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El renacer de Witold Gombrowicz en Buenos Aires: el Ferdydurkismo

Witold Gombrowicz y Rita Labrosse. Foto: Muzeum we Wsoli.
Witold Gombrowicz y Rita Labrosse. Foto: Muzeum we Wsoli.

¡No puedo!, exclamó temblando Witold Gombrowicz, con su equipaje a cuestas. Y baja apresuradamente del transatlántico al que había diez minutos antes embarcado, ese que se aprestaba a zarpar de regreso hacia el puerto de origen en Polonia. 

Marian Witold Gombrowicz, así figuraba en la carta de porte, había arribado a Buenos Aires cinco días antes, el 19 de agosto de 1939, en el viaje inaugural del Chrobry, un imponente buque blanco polaco que hizo una travesía de tres semanas cruzando el Atlántico, habiendo partido del puerto de Gdyni, ubicado en el mar Báltico. Era una de las personalidades invitadas para promocionar el primer viaje transoceánico que realizaba una empresa polaca.

Bajó del barco en forma tan inesperada como premonitoria. La Segunda Guerra Mundial estalla una semana después de zarpar cuando se encontraba en Pernambuco. Los pasajeros debieron quedarse en Brasil y el buque será conducido a Southampton en el Reino Unido, donde será reconvertido en un trasporte de tropas para, poco después, ser hundido frente a las costas del mar del Norte en el frente noruego. Tanto la nave como Witold jamás regresaron a Polonia. 

Y decidió quedarse en forma imprevista allá en el sur, siendo una figura casi desconocida, con los doscientos dólares escasos que había traído desde Polonia y con un reloj de oro que le sería robado al año siguiente.

En esa Argentina extraña se reinventará su existencia, en el marco de una estadía que abarcó veinticuatro años, mucho más allá del fin del conflicto mundial, los principales en su contribución literaria y formación personal.

Ese país lo atrajo fatalmente. Aquí lo informe y provisorio se le proponía a cada paso, a diferencia de lo más reglado y permanente que caracterizó a su experiencia polaca previa. Cierta sensación de barbarie, desde la perspectiva de unos ojos formados en una familia noble, más que preocuparlo lo alentaron, dentro de su vanguardismo cultural, a explorar nuevas vivencias y sensaciones, muchas de ellas vinculadas a lo más íntimo de su ser, lo que se proyectará en su ulterior obra. 

En ese mar de ideas, sin embargo, no se privó de prevenir a los locales de que no se quisieran parecer a Europa. Podría creerse que, así como los escritores locales debían desembarazarse de Borges para poder tener una voz propia en el universo narrativo, el país del sur debía asimismo soltar las amarras que lo ataban a un viejo continente en aras de adquirir su propia identidad. 

¿Qué pasaría por la mente y la sensibilidad de alguien que apenas podía al principio balbucear el idioma español, trasplantado tan dramáticamente a una tierra extraña?

Supo interactuar y, por momentos, integrarse a los prominentes círculos culturales de la ciudad. Habrá de ganarse la vida con algunas colaboraciones literarias escribiendo primero con seudónimo y dando clases a jóvenes mujeres de familias ricas, a las que con algo de desdén trataba, tanto por sus probables escasas dotes intelectuales cuanto por el hecho de que no eran ellas las probables destinatarias de sus deseos más íntimos. 

Vemos a la distancia a un Gombrowicz sentado a la mesa con una joven aristócrata local de veinte años de edad, Chinchina (hija del poeta Arturo Capdevila), junto a diez mujeres amigas, recibiendo en la residencia lujosa a un escritor transmitiéndoles cuestiones sociales y culturales europeas en idioma francés. Y nos imaginamos también a Gombrowicz, sin necesidad de intermediar con idioma alguno, salvo el de los cuerpos, en otros ámbitos menos refinados buscando furtivas caricias, esas que sin necesidad de demasiadas palabras le ofrecían esporádicos marineros o ferroviarios a los que contactaba en los arrabales portuarios de la casi desconocida ciudad. 

Si alguna vez el autor dijo que cada uno se acuesta con quien puede y como puede y que, siendo una persona sencilla sobre todo en materia erótica, su maestro había sido el pueblo, evidentemente buena parte de esas enseñanzas las habrá recibido en esa Buenos Aires en la que solía deambular por las noches en el marco de una acuciante soledad. 

Conforme el testimonio de personas que entonces lo frecuentaron, la idea de suicido rondó en su cabeza varias veces, mas le faltó el valor para concretarlo. Siempre aseguró que el ser humano puede soportar más de lo que cree. 

Por otra parte, a un Gombrowicz distante solo en apariencia, cuando se atravesaban las fronteras personales, se le reconocía ser solidario con el dolor ajeno escuchando muy atentamente los padeceres de quienes desnudaban sus conflictos existenciales o cotidianos. Sin embargo, alguna vez dijo que era mayor un dolor de muelas propio que la desgracia de un hermano.

Un gran desafío que siempre se le presentó fue el relacionado con su situación material. Al principio recibió para mantenerse un subsidio de la embajada polaca, pero en 1941 se le suspende ya que al ser convocado para la guerra se lo declara «no apto». Sobre ese episodio, no sin sorn,a expresó que esa clase de convite implicaba «un papel ingrato el de incitar a otros al heroísmo cuando uno está a salvo». Contactos con la comunidad de su país natal le brindaron la posibilidad de ser empleado en un banco polaco, en el que se desempeñó de 1948 a 1955.

Dentro de su situación siempre acuciante se mudará de un sitio a otro. Podrá abandonar una oscura pensión sin pagar la cuenta en 1943, para ir de inmediato a la casa de un amigo en los suburbios fuera de la capital, donde dormirá durante seis meses en el suelo. 

En tiempos de tanta necesidad se dio su incursión en un salón de ajedrez en pleno centro de la ciudad, hecho que le significará un vuelco a su vida. Es que allí podrá no solo practicar un juego que le era relativamente cercano, sino lo que era más importante, socializar, hallar pares intelectuales de fuste y, también, con algún que otro café con leche, mitigar el hambre. 

Aludimos al café Rex que estaba situado a metros del Obelisco porteño, en donde desde 1941 funcionó una sala del juego que le fue confiada a un gran ajedrecista polaco, Paulino Frydman (1905-1982), quien había quedado en el país como eco del Torneo de las Naciones, ese que en Buenos Aires se había disputado en 1939, y cuya fase final había comenzado el mismo día en que Hitler ordena la invasión a Varsovia dando comienzo a la guerra. 

Muchos de los ajedrecistas participantes, llegados a Buenos Aires en el barco Pirapol casi a la par que Gombrowicz, no habrán de regresar a casa. Ese era el caso de los integrantes del equipo polaco en el que se lució un Miguel Najdorf (1910-1997), el más emblemático de los jugadores que habrán de permanecer en suelo sudamericano, preservando su vida y reinventándose, como el escritor.

Pues bien, Frydman, capitán del elenco de su país, que a la sazón había sido el subcampeón olímpico de ajedrez (en el que primó la Alemania invasora), le abrirá las puertas de par en par de un café al que concurrirá casi cotidianamente hasta su cierre producido en marzo de 1961. Desde ese momento cultivarán una gran amistad.

En ese sitio sucederá algo mucho más trascendente. Gombrowicz había publicado en 1937 una novela, Ferdydurke, escrita desde luego en polaco, la cual quería traducir a un español que distaba de poder dominar. En 1946 le propuso, entre charlas y partidas de ajedrez, a Virgilio Piñera (1912-1979), recién llegado a la ciudad como beneficiario de una beca, para que se encargue de una tarea creativamente tan estimulante. 

El poeta y novelista cubano aceptó el desafío, el que encaró junto a una veintena de parroquianos del café, incluyendo a su compatriota Humberto Rodríguez Tomeu (1919-1994) y, entre otras personalidades locales, el escritor Adolfo de Obieta (1912-2002) y el pintor y poeta Luis Centurión (1922-1985).

Así surgió un Comité de Traducción del Ferdydurke, que cumplió con su cometido por más de un año, entre las volutas de humo, los pocillos de café y los jaques anunciados en las mesas de ajedrez cercanas. Cuando necesitaban evitar los ruidos de una sala en la que también se practicaba el billar, se reunían en una vieja casa próxima al Rex en la que vivían Piñera y Tomeu. 

Fue un tiempo de trabajo, goce y confraternidad que culminará cuando, en 1947, la obra en la Argentina salga a la luz. Años más tarde, gracias a esa traducción desde el hermético idioma polaco, su vida tendrá un vuelco definitivo. Es que ese será el texto que el propio autor tome al llevarlo al francés, obteniendo en ese país un reconocimiento que ya se había insinuado desde enero de 1963 cuando un joven director de teatro argentino, Jorge Lavelli (nacido en 1932), estrenó en el teatro Recamier de París su obra de teatro El matrimonio. 

Esos tiempos tan lejos de casa comenzaban a ser particularmente gratos. No tanto había sido así en los orígenes, los que fueron recordados algo amargamente por el autor quien, en el prefacio de la primera publicación en español de su Ferdydurke, aseguró:  

… llevaba una vida anónima y bohemia muy cercana, desgraciadamente, a la miseria. Perdido en este país, entontecido y aplastado por los acontecimientos europeos, vagaba por las calles de Buenos Aires sin ganas de hacer nada, o, bajo una mesa de café, lloraba amargamente.

La mesa de café del Rex, en donde esas lágrimas fueron enjugadas, es la misma en la que se dio aquel proceso creativo que será el de su redención. En ese ámbito el escritor, ahíto de soledad, pudo hallar gente que hablara sus idiomas: el polaco, el literario, el del ajedrez. Allí renació Ferdydurke. Allí renació Gombrowicz. 

Sobre ese proceso colaborativo complejo, el escritor Ricardo Piglia (1941-2017) lo consideró una mala traducción en el sentido en que Borges hablaba de la lengua de Cervantes, ya que en la versión argentina de Ferdydurke el español está forzado casi hasta la ruptura, suena crispado y artificial, y semeja una lengua futurista.

Piñera había aceptado el reto, a pesar de que su especialidad era la traducción desde el francés y que prefería atenerse a criterios de literalidad. Pero en este caso nada fue así, y eso hace a la experiencia mucho más interesante. Gombrowicz haría un primer intento de traducción de cada párrafo desde su muy limitado conocimiento del español, y luego el cubano, junto a sus colaboradores, debería obtener un producto final que necesariamente tendrá nuevos ecos idiomáticos, esa lengua futurista de la que nos habló Piglia, un proceso muy curioso y divertido en la mirada de Obieta.

Tras la intervención del Comité de Traducción, las formas parecen no importar, lo provocativo está muy presente y por momentos impera el caos. Al cabo de todo, se obtendría desde el idioma polaco, con la mediación por momentos del francés cuando había desacuerdos en el proceso de traducción, un texto en un español de claros tintes argentinos con influencias cubanas. Un puente entre culturas y continentes, un mensaje a su manera universal. 

Surgirán así muchos neologismos, como aquel del culeíto o cuculeito (para referirse al trasero), juventona, malaxación, forrado de niño. O la posibilidad de hallazgos vinculados a lo ajedrecístico: los ahora denominados personajes Filifor y Filimor, bien podrían remitir a Philidor y Morphy, los más geniales jugadores de los siglos XVIII y XIX, respectivamente.  

Por cierto, y en un hermoso ejercicio de intertextualidad, Julio Cortázar (1914-1984) incluirá unas líneas del Prefacio al Filidor (así lo menciona en vez de Filifor) forrado de niño, como capítulo 145 de su novela Rayuela, por lo que se llegó a creer, lo que no es cierto, que el escritor argentino había sido parte del Comité de Traducción del Ferdydurke.

El argumento del Ferdydurke se centra en un hombre de treinta años que se transforma en un adolescente de quince, un «eterno mocoso». Esa no es solo la experiencia de Gombrowicz mismo en ese trasplante desde una Europa adulta a una América joven, a la que el autor fue conducido un par de años después en que concibiera una obra que, desde lo personal, tendría la magia de la clarividencia. Puede ser desde luego, también, la historia de todos los hombres, en la preservación de su memoria y en el deseo de volver a los ideales de lo que ya no es. 

Una novela que en su definición es «existencial hasta la médula», una obra que conmueve y que trasciende, significando un disparo directo al corazón y a la mente de cada lector. 

Al regresar a Europa, primero a Alemania para terminar por recalar en Francia, Gombrowicz le reconocerá a Piñera, Obieta, Frydman y todos quienes hicieron posible este ejercicio de creación colectiva y, remitiendo a la condición pampeana de los gauchos, habrá de expresar:

… ¡por Dios!, a todos esos nobles doctores de la «gauchada», y a los criollos les digo solo eso: ¡viva la patria que tiene tales hijos.

A Piñera particularmente lo ponderó al entregarle «la dignidad de Jefe del ferdydurkismo», ordenándole a todos los ferdydurkistas que lo veneren como a Gombrowicz mismo. Quizás el cubano, imbuido de esa representatividad, se permitirá recomendarles a los porteños:

… desde hoy devoraréis Ferdydurke, arriba y abajo, oh porteños del más o menos, porteños inescrutables, medidos, correctos, helados y muertos. Galvanizados seréis con las aventuras de Ferdydurke, será vuestro libro de cabecera, a él acudiréis en procura de fuerza y no tomaréis más mate. El mate os mata, perdonadme, oh porteños este chiste malo, pero no puedo, no, no puedo dejar de hacerlo. Es el mate lo que os define, soy tomadores de mate y jugadores de ajedrez. Estáis amenazados por esas dos plagas de Egipto. El mate lleva al mate y el ajedrez da el mate y de estos dos mates todo lo que sale es de un espantoso color mate. Huid, pues del mate y refugiaos en Ferdydurke que no toma mate, Ferdydurke la sabrosa cañita añeja….

Por supuesto que esa traducción no iba a ser fácilmente aceptada. Recibió muchas críticas de prominentes figuras de círculos locales, siendo ignorada o poco apreciada por Borges y en general por quienes integraban el selecto grupo Sur en el que estaban adscriptos las principales letras argentinas. 

Recibió asimismo cuestionamientos de Ernesto Sabato quien, sin embargo, no dejará de comprometerse con una obra a la que propondrá introducirle cambios en la traducción y, de hecho, impulsará y será prologuista de la segunda edición en español de Ferdydurke que la Editorial Sudamericana presentó en 1964, diciendo que ardía por leer una novela que su autor no estaba en condiciones de hacerla traducir ni editar, ya que nadie o casi nadie adivinaba en aquel sujeto a un formidable artista y, en cambio, lo consideraban un mistificador o un mitómano.

En el café Rex se solía ver a Gombrowicz con una dama de la sociedad argentina, la pintora y mecenas Cecilia Benedit de Debenedetti (1895-1984) quien pacientemente lo esperaba mientras jugaba al ajedrez. Se conocieron en la casa del célebre pintor Antonio Berni (1905-1981) y desde entonces fueron casi inseparables. De hecho, será ella quien habrá de financiar el proceso de traducción del Ferdydurke y promoverá la primera publicación hecha en 1947 por la Editorial Argos.

La dama contribuirá para que se publique en francés la obra de teatro El matrimonio, esa que el autor finalizó en una de sus propiedades ubicada en la provincia de Córdoba. Ella estaba enamorada del polaco, quien solo le podía ofrecer su amistad. Ese casamiento del título podría interpretarse, entonces, lo que una pretendía y el otro debía evitar, sin afectar el amor propio de su protectora.   

De su larga estadía en la Argentina decantará entonces, lo mejor de la obra del escritor: la mencionada El casamiento (conforme su nombre en español) aparece en Buenos Aires en 1948; Transatlántico, la primera novela escrita en el exilio, que será publicada en 1953 por el Instituto Literario de París; Pornografía, que en Europa se editará en 1960 y que fue escrita entre 1955 y 1956; y la mayoría de las crónicas que luego integrarán Diarios y Kronos, sus relatos de tono autobiográfico que fueron capitales en su obra integral. 

También fue inspiración suya, siempre estando en el sur, otra novela, La seducción, que es de 1960, cuyo título sirvió de inspiración para la película documental que en 1986 se estrenó en Buenos Aires bajo el título Gombrowicz o la seducción (Representado por sus discípulos) dirigida por el argentino Alberto Fischerman (1937-1995).

¿Qué temas amasó en la Argentina el autor? Los de la inferioridad, la inmadurez, la identidad, la necesidad de organizar el caos. La crítica norteamericana Susan Sontag (1933-2004) en ese sentido, al presentar una edición en inglés de Ferdydurke, dirá sobre su autor:

A la edad de treinta y cinco años, pocos días antes de la fecha del 1 de septiembre de 1939 que marcaría su destino, Gombrowicz fue arrojado a un inesperado exilio, lejos de Europa, en el «inmaduro» Nuevo Mundo. Fue un cambio brutal en su vida real como si un treintañero volviera a una escuela de niños. Desamparado (encallado), sin ninguna clase de apoyo, donde nada se esperaba de él, porque nada se sabía de él, fue ofrendado a la divina oportunidad de perderse en sí mismo.

El poeta Carlos Mastronardi (1901-1976), quien fuera su amigo, vio al polaco en su naturaleza diferente y original que provocaba simultáneamente la admiración y la invitación a la huida. La escritora Silvina Ocampo (1903-1993), muy atinadamente, observó que disimulaba su timidez a base de brusquedad. 

Estaba visto que un Gombrowicz, algo a la defensiva, llegó a creer que su obligada estancia en la Argentina, en la que en principio se vio despojado de todo, fue precisamente para que pudiera volver a sumergirse en la juventud de su vida, una que antes no había sabido aprovechar en su Polonia. Solo para eso:

había la guerra y había Argentina y había Buenos Aires.

Así tuvo la oportunidad de recalar en su yo más profundo, dejando atrás todo, habiendo de renacer en un país tan lejano que, a su entender, era «una pasta que todavía no llegó a ser postre» (¿una cita que podría ser a la vez autorreferencial?), que no obstante le propuso una primavera de la que nunca más se olvidará. Un lugar, en donde primero no fue nadie, para terminar por ser todo lo que en definitiva sería.

¡Maten a Borges!, habría expresado el escritor polaco a un periodista que lo inquirió sobre la posibilidad de que los argentinos adquirieran madurez literaria cuando zarpa, ahora sí, en 1963, para regresar definitivamente a un continente que se aprestaba a reconocerlo, tras redescubrir su obra, esa que para entonces ya había adquirido la impronta de dos continentes. Entre 1966 y 1969, año de la muerte de Gombrowicz, será candidato al Premio Nobel de Literatura, galardón que a ambos escritores les fuera negado.

Jamás regresaría a la Argentina. Cosa que sí hará Rita Labrosse (nacida en 1935), la secretaria canadiense a quien conoció en 1964 en Francia y con quien se casó en 1968 poco antes de Witold morir. Ella viajará más tarde al sur para recoger testimonios sobre los alcances de la añorada estancia sudamericana de alguien a quien solo luego, después de una ardua investigación llegaría realmente a conocer. La ahora muy orgullosa Rita Gombrowicz recordará muy hermosamente lo que significó para su hombre aquel país del sur: 

 … en julio de 1969, durante los días finales de su vida, hacía mucho calor en Vence. Witold sufría crisis de asma. Yo había puesto un ventilador cerca de él. Sus cabellos revoloteaban con el viento. Para que no recibiera tanto aire le pregunté si quería que lo apagara. Dejalo, me respondió, esto me hace acordar a la Argentina. Una parte de su vida se murió en la Argentina.

Aquel Witold que, en aquel puerto lejano, que será sin dudas su «Buenos Aires querido», había dicho: «¡No puedo!», vaya que al cabo de todo sí habría de poder.

Pudo sobrevivir, estando tan lejos y aún en penosas circunstancias; pudo vivir experiencias nuevas, esas que nunca antes se las había podido permitir; pudo seguir escribiendo, recreando su mejor novela anterior y generando sus escritos nuevos, cimentando una obra que habrá de adquirir trascendencia definitiva. Pudo crecer. Pudo renacer. 

Y, en todo eso, mucho tuvo que ver aquella traducción colectiva realizada por un grupo de poetas, artistas y parroquianos, en un salón de ajedrez de la lejana Buenos Aires: el Comité de Traducción del Ferdydurke.

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3 Comentarios

  1. Ricardo Baduell

    La seduccion y Pornografia son la misma novela. Pero cuando se publico en español, traducida por Gabriel Ferrater, un titulo como Pornografia era inadmisible para la censura y por eso le pusieron La seduccion.

  2. Pingback: El renacer de Witold Gombrowicz en Buenos Aires: el Ferdydurkismo

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