Arte y Letras Historia

19, sueño inconcluso

Detalle de «El sueño de la razón produce monstruos», grabado n.º 43 de Los Caprichos, de Francisco de Goya. 19
Detalle de «El sueño de la razón produce monstruos», grabado n.º 43 de Los Caprichos, de Francisco de Goya.

El siglo XIX, igual o más problemático y febril que sus sucesores, fue entre otras cosas el siglo de la industrialización, de las revoluciones burguesas, del romanticismo literario, del amanecer de los grandes próceres latinoamericanos o de la primera llamada de teléfono. Pero la centuria número 19 de la era común, fue también testigo de excepción del alumbramiento de algunos sueños inconclusos en los que la humanidad se pensó a sí misma más digna, más justa y más bella. 

Uno de tantos fue el sueño del celta. Vargas Llosa publicó en 2010, precisamente el mismo año en el que recogió el Nobel de Literatura de manos de la Academia Sueca, una novela sobre la vida y obra de Roger David Casement (Sandycone, 1864-Londres, 1916). Casement fue un diplomático irlandés que militó activamente por la independencia de Irlanda y que elevó la voz para denunciar los ignominiosos abusos del sistema colonial de la época en el Congo y en la Amazonía. Como funcionario de la Secretaría de Estado para las Colonias del Imperio Británico, redactó dos documentos que agrietaron los, hasta entonces, robustos pilares del colonialismo decimonónico y prefiguraron su sueño en defensa de los derechos de los vulnerables: el Informe Casement sobre el sistema de trabajos forzados del Congo y The Putumayo Black Book sobre la fiebre del caucho en la región amazónica del río Putumayo que transcurre entre Colombia, Ecuador, Perú y Brasil. En ambos textos, tan incómodos como necesarios, el cónsul detalla las brutalidades afligidas de las potencias europeas que asfixiaban a las poblaciones nativas hasta la extenuación con los tentáculos de sus empresas extractivas. 

Las denuncias de Casement causaron sarpullido en la sociedad de la época y en el establishment británico. Y aunque los cambios no fueron inmediatos, sirvieron para descubrir la playa bajo los adoquines y señalar a algunos de los artífices de aquellas atrocidades. El rey Leopoldo II de Bélgica, amo y señor del Congo belga, tuvo que renunciar a sus propiedades privadas en África, y el peruano Julio Cesar Arana, presidente de la Peruvian Amazon Rubber Company (de capital británico y sede en Londres, a pesar de las apariencias) fue procesado por los crímenes del Putumayo hasta que la inoportuna Gran Guerra le paró los pies en seco a la justicia.

Aquello, ni mucho menos, taparía las vergüenzas del colonialismo, pero en el sueño del celta ya había trazas de realidad. En 1916, escasos meses después de la declaración de independencia de la República de Irlanda, la horca acabaría con su vida acusado de traición a la Corona británica, por negociar con el Imperio alemán el apoyo a la causa irlandesa, y expuesto públicamente como homosexual y pederasta. Hoy Casement, es considerado uno de los pioneros fundadores de los movimientos masivos modernos en favor de los Derechos Humanos. Su sueño, aunque inconcluso, sigue vivo.

En la primera mitad del siglo XIX, otro hombre se atrevió soñar diferente a la humanidad, pero en lugar de las vías de la diplomacia y la revolución, escogió el camino de la religión y el misticismo. Siyyid ‘Alí-Muhammad nació en 1819 en la ciudad de Shiraz, al suroeste del actual Irán. Hijo de comerciantes y con apenas veinticuatro años, en la noche del 23 al 24 de mayo de 1844, proclamó ser el Qa’im (aquel que se levanta a las órdenes de Dios) prometido a los musulmanes para iniciar una nueva era. El Bab («la puerta» en árabe), como fue y es conocido por los más de siete millones de seguidores de la fe bahaí que hay hoy en el mundo, fundó una nueva religión: el babismo. Partiendo del seno del islam, pronto la recién nacida doctrina haría su propio camino al andar hasta desembocar en el bahaísmo; y allanaría el camino para la llegada de «a quién Dios hará manifiesto», el Bahá’u’lláh, el fundador de la religión monoteísta que llega hasta nuestros días. El último profeta.

El sueño del persa se tejió con ideas transgresoras. Sus principios fundamentales dicen que las enseñanzas de todas las religiones reveladas fueron transmitidas por un único Dios porque toda la humanidad es una y por ello no deberían existir fronteras. Sostienen que los hombres y las mujeres son iguales y tienen los mismos derechos. Que la religión y la ciencia deben convivir en armonía. Que la educación tiene que ser universal. Que la pobreza y la riqueza extremas deben ser eliminadas. O que la paz mundial ha de conseguirse mediante una legislación común a todas las naciones basada en la justicia social. Planteamientos revolucionarios que acabaron, junto a los huesos del Bab, acribillados ante un pelotón de fusilamiento en 1850. Demasiados seguidores, demasiado ruido, demasiada alarma entre las autoridades políticas y religiosas de aquella Persia. 

Hoy los restos del Bab, reposan en Haifa (Israel) mirando al Mediterráneo desde su orilla oriental y custodiados por unos imponentes jardines colgantes, distribuidos en 19 terrazas idénticas, sobre la ladera septentrional del monte Carmelo. Allí está enterrado parte del sueño del persa, en los territorios palestinos y en el Estado de Israel. Tierra prometida, tierra robada y, sobre todo, tierra quemada. Un sueño también inconcluso en el que pese a las tonalidades inclusivas y pacíficas de una fe que asegura que «aunque los tiempos pudieran presentarse oscuros, el futuro de la humanidad es brillante y la paz mundial es inevitable», sigue dejando fuera de su acuarela colores tan vivos como la homosexualidad.

La muerte trágica de los dos soñadores, Casement y Alí-Muhammad, interrumpió la fatiga de sus duermevelas para dejarnos al despertar un amargo regusto: aquellos que se atreven a cuestionar el sistema establecido acaban en la horca o en el paredón. En 1799, en la antesala del siglo de los sueños rotos, Francisco de Goya publicó la estampa número 43 de las 80 que componen su famosa serie Los Caprichos. El célebre aguafuerte del pintor muestra, desde la sátira de aquella España, los monstruos que produce la razón cuándo duerme. Por fortuna, siempre nos quedará el consuelo de que otras veces, algunos sueños que se producen mientras estamos despiertos, aunque inconclusos, también pueden llevar razón. 

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2 Comentarios

  1. Densha Otoko

    Lo que dice Siyyid ‘Alí-Muhammad lo dijo antes Pico de la Mirandola.
    Creo que se entiende bastante mal el lema «El sueño de la razón produce monstruos». Alude a que el adormecimiento de la racionalidad produce monstruosidades. Por ejemplo, los del negacionismo climático (no se trata del «calentamiento global», sino la extinción), los de los antivacunas, los de la religión o los de la política (que tantas muertes sigue provocando). Cuando la razón está dormida, la sin razón se apodera del mundo. Y bien libre que anda.

    • Juan del Aguila

      Si bien puedo estar de acuerdo en su punto de vista en referencia a la religión o la política (la primera siempre se utilizó como una excusa para el dominio económico y social, mientras que la segunda, siendo otro tipo de religión o secta, promueve adhesiones inquebrantables y pensamiento único más allá de la razón), vayamos un poco mas allá de su interpretación de la frase de marras: La «razón» es la construcción del conocimiento a través de la investigación científica, que a su vez se basa en el método científico (hipótesis, observación, medición, experimentación, formulación, análisis, modificación de hipótesis y vuelta a empezar) para los otros dos temas que vd menciona: bajo este prisma, no se puede considerar que el cambio climático sea una certeza permanente ni inamovible como, por ejemplo, la ley de la gravedad; hay todavía mucho que investigar y muchas variables de las que se desconocen su funcionamiento y sus efectos. Hacer predicciones y establecer certezas sobre el puñado de factores que conocemos, basándonos en modelos informáticos con algoritmos desconocidos que han sustituido al razonamiento científico, es tremendamente soberbio. Y conste que no «niego» el cambio climático
      En cuanto a las vacunas (yo me la puse) estoy totalmente a favor de cualquiera que dude o rechace inocularse algo que ha sido desarrollado en plazos y modos que desafían cualquier proceso científico común y universalmente admitido hasta ahora, hecho que ha sido pasado por alto casi sin la mas mínima crítica, con altísima condescendencia y con enormes dosis de irracionalidad.
      El problema de la ciencia es la independencia: hoy en día necesita de amplia financiación y recursos, con lo cual depende en gran manera de los objetivos de aquellos que la financian (nadie, ni siquiera los estados hoy día, dan nada por nada)
      Si la ciencia está politizada, entonces el «sueño de la razón» reside en ella misma!!!

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