
Este artículo está disponible en la revista Jot Down Places.
Hace unos meses leía en un trabajo académico elaborado en una importante universidad europea que durante el siglo XIX, en España, solo el País Vasco y Cataluña tuvieron una cierta industrialización. Esta es una idea muy difundida y, sin embargo, falsa. Ignora que, tras un rápido crecimiento industrial a partir de 1835, Málaga llegó a ser, durante la década de 1850, la segunda ciudad industrial de España, después de Barcelona. Destacó en los sectores siderometalúrgico, textil, químico y agroalimentario. Según el Atlas de historia económica de Andalucía, en 1844, el setenta y dos por ciento de toda la producción siderúrgica de España salía de Málaga.
Todos los que durante las esperas hemos distraído la mirada en el techo del Teatro Cervantes hemos podido reconocer en la imponente pintura de Bernardo Ferrándiz y Antonio Muñoz Degrain, realizada en 1870, la fachada de la antigua estación de ferrocarril, de la que hoy solo se conservan los dos edificios laterales, junto con la de los altos hornos de La Constancia, de la familia Heredia, y la de la fábrica de azúcar.
Pero todo eso llegó pronto a su fin y, para 1880, Málaga era ya una ciudad con una economía deteriorada o, con un eufemismo con el que ahora tiende a verse por los historiadores, en fase de transición hacia un nuevo modelo económico. Por entonces se produjo la primera oleada de emigración, que duró hasta principios del siglo XX. Se estima que unos sesenta y cinco mil malagueños de toda la provincia se fueron a Argentina. Todavía en los años sesenta del siglo XX ni siquiera el despegue del sector turístico fue capaz de dar trabajo a toda su gente y se originó una segunda oleada de emigración, esta vez a Cataluña y a Alemania.
Esa Málaga de los años sesenta y setenta fue la de mi niñez y adolescencia. Se la podría describir con una sola frase: la del surgimiento y el desmantelamiento de Intelhorce. Los de mi generación se acordarán de aquellos tristes episodios que dejaron a Málaga sin una de sus principales industrias, una textil que llegó a tener más de tres mil trabajadores en plantilla. Cuando terminé la enseñanza media, la Universidad de Málaga apenas contaba con siete años de existencia, pero por fin los todavía pocos jóvenes que completábamos el bachillerato podíamos hacer nuestros estudios sin necesidad de irnos fuera, aunque, eso sí, con muy pocas opciones donde elegir. Mi opción, un poco al azar, fue la carrera de Filosofía, que en ese momento iniciaba la segunda promoción.
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Pues soy de Málaga y después de leer el artículo…lo único que se me ocurre decir es …que planten MAS ÁRBOLES coño!!
Más árboles y más neuronas (¡!)