
Ouzoud significa «aceituna» en lengua bereber, y las cascadas más altas y bellas de Marruecos se llaman así por los olivos que flanquean y ofrecen sombra al camino por el que se accede a su parte inferior. Es el uadi Tissakht —afluente del Oued el Abid— el que, en llegando a las anfractuosidades próximas al pueblo de Tanaghmeilt, forma este majestuoso salto de agua que en realidad son varios; una escalinata de agua con siete escalones, habitualmente ceñida con un arcoíris. Un paraje de ensueño, con aires de oasis. No solo los olivos mullen la arenisca roja de este rincón del Atlas Medio: hay almendros, higueras, algarrobos. Cae a ciento cincuenta kilómetros de Marrakech, pero el turismo que afluye a él es todavía predominantemente nacional; familias y grupos de amigos marroquíes que vienen a refrescarse en los días de calor. El agua es limpia y muy fría, y está permitido el baño bajo las propias cascadas. A la vera del río hay restaurantes que plantan sus mesas en el mismo cauce del río, de manera que se puede comer o cenar con los pies sumergidos en el agua. Tal vez con una pintoresca compañía: la de los macacos de Berbería, una especie en peligro de extinción (aunque goza de buena salud en Gibraltar), pero cuyos miembros han aprendido que esta romería de turistas es una fuente de alimento fácil.
El Atlas. Nos cuenta la mitología griega que quien llevaba ese nombre fue el caudillo de la titanomaquia, la guerra —que duró diez años— de los titanes contra los dioses olímpicos. Cuando los primeros fueron derrotados, la mayor parte de ellos fueron enviados al inframundo, pero su jefe fue conducido por el triunfante Zeus al borde de la Tierra. Allá «donde el Sol para a los caballos cansados», fue condenado a cargar a hombros la bóveda celeste por toda la eternidad, adoptando la postura en la que milenios más tarde se lo dibujará típicamente en la portada de los libros de mapas, que acabarán siendo conocidos con su nombre: atlas. De su reino mauritano nos relatan asimismo los mitos de la Hélade que por allá se fueron dejando caer, a lo largo de los siglos, aventureros de toda índole, atraídos también por el jardín de las Hespérides: una arboleda frondosa de cuyas ramas colgaban unas cautivadoras manzanas de oro. Las Hespérides eran las hijas de Atlas, que vigilaban con celo aquel pequeño edén. Y uno de los que allá llegó un día a tratar de violentarlo fue Perseo, envalentonado después de matar a Medusa, aquella pavorosa criatura que convertía en piedra a quienquiera que la mirase. Atlas, al verlo, recordó una profecía que le habían susurrado tiempo atrás: «Llegará el momento, Atlas, y el oro será robado del árbol, y la mejor parte irá al hijo de Zeus». Vástago del rey de los dioses era Perseo, así que —aunque en realidad el vaticinio se refería a Heracles, como comprobaría tiempo más tarde— el precavido titán mandó perimetrar el huerto con un alto muro y reforzar su custodia con un dragón de siete cabezas, llamado Ladón. Seguidamente, negó la hospitalidad al héroe medusicida. Pero este llevaba en las alforjas de su viaje la cabeza cercenada del monstruo, que no había perdido sus poderes. Se la mostró al titán, y este, entonces, se convirtió al instante en piedra. Su cabello y su barba devinieron bosques como el de Ain Khela o el del cedro Gouraud; sus hombros y sus brazos, hileras de montañas; su cabeza, el pico más alto. Atlas era ahora la cordillera que ha continuado siendo hasta hoy, peana del mundo allá en el finisterre del planeta conocido por los viejos helenos. ¿Las cascadas de Ouzoud eran tal vez sus lágrimas, su orina, sus circuitos sanguíneos o linfáticos?
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