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Suzanne Valadon: Una epopeya moderna en MNAC

Suzanne
La habitación azul, 1923. Suzanne Valadon.

No sería desacertado afirmar que Suzanne Valadon (1865-1938) fue la bohemia definitiva: criada en la pobreza entre unas calles parisinas donde aprendió a buscarse la vida desde pequeña, alistada como acróbata bajo las carpas circenses, parroquiana habitual del cabaret Le Chat Noir, convertida en musa y modelo para los pinceles de artistas como Toulouse-Lautrec o Renoir y, finalmente, reinventada como pintora autodidacta capaz de demoler tabúes a golpe de lienzo. Valadon cumplía todos los requisitos imaginables para constituir uno de los personajes más fascinantes y representativos de las corrientes artísticas que fluían por Montmartre a principios del siglo XX, durante aquel periodo bautizado con la lustrosa denominación de belle époque. Pero también es cierto que su producción, a pesar de ser una de las más emblemáticas de dicha era, ha vivido durante mucho tiempo eclipsada por la de otros autores (varones) contemporáneos, e incluso por el renombre y las caóticas tropelías de su propio hijo, el también pintor Maurice Utrillo (1883-1955). 

En Barcelona, durante estos días y hasta el uno de septiembre, el Museu Nacional d’art de Catalunya, en colaboración con el Centre Pompidou-Metz y el Musée d’art de Nantes, acoge la muestra Suzanne Valadon: Una epopeya moderna comisariada por Eduard Vallès y Philip-Dennis Cate. Una exposición que supone la primera gran antología sobre Valadon organizada en España. Un enorme homenaje a la vida y obra de la artista a través de más de cien obras, cuarenta y ocho de las cuales solo pueden verse en Barcelona. Una oportunidad insólita para (re)descubrir a una de las figuras más fascinantes de la pintura francesa.

Valadografía

Suzanne nació como Marie-Clémentine Valadon en Bessines-sur-Gartempe, en la región francesa de Lemosín. Su madre era lavandera y su padre era incierto, puesto que la primera, una suiza llamada Madeleine Valadon, nunca tuvo nada claro quién podría haber sido el segundo. Lo llamativo es que para la primogénita aquella ausencia paterna no supuso un problema, sino una oportunidad: la de ponerles las cosas difíciles a los biógrafos del futuro al inventar infinidad de hazañas fantasiosas sobre su progenitor. A lo largo de su vida, al presentarse en sociedad, Marie-Clémentine tan pronto aseguraba que su padre cumplía condena en la cárcel por fabricar monedas falsas o por su ideología política, como se declaraba hija de un noble adinerado o juraba haber sido abandonada y posteriormente encontrada en una cesta de ropa.

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