
Ser un samurái y pasearse por Japón con dibujos pornográficos al lado de la katana era oficialmente ilegal en cierto momento del periodo Edo. Lo gracioso es que lo que iba contra las leyes no era lo de presentarse en sociedad como una máquina de matar con patas, sino lo de coleccionar dibujos guarros. Al mismo tiempo, el hecho de portar pornaco en el equipaje durante los viajes más largos era considerado por los samuráis como un amuleto de buena suerte, un talismán que ayudaba a esos guerreros a driblar a la muerte en situaciones de peligro. Los historiadores más serios reconocen que dicha superstición era muy popular en Japón en aquella era. Pero también apuntan que, en el fondo, era más que posible que los propios samuráis la hubiesen extendido para no tener que justificar demasiado que se pasaban las noches solitarias ojeando aquellas imágenes y entrenando la muñeca con su otra espada.
Ocurría que dichas piezas artísticas pornográficas no eran tan solo material de consumo entre guerreros, sino un producto muy popular entre todos los japoneses, algo disfrutado de manera habitual tanto por hombres como por mujeres. Unas ilustraciones, tatarabuelas de ese hentai moderno que degustan tanto usuarios de 4chan como los adictos al LOL, repletas de genitalia con proporciones optimistas, grotescas parodias políticas y bélicas, Tetris humanos enzarzados en el coito, apariciones estelares de animales libidinosos con muchos tentáculos, y en general bastante lascivia entre gente con caras muy graciosas. Un estilo denominado con un nombre que da lugar a demasiados juegos de palabras horribles: el «shunga».
La cosa está shunga
El vocablo shunga (春画) se traduce de manera directa como «dibujo de primavera», una definición no exenta de guasa si tenemos en cuenta que «primavera» en Japón era un eufemismo bastante conocido para referirse de manera velada al acto de follar. Además de eso, la palabrita también es una contracción de «shunkyū-higi-ga» (春宮秘戯画), o la forma en la que los japoneses denominaban a la colección de pergaminos chinos donde se recopilaban los doce actos sexuales clásicos que aludían al Yin yang.

El shunga refleja actos sexuales explícitos pero lo hermoso es que, a pesar de ser perseguido y condenado por los mandamases, el género era algo bastante tierno y humano. Porque la mayoría de los dibujos shunga no pretendían evocar un ideal romántico del amor, ni una fantasía falocentrista, sino celebrar lo placentero y natural de un par de personas disfrutando lo suyo al arrimarse los bajos. Dichas estampas incluso nacieron con cierto carácter didáctico en mente.
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A mí, la verdad es que estos dibujitos pretendidamente eróticos para que el personal se ponga cachondo, me excitan tanto como un infarto a las 9 horas.
Excelente historia, que nos permite ver la realidad de la humanidad. Lo pornográfico lo crea el espectador, lo demás es un intimidad del ser humano para vivir su experiencia sexual
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