
En varias ocasiones he tenido ocasión de narrar una anécdota que aquí retomo de nuevo. En los años en los que yo era estudiante en París, en las postrimerías del régimen de Franco y en razón de uno de los desmanes del mismo, que supuso la expulsión de varios profesores de la Complutense, visité a un grupo de filósofos (Althuser, Foucault…) para que, junto a otros intelectuales, firmaran una carta de protesta. Aún vivía por entonces Jean Wahl, pensador francés arrestado durante la ocupación nazi por su condición de judío, fugado del campo de internamiento de Drancy, resistente y ulteriormente exiliado a los Estados Unidos. La extremada delgadez de Jean Wahl testimoniaba de su delicadísimo estado de salud (de hecho, falleció poco después), pero su lucidez era absoluta. Cuando le presenté la carta sobre España y le dije que yo mismo era español, me preguntó, aun antes de firmarla, si yo había leído a Ortega y Gasset. La verdad es que entonces no lo había hecho y así se lo dije, añadiendo, ante su gesto de sorpresa, que yo no había estudiado en España, y que mis profesores en París no me habían invitado a tal lectura. Jean Wahl me respondió que él mismo había obviado la obra de Ortega hasta muy poco antes, aunque había conocido al pensador personalmente. Me señaló que, de hecho, había alimentado prejuicios respecto a su obra, los cuales sin embargo se habían desvanecido por entero cuando, por circunstancias azarosas, se había encontrado en sus manos con la traducción francesa de La idea de principio en Leibniz…. Al empezar a ojear el libro su entusiasmo había ido creciendo, y en estos últimos años de su vida el frágil y valiente Jean Wahl tenía a Ortega como uno de sus pensadores.
«Sauf toutefois l’ espagnol…»
La suerte de prejuicio con el cual Jean Wahl había abordado la obra de Ortega no concernía quizás tanto al pensador como a la propia lengua en la que éste escribía. El erudito francés Victor Delbos, profesor en la Sorbona a principios del pasado siglo, empezaba una de sus reflexiones (no sé si en un curso o en una conferencia) con esta «boutade» de dudoso gusto: «para hacer filosofía hay que conocer todas las lenguas, excepto no obstante el español[1]». Años más tarde, varios pensadores de talla escribían filosofía… en español. Escribían en español, cuando, para disgusto de los Delbos de turno, algunos consideraban que ni siquiera era suficientemente legítimo hacerlo en lengua francesa. Tiempos, en efecto, en los que Heidegger parecía sugerir que las lenguas griega y alemana se distinguían por su particular capacidad para la expresión cabal de determinaciones conceptuales. Un posicionamiento por mi parte a este respecto.
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Excelente artículo. Soy lector de José Ortega y Gasset, Julián Marías, Pedro Laín Entralgo, Xavier Zubiri, Adela Cortina, Fernando Savater y del mejicanizado, José Gaos,así como de Gregorio Marañón y Miguel de Unamuno. Grandes escritores y profundos pensadores, cuyas ideas más universales siguen vigentes y apropiadas a otras circunstancias. En cuanto a Ortega, para mí, a veces, el escritor supera a filósofo. Saludos desde Paraguay.
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Estimado señor. Hubo y hay libros que remueven aquello que un decidor de mis pagos y guitarrero definió como “…la capa de lípido y hielo con la cual nacemos…”. El autor de uno de ellos es Carlo Flamigni, ginecólgo, obstétrico y profundo conocedor de la cultura clásica, latín y griego incluídos; el otro es el suyo, “Trás la Física”, que estoy leyendo por la segunda vez: una, porque esa disciplina, con su inicio, la Metafísica que siempre amé y jamás entendí completamente, en su escrito está presentado con una lucidez y claridad asombrosa, y se lo agradezo; y dos, por la consecuencia de la anterior, el placer de leer. De la secundaria, con esa poca atención, desprecio diría por la Filosofía de aquellos tiempos, salí con la convicción de que los antiguos, por antiguos (y por profesores mal pagados), no podían ir más allá de los cuatro elementos, Agua, Tierra, Aire y Fuego para definir ese substracto misterioso sobre el cual “flota” nuestra realidad. Su explicación y demás extensiones fue como encontrar viejos amigos que compartían mis sospechas. (Sólo una cosa, estimado. Sé poco inglés, y una traducción de las citaciones completaria el cuadro de excelencia. Se pierde el hilo buscando el significado). El español, como lengua inadecuada para la Filosofía, viejo y rancio topico para, de paso indicar a los vencidos o atrasados, tendrá su lugar como cualquier otra lengua, y usted es un ejemplo. Como hijo de ese idioma, con clichés incluídos, recuerdo la hilaridad seguida de amargura que me causó una viñeta de mis tiempos. No tengo dudas de que ha conocido a Quino, y su estereotipo del “gallego”, el español nuestro, Manolito. Bien, en los tiempos en que se votaba el ingreso de España a la UE, veíamos a un Manolito que, mirándose al espejo se preguntaba, ¿Soy europeo o no? ¡España!, además de “camisa blanca” ha donado páginas inolvidables en la literatura antigua.
PD: Realmente la letra más arriba recordada usaba otros vocablos, más de “tierra adentro” …”pa sacarnos d’encima la capa e grasa y hielo con la cual nacemos, basta agarrar los libros y pasar sus páginas como si fueran pasas de uvas de las horas del tiempo. Seguro que llegarás hasta tu mama, y en el medio tanto desaliento, que solo el Pampero, viento macho te mantiene despierto, pero ¿quién no quisiera volver antes del nacimiento?”. Todo lo mejor para usted.
Ya, pobrecillos los españoles, que jodio es nacer español, que cuesta arriba lo tienen ustedes….
«El primer filosofo de España y el quinto de Alemania» como le despacho Goytisolo al proto fascista Ortega y Gasset quien vivio perfectamente en paz con la dictadura de Franco durante tantos años…
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En tiempos que Ortega publicaba su obra, Borges comentaba un artículo sobre la ciencia española considerándolo un oxímoron. Casi simultáneamente, alguien observo que pensar un filósofo español era equivalente a pensar un torero alemán. Era parte del alarde positivista y el idealismo pragmático que nos consumía. Aunque, con pleno rigor, es difícil conjeturar que en el futuro el arte taurino tendrá una expansión en Berlín o Hamburgo como las que alegraron las arenas peninsulares.