Uno de los relatos más breves e inquietantes de Jorge Luis Borges, empieza así:
En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.
Como el relato de Borges, el libro que tengo entre las manos, exquisitamente editado por Eolas, es breve. Poco más de 130 páginas en un formato como de pequeña libreta de notas, o diario de viajes, o novelita de de aquellas que se alquilaban en los quioscos por un duro en mi niñez, novelitas escritas para los lectores voraces y pobres de la España de entonces por autores geniales y ya olvidados, como don Marcial Lafuente Estefanía, novelitas de bolsillo que de verdad cabían en un bolsillo, novelitas que sacábamos en todas partes, para leer unas páginas que nos transportaban al lejano Oeste (donde don Marcial jamás puso un pie) o la nave espacial camino de otra galaxia, mientras esperábamos el autobús que nos llevaba al instituto.
Libritos breves y familiares, libritos que se leían y se sobaban, que olían a papel viejo y a la sal de los mares del Sur donde el Tigre de Malasia conquistaba con su valor a la Perla de Labuan. Libritos que eran a la vez volúmenes inconmensurables, capaces de contener universos entre sus páginas. Así es, ni más ni menos, la pequeña obra maestra de Natalia Carbajosa: La belleza de traducir poesía.
Se preguntará el lector si el que escribe estas líneas no estará exagerando un poco. ¿Qué puede haber de tan bello, o entrañable, o mágico y maravilloso en el humilde oficio de traducir?
Déjenme serles franco. Traducir, al menos traducir poesía, ni es un oficio, ni, mucho menos, una actividad para gente humilde. El traductor ocupa en la literatura el rol del agente doble, del espía venido del otro lado del telón de acero, del cortesano remilgado que esconde una daga en su jubón de seda. Traduttore, traditore, reza la célebre expresión en lengua toscana. Y si el traductor es siempre sospechoso de alta traición, el traductor de poesía es reo convicto y confeso. Se les sabe capaces de pasar por un poema como el caballo de Atila, sin respeto por la ritma, ni por el ritmo, arrogantes y pendencieros, sin respetar a nadie ni a nadie, excepto a su misión sagrada que no es otra que capturar la belleza del poema original.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Qué maravilla Juanjo!!