Ocio y Vicio Destinos

Visiones de Irlanda

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Ilustración: Pablo Amargo.

La cuestión suprema de una obra de arte es saber desde qué profundidad de vida surge.

(James Joyce, Ulises)

Este texto es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down nº 45 «Irlanda»

Vine a Irlanda en busca de mi padre. En busca de los humildes de Kiltartan vine a Irlanda cegada por las visiones de los últimos días de vida de mi padre. En ese umbral donde el existir empieza a desdibujarse, entre enfermeras que entran y salen con sus urgencias y sus pócimas engañosas, mi padre como un oráculo volvió su cara a mi pregunta. 

Qué había preguntado yo. Por Irlanda, por lo que había quedado en él de la vieja Irlanda. ¿Preguntaba yo por paisajes? Preguntaba por lugares que habían despertado en él el anhelo de belleza, por lo hermoso que aún podía salvarse de los días pasados en el Gran Sol. Qué fue lo más hermoso que viste allí, padre.

«Valentía», dijo. Y la palabra despertó en mí, con su acento mal colocado, una cascada de imágenes. Pero no la describió como un lugar susceptible de conocer sino todo lo contrario, como ese sitio que apenas se insinúa ante nuestros ojos desaparece, un lugar al que nunca llegaremos al menos en vida: el faro en la noche al final del puente, toda la bahía iluminada por destellos verdes, rojos y amarillos, y al fondo una neblina que contornea la costa y que hace imaginar el más delicioso refugio al otro lado, como un abrazo del océano. 

A esa pequeña isla llamada Valentia, en el condado de Kerry, al suroeste de Irlanda, había llegado él con otros tripulantes del mismo pesquero gallego y recordaba aquella costa por lo mucho que se parecía a la nuestra. Pero lo poco que me contó de pronto se transformó en otro viaje, este metafísico. «Allí hay un puente, se ven luces en la noche. Y es hermosa la vista de lo que a uno le espera al otro lado…». Eso fue todo lo que dijo, y lo que calló tuve que adivinarlo. «Pero ¿no cruzaste el puente?». «No, solo lo vi a lo lejos, al otro lado…».

Como tantas veces, su habla elusiva que calla más que dice me arrojó a esa frontera, a ese límite donde el lenguaje pierde toda su consistencia y hay que interpretarlo como un antiguo códice que el tiempo hubiera borrado.

Pero ¿por qué había elegido esa costa entre tantas otras? Lo supe poco después, cuando ya estaba en este país, buscando la aguja de marear de Irlanda desde una casa con las ventanas tapiadas y toda ella iluminada por una luz blanca y cenital. En el fondo, un jardín de abedules, catorce abedules enhiestos como bastones del cielo. Qué curioso nada más llegar a Irlanda encontrarme con el árbol favorito de mi padre, el blanco y flexible abedul, catorce abedules custodiándome día y noche, sin habla. Yo miraba aquellos árboles y estaba bien segura de que era mi padre el que me había traído aquí.

El abedul es el árbol sagrado de los celtas. Con sus ramas los druidas daban la bienvenida al nuevo miembro del clan. Y a Valentia, al puerto de Knightstown, en el condado de Kerry habían venido a parar no pocos náufragos gallegos desde hacía más de cien años, muchos de ellos sin identificar hasta los años ochenta, todos olvidados en el cementerio de Kilmore hasta que algún irlandés decidió rescatar su memoria y honrar sus restos. Eso fue lo que me contó mi vecina y casera, la que había plantado aquellos abedules, o eso creí entender. Desde mi llegada a Irlanda, todo ha sido suposición, entendimiento a medias. 

¿Lo sabía mi padre? Sin duda lo sabía, pero la nota fúnebre de los compañeros náufragos nunca sonó en su boca. Al contrario, me habló de Valentia y de los acantilados y lomas que había paseado tantas veces en sus días libres como si al otro lado del puente lo esperara la más hermosa visión. Y ahí supe que mi padre, hablándome de Valentia, se preparaba para reunirse con los suyos en el cementerio de Kilmore.  

Por eso yo vine a Irlanda. «Un solitario impulso de deleite me trajo allá arriba entre las nubes», como al piloto joven de la Primera Guerra Mundial, el hijo de lady Gregory que Yeats inmortalizaría en uno de sus más hermosos poemas. En pos de los muertos de Kilmore vine aquí, y de Yeats, y de Joyce, y de toda la tropa a la que había conocido en un pub irlandés de Limerick hacía muchos años, en una pedanía cuyo nombre ya no recuerdo. Aquel lugar ignoto, rayano en la miseria, podría ser perfectamente la aldea de mis abuelos en la costa de Lugo, esa provincia con nombre de deidad celta. 

Hay quien dice que Lugo procede del latín lucus augusti (el bosque sagrado de Augusto) pero muchos preferimos hacerlo descender del vientre de Lug, el dios celta de las artes y la guerra al que Breogán dejó custodiando el antiguo hogar cuando sus descendientes salieron a conquistar Irlanda. A veces me figuro que Lug aún nos tutela desde la muralla de la antigua ciudad romana, haciendo la ronda como un sereno nocturno por los caminos de ese cinturón de piedra que no puede competir con el verde áspero e hiriente de los campos. Un verde hostil y adverso que lo devora todo, que todo lo fulmina y lo reduce a nada. 

Así es la misma Irlanda, como un sueño de mi infancia, una isla que flota a lo lejos en círculos concéntricos, toda ella una espiral flotante, atravesada y compartimentada por vallados de piedra que delimitan la tela iridiscente sobre la que se mece el gran arácnido, Dublín. 

¿Por qué, desde que uno pone los pies aquí, empieza la isla a moverse como un lento carrusel que impide avanzar a las horas del día? Mientras los pies caminan hacia delante, la corriente subterránea de Irlanda nos empuja hacia atrás. La sensación en Dublín es la de estar dando vueltas en torno a un huso que gira continuamente en dirección contraria. Hay otra experiencia que el viajero de inmediato percibirá al pasear por esta ciudad. Su planimetría es engañosa. La línea recta jamás ha sido tan curva. Las cuadrículas que aparentemente organizan el mapa al sur de la ciudad, pongamos desde el núcleo de Stephen’s Green, van ensanchándose y curvándose en sus extremos como una tela de araña, y toda la ciudad es más una retícula en forma de espiral que una urbe organizada al estilo de otras ciudades europeas. Hay, en el suelo de Dublín, una poderosa fuerza circular que emerge del antiguo lago sobre el que está implantada, y que tuerce continuamente los pasos de sus habitantes. Esa superposición en manzanas o cuadrículas de la época georgiana es solo una ilusión del orden inglés que jamás acabaría de domesticar los pasos concéntricos de los irlandeses girando en torno a sí mismos, llegando siempre a destiempo y a un lugar imprevisto. 

Creo que es de ese magma y de ese caos subterráneo del que brota la rebeldía de Dublín, imponiéndose con su férrea catadura a la organizada ilusión del mundo. Y es ese desorden fundamental en lo espacial y en lo temporal el que de modo arbitrario alterna la aceleración vertiginosa del Tigre Celta con la modorra, la lentitud y el sueño del crepúsculo. Hay días que el tiempo se precipita a una velocidad de vértigo. Otros, se detiene, se desacelera, y todo en Dublín es quietud. 

Nadie como Joyce lo supo ver y replicar en su obra, lo que convierte a Irlanda en el laboratorio de todos los experimentos y en un permanente enigma por resolver. Irlanda, un lugar endemoniadamente capitalista donde encontrar casa es prácticamente imposible, es, sin embargo, uno de los destinos preferidos de los jóvenes para trabajar y para vivir. Como en tiempos de Joyce, esta ciudad con sus dos velocidades contrapuestas es a la vez un hervidero de promesas tan al alcance de la mano como inaccesibles. 

Me asomé al Ulises por primera vez a los dieciséis años, la edad perfecta para desentrañar ese enigma. Todavía me veo sentada en la cristalera de un bar de Lourenzá al lado de mi amigo Juan, que leía las primeras páginas del libro como el mismo Buck Mulligan parodiando la homilía cristiana. La seducción por ese texto, cuya lectura fui incapaz de concluir hasta el mismo verano de mi mudanza a Dublín, me ha acompañado sin embargo durante toda la vida como un faro. Como las últimas palabras de mi padre o los poemas del escocés Macpherson, uno tiene que asomarse al Ulises como si de un descubrimiento arqueológico se tratara, con incredulidad y deslumbramiento. Uno duda, avanza sobre esas líneas que son como un palimpsesto, y la sospecha de falsedad nos aborda a cada paso. Uno piensa que está ante una baratija cuando en realidad está ante un torques prehistórico. De la misma manera, Stephen Dedalus y Leopold Bloom, tan inventados y tan inexistentes como Ossian, nos atrapan en la única verdad fiable, la del lenguaje y sus inescrutables derroteros. La necesidad de un mito que explique y detenga por un instante la rueda de la vida mueve el pulso de ese texto esquivo, arrogante, renegado y maledicente como su mismo autor. El Ulises es un abismo sin parangón en la historia de la literatura, un socavón total en el centro del lenguaje y, en su descreída visión del hombre, es a su vez la réplica más auténtica de nosotros mismos. El Ulises es el caldero de Dagda, una olla sin fondo que asegura la supervivencia de la tribu, donde el alimento nunca faltará, pues su principal ingrediente es el irrenunciable autoconocimiento, la implosión del pensamiento desde su centro o esa nada que nos expulsa continuamente a sus márgenes. Como todos los libros nacidos en el exilio, el Ulises es una navegación a contracorriente en busca de un centro que nos expulsa, la única puerta que se nos abre cuando todas se cierran. No leí de un tirón el Ulises en su día, pero no hacía falta. No hace falta cruzar el puente para saber que al otro lado se oculta la belleza misma. Basta con vislumbrarla, con asomarnos a una de sus páginas para percibir el vértigo de la vida, y eso hace Joyce con nosotros, nos expone a la intemperie y a la desorientación total del tiempo y el espacio.

En ningún sitio como Dublín puede uno experimentar esta alienación y este desarraigo. Desde mi llegada constato esta incapacidad de ser y permanecer en un solo lugar y en un solo momento. Porque todo cuanto ocurre en Dublín y por ende en el Ulises y en nuestras vidas ocurre en todo lugar y en todos los tiempos a la vez. Sus personajes no van a ninguna parte, son ubicuos, permanentes, y se mueven en círculos. Y aunque se escondan en sus guaridas percibimos sus susurros, sus crispaciones. Ellos, como nosotros, solo son transeúntes, médiums. La vida en Dublín es un diapasón, un petroglifo. 

No sería posible esta visión holística del tiempo y del espacio fuera de la isla. La gran bofetada que es el Ulises en la cara de los occidentales, esa gran broma pesada es también una tarta estrellada en la cara de todos los constructores de teorías científicas e históricas, nacionalistas y estéticas, filosóficas y artísticas. El libro de Joyce es ese pedernal al que van a estrellarse y hacerse añicos con gran estruendo las olas de la cultura religiosa, mítica y secular del continente europeo. Irlanda es ese islote desgarrado del logos, ese límite que deconstruye los símbolos largamente engendrados y criados en el Viejo Mundo. Después de deambular durante veinticuatro horas por la ciudad de Dublín, sus personajes, cada uno de ellos, reconciliados con esa rueda que pareciendo que avanza solo retrocede, regresan por la noche a sus agujeros con el único propósito de resistir un día más, una hora más en el centro del enigma. Sus vidas, como las nuestras, se mecen por un segundo en la ilusión de sentido, pero no alcanzan a soñar nada más hermoso ni más inspirador que el deshonor, el miedo, la sospecha, el deseo o la rutina. Todo lo que a priori parece demoledor, vulgar, subterráneo, en el Ulises se convierte en un deslumbrante hallazgo. Esta percepción rupestre y circular del mundo, que transforma los contrarios en iguales, que descompone la luz, lo mismo que la moral y sus preceptos hasta sus ínfimas partículas, está en Joyce como en Jonathan Swift como en Oscar Wilde y hasta en Bram Stoker, y emerge bajo el lenguaje superficial de la cultura occidental y la dinamita. 

Irlanda no es lineal, ni secuencial. Irlanda no ha tenido alfabeto escrito hasta el siglo IV. Este país es una imagen que reverbera desde el principio de los tiempos. No ha necesitado la palabra escrita ni la ha aceptado hasta muy tarde. No hay en ella continuidad, ni sucesión, ni jerarquía. Irlanda es un abrupto peñón en medio del océano, y a su alrededor hay silencio, y si acaso oralidad, murmullo, música.

Todo cuanto nace de los grandes artífices irlandeses nace de ese silencio y de su música. Ni creen ni quieren creer, pero son visionarios. No hace falta cruzar al otro lado, basta con asomarse, para saber que algo hermoso debe esperarnos al otro lado del puente. La isla de los druidas, de los bosques sagrados, la isla de las canciones en torno a un caldero, de los relatos memorizados por los bardos instruidos en la cortesía de la no escritura —pues qué es la escritura sino una perversión y una fijación espuria, qué es la escritura sino una mentira y una falsificación—, esa misma isla que despierta bostezante a la cristianización y a la cultura escrita es la misma que, de tarde en tarde, estalla en todo su esplendor con un miglior fabbro, como si antes de Joyce, o de Swift o de Laurence Sterne no hubiera nada.

No en vano Joyce quiso alejarse, poner tierra de por medio para recrear con la fidelidad de un cartógrafo y la precisión de un músico la sinfonía de una ciudad que se despedía de sí misma para convertirse en la capital de un país europeo más, un país como otro cualquiera, con su razón de Estado. Pero ni así Irlanda se salva de su karma. Sobre ella flota la antigua razón feérica que la hace sabedora de verdades que los demás ignoramos, y aunque pacientemente Irlanda asume su destino en Europa como punta de lanza del capitalismo tecnológico, oscura y subrepticiamente en sus corrientes subterráneas van moldeándose sus reticencias. Eso es lo que muchos deseamos, que Irlanda recobre su sueño. Algún día la isla, como Joyce o como Wilde o como Yeats, dirá No. Está preparada para hacerlo, y es el país europeo que mejor sabe hacerlo. 

El Ulises, que termina con un Sí con mayúsculas, el Sí de la promesa y de la confianza, el único Sí que ordena el caos y que Joyce pone en la boca de una mujer cuya psique por primera vez se nos ofrece sin cortapisas encarnando a la primera mujer verdaderamente real de la historia de la literatura, ese Sí de Molly es en el fondo un gran No.

Un libro protagonizado por hombres, escrito por un hombre, y que habla de cosas de hombres (nacionalismo, catolicismo, historia, prostitución, educación, alcoholismo) es conducido con mano maestra hacia ese desamparo y esa negación total del mundo de los hombres que representa la cama de Molly. El muelle al que atraca Leopold Bloom después de su largo día es ese, el de la denigración total y la aceptación total de su esposa. No hay otro misterio ni otra grandeza. La violencia verbal, mental y política de una urbe en ebullición donde todos interpretan el papel asignado se nos manifiesta finalmente a través de las visiones de una mujer que dice no, y no. Y es seductor pensar que todo el libro de Joyce está escrito desde esa perspectiva, la de esa mujer que maldice y niega. Cien años antes de nosotros James Joyce ya lo vio, y lo afirmó. Es el turno de Molly, es su turno, sí. Y tal vez con ella Irlanda vuelva a reírse de nosotros.

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