
Este artículo es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down nº 43 «Europa»
No es usual que alguien empiece su autobiografía con una referencia a la tasa de suicidios que se producen en la ciudad donde creció: «Dos mil personas intentan todos los años, en el Land federal de Salzburgo, poner fin a su vida, y una décima parte de esos intentos de suicidio tienen un desenlace fatal». Sus personajes se ahorcan, se tiran por la ventana, y los que no se «sustraen a la vida» piensan en el suicidio ininterrumpidamente. Por lo que contó en Un niño, su propio abuelo estaba todo el día con el suicidio en la boca, y él mismo pensaba en matarse «a cada instante». No es de extrañar entonces que cuando murió se dijera que había recurrido al suicidio asistido. Pese a lo anterior, y al «profundo pesimismo existencial» que destilan todas sus novelas, debo admitir que pocos libros me han hecho reír tanto como los de Thomas Bernhard. Y no soy la única. Javier Marías lo consideraba un humorista y Agota Kristof prestaba Sí a todos sus amigos porque se había reído a carcajadas leyéndolo.
El propio escritor consideraba sus novelas cómicas y defendía que sus obras integraban una especie de «programa de risa filosófico». La misma conferencia de un filósofo mundialmente famoso, escribe en ese festival del humor que es, a su manera, El imitador de voces, puede ser calificada de inteligente por un profesor, y por otro, de imbécil (y, de forma muy convincente, los dos pueden «probar su aserto»). Bernhard es capaz de hacer que los extremos de la inteligencia y la imbecilidad se toquen con toda la naturalidad del mundo. Sus personajes, muy filosóficos ellos (o al menos «filosofantes», como diría él), pueden pensar alternativamente como sabios o como bufones en el transcurso del mismo párrafo, a veces incluso de una misma frase. Y ahí está buena parte de la gracia.
A un nivel superficial, el programa filosófico de Bernhard consiste básicamente en echar pestes contra su país y sus gentes. En sus libros puso a Viena de vuelta y media, y de Salzburgo dijo, entre otras muchas cosas, que era una «enfermedad mortal», un «lodazal moral» o un «cementerio» solo hermoso en la superficie, edificado sobre un «suelo de muerte, arquitectónico-arzobispal-embrutecido-nacionalsocialista-católico». Esta retahíla, que puede prolongarse durante páginas, es típica de la escritura de Bernhard, una escritura desencadenada que no solo busca atentar contra su lugar de origen, sino también contra el idioma alemán, un idioma al que retuerce y machaca una y otra vez a base de exageraciones y repeticiones, llevándolo en ocasiones hasta los mismos límites de lo inteligible.
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Casi todo queda mejor con el desesperado disfraz de una sonrisa.
Al presente artículo, solo el aplauso.
Felicidades.
El articulo está bien, pero es un poco sesgado. Parece que el bueno de Bernhard solo arremetió contra los nazis y los católicos. Eso es no es así. Bernhard puso a parir también a los comunistas, a los socialistas (sobre todo a estos, a los que consideraba el epítome de la corrupcion y la traicion a los trabajadores), los democristianos, los curas, los intelectuales… No se salva nadie.