
Dice la Real Academia de la Lengua, y todos lo hemos estudiado en algún momento de nuestras vidas, que la simbiosis es la «asociación de individuos animales o vegetales de diferentes especies, sobre todo si los simbiontes sacan provecho de la vida en común». Bien. Muchas de las canciones que han pasado a la historia de la música popular han sido gestadas por dos animales racionales, que se han asociado para sacar provecho, y de qué manera, de su trabajo en común. En estas líneas vamos a ocuparnos de sacar a la luz algunas de esas parejas de compositores que han dejado huella por la brillantez de sus carreras. Y, por acotar, vamos a ceñirnos a estrictamente compositores, así que no busquen en estas líneas las famosas duplas de intérpretes además de compositores como Lennon–McCartney, Jagger–Richards o Morrissey–Marr.
Remontándonos a la época de esplendor de la música popular americana, años de grandeza para personajes como Cole Porter, Irving Berlin y compañía, encontramos a una pareja que, a partir de los años treinta, dejó para la historia canciones como «Thou Swell», «The Lady Is A Tramp», «Blue Moon» o «My Funny Valentine». Simbiosis de la buena. Ellos eran Richard Rogers y Lorenz Hart, conocidos, al igual que la mayoría de compositores, por sus apellidos: Rodgers & Hart. Lorenz Hart conoció a Richard Rogers en 1919, cuando estudiaba periodismo en la Universidad de Columbia. Desde entonces, ambos formaron tándem compositivo, el primero a cargo de las letras, y Rodgers —quien comenzó a tocar el piano a los seis años—, a cargo de la música, llegando a componer en torno al millar de canciones. Tras la muerte del desdichado Hart en 1943, Rodgers se alió con Oscar Hammerstein II para dar a luz musicales exitosos como, Oklahoma! (1943), Carrusel (1945) o El Rey y Yo (1951). Hammerstein II, otro ilustre alumno de Columbia, dejó los estudios de Derecho para dedicarse al teatro y al poco tiempo comenzó una asociación fructífera con otro grande, Jerome Kern, dando luz, entre otros muchos, a Showboat (1927), musical que dio cobijo al clásico «Ol’ Man River». En la edad de oro de los musicales, no hay que olvidar a otra pareja de compositores como Frederick Loewe y Alan Jay Lerner, padres de títulos tan emblemáticos como Brigadoon (1947), Paint Your Wagon (1951), My Fair Lady (1956) o Camelot (1960). Palabras mayores. Frederick Loewe, al igual que Rodgers, ya sabía tocar el piano a los siete años, y a los veinticuatro cambió su Berlín natal por Nueva York, donde sobrevivió como pudo hasta poder hacerse un hueco como pianista en clubes y teatros. En 1942, Loewe necesitaba un letrista para su cuarto musical, The Life of The Party (1942), y fue entonces cuando encontró, por suerte, al letrista neoyorquino Alan Jay Lerner. A partir de ahí todo fue coser, escribir y cantar. Para cerrar este primer bloque, es obligado reconocer a dos neoyorquinos, hijos de inmigrantes ucranianos, visionarios y arriesgados, apellidados Gershwine, conocidos como Ira y George Gershwin, por orden cronológico. George al piano e Ira a la escritura trabajaron juntos para hacer un mundo mejor desde 1924 hasta la temprana muerte del primero en 1937. De su fraternal colaboración salieron clásicos de Broadway como Lady, Be Good! (1924), Funny Face (1927), Let ‘Em Eat Cake (1933) o su obra cumbre Porgy and Bess (1935), esta con la colaboración de DuBose Heyward.
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Se deja usted el ejemplo más importante:
«Los autores de «Las majas del bergantín» Rafael Gómez y Sampayo y Ataulfo Vega y Fabret, responsables en colaboración de varias zarzuelas de gran éxito, luego de ponerse de acuerdo sobre como iban a ser la música y la letra, trabajaron intensamente durante tres meses. Cuando se volvieron a encontrar descubrieron con cierto desagrado que ambos habían escrito la letra. Fue entonces cuando decidieron incorporar un músico al equipo, y recurrieron al compositor y célebre guitarrista Ramón Véliz García y Casal, a quien llamaban el Cervantes de la guitarra… porque era manco.»