
La cuestión suprema de una obra de arte es saber desde qué profundidad de vida surge.
(James Joyce, Ulises)
Este texto es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down nº 45 «Irlanda»
Vine a Irlanda en busca de mi padre. En busca de los humildes de Kiltartan vine a Irlanda cegada por las visiones de los últimos días de vida de mi padre. En ese umbral donde el existir empieza a desdibujarse, entre enfermeras que entran y salen con sus urgencias y sus pócimas engañosas, mi padre como un oráculo volvió su cara a mi pregunta.
Qué había preguntado yo. Por Irlanda, por lo que había quedado en él de la vieja Irlanda. ¿Preguntaba yo por paisajes? Preguntaba por lugares que habían despertado en él el anhelo de belleza, por lo hermoso que aún podía salvarse de los días pasados en el Gran Sol. Qué fue lo más hermoso que viste allí, padre.
«Valentía», dijo. Y la palabra despertó en mí, con su acento mal colocado, una cascada de imágenes. Pero no la describió como un lugar susceptible de conocer sino todo lo contrario, como ese sitio que apenas se insinúa ante nuestros ojos desaparece, un lugar al que nunca llegaremos al menos en vida: el faro en la noche al final del puente, toda la bahía iluminada por destellos verdes, rojos y amarillos, y al fondo una neblina que contornea la costa y que hace imaginar el más delicioso refugio al otro lado, como un abrazo del océano.
A esa pequeña isla llamada Valentia, en el condado de Kerry, al suroeste de Irlanda, había llegado él con otros tripulantes del mismo pesquero gallego y recordaba aquella costa por lo mucho que se parecía a la nuestra. Pero lo poco que me contó de pronto se transformó en otro viaje, este metafísico. «Allí hay un puente, se ven luces en la noche. Y es hermosa la vista de lo que a uno le espera al otro lado…». Eso fue todo lo que dijo, y lo que calló tuve que adivinarlo. «Pero ¿no cruzaste el puente?». «No, solo lo vi a lo lejos, al otro lado…».
Como tantas veces, su habla elusiva que calla más que dice me arrojó a esa frontera, a ese límite donde el lenguaje pierde toda su consistencia y hay que interpretarlo como un antiguo códice que el tiempo hubiera borrado.
Pero ¿por qué había elegido esa costa entre tantas otras? Lo supe poco después, cuando ya estaba en este país, buscando la aguja de marear de Irlanda desde una casa con las ventanas tapiadas y toda ella iluminada por una luz blanca y cenital. En el fondo, un jardín de abedules, catorce abedules enhiestos como bastones del cielo. Qué curioso nada más llegar a Irlanda encontrarme con el árbol favorito de mi padre, el blanco y flexible abedul, catorce abedules custodiándome día y noche, sin habla. Yo miraba aquellos árboles y estaba bien segura de que era mi padre el que me había traído aquí.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






