Sociedad

¿Y si…? Sobre las creativas formas que tiene nuestra mente de romper con la realidad

Brenda Mee, 1953. Fotografía: Thurston Hopkins / Getty. realidad
Brenda Mee, 1953. Fotografía: Thurston Hopkins / Getty.

El hipocondríaco siente el mayor de los desdenes hacia sus dolores de barriga, porque no son mortales (al menos no a corto plazo), y también menospreciará todas las irregularidades mecánicas de los brazos y las piernas, los dolores dorsales, etc. Pero el menor cosquilleo en el pecho le provocará mareos y una palidez mórbida.

(Claire Legendre, El nenúfar y la araña, Tránsito, 2019)

Cuando Alfredo (nombre ficticio) era pequeño, creía que todas las personas iban vestidas como romanas a sus espaldas. Si las tenía de frente, todo era normal, pero, al darse la vuelta, ¡zas!, tenía la sensación de que se cambiaban, corriendo, ataviándose como en el Imperio. No podía verlo, pero lo sentía, por eso se giraba rápido e inesperadamente, veloz, como quien juega al chocolate inglés, para tratar de sorprenderlas, para encontrar vestigios: unas sandalias, una toga, ¡ajá! Pero nada. Siempre que miraba, aunque fuese por el rabillo del ojo, habían recuperado el atuendo propio del siglo XX.

«Creo que era una intuición, la sensación de que me estaba perdiendo parte de la realidad, de que había todo un mundo que se me escapaba». Las formas que tenemos de interpretar la realidad son muchas, pero las particulares maneras que encontramos para modificarla, alejarla e incluso romper con ella son inmensas.

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Dice Caetano Veloso en su tema «Vaca profana» que «de perto, ninguém é normal». Es una frase famosa, ya trillada —pido disculpas—, pero, sobre todo, certera. Pasamos la vida adaptándonos al ritmo y a las exigencias de un sistema productivista. Durante años y años nos vamos limando —no pienses esto, no digas eso, no hagas aquello— hasta homogeneizarnos, hasta ser como el resto, hasta encajar y favorecer que la sociedad (capitalista) salga adelante. Y todo lo que rompe con esa norma, aunque sean pequeños detalles —como pensar que todo el mundo en esta sala lleva sombrero de copa—, se considera raro.

En realidad, los normales o, mejor dicho, los «normales» solo saben disimular mejor, solo son magos en las artes de la ocultación: expertos en esconder sus excentricidades, manías, paranoias, ideaciones, ideologías, brotes, prontos, fobias. Pero las tienen, y lo sé, por eso, porque «de cerca nadie es normal».

Por suerte, esta farsa de los «normales» se va resquebrajando cada día más, porque vivimos tiempos de transparencia, de visibilización —sea de la realidad que sea—, de comunicación. Nunca compartir y expresar las emociones y los sentimientos ha estado más a la orden del día. Hoy podemos ser más sinceros que nunca rompiendo masculinidades hegemónicas que encierran universos de forma hermética y blindada; rompiendo roles de género que exigen existencias forzadas. Hoy tenemos referentes. Hoy podemos contar que ¡todo el mundo va vestido de romano!

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Zuhaitz Gurrutxaga es un presentador, cómico y actor vasco que hace algún tiempo, además, también fue futbolista profesional, jugando varios años en primera división: «El balón venía alto y pasado, corrí a por él y, cuando vi que iba a salir del área, me rocé con Scaloni y me dejé caer. Todo ocurrió en décimas de segundo, pero creo que no me tiré para conseguir un penalti. Creo que me tiré porque entre mis obsesiones estaba el pánico a cruzar las rayas del suelo primero con el pie izquierdo, me estaba acercando a la del área y vi que no me quedaba otro remedio que simular una caída. El árbitro pitó penalti […] y troté de vuelta a mi campo sin mirar atrás, con una mezcla de vergüenza y alivio». Esta anécdota aparece en Subcampeón (Libros del K.O., 2023), el libro que ha coescrito junto con el periodista Ander Izagirre. Con un «ni se me ocurriría que mis sueños fueran a cumplirse y, desde luego, no imaginaba las consecuencias» como premisa, el libro cuenta cómo, a raíz de debutar en primera división con diecinueve años ―con la presión y el foco mediático que suponía―, Zuhaitz desarrolló un trastorno obsesivo compulsivo (TOC) muy severo.

«Descubrir qué cosas pueden pasar en la cabeza de un futbolista, qué problemas puede tener, cómo puede ser su vida de complicada, compleja, sorprendente…» fue lo que a Ander, según me explica, le atrajo de esta historia. Y añade: «Me parece que Zuhaitz abre una puerta a unas dimensiones que pueden vivir algunos jugadores y que nunca harán públicas porque, precisamente, están sometidos a un escrutinio brutal». Zuhaitz se separa de la realidad por las ideas que produce su TOC, pero también lo hace por la incredibilidad de dejar de ser un chaval anónimo para pasar a ser fichado por su equipo predilecto: la Real Sociedad. Su vida cambia, ya no es un auténtico desconocido, sino que la gente lo para por la calle, juega cada domingo ante treinta mil personas, y los medios de comunicación hablan sobre él. «No supe gestionar toda aquella situación», confiesa.

Al principio, Zuhaitz también disimulaba, no era fácil esquivar a sus fans para evitar contagiarse de alguna enfermedad, escabullirse para comprobar hasta cinco veces si había cerrado bien la puerta de casa o, ante cualquier ruido, parar en el arcén de la carretera para asegurarse de que no había atropellado a nadie. «Yo creo que lo que lo lleva a este desapego de la realidad es que vive una soledad muy fuerte, o sea, él no puede contarle a nadie lo que le está pasando, porque tiene que seguir entrenando, jugando, disimulando. Él dedica muchísima energía a disimular, es decir, a aparentar una normalidad de la que él se ha separado completamente», comenta Ander.

Tal vez, desde fuera, tú, cher lecteur, no entiendas cómo alguien puede acabar aferrado a pensamientos tan inverosímiles. ¿Cómo es posible temer así… sufrir de esta forma? Pero es fácil de entender. Tu mente pasa de modo hiperrealista —de ver rostros y detalles nítidos, proporciones familiares y reconocibles— a modo cubista. Y cortocircuita. De pronto, ves la realidad, sí, pero fragmentada, desfigurada. Y no sabes entenderla, ni tienes cómo interpretarla, porque esto no es el Prado, es tu mente, y ahí es cuando cunde el pánico.

«Lo más inquietante o lo más desesperante de un ataque de pánico o de una crisis de ansiedad es como que la realidad entra en crisis. Como si te hubieran removido el piso bajo los pies. Existe justamente este fenómeno que se llama desrealización donde, al menos yo, lo siento como si estuviese viendo todo a través de una membrana o a través de una ventana. Como si yo no estuviera siendo parte de esa realidad», relata Ana Prieto para este artículo. Ana es autora de Pánico. Diez minutos con la muerte (Marea Editorial, 2013), un libro en el que explora los trastornos de ansiedad a través de la historia, la psicología y, sobre todo, de crónicas en primera y tercera persona. A raíz de sufrir ataques de pánico, decidió investigar, buscar los orígenes y encontrar otras historias de angustia: «Lo que me molesta del ataque de pánico es que yo ya debería estar acostumbrada a esa parte en la que siento que ya no estoy más en la realidad —“ah, me estoy desrealizando, no pasa nada”—, pero no, siempre es una sensación aterradora [risas]. No estar más acostumbrada y que me dé un poco de risa, eso es lo que más me molesta». Matiza que, a posteriori, sí puede permitirse bromear: «Cuando hablo contigo puedo hacer trece mil chistes sobre los ataques de pánico, pero, cuando estoy atravesando uno, no hay manera, y creo que esa es una de las mayores trampas de esta porquería, que no le deja espacio al humor mientras está transcurriendo. Si alguna vez yo me logro reír a carcajadas mientras me está dando un ataque de pánico, lo habré vencido para siempre».

En un momento de su libro, Ana explica que en la saga de Harry Potter existe una criatura mágica llamada boggart. El boggart no tiene forma como tal, sino que toma la de aquello que más miedo le da a la persona que tiene delante. Para vencer a un boggart, se conjura el hechizo ridiculous totales, que provoca que algo desternillante, absurdo y cómico reste a ese gran temor tanta importancia que el boggart acaba por ser vencido: «Si sale bien, esa bomba atómica o ese nido de serpientes será ahora algo que nos hace reír».

De esto sabe bastante Zuhaitz, que ya hace mucho que no disimula, que ha convertido lo que tanto le hizo sufrir en humor. «Comedia es igual a drama más tiempo, es decir, que cualquier situación dramática, con el paso del tiempo, se puede transformar en comedia». Por eso, ahora, es monologuista: «Solo hice las paces con el fútbol y conmigo mismo cuando me subí a un escenario a contar mis vivencias como futbolista de primera división y a hablar de aquellos fracasos o decepciones que tuve entonces de forma cómica y humorística. Yo creo que es fundamental autorridiculizarnos».

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Mi abuela siempre cantaba «el afilador / mató a su mujer / le sacó las tripas / las echó a vender/. Yo no quiero tripas / que no son de cordero / que son de tu mujer / de tu mujer / de tu mujer» con un ritmo frenético que se iba acelerando a cada frase y que me horrorizaba (aunque entonces yo no sabía lo que era la violencia machista). Más tarde me dijeron que oír el sonido que hace el afilador con el chiflo cuando pasa por la calle da mala suerte. Ese piriiiiii ppiiririiri de bemoles que, desde ese momento, me generó unos escalofríos espinales y la sensación de que algo terrible iba a tener lugar. Esa amenaza física —los cuchillos afilados— y fantástica —la mala suerte, la maldición que sobrevuela— me provocó un lunático temor a este gremio. Cuando me topé con El horla y otros cuentos de angustia, de Guy de Maupassant, y leí «Coco, coco, coco fresco», vi mis miedos reflejados. El relato narra cómo un joven vive atemorizado ante el vendedor de coco, pues, cada vez que le oye cantar «¡coco, coco, coco fresco!», le ocurre una desgracia. Yo nunca he tenido un disgusto por culpa del afilador, la verdad, pero la duda, la incertidumbre, la posibilidad de que algo sucediera, me daba pavor.

Más adelante, me enteré de que lo de la mala suerte y los afiladores —más allá de la aportación de mi abuela— tenía orígenes clasistas y racistas porque antaño eran personas pobres o romaníes las que se dedicaban a esta profesión y los lugareños los discriminaban. El sonido del chiflo representaba una alarma «ya vienen estos extraños a robar». Y pensé que era una desfachatez que algo así me diese miedo. Lo político también vence a la paranoia.

***

Charo no sabe tragarse una pastilla, ni aunque sea pequeña. Siempre que lo intenta da un sorbo de agua que acumula en la boca y que es tan desmesurado que le infla los mofletes. Entonces, flexiona la cabeza hacia arriba y se detiene, con la nariz apuntando al techo, paralizada. Parece extasiada, como si se le estuviese apareciendo la Virgen. A veces, está así ocho segundos. Ocho segundos de silencio, de postura forzada, de mirada detenida, hasta que, al fin, ¡glup!, el pescuezo hace su trabajo, se contrae, sube y baja, y el comprimido junto con los trescientos mililitros de agua bajan por su esófago. Sin embargo, siempre que cose y pierde un alfiler, me mira aterrada, se toca el cuello y me pregunta: «¿No me lo habré tragado, verdad?».

Hay muchas formas de romper con la realidad. Están las amables, sí, como leer, ver o jugar ficción. Consumir y disfrutar relatos ajenos, relatos que abren mundos, mentes, que presentan universos diferentes y fantásticos que llenan el depósito personal de cada uno de ilusión hasta arriba. Que permiten soñar, imaginar, crear y transformar.

Pero, cuando los relatos son propios, el tema cambia. (Bueno, algún pensamiento mágico o pequeña neura hasta da un poco de sal a la vida, pero, si crece, se te rompe el bote encima ¡y da mala suerte!). Cuando creamos y cosemos una suerte de colcha de patchwork vital en la que decidimos unir episodios que no pegan nada para creernos una historia —nuestra historia—, todo se tuerce. Yo, por ejemplo, pasé muchos años pensando que, si escuchaba la canción «Sevilla tiene un color especial», me iba a dar un ataque epiléptico. Porque, a los cinco años, la misma noche que sufrí una crisis convulsiva habíamos ido a ver actuar a Los del Río al centro comercial de mi barrio. Solo escuchar el punteo inicial de guitarra me provocaba sudores fríos. Nunca llegaba al estribillo, antes cambiaba de canal o salía de la fiesta o pasaba la canción. La hipocondría y el folclore dándose la mano en mi almazuela propia de un personaje de Sabina Urraca:

La propia psicóloga dijo que era muy raro, y a mí me pareció muy poco profesional y empática. Lo que dijo exactamente fue:

—He conocido casos de gente que camina encorvada, pero no de gente que se tuerce hacia los lados.

Durante meses caminé por la calle así, inclinándome hacia un lado hasta que acababa pegada a la pared. Si cerraba los ojos, caía al suelo instantáneamente, como empujada por una fuerza ajena. Cuando la acera se estrechaba y sentía que iba a desmayarme de pura ansiedad, entonces venía lo otro:

—En el estado de Nebraska hay un gato que huele a caca.

Eran los únicos mantras en los que creía.

(Sabina Urraca, Las niñas prodigio, Fulgencio Pimentel, 2017).

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Un comentario

  1. Eliseo "El Encargado"

    Se acabaron en Jot Down los comentarios kilométricos sobre los artículos. Y no es de extrañar, teniendo en cuenta la naturaleza de los mismos. ¿Es una política premeditada para «elevar el nivel» del personal, aunque este participe con tres o cuatro comentarios o con ninguno, directamente?

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