
Cuando llamé a Bernardo Erlich (Tucumán, 1963) para decirle que lo quería entrevistar, me dijo «yo te voy a buscar al aeropuerto». Tenía su cuadernito en la mano, el que lleva a todos lados, en el que ensaya y dibuja. Me mostró la ciudad, la plaza, las afueras, el camino al cerro, la casa histórica en la que se declaró la independencia argentina. Fuimos a un bar —uno de sus lugares habituales de trabajo, no le gusta dibujar en silencio— y, cuando me quise acordar, la entrevista había empezado sola, como una charla en fade in desde el aeropuerto al centro.
Bernardo Erlich dice que, más que un humorista gráfico, es un tipo que dibuja y escribe. Cuando todavía no era conocido en Argentina comenzó a publicar una viñeta diaria en El País, en España. Hace trabajos de diseño en una empresa tucumana, da clases en la universidad, publica en el diario Clarín y en la revista semanal Viva, ilustra notas de opinión en Revista Seúl de Buenos Aires y en el diario El Sol de Mendoza. Le gustaría publicar un libro, desde hace años tiene ideas dando vueltas que no terminan de concretarse.
Es fácil conversar con alguien que se comporta más como anfitrión que como entrevistado. El primer día fuimos a un bar del centro, después a recorrer la ciudad y a comer empanadas —las tucumanas, «las más ricas»— y a la mañana siguiente la charla siguió en un bar del parque, con más café, fotos y el cuaderno con bocetos, siempre a mano, en el que van apareciendo las pruebas para los personajes de la política nacional.
¿Te lleva mucho tiempo sacar a un personaje?
Y… a Massa (Sergio Massa, ministro de Economía) lo busqué, para mí tiene la cara más difícil porque no tiene ningún rasgo más reconocible que otro, en cambio Alberto (Alberto Fernández, presidente) es gordo, siempre tiene cara de enojado y el bigote. Ya con esas tres coordenadas básicas, más o menos podés reorientar el resto hasta que se vaya pareciendo, pero con Massa no y me pasaba lo mismo con Macri (Mauricio Macri, expresidente), me resulta una cara muy difícil. A Massa lo busqué porque ya sabía que iba a ser protagonista, entonces empecé a bajar fotos y empecé a probar, lo saqué en un dibujo digital que tengo guardado y a veces lo uso, le cambio alguna expresión y lo puedo usar. Pero como eso me pone ocioso, me puse a tratar de sacarlo con trazos y creo que más o menos lo saqué. Después, con el mismo rodaje del personaje, lo vas tuneando y al final ya lo hacés de memoria, porque ese es el objetivo, poder hacerlo de memoria, hacerlo en distintas situaciones y poder improvisar. A Alberto me costó dibujarlo porque me deprimía, me deprimía. Es un tipo que me ha deprimido; si vos ves las primeras veces que lo dibujé, estaba muy atado a la foto, o sea, estaba con la foto al lado tratando de reproducirlo más o menos de una forma caricaturesca, pero no me hacía feliz dibujar a Alberto, para nada y en un momento me empezó a divertir. Y entonces no te quedás solamente con la caricatura, sino que también lo vas a tener que dibujar corriendo, durmiendo, haciendo cosas… y me empecé a divertir.
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A mí me va a perdonar este señor, pero si se ríe cuando en la vida real alguien tropieza en la calle y se rompe la crisma, lo siento mucho pero NO ES UNA BUENA PERSONA. Y eso vale para todos los que se han identificado con él en ese particular al leer la entrevista.
Pero mirá vos! Me diste la clave perfecta para identificar a los malos. Gracias, primo.
Quien se pica, ajos come…
Hombre, entre tropezarse en la calle —que es lo que dice la entrevista— y tropezarse Y ROMPERSE LA CRISMA, hay una diferencia. Dicho esto, en un determinado contexto, es posible reírse de una situación verdaderamente dramática, solo hace falta una chispa de sorpresa o inverosimilitud para que la sonrisa asome o la carcajada arrecie. Todo esto siendo perfectamente buena persona por lo demás. Veo un tanto reduccionista el hecho de establecer una ligazón tan sólida entre ética y humor, o entre ética y arte, ya que estamos. Si algo nos ha enseñado el siglo XX es que se puede ser atroz a la par que sensible; la clave está en no perder nunca el norte de la dignidad, la cual no se ve menoscabada necesariamente por ser objeto de una carcajada, aunque la burla sí que será, normalmente, efecto de la desconsideración moral.
Me encantó la entrevista. Tiene un diálogo con Erlich, como escribe siempre, «spectacular»