
En estas líneas encontrará usted, querido lector, un ramillete de personajes profundamente pintorescos. Sin embargo, pese a la truculencia evidente del asunto, los nombres que aquí se citan, debidamente mezclados y agitados, producen un cóctel delicioso. Para describirlo podríamos utilizar palabras grandilocuentes. Libertad sería una de ellas. Deseo podría ser otra. Tenacidad, independencia, honor, patria…, términos todos ellos difusos, pero que, insisto, pueden paladearse detrás de esta historia que hoy le ofrezco. No es una historia de héroes, tampoco de ídolos. La protagonizan, más bien, un atajo de personajes a medio camino entre la chaladura y la genialidad. Y una lengua: el esperanto. Si me acompaña, le aseguro que no se arrepentirá.
El nacimiento
Lejzer Zamenhof había nacido en Bialystok, una ciudad situada hoy en Polonia, a una distancia más o menos similar de Bielorrusia, Ucrania, Lituania y Kaliningrado (Rusia). Es decir, que la ciudad se halla enclavada en un cruce de caminos de lo más ecléctico. El pequeño Zamenhof se crio en esta especie de punto de encuentro, allá por el siglo XIX, cuando aún pertenecía al Imperio ruso. La infancia de Zamenhof son recuerdos de este mestizaje: en su barrio podías encontrarte tanto a gentes del Imperio austrohúngaro, a alemanes en todo su esplendor, como, por supuesto, a polacos, judíos, rusos, lituanos, ucranianos más el resto de extranjeros que se beneficiaban de este choque cultural.
El pequeño Zamenhof vivía absolutamente marcado por el hecho de que, en su mundo, en aquellas calles embarradas de Bialystok, las gentes eran, a menudo, incapaces de establecer una comunicación fluida. Frente a semejante panorama, Zamenhof destacaría como un auténtico privilegiado en el arte de hablar. A lo largo de su vida, manejaría el idioma polaco, el yidis, el ruso, el alemán, el francés, el griego, el español, el italiano, el latín, el hebreo y el inglés. Sin embargo, seguía teniendo esa espina clavada: por el mundo, cientos de culturas eran incapaces de entenderse por una barrera tan simple y a la vez tan profunda como es el lenguaje.
Muchos años más tarde, en 1909, otro personaje pintoresco, Alfonso XIII, rey de España, espera ansioso en su berlina. Por fin va a poder conocer a ese tal Zamenhof, el hombre al que tanto admira. Por las calles de Barcelona se habla de su llegada, de lo necesario que es para el país acoger a alguien de su envergadura. Llega el rey al congreso, donde una multitud aclama a Zamenhof. Se abre paso el monarca hasta llegar al estrado, donde un anciano le espera con las manos cruzadas a la espalda. Alfonso XIII, saltándose los protocolos, abraza a aquel hombre. Todos allí se extrañan, pero el rey se halla satisfecho. No todos los días se abraza al hombre que inventó el idioma universal. No todos los días se abraza al creador del esperanto.
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Me gusta el Esperanto, idioma lógico y es el más fácil de aprender de todos. Tiene solamente 16 reglas, y para los europeos, el vocabulario es reconocible hasta un 50%.
Realmente, ningún idioma tiene únicamente dieciséis reglas. Cualquier descripción seria, con un mínimo de rigor filológico, del esperanto, consta de muchas más.
En cuanto a su facilidad, esta es bastante relativa y depende de muchos factores. A pesar de que la mayor parte de su vocabulario procede de lenguas europeas (y no de todas, sino de las románicas, de las germánicas y, menos, de las eslavas), hay determinados rasgos en el esperanto que en muchas ocasiones constituyen un obstáculo a la hora de aprenderlo. Por ejemplo, a diferencia de las lenguas románicas, que son lenguas flexivas, el esperanto es una lengua de tipo aglutinante (como el euskera, el turco, el japonês, el coreano o el guaraní).
No obstante, se trata de una lengua fascinante, en la que se ha desarrollado una cultura única (su literatura resiste una comparación con la literatura vasca o con la literatura gallega moderna) que constituye un bastión de multiculturalidad y resistencia muy necesario frente a la uniformidad inherente a la imposición de las lenguas de prestigio.
Pingback: Aplicación práctica del esperanto – Luis Álvarez Sabucedo
Preciosos recuerdos en forma de cuento.
Hola, Suso. Pregunto: ¿el carácter aglutinante es una dificultad? Dicen que el turco es una de las lenguas más fáciles de aprender…
El inconveniente del desarrollo a nivel global del Esperanto, han sido los propios esperantistas…
No sé si me vas a leer después de estos meses, pero me intriga tu comentario. No es malicia, no formo parte de la comunidad esperantista y por eso no conozco las dinámicas que pudieran haber en ese colectivo.
El principal problema del Esperanto es que sus reglas rígidas lo han convertido en idioma cacofónico; en plata, más feo que pegar a un niño. Como todos los sustantivos acaban en O, y los adjetivos en A, y el artículo definido es siempre LA, a oídos españoles suena a italiano chapurreado por un guiri: Esperanta Respubliko de la Insulo de la Rozoj. Y en la escritura, esa mezcla de caracteres latinos y eslavos espanta al más bregado. Si quieres crear una lengua, créala de cero aunque te inspires lejanamente, como hizo Tolkien, pero no hagas una mezcolanza de lenguas existentes porque te sale un churro.
Otro notable esperantista fue Charles Chaplin. En su película «El gran dictador» los comercios que aparecen en ella están rotulados en esperanto.