La querella española

La lengua de Ortega y Gasset

Joaquin Sorolla y Bastida Jose Ortega y Gasset A1939 Hispanic Society of Americabn
José Ortega y Gasset pintado por Joaquín Sorolla.

En varias ocasiones he tenido ocasión de narrar una anécdota que aquí retomo de nuevo. En los años en los que yo era estudiante en París, en las postrimerías del régimen de Franco y en razón de uno de los desmanes del mismo, que supuso la expulsión de varios profesores de la Complutense, visité a un grupo de filósofos (Althuser, Foucault…) para que, junto a otros intelectuales, firmaran una carta de protesta. Aún vivía por entonces Jean Wahl, pensador francés arrestado durante la ocupación nazi por su condición de judío, fugado del campo de internamiento de Drancy, resistente y ulteriormente exiliado a los Estados Unidos. La extremada delgadez de Jean Wahl testimoniaba de su delicadísimo estado de salud (de hecho, falleció poco después), pero su lucidez era absoluta. Cuando le presenté la carta sobre España y le dije que yo mismo era español, me preguntó, aun antes de firmarla, si yo había leído a Ortega y Gasset. La verdad es que entonces no lo había hecho y así se lo dije, añadiendo, ante su gesto de sorpresa, que yo no había estudiado en España, y que mis profesores en París no me habían invitado a tal lectura. Jean Wahl me respondió que él mismo había obviado la obra de Ortega hasta muy poco antes, aunque había conocido al pensador personalmente. Me señaló que, de hecho, había alimentado prejuicios respecto a su obra, los cuales sin embargo se habían desvanecido por entero cuando, por circunstancias azarosas, se había encontrado en sus manos con la traducción francesa de La idea de principio en Leibniz…. Al empezar a ojear el libro su entusiasmo había ido creciendo, y en estos últimos años de su vida el frágil y valiente Jean Wahl tenía a Ortega como uno de sus pensadores.

«Sauf toutefois l’ espagnol…»

La suerte de prejuicio con el cual Jean Wahl había abordado la obra de Ortega no concernía quizás tanto al pensador como a la propia lengua en la que éste escribía. El erudito francés Victor Delbos, profesor en la Sorbona a principios del pasado siglo, empezaba una de sus reflexiones (no sé si en un curso o en una conferencia) con esta «boutade» de dudoso gusto: «para hacer filosofía hay que conocer todas las lenguas, excepto no obstante el español[1]». Años más tarde, varios pensadores de talla escribían filosofía… en español. Escribían en español, cuando, para disgusto de los Delbos de turno, algunos consideraban que ni siquiera era suficientemente legítimo hacerlo en lengua francesa. Tiempos, en efecto, en los que Heidegger parecía sugerir que las lenguas griega y alemana se distinguían por su particular capacidad para la expresión cabal de determinaciones conceptuales. Un posicionamiento por mi parte a este respecto.

Dónde una lengua la acoge.

A diferencia de otras manifestaciones del espíritu humano como la música o la poesía, la filosofía no es un rasgo inherente a toda comunidad de seres de lenguaje, no es eso que se denomina un universal antropológico. Hubo grandísimas civilizaciones que no conocieron la filosofía, dado que la filosofía (al menos en el sentido técnico de la palabra) tiene lugar, fecha y lengua de nacimiento.  Pero desde su origen en Jonia, la filosofía ha sentido como casa propia toda lengua que estuvo dispuesta a abrirse a ella, mostrando así ser patrimonio potencial de la entera humanidad. Donde una lengua la acoge, la filosofía echa raíces. De ahí que, afincada desde siglos en la cultura de Venecia, Friburgo o Salamanca, de Pekín a Puerto Príncipe, pasando por Malabo, se den hoy departamentos universitarios de filosofía, en algún caso creados y mantenidos de manera literalmente heroica.

Y precisamente porque toda lengua es potencialmente equiparable a toda otra, la riqueza filosófica de una lengua se mide por las obras concretas en las que las circunstancias sociales han permitido que llegue a actualizarse. De ahí que, para defenderse en el terreno filosófico de la evocada modalidad de supremacismo que es la jerarquización de lenguas, a franceses o italianos les bastara evocar los nombres «sagrados» de Descartes y Galileo, que  habían fertilizado su propia lengua materna, respectivamente en esas obras emblemáticas que son el Discurso del Método y el Diálogo sobre los dos sistemas del mundo. Los españoles no teníamos posibilidad de recurrir a este expediente mayor. Una primera razón era que nuestros grandes de la tradición filosófica (un Francisco Suárez, un Francisco de Vitoria, un Luis Vives o un Miguel Servet) habían escrito sobre todo en latín. Pero éste no es más que un elemento parcial de explicación.

Las temáticas en boga… desde España.

En esos años parisinos a los que hacía referencia, desde el diario El País, que entonces arrancaba, me solicitaron un artículo amplio sobre un problema con peso entre pensadores españoles. Se publicó bajo el título «Filósofos españoles ante el problema del orden». ¿Por qué este título? Simplemente porque, se trataba de una temática entonces a flor de piel, con movimientos sociales de fondo que ponían en cuestión instituciones y jerarquías tradicionales. Recordaba que la sensibilidad de pensadores españoles ante este tipo de problemas remontaba a la Escolástica tardía, cuando el gran Francisco Suárez (procediendo a actualizar la lista escolástica de los trascendentales establecida por Aquino y ya simplificada por Juan Duns Escoto) ponía de relieve el peso del problema de las categorías que permiten interpretar la realidad, y pasaba por ensayos como el luminoso Ideas y Creencias de Ortega. Y evocaba también a contemporáneos entonces jóvenes, como Eugenio Trías, García Calvo, o Fernando Savater.

Mi intención era señalar que, lejos de los campus californianos o del París post-68, la reflexión crítica sobre los postulados que erigían ciertas instituciones en elementos constitutivos de toda sociedad (y correlativa apuesta por una ordenación social no marcada por el binomio poder-sumisión, es decir, una diferencia no marcada por la jerarquía) era también abordado con acuidad por pensadores españoles, raramente añadidos a la reiterada lista de los Foucault, Deleuze, Marcuse etcétera.

En esos años Nietzsche era calificado por un cronista de Le Monde como «maître à penser» de toda una generación, y en Italia y Francia se multiplicaban los ensayos colectivos sobre el mismo. Pues bien, inútilmente recordé a potenciales editores en Paris que Taurus había publicado un excelente texto bajo el título «En favor De Nietzsche», que agrupaba a pensadores con intereses teóricos tan distintos como Escohotado, Savater, o el matemático y lógico Javier Echeverría. Cuando se discutía en toda Europa sobre el peso de Hegel, apareció Del Yo al Nosotros de Ramón Valls Plana,  reconocido como uno de los textos más agudos sobre la Fenomenología del espíritu por los especialistas europeos… que habían podido leerlo en español, pues fueron vanas las gestiones para su traducción al francés o al alemán.

¿En razón de qué esta omisión? Simplemente en ese Paris en el que la reflexión crítica abarcaba el entero espectro de la cultura (filosófica lingüística, científica) para, el papel de pensador y menos aún de pensador crítico, no cabían representantes de un país por decenios abismado en la dictadura. Tremendo asunto éste: ser ciudadano de un país sojuzgado, no solo constituía una calamidad interna, sino que aminoraba la imagen ante los ojos de los ciudadanos europeos. Pero la cosa no solo concierne estrictamente a España.

La percepción sesgada se extiende a Latinoamérica.

Hay en España múltiples departamentos universitarios de filosofía, número que se incrementa en gran medida si consideramos también los países dónde el español es lengua oficial. En ellos se estudian los mismos autores que en los análogos de Alemania, Francia o Reino Unido (de Anaximandro a Heidegger, de Demócrito a Daniel Dennett), dándose asimismo concordancia en los temas de estudio  y en los métodos de abordaje de los problemas (simplemente en razón de que las universidades latinoamericanas siguen el modelo de las universidades europeas). ¿Por qué entonces  la escuálida presencia de estos trabajos y de sus autores en foros internacionales europeos, o en aquellos en los que la cultura europea por así decirlo legisla? Es como si un artesano argentino que aprendió su oficio de su abuelo inmigrante italiano fuera desvalorizado frente a este. Hace ya decenios, pensadores latinoamericanos y españoles intentaron neutralizar estos prejuicios, proyectando un programa bajo el título de «Filosofía en español». Temo mucho que sus esfuerzos han sido en parte baldíos, ateniéndome simplemente a lo que se observa en cualquier librería europea en la rúbrica «filosofía». Hay contadísimas excepciones, pero la desproporción entre el peso de los libros originariamente escritos en francés, alemán, inglés o italiano con los escritos en español, es chocante, sobre todo por el referido hecho de que nuestra lengua cuente con decenas de departamentos de filosofía, distribuidos por multiplicidad de países.

Una precisión. Soy perfectamente consciente del reconocimiento del que han sido objeto ilustres pensadores o académicos que han tenido la lengua española como referencia básica. Baste citar los casos de Ulises Moulines, (titular largos años en Alemania de una de las cátedras de filosofía de la ciencia más prestigiosas de Europa) el peruano Miró Quesada (presidente de la Federación Internacional de Sociedades Filosóficas) o el argentino Mario Bunge. Pero una cosa es el reconocimiento de una persona perteneciente a una determinada lengua o cultura y otra cosa es el reconocimiento de estas mismas. Los pensadores que escriben filosofía en español se han visto (y se siguen viendo) confrontados a la dificultad de que nuestra lengua haya sido (incluso a veces por los que profesan simpatía a España) considerada como una lengua con gran potencialidad literaria, pero marcada por una suerte de exotismo, y teñida de connotaciones costumbristas. Obviamente hay razones explicativas de esta suerte de desplazamiento a los arcenes, algunas de ellas con base en momentos de nuestro pasado.

El pasado amenaza.

«La historia de mi tierra fue actuada/por enemigos enconados de la vida/El daño no es de ayer ni tampoco de ahora…». ¿Cuándo el arranque de ese daño que evoca desolado Luis Cernuda? Quizás en el momento en que España repudió a la comunidad hebrea, variable siempre citada cuando se analiza la dificultad que parece tener España para encarar las situaciones de emergencia social, económica o militar, a la manera en la que lo hacen los países que hoy encarnan emblemáticamente la idea de Europa.

Inclinadas por necesidad a no satisfacerse con la ortodoxia que emanaba del poder, las comunidades judías en la transición del siglo XV al XVI parecían predestinadas a la disposición intelectual que condujo a la Ilustración, disposición favorecida por el conocimiento de lenguas y la familiaridad con culturas diversas que posibilitaban la comparación.  Para apercibirse de lo que pudo suponer el privarse de esta comunidad baste una referencia. En 1492, hacía ya siglos que había una floreciente población judía en Ferrara  emblema de ciudad renacentista, en la que habían sido acogidos músicos y artistas  franceses o flamencos Ante la noticia del edicto de expulsión por los Reyes Católicos, Ercole I d’Este les ofrece su ciudad. El estupor del Duque ante una medida cultural y económicamente tan disparatada, fue de hecho compartido por todos los que entonces tenían poder en el mundo. Ahí empezó quizás ese sesgo en la mirada sobre España, que la predeterminaba como matriz de intolerancia. Y como es bien sabido hubo otros episodios relevantes.

Si en los siglos XVI y XVII, determinantes en la historia de Europa, hubo por doquier doctrina sustentada en certeza apriorística, luego intrínsecamente dogmática, en nuestro país la cosa vino a ser lamentable cuando la intolerancia se hizo cómplice de la mera estulticia, una y otra aderezadas (y a medida que la decadencia se acentuaba) con la picaresca y el espíritu de rapiña.

Enfatizaré también el hecho de que la derrota de España en la confluencia de ambiciones por el dominio del mundo (militar, económico, ideológico, religioso…), supuso para el pensamiento y otros ámbitos de nuestra cultura  ese desplazamiento a los arcenes que suele ser destino de los vencidos.

Y sin embargo el matiz y la distinción la distinción de aspectos es aquí de rigor. Pues, desde la Escolástica tardía, en el seno de un poder político y religioso regulado por leyes inquisitoriales, no dejó de haber en España  instituciones en las que se conservaba el rescoldo de un pensamiento fértil, alimentado por pensadores a menudo revestidos en   atuendos académicos y doctrinales que parecían estar quedando atrás en relación a la modernidad en ciernes, pero que de hecho, forzando las costuras  de esos mismos atuendos,  iban a veces más allá  de lo que el pensamiento innovador proponía, y en ocasiones hasta abrían puertas ocultas al mismo.  

Como ha ocurrido con tantos países, una vez consumada la decadencia (y en ocasiones a fin de contribuir a la misma), España no ha sido sometida a la misma vara de medir que las comunidades que desde el siglo XVI han forjado la imagen de Europa. No es una cuestión de justicia o injusticia, sino simplemente de relación de fuerzas. En la medida en que España se deslizaba hacia los márgenes en el devenir del continente, la visión europea sobre España se cargaba de connotaciones que acentuaban la diferencia, resumida nuestra historia en la existencia de nobles que hace siglos abandonaron toda entereza y siervos abocados a vivir de subterfugios. Una parte del desgarro psicológico de la España de nuestros días procede de que esta imagen ha sido en gran parte interiorizada, de tal manera que Europa y su cultura siguen siendo para nosotros más bien un espejo mirífico en el que nos gusta reconocernos que una identidad que los demás y hasta nosotros mismos dan por supuesta. De hecho, la historia de nuestro país está mucho más llena de contrastes que lo que el estereotipo propio y ajeno estipula y ello tiene expresión en el plano del pensamiento, que no dejó de estar presente, a veces con enorme vitalidad, incluso en los muchos períodos oscuros que exigían extremar la prudencia.

Más allá de la primacía de la lengua inglesa.

Ateniéndose a nuestro días, para explicar la dificultad para que el pensamiento en lengua española se abra camino en los foros internacionales, suele evocarse la primacía de la lengua inglesa. Argumento muy serio. Baste considerar lo que ocurre en los congresos mundiales de filosofía: cinco lenguas oficiales, pero abrumador el recurso al inglés, incluso cuando un italiano habla sobre Galileo o un alemán sobre Kant. Argumento este del inglés sin embargo insuficiente. Los ensayos escritos en alemán o en francés se traducen a otras lenguas del continente, mientras que tal no es el caso de los escritos en español. Algo quizás pesa el hecho de que en la educación secundaria la filosofía no tiene el peso que tiene en Francia, Alemania y muchos otros países europeos. Y si los propios responsables de la cultura en nuestro país no apuestan por la filosofía ¿qué razón tendrán los editores extranjeros para estimar que en España hay un pensamiento filosófico digno de consideración? Pensar es en primer lugar asumir esta situación en la que nos hallamos. No es un azar si, como señalaba un lúcido artículo en La Vanguardia, en Europa el pensamiento español no viaja bien.

Y último apunte: nunca hubo buen tiempo para la filosofía, como muestra el reguero de víctimas del pensamiento a lo largo de su historia. Así que la mala posición de la lengua española para ser reconocida como lengua filosófica ha de considerarse como una variable más de este combate que la filosofía en sí misma, misma supone. Como señalaba hace decenios el matemático francés Gilles Châtelet, sí,  la filosofía es una guerra, pero guerra contra la estulticia.

[1]«Pour faire de la philosophie il faut connaître toutes les langues, sauf toutefois l’espagnol »


La querella española es un conjunto de artículos de ensayistas, filósofos, historiadores e intelectuales que abordan uno de los grandes enigmas de la cultura española: el motivo por el cual permanece apartada del fecundo diálogo de los pensadores europeos.

  1. Un terco y doloso complejo, de Basilio Baltasar
  2. La lengua de Ortega y Gasset, de Víctor Gómez Pin

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4 Comentarios

  1. Emerenciano Ramírez

    Excelente artículo. Soy lector de José Ortega y Gasset, Julián Marías, Pedro Laín Entralgo, Xavier Zubiri, Adela Cortina, Fernando Savater y del mejicanizado, José Gaos,así como de Gregorio Marañón y Miguel de Unamuno. Grandes escritores y profundos pensadores, cuyas ideas más universales siguen vigentes y apropiadas a otras circunstancias. En cuanto a Ortega, para mí, a veces, el escritor supera a filósofo. Saludos desde Paraguay.

  2. Pingback: Un terco y doloso complejo - Jot Down Cultural Magazine

  3. E.Roberto

    Estimado señor. Hubo y hay libros que remueven aquello que un decidor de mis pagos y guitarrero definió como “…la capa de lípido y hielo con la cual nacemos…”. El autor de uno de ellos es Carlo Flamigni, ginecólgo, obstétrico y profundo conocedor de la cultura clásica, latín y griego incluídos; el otro es el suyo, “Trás la Física”, que estoy leyendo por la segunda vez: una, porque esa disciplina, con su inicio, la Metafísica que siempre amé y jamás entendí completamente, en su escrito está presentado con una lucidez y claridad asombrosa, y se lo agradezo; y dos, por la consecuencia de la anterior, el placer de leer. De la secundaria, con esa poca atención, desprecio diría por la Filosofía de aquellos tiempos, salí con la convicción de que los antiguos, por antiguos (y por profesores mal pagados), no podían ir más allá de los cuatro elementos, Agua, Tierra, Aire y Fuego para definir ese substracto misterioso sobre el cual “flota” nuestra realidad. Su explicación y demás extensiones fue como encontrar viejos amigos que compartían mis sospechas. (Sólo una cosa, estimado. Sé poco inglés, y una traducción de las citaciones completaria el cuadro de excelencia. Se pierde el hilo buscando el significado). El español, como lengua inadecuada para la Filosofía, viejo y rancio topico para, de paso indicar a los vencidos o atrasados, tendrá su lugar como cualquier otra lengua, y usted es un ejemplo. Como hijo de ese idioma, con clichés incluídos, recuerdo la hilaridad seguida de amargura que me causó una viñeta de mis tiempos. No tengo dudas de que ha conocido a Quino, y su estereotipo del “gallego”, el español nuestro, Manolito. Bien, en los tiempos en que se votaba el ingreso de España a la UE, veíamos a un Manolito que, mirándose al espejo se preguntaba, ¿Soy europeo o no? ¡España!, además de “camisa blanca” ha donado páginas inolvidables en la literatura antigua.
    PD: Realmente la letra más arriba recordada usaba otros vocablos, más de “tierra adentro” …”pa sacarnos d’encima la capa e grasa y hielo con la cual nacemos, basta agarrar los libros y pasar sus páginas como si fueran pasas de uvas de las horas del tiempo. Seguro que llegarás hasta tu mama, y en el medio tanto desaliento, que solo el Pampero, viento macho te mantiene despierto, pero ¿quién no quisiera volver antes del nacimiento?”. Todo lo mejor para usted.

    • MacNaughton

      Ya, pobrecillos los españoles, que jodio es nacer español, que cuesta arriba lo tienen ustedes….

      «El primer filosofo de España y el quinto de Alemania» como le despacho Goytisolo al proto fascista Ortega y Gasset quien vivio perfectamente en paz con la dictadura de Franco durante tantos años…

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