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Volver a Monkey Island

Monkey island

Esto va a ser personal. Y lo cierto es que ese es un enfoque que siempre suelo regatear, salvo en momentos especiales, pero a estas altitudes el caso de Monkey Island lo requiere. Porque, como estudioso de las aventuras gráficas de Lucasfilm/LucasArts, me ha tocado escribir en numerosas ocasiones sobre las desventuras de Guybrush Threepwood, e incluso ficcionalizar pasajes de The Secret of Monkey Island para un libro de cuentos basados en videojuegos. Por eso, quizá el único modo coherente de encarar un nuevo abordaje a Mêlée Island de manera original sea ponerse íntimo. Porque puede que sea la mejor manera de explicar que un puñado de píxeles azulados y magenta construyeron lugares que algunos decidimos habitar.

Y por eso mismo, vamos a lo personal: Sergio y Paco. El primero es mi hermano y el segundo mi amigo. A Sergio lo conocí cuando contaba tres años y a Paco cuando ambos sumábamos cuatro en la aulas. A principios de los noventa, mi hermano y yo sondeábamos habitualmente la sección de videojuegos para PC de los centros comerciales, sopesando las voluminosas y llamativas cajas en las que se empaquetaban los disquetes de 3 y ½. Entre tanto cofre acartonado, el embalaje de The Secret of Monkey Island nos llamó la atención con una portadaza dibujada por Steve Purcell y un reverso que prometía aventuras piratescas y villanos fantasmales flotando a varios centímetros sobre el suelo. La contraportada también mostraba a unos cuantos monos vestidos de piratas, portando cuchillos y pistoletes, y aquello solo podía ser un buen augurio porque existe una ley universal donde se sentencia que todo mejora con simios disfrazados, especialmente si van armados.

De algún modo incierto, convencimos a nuestros progenitores para que nos comprasen el juego y lo instalamos en un vetusto ordenador 286 de aquellos que leían los disquetes entre orquestas de sonidos chirriantes. Bastaron unos minutos paseando por la producción de Lucasfilm para tener claro que el juego nos flipaba. Estábamos acostumbrados a lidiar con todo tipo de entretenimientos digitales, aventuras de puntero y verbos incluidas, pero aquella historia que se desplegaba en el monitor de culo gordo del dos-ocho-seis, tenía algo especial, tenía mucho encanto. Sergio y yo rellenamos unas cuantas tardes ociosas superando, a cuatro manos y dos sesos, aquella gesta fascinante.

Monkey island
The Secret of Monkey Island.

En el colegio me llevaba bien con Paco porque, entre otras cosas, compartíamos afición por la tecnología y los cacharros, especialmente por esos cacharros en los que se podía jugar a algo, a lo que fuese. Paco se presentaba en el clase con calculadoras de Texas Instruments que tenían un gritón de botones y eran capaces de dibujar gráficas en su prehistórica pantalla LCD. Pero además el tío les metía programas o divertimentos homebrew y, aunque ya existía la Game Boy, ver a un Mario Hacendado botando por la pantalla de la calculadora parecía magia arcana. Como ninguno de los dos era amigo de chutar balones, durante los recreos nos entreteníamos haciendo el ganso o hablando de videojuegos. Le deje prestado mi The Secret of Monkey Island para que hiciese una copia y eso me puso un poco nervioso, no por lo ilegal del asunto, sino porque desmontó la rueda de claves antipiratería para fotocopiarla y la volvió a ensamblar de nuevo, y a mi TOC de infante le preocupaba que se fuese a romper, porque molaba un huevo. Nos aficionamos a las aventuras gráficas, las jugábamos en paralelo y cuando alguno los dos se atascaba con algún puzle, telefoneaba al otro en busca de ayuda. Los móviles eran ciencia ficción, internet fantasía y el teléfono fijo un auténtico coñazo cuando estaba emplazado lejos del ordenador.

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7 comentarios

  1. Poco que añadir, magnifico articulo. A mi el final me encanto, sobretodo cuando se apagan las luces y entiendes lo que significa hacerse mayor. Ver más alla de la magia y lo que la infancia significa.

    Magnífica lección, como adultos no podemos olvidar los sueños y recuerdos que vivimos como niños.

  2. Maravilloso. Sencillamente genial. Lo he leído con emoción, sintiéndome identificado y asaltado en cada párrafo por los recuerdos; de nuestro viejo 286 ejecutando el primer Monkey Island, de las horas que pasamos mi hermano y yo jugándolo, la maravillosa banda sonora que aún me gusta poner de vez en cuando sólo para recordar las aventuras en lo más profundo del Caribe.

    He disfrutado Return to Monkey Island como si tuviera otra vez 10 años. He paladeado cada minuto y cada puzzle. A pesar de las críticas absurdas, me encantó el aspecto gráfico desde el principio. Y aunque el final te deja con la cara partida, creo que es un final propio del estilo de Gilberr. Ah, y sí, también se me saltaron las lágrimas en la carta al final.

  3. Joaquín Navarro

    Voy a ser un poco la nota discordante, pero yo he visto una aventura gráfica muy mediocre para los estándares actuales. Lo de la etiqueta indie como excusa para un apartado artístico sin gracia con un toque barroco por culpa de ser incapaz de apuntar la vista hacia ningún lugar no ayuda, hay juegos indie con miles de estilos artísticos fantásticos que hacen destacar sus animaciones. Es que hasta en el plano de la animación tradicional tenemos de hace poco el sencillo, pero maravilloso Lost in Play, que destaca muchísimo.

    En este juego además se ha abusado del running gag, con más planos detalle «asquerosos» que una temporada de Bob Esponja, haciendo que vaya perdiendo el efecto a conseguir porque desde el minuto uno ya ha gastado el chiste y lo repiten a cada capítulo. Y así con todo. Creo que la nostalgia os está haciendo valorar la obra por su homenaje continuo, en lo que hacer chistes con indiferencia también es parte de ese homenaje continuo, de un aparato que vive de todo lo construido sin apenas aportar nada. De hecho, lo que aporta nuevo es lo que menos destaca de toda la narrativa.

    A mí me ha decepcionado más que el segundo acto de Broken Age y ya es decir.

  4. Lo siento pero no estoy de acuerdo, y también jugué con el disquete y tengo el mismo factor nostálgico.
    El menor de sus problemas es el apartado gráfico (que tanto bombo se le dio), pero hay artes literalmente sin terminar (mirad el caldero de los tres piratas en el otro barco, por ejemplo)
    Elaine se convierte en un personaje soso, plano y sin carisma, pierde todo su valor.
    Volver a Melee mola, pero tener que ir doscientas veces en el tercer acto ya cansa, un poco de variedad.
    La interfaz y los puzzles son más simples que el mecanismo de un botijo, un poco más y es un walking simulator.
    La manera de conectar el final del 2 con este no tiene ni pies ni cabeza, solo hay que ver el final del 2 de nuevo para darse cuenta del cambio de actitud mágico que se sacan de la manga porque no sabe ni cómo salir del asunto.
    Achaco todos estos fallos a una falta de presupuesto y al paso de los años, pero no soy nada condescendiente por ello.

  5. A mi me ha parecido una birria de juego. El grafismo ya ni lo comento. Mal escrito, perezoso, redundante… Sobre todo innecesario. No aporta nada a los dos títulos originales.
    Ron Gilbert tiene 30 años más y se nota. No es un juego fresco, ni original, ni subversivo, ni arriesgado… Es un producto más de la era de los remakes. Solo eso.

  6. Terminado hoy mismo: al final, lo menos malo ha sido el temido apartado artístico. Pintaba fatal en las capturas, pero en movimiento queda bastante bien, y si querían que se viera así, pues palante. El final también es correcto. O el mensaje que da, al menos. Todo lo demás… Flojito, incluida su limitada interfaz. No me he divertido prácticamente nada, cosa que no sucedió en los dos primeros. A penas hay chispa en los diálogos, los puzles son poco típicos para la saga (lo de reutilizar objetos varias veces queda muy raro, y tener que repetir algunos queda muy de vagos), y los personajes rescatados de entregas anteriores parecen que tienen muy poca vida, y nada nuevo que contar. Como juego, despotriqué mucho de la tercera entrega, porque no era más que un Greatest Hits de los dos primeros, mucho más bonito, eso sí. Aquí han intentado ser parecidos, diferentes y todo a la vez, y no me ha gustado el resultado. Aún así, gracias a Ron Gilbert por haber traído de vuelta sus personajes. Eso sí, no hace falta que saque la continuación que se insinúa en el final. Que saque algo nuevo, rollo Thimbleweed Park, y que deje descansar a los muertos en paz.

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