
Los niños conocen una verdad muy simple que olvidan con los años: las piscinas, en su apariencia de claridad y transparencia, custodian los secretos de la vida. Son los niños, detenidos en esa parte de la vida donde se hace pie, la infancia, armados con manguitos y flotadores, los que miran recelosos a unos adultos que habitan esa parte más profunda donde se desdibujan las baldosas y el agua se hace más densa y más oscura. Unos adultos que no parecen añorar las defensas y el flotador, que no traslucen el miedo de vivir en un mundo sin certezas.
Pero estoy dando rodeos. Yo quería hablar de un poema que dice así:
No le temía al agua, sino a ti,
era tu miedo lo que yo temía,
y este lugar profundo donde desaparecen las baldosas.
Me arrastraste hacia allí, recuerdo aún
la fuerza de tus brazos obligándome,
mientras trataba de abrazarme a ti.
Aprendí a nadar, pero más tarde,
y olvidé muchos años aquel día.
Ahora que ya nunca nadarás,
veo a mis pies el agua azul, inmóvil.
Comprendo que eras tú quien se abrazaba
a mí para cruzar aquellos días.
La experiencia nos dice que son los niños los que se agarran temerosos a sus padres. Los poemas, sin embargo, cuentan otra cosa, y así, «Piscina», incluido en el libro Estació de França (1999), me enseñó cómo se tejen los afectos y cómo cambian estos a lo largo de la vida, en ese trayecto de la infancia a la vejez en una piscina en la que también es necesario aprender a nadar de vuelta.
En algún lugar leí, o en muchos, que la poesía salva la vida, y siempre hay que huir de esas frases grandilocuentes y pomposas. Solo que, en ocasiones, no sé si la poesía, pero ciertos poetas, sí te la salvan y ese es Joan Margarit para mí, desde la parte profunda de la vida dando directrices que son versos, que son las vigas y estructuras que apuntalan con exactitud lo que por su naturaleza no puede apuntalarse.
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Nacido en Sanaüja (Lleida) en 1938, era arquitecto de profesión y catedrático de Cálculo de Estructuras de la Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de Barcelona. Poeta de la posguerra, se empapó del frío y la melancolía de un país a la deriva. La poesía, en su caso, surge de la pérdida, de golpes que no le ahorró la vida, sin que jamás hiciera de la tristeza un muro tras el que parapetarse. Lo educó su abuela analfabeta, y lo hizo en un finísimo catalán, el idioma con el que descubrió el mundo. Un episodio que lo marcó fue un día cuando, al escucharle hablar en catalán, un guardia le dio un coscorrón: «¡Habla en cristiano!», le espetó, y a pesar de que trataron de vetarle aquel idioma no lo consiguieron. Pese a que empezó a escribir poesía en español, con los años, al notar algo no del todo natural en su expresión, regresó a su lengua materna, el catalán —Margarit no traduce directamente de una lengua a la otra, sino que vuelve a escribir el poema— y es autor de poemarios en ambas lenguas, una convivencia idiomática que ha durado todos estos años.
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Gracias por dedicar un artículo a un poeta.
Un poeta entrañable. Nadando en sus versos uno se olvida que el agua será siempre fría. Gracias por recordarlo.