El fondo de la entrevista es si cada uno de nosotros, con nuestras ideas de serie, nuestro apego a nuestro terruño y a los nuestros, con nuestras propias convicciones y sin tener por qué renunciar a ninguno de todos ellos, somos capaces de entender que los que tienen otros apegos e ideas tienen tan buenos motivos como nosotros para ello, y de que muchos de los que comparten apegos e ideas con nosotros lo hacen desde el hooliganismo y el sesgo cognitivo, no desde la solidez racional.
    Sin compartir muchas de sus posiciones: gracias Sr. Amat

  8. Antonio Yelo

    Dice el señor Amat que le fascina la posibilidad de «contar un mundo a través de un individuo» y de ese modo explica cómo afronta el proyecto intelectual en que consiste escribir una biografía. En «El hijo del chofer» y en la bio de Ferrater consigue su objetivo. Se reconoce como alumno de la gran Anna Caballe, la persona que más sabe sobre la escritura del yo (biografía, memorias, diarios…) de nuestro país. Toda mi admiración y reconocimiento al señor Amat.

  9. Al final lo mejor fue dejarlos cocer en su salsa como vemoshoy. Entiendo al autor, a mi me producen escozores esas ansias de formar al buen catalan o buen español, y me parece no ya rebelde, sino normal o sensato, no querer formar parte de ninguna pantomima. Pujol acunó el independentismo como su plan b para proteger sus intereses económicos, siempre fue asi, y aprovechó las competencias educativas que nunca debieron haberse cedido para crear un frankenstein identitario a su mayor beneficio. Lo que hemos visto ha sido un proceso de ingeniería social perverso. Por supuesto mantengo la misma opinión con la identidad española, a mi nadie me dice que es ser o no ser un buen español o me obliga a llevar banderas ni a defender a una monarquía de delincuentes que hacen lo mismo que Pujol desde otra posición, defender su estatus e intereses, y cualquiera que haga suya la bandera me da bastante grima.

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  11. «Esa gente no quería haber salido, pero como les preguntaron, tuvo que salir»

    Esa gente no salió, vinieron desde todos los puntos de España no-catalanes a «responder» una supuesta pregunta hecha a catalanes, es para partirse sinceramente, pero es lo típico de crear un falso relato en que un dia trillones de catalanes salieron a protestar por un referendum, cosa que no pasó, y es tan facil como observar cosas anecdoticas como que en las preguntas hechas a pie de calle por mediuos de comunicacion ni cristo sabia decir una palabra en català ni sabian ni en que parte de Barcelona andaban, fue bastante ridiculo.

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