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¡Qué caña! (Sabotaje)

Cuántos libros interesantes, incluso geniales, no llegaremos a leer porque no llegamos a saber que se han publicado. Unas veces porque la distribución es tan confidencial que roza lo clandestino, otras porque no llegan a traducirse por los motivos más variados. Sin necesidad de salir a buscar títulos de idiomas exóticos ni los escritos en francés o inglés desde antiguas colonias europeas, aunque valdría la pena, basta con observar los cambios que se han producido en grandes países africanos. Mirando cerca: ¿se llegará a leer en español ese moderno policíaco griego donde el improvisado detective, el bienhumorado escritor treintañero Mikahalis Krokos, llevándole la contraria al Kostas Jaritos de Petrós Markaris, no nos endilga una sola receta y trata de la interacción de los muchos tráficos ilegales y su impacto sobre el mercado del arte contemporáneo? Se trata de la ágil novela de Makis Malafekas Δε λες κουβέντα, ambientada en la Atenas de 2017 durante la celebración de la gran muestra de arte Documenta, que en francés se tradujo como Dans les règles de l’art.

Sabotaje: Arte/Adrenalina, de Joaquim Ruiz Millet. Imagen: Galería H2O.
Sabotaje: Arte/Adrenalina, de Joaquim Ruiz Millet. Imagen: Galería H2O.

Además de la agilidad de la trama y de un lenguaje que se hace eco de la jerga urbana sin caer en el exhibicionismo preciosista, destaca porque en su retrato de la Atenas canicular en un país apenas resucitado de la gran crisis de la deuda, Malafekas dibuja una fauna moderna que basa su supervivencia mental en un distanciamiento lúcido de la realidad política y económica. La tragedia rechaza el melodrama y los tópicos del género negro pueden reformularse al infinito, incluso de manera que recuerde al detective trasto de El largo adiós, (1973) de Robert Altman, con las hechuras de Elliot Gould o a otro trasto no menos romántico, el Harper, investigador privado (1966), donde Paul Newman dio cuerpo a un detective muerto de hambre que arrambla canapés del bufé de sus clientes.

Ya no estallará ningún debate en torno a la veracidad de los datos en que la premio nobel de literatura Svetlana Alexievitch apoyaba su documento —Voces de Chernóbil— sobre los efectos de la explosión de la planta nuclear que inspiró la truculenta serie de televisión Chernóbil porque no ha llegado a traducirse la colección de ensayos que Galia Ackerman, traductora de la bielorrusa y periodista de investigación, reunió en Traverser Tchernobyl (Cruzar Chernóbil), uno de los muchos frutos de sus más de veinte años trabajando en los archivos sobre el desastre nuclear de 1986.  

Puede que no te guste el fútbol pero disfrutes de la estrepitosa alegría de tus vecinos cuando su equipo gana campeonatos y la noche se llena de jolgorio y fuegos artificiales, lo que equivale a que no te interese especialmente tal grupo músical pero te absorba la lectura de la crónica que un experto ha publicado nada menos que en la Cornell University Press o en Harper Collins. ¿Se llegarán a traducir Solid State, The History of Abbey Road and The End of the Beatles (2019), de Kenneth Womack, y Beatles 66, The Revolutionary Year (2016), de Steve Turner? El primero es una crónica y disección del último disco de los Four Fab, que analizan la aportación musical de cada uno, el peso de los productores, las rivalidades, su desarrollo musical y los aspectos económicos que iban determinando las decisiones del grupo y su ruptura. El segundo recorre el año en que los de Liverpool dejaron de ser los chicos de clase trabajadora y provocaron un delirio universal que ha inspirado otro libro, divertidísimo, 150 Glimpses of the Beatles, de Craig Brown.

En cuanto a esos libros fantasma que valen por toda la obra completa de best-sellers conseguidos a base de comprar librerías y cabeceras de revistas y diarios por las grandes corporaciones, me acuerdo aún de buenos textos que leí para tal famosa agente literaria o para tal prestigiosa editorial y que, descartados con argumentos traídos por los pelos, al cabo de los años encontré publicados por una de esas editoriales-cometa que sobreviven el tiempo suficiente para alumbrar cuatro o cinco títulos —tres novelas, algún ensayo, dos de poesía y adiós, fue difícil, heroico y amargo mientras duró. Recuerdo una memoria novelada de un escritor claramente dotado para narrar lo que se le antojara que ponía a caldo al mundo literario de cuando era un joven adulto —pongamos en las postrimerías del franquismo—, con una lengua biliosa y desengañada como de recién muerto que descubre antes de esfumarse que esa nada y esos desdenes son la sola gloria que deja. 

Caí de pronto en que el punto en común de libros tan diferentes es el entusiasmo que los recorre. Y si un libro pudiera estar plantado con descaro en medio de la nada igual que un cactus del desierto mexicano haciendo la peineta a los cuatro extraviados que se atreven a cruzarlo, bien podría ser Sabotaje: Arte/Adrenalina, del arquitecto, diseñador y escritor Joaquim Ruiz Millet (Barcelona, 1955), que publicó en la editorial que fundó con su mujer, la escritora Anna Planella (1961-2006), como parte de las iniciativas culturales de la Galería H20, sita en una torre con jardín en el barrio de Gracia. Para entender la sorpresa que nos llevamos los lectores de Sabotaje, habrá que hablar de los artistas y fotógrafos que han expuesto en H20 y que desde entonces se han labrado un nombre o se han hecho más famosos: los fotógrafos Alberto García-Alix, Miguel Trillo, Juan de la Cruz Megías; Nuria Martínez Seguer con su serie sobre boxeo, Soul Round, algunas de cuyas imágenes han sido adquiridas en 2022 dentro del Plan Nacional de Fotografía de Cataluña. O las fotos fijas de un rodaje porno del añorado Christian Maury, Making of, donde consiguió lo impensable, aunque puede que no tanto para un francés: retratar sentimientos entre toma de polvo acrobático y polvo entre trigales, escribiendo así en fotos una película paralela. Las reediciones de los muebles del célebre arquitecto Barba Corsini para la Pedrera o las expos de diseños de joyas son otras señas de identidad de Ruiz Millet y de la galería, en conjunto un reflejo de aquella Barcelona de los años 80 que creó un tejido creativo antes de que los organismos oficiales decidieran a través de subvenciones o la falta de ellas la supervivencia de los artistas. Por ese perfil de gesto y creador de alto nivel era de imaginar que un libro de JRM iba a versar del mundillo artístico barcelonés con situaciones que revelan lo que sabemos: la vanidad, el narcisismo, el prestigio como valor especulativo.

Pues nada de eso. Sabotaje: Arte/Adrenalina es un libro de relatos gamberro y adictivo publicado dentro de la colección Les Idiotes. Protagonizados por chavales del extrarradio barcelonés, una de las sorpresas es que no hay un narrador tipo adulto que tarde o temprano pontifica sobre el desastre de la enseñanza media. Ruiz Millet orquesta la narración desde dentro, no desde el fuera de un narrador adulto en que podríamos reconocerle a él o alguien que como él ha dado clases a quien no quiere recibirlas y sobrevive exhausto a la experiencia de convivir con una tribu de indomables.

Es justamente el paratexto, es decir los alrededores del texto en sí, lo que incita una lectura desacostumbrada. Joaquim Ruiz Millet trabaja el conjunto del libro como discurso, donde cada una de sus partes, desde la cubierta con la reproducción de la apretadísima letra del escritor, su retrato firmado por Alberto García-Alix, la dedicatoria, las citas que abren varios relatos y el lema de Julio Cortázar en la solapa de la contraportada (que es divisa de la colección), dice algo, y la suma de esas partes dice algo más, que me ha dejado pensando en la experiencia de leer al Ruiz Millet escritor al margen del circuito literario oficial y cómo encara él la escritura desde sus propios propósitos en lugar de los que marcaría un exterior autobiográfico.

La cita de Julio Cortázar plantea una actitud ante la cultura, ante el material narrativo. Escribió el autor de Las babas del diablo:

Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, por lo peor es que al final me olvido […] Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarme todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua.

Así son los dos temas, los motivos más llamativos de estos cuentos: el entusiasmo, la ironización de las jerarquías de la cultura y el arte y la constante referencia a ellas. Nos relata las andanzas de unos chavales, menores de edad aún casi todos, escolarizados sin demasiado éxito, que se pasan el tiempo desvalijando coches, liándose a tortazos, esquivando a la urbana, a los secretas y a sus madres (sobre todo a sus madres), vendiendo o comprando hierba, sobando a las tías o prendándose de algunas para olvidarlas enseguida, pintando con esprais en paredes de institutos y colegios, rompiéndose la crisma en peleas y en la moto, incursionando en la noche de locales del Eixample gay (¡el Satanasa!). Escritos en primera persona, mediante diálogos rápidos y escuetas referencias espacio-temporales, JRM exhibe un conocimiento del ambiente, y sobre todo del lenguaje —sin estilizaciones que precipiten el relato hacia el artificio o al ensimismamiento—, que recuerda al Ferlosio de El Jarama y al Pasolini de Nebbiosa y Una vida violenta. Pero la diferencia, y enorme, respecto de estos escritores de los años 50 y 60, es que JRM no recurre a la tragedia ni a la redención, al moralismo ni a su compañera de viaje, la denuncia como resorte dramático ni para devolvernos a la realidad y a sus convenciones moralizantes. Lo que cuenta es un recorte de vida de los años 90 en la Barcelona metropolitana —todo lector de estos relatos se preguntará dónde estaba en esos años, y lo más probable es que, pasándolo bien o mal, estuviera intentando aprovechar el tiempo. Exactamente lo contrario de los chicos de Sabotaje: Arte/Adrenalina, buenos para nada, gamberros, irreverentes, haciendo prácticas en la pequeña delincuencia. Ellos no tienen ni tiempo que perder ni tiempo que ganar. Saben lo que la sociedad quiere hacer de ellos, pero ellos están centrados exclusivamente en pasárselo en grande, en colmar sus apetitos. Al cabo, el libro transmite una impresión de energía vivificante, con momentos hilarantes que resultan no de la intención del narrador —de los narradores sucesivos— sino de la distancia entre lo que entendemos como una vida de provecho, un código de conducta reconocible, unos personajes «positivos» —un tópico que suena aquí cómico–, o un relato sujeto a los códigos establecidos de la narrativa española reciente. Es vida, sin coartadas.

Si hay artificio, porque todo libro es artefacto, aparece enmarcando el cuento. A menudo, la aventura arranca con una presentación en la que se desgajan citas, objetos, lugares, topografías, marcas, etc., tanto para situar al lector, al foráneo de Cataluña sobre todo, como para definir el contexto, en lugar de llevar tales explicaciones en nota al pie. Ejemplo: en el relato El Salón del Automóvil viene con dos citas. En italiano: «Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura» firmado, claro, por «Dante  Alighieri ~ 1300», que traducido queda: «A mitad del camino, me encontré en un Túnel de Lavado» / «Remix de Dante por mí mismo, o Dante a puto huevo (re/citado] ~ 2010», e indica el lugar, el tiempo, el punto de vista (Francis e Iván) sin olvidarse del imprescindible «Convidado de piedra» (Jota-Jota).

Algunas historias se presentan como obra de teatro o guion de vídeo. Todo tiende a distanciar el relato del naturalismo, una manera de compensar el verismo del argot de los personajes, de ese idiolecto perfectamente creíble, con sus catalanadas de suburbio. Lo sexual está omnipresente, pero para retratar al personaje, la edad. No está para amenizar los apetitos del lector sino para caracterizar los del púber.

Esa indicación de los objetos o de lo que el escritor llama atrezo marca también una ironía, la conciencia que puede tener el personaje, y por supuesto JRM, de que son recurrencias de una puesta en escena del grupo. Pero ahí termina la sugerencia de una moral oculta en el relato.

Al contrario, si contiene una moral es la de la interpelación a lo que se ha consolidado como concepto de gran cultura y de la materia que debe tratar un Gran Escritor Serio y Comprometido. La cita de Cortázar, acompañada por otras para introducir los cuentos, extraídas de obras de la cultura canónica —cosa que incluye desde el Proust de la Recherche… , a Goya, la pintura de Courbet, a Lacan o Da Vinci, y ya se ve que no convoca a mindundis— señalan el páramo que separa a los protagonistas de estos relatos de arrabal de la sociedad que se adorna con grandes nombres y obras magníficas, pero también la que separa al escritor que recrea una vitalidad básica, un sabotaje —que excita la adrenalina del lector a través de las andanzas de unos chavales que parecen una pila conectada a una carga inagotable de energía— de los escritores instalados, premiados, ¡ennoblecidos!

En el sabotaje de esos límites están el entusiasmo, la adrenalina, las ganas de seguir dándole y dándole.

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2 Comentarios

  1. Pocas veces he leído una crítica de este calibre. He buscado el libro y está disponible en versión Kindle, con muchas ganas de leerlo.

  2. Pingback: Todo lo que no leerás | Plein Soleil…

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