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Apuntes para una historia de la trampa deportiva

historia de la trampa deportiva
Jim McLaren, 1938. Fotografía: E. Dean / Getty.

La historia del deporte puede ser contada a través de la trampa, de los pícaros que aprovechan lagunas del reglamento, de los que infringen las normas, de las injusticias y de las pequeñas o enormes transgresiones que determinaron resultados y títulos.

El ejemplo que se suele poner, probablemente, no sea el más adecuado. El primer gol de Maradona a los ingleses en el partido de cuartos de final del Mundial 86, el de la «mano de Dios» (una digresión: los medios argentinos casi no consignaron la frase de Maradona que bautizó al gol en los días siguientes al partido; se instaló con el paso del tiempo), es una actitud casi instintiva, intempestiva, algo que formaba parte de su ADN futbolístico. Hacer un gol con la mano (y no ser descubierto) era un recurso habitual en el potrero y en el fútbol argentino desde hacía décadas. No fue el primero, pero sí uno de los últimos. Eso no se debió a que la estirpe del jugador argentino haya sufrido un vuelco ético, sino a la profesionalización de los árbitros y los jueces de línea, y a la mejora sideral de la calidad y precisión de las transmisiones televisivas que exponen de manera cabal estos errores.

Fueron muy escasos los relatores radiales y televisivos argentinos que al menos sugirieron que había sido mano. Víctor Hugo Morales lo hizo y, desde estudios centrales, el periodista que veía el partido por televisión le replicó que había sido con la cabeza. De todas maneras, esa falta de perspicacia masiva argentina consignémosla en la cuenta del chauvinismo. 

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Esa mano estirada pero oculta fue casi un acto reflejo, algo que el cuerpo del deportista realiza sin pensar, solo porque lo tiene incorporado. Es, sin duda, una infracción, una violación de las reglas, pero una menor. Se puede llegar al absurdo de considerar tramposo a cada jugador que realiza una falta en un partido porque viola una norma del reglamento y el juez sanciona en su contra. Y, subiendo la apuesta, creer que todavía es más vil el que recupera la posesión a través de una falta no sancionada por el juez y, en vez de detener el juego y confesar su culpa, opta por continuar con la jugada.

Existen otras circunstancias en las que las intervenciones sí configuran un accionar tramposo y de franca deslealtad. Todas las que incluyan cualquier tipo de violencia manifiesta ya sea adrede o por falta de precaución. Pero lo que interesa es otro aspecto, en el que la trampa es evidente e inaceptable: aquella que incluya la premeditación.

Las ventajas por fuera de las normas que se urden previamente, que se buscan, que se sistematizan.

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Si la «mano de Dios» no es una trampa deliberada y constituye una infracción menor que puede hasta entrar en la categoría de picardía, hay otro ejemplo de la selección argentina que muestra una trampa infame. 

En el partido por octavos de final del Mundial de Italia 90 se enfrentaron Argentina y Brasil. El equipo de Bilardo fue superado por el rival de manera abrumadora, pero el fútbol y sus caprichos (y el genio de Maradona y Caniggia) permitieron que Argentina ganara 1 a 0. Una especie de milagro deportivo. Con el tiempo se conoció una historia. Branco, lateral brasileño, denunció que luego de tomar el agua que le ofreció el masajista argentino se sintió mal: náuseas, mareos y debilidad. Las imágenes mostraron que un jugador argentino se acercó y tomó la botella y que tanto el médico argentino (ay, el juramento hipocrático) como su asistente le dicen que no beba de esa y le dan otra. Al brasileño le ofrecen la que le negaron al Vasco Olarticoechea segundos antes.

Maradona, muchos años después, confesó a las carcajadas en un programa nocturno lo que todo el mundo sospechaba. Habían diluido tranquilizantes en el agua para minar las posibilidades de algún rival incauto que se quisiera hidratar (recordemos que era una práctica frecuente: los jugadores de uno u otro equipo se acercaban y tomaban agua sin importar si era de ellos o de los oponentes, un mínimo gesto de camaradería, un pacto tácito que parecía inviolable). Tras la intervención de Maradona hubo una ola de apoyos en Argentina y hasta de celebraciones por el engaño al que habían sometido a Branco y a Brasil. Se habló de la picardía criolla, de la tontera del incauto de Branco por aceptar agua de cualquiera, de que era un clásico y en un mundial y que al final de cuentas no fue tan grave, tan solo un mareo.

Ese plan pergeñado con antelación es una de las vergüenzas deportivas más enormes del fútbol sudamericano. Una trampa deportiva que se parece mucho a un delito. Pero que quedó en el panteón nacional de las grandes avivadas, de las picardías, solo porque el partido se ganó.

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2003. Christophe Fauviau era un piloto de helicóptero de las fuerzas armadas francesas. Tenía dos hijos, dos jóvenes promesas del tenis francés. Algunos especialistas decían que la chica, de doce años, tenía futuro de profesional. Tenían razón: aunque nunca se destacó demasiado, hoy sigue jugando torneos de la WTA. Una tarde, la policía parisina llegó a la casa de la familia Fauviau y detuvo al padre. Lo acusaron de homicidio. El que había muerto era un joven de veinticinco años que se había quedado dormido al volante y su auto había desbarrancado. Los investigadores descubrieron que la víctima ese mismo día había jugado la final de un torneo regional contra Maxime Fauviau, el hijo mayor, que en ese momento tenía dieciséis años. Pero que no había podido terminar el partido de tenis porque se había sentido mal. Los análisis toxicológicos determinaron que había ingerido una dosis alta de ansiolíticos que lo habían adormecido. Pero los deudos juraron que nunca había tomado uno en su vida. Un testigo dijo que vio a Christophe Fauviau manipular las botellas de agua del rival de su hijo antes del comienzo de la final. A partir de ese momento solo fue cuestión de revisar los antecedentes de los partidos definitorios que los dos hijos de Fauviau habían disputado en el último par de años. Veintisiete rivales adujeron haberse sentido mareados, con náuseas o débiles. Muchos se vieron obligados a abandonar. La víctima se quedó dormida manejando por el efecto de la medicación que Fauviau había infiltrado en su bebida.

Lo condenaron por homicidio. La pena fue de ocho años de prisión. La búsqueda del éxito a través de sus hijos, de superar sus propias frustraciones juveniles, la falta de límites, la concepción de buscar la victoria por cualquier medio lo convirtieron en un asesino.

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Durante (demasiadas) décadas la Copa Libertadores de América fue un territorio hostil. En esas noches de miércoles los periodistas deportivos se convertían en corresponsales de guerra. Era normal que los referís recibieran visitas intimidatorias en sus hoteles, que los equipos visitantes no pudieran dormir en toda la noche, que las patadas al medio del pecho fueran una norma, que las sospechas de doping se transformaran en certeza al apreciar la conducta de sus jugadores, que los jueces de línea fueran venales, que boxeadores retirados se camuflaran como masajistas para estar listos ante cualquier eventualidad, que volaran trompadas arteras, que se desataran peleas masivas. Era un ámbito impune, con poco espacio para la justicia deportiva, romantizado por el paso de los años y la construcción de un relato épico que se olvida, de manera voluntaria, de las iniquidades y vergüenzas.

Pepe Sasía, bravo delantero del Peñarol, fue protagonista de muchas de esas noches. En una final de mediados de los sesenta le tiró tierra en los ojos (las canchas tenían poco césped) a otra leyenda, a Pepe Santoro, el arquero de Independiente. El partido lo perdieron y él fue sancionado. Alguno de los directivos del club lo criticó en público. Cuando le preguntaron a Sasía qué pensaba, respondió: «A los dirigentes les molesta que le tires tierra en los ojos al arquero solo cuando te agarran». 

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En la política hay engaño, promesas y la construcción de una imagen sin importar cuán cercana es a la realidad. Gana, por lo general, el que cincela el mejor espejismo, el que logra sostener esa imagen falsa de oasis durante más kilómetros a lo largo del desierto.

En medio de una campaña todo sirve. Los candidatos regresan con sus esposas aunque su matrimonio esté fulminado desde hace años, revisan los cuadernos de sus hijos, paran para escuchar a los ancianos por la calle, leen algún libro y practican deportes.

Roberto Madrazo, un mexicano, del PRI para más precisiones, se mostraba, como tantos otros, como un dechado de virtudes. Decía ser un eximio maratonista. Con cincuenta y cinco años sus resultados eran sorprendentes. En la maratón de Berlín de 2007 su actuación fue descollante. Llegó primero en la categoría masculina entre cincuenta y cinco y cincuenta y nueve años. La foto lo inmortaliza cruzando la meta con los brazos abiertos, una sonrisa espléndida. El hombre arriba rozagante casi no transpiró en los cuarenta y dos kilómetros. Un coloso que arrasó con sus rivales. La noticia llegó a la tapa de los diarios y los portales de noticias mexicanos. Pero la organización descubrió algo que no cerraba. Según sus registros, un tramo de más de quince kilómetros le insumió apenas veintidós minutos, una marca prodigiosa, supersónica. En esencia, imposible. La organización lo descalificó de inmediato. La investigación tuvo celeridad y contundencia. Madrazo había tomado un atajo. Y se sospecha que en otros tramos, camuflado por la muchedumbre, entró y salió de carrera, para aparecer varios kilómetros más adelante luego de subirse a un auto o una moto.

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Con el VAR, el gol de Maradona con la mano hubiera sido anulado. Es más, unos años después, en un fútbol menos ingenuo, con un arbitraje más profesionalizado, con jueces de línea naturales, con oficio, también hubiera sido invalidado aunque el árbitro no hubiera visto la mano; hubiera entendido que era imposible que Diego llegara antes con la cabeza que el moroso Peter Shilton.

Son muchos los responsables de que en el fútbol no haya justicia. Los árbitros están entre los principales. No entienden el juego, no son como especie (algunas excepciones hay) particularmente inteligentes y no tienen el suficiente coraje para aplicar el reglamento más allá de las circunstancias y las presiones. En la mayoría se impone la vocación de protagonismo por sobre la de hacer justicia. 

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No hay árbitro al que culpar. No hay azar. Ni condiciones climáticas que influyan. Ni siquiera es cuestión de ser local o visita: la presión del público no existe, el silencio es la norma. No hay un toque en la red que favorezca o perjudique la duda sobre si una pelota traspasó o no la línea. El ajedrez no admite las trampas, no hay lugar para los pícaros, para el ardid. Eso al menos es lo que parecería a simple viste. 

Ruy López parece irreprochable desde su doble condición: ajedrecista y sacerdote católico. El más antiguo campeón, el creador de una de las aperturas más legendarias. Fue el primero en sistematizar el conocimiento del ajedrez, su primer teórico. Entre sus descubrimientos y conceptos dejó también consejos de orden práctico que excedían lo que pasaba en el tablero. «Sentad al contrario con el sol en los ojos», decía. Como fue el primero que pensó al ajedrez, en el siglo XVI, desde todos sus aspectos, comprendió que las condiciones externas eran importantes también, que la concentración del rival podía quebrarse, que los ajedrecistas y su equilibrio eran frágiles, que ofrecían múltiples resquicios para vulnerar su fortaleza mental.

Siglos después llegó la Guerra Fría y el ajedrez se convirtió en una zona bélica. Con el mundo dividido por mitades, el ajedrez había quedado del otro lado de la Cortina de Hierro. El básquet era norteamericano, el ajedrez, ruso. Pero, a principios de los años setenta, ese orden se subvirtió. La URSS obtuvo la medalla dorada de básquet masculino en Múnich 72. Y apareció Bobby Fischer, que provocó una tempestad y transformó el deporte más estático del mundo en atracción de multitudes. Millones de personas que no tenían idea de qué se trataba un gambito o un enroque miraban las largas y quietas horas de partida mientras un analista desde un estudio de televisión comentaba sobre especulares movimientos. No les interesaba el ajedrez. Seguían a Bobby Fischer y su carisma inquietante, estaban imantados por esa posibilidad de que cualquier cosa pudiera suceder. Era como esas películas experimentales de Warhol en las que una cámara fija seguía el sueño de una joven: en cualquier momento podía despertar, desnudarse, masturbarse o recibir a su pareja que llegaba de improviso. Pero por lo general poco sucedía.

Los separaba un abismo. Uno era parte de un engranaje, el otro, un francotirador: solitario, hostil, peligroso. El soviético era un talento, tan solo un jugador de excelencia. Bobby era un genio, loco y mal llevado. Spassky creía en las metáforas. Fisher solo veía escaques y piezas. Para Spassky el ajedrez era como la vida. Para Bobby Fischer el ajedrez era la vida, lo único que valía la pena o lo único con lo que podía lidiar. 

Bobby Fischer enloqueció a Spassky durante su enfrentamiento por el título del mundo. No se presentó, exigió que cambiaran las sillas, postergó partidas, hizo apagar cámaras porque aseguró que el zumbido de sus motores no le permitía pensar. Impuso condiciones y, más allá de su genio en los sesenta y cuatro escaques, logró alienar (o transmitir su propia alienación) al contrincante. Tal como afirma Martin Amis, acaso el mayor aporte del fugaz pero indeleble paso de Fischer por la cima del ajedrez mundial fue la institucionalización de los malos modos. Mostrarles a los demás que podían jugar sucio y tratar de obtener ventajas nada caballerescas. 

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Las características del fútbol latinoamericano de clubes no son extrapolables a Europa, a sus ligas más importantes. En los países de la Conmebol el tiempo de juego neto es muy bajo. Se demora adrede, los arqueros atajan una pelota de pie y se tiran al piso y tardan más de una decena de segundos en levantarse, los tiros libres se ejecutan desde cualquier lado, los jugadores simulan faltas y lesiones. Los defensores hostigan y golpean a los delanteros, cada salto a cabecear termina con un codazo. Los árbitros son cómplices de estas situaciones. Nunca adicionan el tiempo adecuado y los que no quieren jugar son premiados.

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Boris Onishchenko era un mayor del ejército soviético. En Montreal 76 competía en pentatlón moderno, una antigua disciplina que exigía destreza y fortaleza; era casi un resabio marcial. Onishchenko era uno de los favoritos: había sido campeón mundial en un par de oportunidades y había ganado una medalla plateada individual y una dorada en equipo en Múnich 72. En la extenuante competencia de esgrima (se enfrentaban todos contra todos en jornadas de doce horas), un competidor inglés dijo no haber sido tocado por el soviético pese a que sonó la alarma. Los jueces controlaron el dispositivo, no encontraron fallas y le otorgaron el triunfo. Un rato después, ante otro británico se repitió la situación. Esta vez, la inspección fue más exhaustiva. Y lo que encontraron los sorprendió: un mecanismo de ingeniería dentro del arma, que accionando un dispositivo oculto en el mango hacía sonar la chicharra como si el toque se hubiera producido. Onishchenko fue expulsado de los Juegos. Onishchenko no es recordado por sus logros anteriores sino por ser uno de los grandes tramposos de la historia olímpica.

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En el fútbol europeo el público sanciona con su repudio a los que incurren en conductas antideportivas. El juego es más noble. El mejor ejemplo es Messi. Messi no tuvo su Goikoetxea, el vasco que trituró el tobillo de Maradona a principios de los ochenta. Durante más de una década, defensas enteras y equipos completos fueron humillados y gambeteados por Messi y compañía, sufrieron goleadas espantosas pero siempre intentaron detenerlo (la mayoría de veces fracasando estrepitosamente) con recursos lícitos. Nadie salió a lastimarlo. Se sometieron a su genio.

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6 Comentarios

  1. Ezequiel C.

    ¡Una delicia de artículo! Se disfruta y se aprende (y se ‘reaprende’) en cada párrafo.
    Muchas gracias al autor.

  2. Trotsky Vargas

    Genial leer mientras busco mayor información de lo que cita… muchas gracias por esa lectura maravillosa

  3. Juan Navia

    Interesante análisis, pero creería que omite algunas cosas y cae al estereotipo sobre todo en el segundo parrafo para referirse al futbol latinoamericano, cuando hay instrucciones claras al respecto. Tambien sobre omitir al gran tramposo de todos los tiempos, Lance Armstrong, quien si no es por toda una maquinaria sistemática para hacer trampa por parte de su equipo jamás hubiese conseguido los logros deportivos que alguna vez obtuvo

  4. Muy buen artículo. Una pena que cae en el tópico tan extendido de que las trampas en el fútbol son exclusivas del fútbol latinoamericano. Es verdad que la cultura anglosajona y la latinoamericana son muy diferentes, es verdad que la concepción del juego es más noble en Europa y más pícara en Latinoamérica. Pero si hablamos de trampas tal y como se define al principio del artículo (premeditadas y sistematizadas) me temo que encontraremos ejemplos claros en todos los lugares (aunque reconozco que el agua bautizada de los argentinos y la famosa bengala del chileno Rojas en Maracaná son casos especialmente grotescos).
    También me parece que es injusta la mención de Goicoechea como ejemplo no tolerado por el público europeo. Sólo hay que ver fútbol inglés en los ochenta y noventa. O las acciones salvajes del infame Vinnie Jones. O recordar lo que el respetado macarra Roy Keane le hizo al padre de Halland. La diferencia entre las faltas que recibía Maradona y las que recibe Messi no es una cuestión geográfica sino temporal (varias décadas de diferencia, siglos diferentes, más televisión y más negocio).
    Enhorabuena por el buen artículo.

  5. Siempre respetaron a Messi en las goleadas menos en la época Mourinho y los entrañables Pepe y Ramos.

    • Entrañables Pepe y Ramos… Me has hecho soltar la carcajada solitaria del día. Aunque ya puestos a matizar casi diría Pepe y Carvalho (creo que se llamaba el otro central)

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