Ocio y Vicio Destinos

La Palmeraie de Marrakech: el oasis dual

Palmeraie de Marrakech el oasis dual
Foto: Begoña Rivas.

Un oasis es una anomalía en el desierto, un vergel de plantas resistentes y poco demandantes que emerge donde hay una surgencia de agua, el ingrediente imprescindible para la vida. Un oasis es también el remanso del corazón, la paz mental o el hogar en el que descansamos de todo lo que se deja en el exterior de sus límites. Y, así, sabiendo lo que un día fue, llega uno a este lugar que se convierte en metáfora de quietud cuando los que vivimos en otros ámbitos nos acercamos a él. 

No hay polisemia sino sofisticación del término porque el oasis, que nació como respuesta a las necesidades de supervivencia de tribus errantes, ha evolucionado a lo largo de los siglos hasta convertirse también en un espacio en el que disfrutar de unas vacaciones o de un paréntesis en nuestras obligaciones cotidianas.

Un palmeral entre las montañas y el desierto

La agricultura necesita tierra, agua y sol, tres elementos que la naturaleza puso en manos de los habitantes de Mesopotamia, del antiguo Egipto, de las cuencas del Indo y del Yangtsé, que todavía hoy se disputan haber sido los primeros en desarrollar las técnicas que facilitaron la gran revolución de los seres humanos, la de producir sus propios alimentos. 

Es fácil imaginar a los primitivos pobladores de la desembocadura de los ríos Tigris y Éufrates o a los fellahs que habitaban las orillas del Nilo descubriendo que, pasado un tiempo y en el mismo paraje en el que una vez habían recogido unos frutos, volvían a encontrar alimento, renacido después de unas cuantas lunas. Pero no todos los que nomadeaban tenían acceso a las tierras fértiles de los márgenes de cursos fluviales, ocupadas y defendidas por los que ya atisbaban el significado del concepto de propiedad privada; lo difícil, sin duda, era encontrar qué llevarse a la boca allí donde no había agua ni qué esperar de la tierra yerma que les permitiera una mínima estabilidad. Si la inteligencia se define por la capacidad de adaptación a las circunstancias, es evidente que aquellos que idearon la fórmula para doblegar su entorno, fuera en las cercanías del círculo polar ártico o de las zonas desérticas próximas al Ecuador, serían seres dotados de inventiva suficiente como para solventar el hambre de su clan y de sus animales.

Si hablamos del nacimiento de la civilización —tal como la entendemos los occidentales— en lugares propicios al asentamiento de grupos humanos, también habría que dirigir la mirada hacia aquellos que, no teniéndolo fácil, fueron capaces de sacar rendimiento a los pedregales en los que anduvieron, quizá en permanente conflicto con los que llegaron antes a las tierras ricas o fueron más peleones a la hora de instalarse en ellas. Lo cuenta la Biblia, fuente de las tradiciones del medio oriente, en la historia de Caín y Abel, los dos hermanos que, según el capítulo 4 del Génesis, se enfrentaron hasta la muerte por celos, trasunto mítico que encierra la creencia ancestral de que, en el albur de los tiempos, se contrapusieron dos formas de vida, condicionadas por la propia naturaleza, cuyo objetivo principal era resolver satisfactoriamente su misma existencia. 

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